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Era mi decimoséptimo cumpleaños, una fecha tan poco importante para mí que no se lo dije a nadie. Cuatro días después del tiroteo, las SS pusieron punto final a la operación. Que unos judíos hubiesen matado a soldados hirió en lo más profundo a los alemanes. Aun cuando Esther no nos llamara héroes en su discurso ni a mí ni a los supervivientes del tiroteo, las octavillas de la Resistencia sí lo hicieron: «En la hora más sombría del pueblo judío, nuestros héroes no se acobardaron y devolvieron el golpe».

Así o de forma parecida éramos celebrados. Naturalmente, en ninguna parte se mencionaba lo mal que me había sentido yo después o que Mijal no volvería a amar y Miriam no volvería a cantar; para eso no había cabida en la heroica historia.

En las semanas que siguieron empecé a sentirme cada día más orgullosa de lo que había hecho. Y no porque me hubiese convertido en una heroína, sino porque nuestra resistencia había hecho que en el gueto se operase un cambio. Si antes todos los judíos estaban desalentados y resignados a su suerte, ahora la población cobraba ánimos. Todo el mundo sabía que los alemanes volverían y sería terrible, pero habíamos demostrado que podíamos defendernos. Muchos judíos jóvenes se unieron a las filas del ŻOB, y las personas que no querían luchar ya no estaban dispuestas a dejarse conducir al matadero como si fuesen ganado. Por todos lados se construían a escondidas refugios en los sótanos, donde la población civil podía ocultarse de los alemanes. Se recurría a todo aquel que antes de la guerra estudiaba arquitectura, aunque hubiese ido un único semestre. Algunos búnkeres tenían agua corriente, electricidad y hasta teléfono. Nació una ciudad bajo la ciudad.

Los superhombres alemanes casi no se dejaban ver en las calles, y menos aún cuando caía la noche. En cuanto se encontraron con resistencia se las tuvieron que ver con el miedo. Vaya panda de cobardes.

El ŻOB, o el Partido, que era como se conocía ahora al grupo armado en todas partes —en aquel momento, las diferencias entre las antiguas organizaciones eran prácticamente insignificantes—, había asumido el control del gueto. Las marionetas del Consejo Judío podían decirles a sus titiriteros alemanes que daba lo mismo que tirasen de un hilo o de otro: por mucho que hicieran moverse a las marionetas, eso ya no ejercía influencia alguna en la población.

Los fusilamientos de colaboracionistas estaban a la orden del día, y ningún soldado de las SS, ningún policía judío podía detenerlos. Sin embargo, yo no formaba parte de esos comandos homicidas. Y mejor así: era una heroína a la que por el momento le bastaba con haber matado a un soldado. Pero, naturalmente, sabía que tendría que matar de nuevo cuando volviesen los alemanes para desalojar el gueto de una vez por todas. Para entonces, debería haber aprendido a no verlos como personas, sino tan sólo como demonios. Pero ¿por qué seguía sin lograrlo?

Nuestro grupo se preparaba, como los demás, para la lucha final. Hacíamos prácticas de tiro en el sótano de nuestra casa. O, mejor dicho: prácticas de puntería, ya que no podíamos desperdiciar la valiosa munición. Además éramos adiestrados en la lucha cuerpo a cuerpo y en cómo llenar con explosivos botellas o bombillas. No eran precisamente los estudios que nuestros padres soñaban para nosotros.

También a nuestro grupo se incorporaron nuevos miembros, y a uno de los nuevos yo lo conocía de antes: se trataba de Ben el Pelirrojo. De pronto lo tenía a mi lado en el sótano, mientras esperaba a que me tocara hacer las prácticas de tiro. Estaba muy distinto de como yo lo imaginaba en mis viajes a las 777 islas. Sólo había visto a ese chico una vez en la vida, cuando besaba a Hannah, y por tanto no lo recordaba muy bien. Ahora ya casi tenía el cuerpo de un hombre y eso que acababa de cumplir los dieciséis. Y si antes iba ligeramente encorvado, ahora estaba más tieso que un ajo.

—Ben el Pelirrojo —dije, y no pude evitar sonreír.

Me alegraba mucho de que siguiera vivo. Seguro que a Hannah le haría mucha ilusión saberlo, si yo volvía a ir al mundo de las islas. Con cada día que pasaba creía más firmemente que mi hermana seguía viva allí, incluso durante las horas en las que no estaba con ella. Sí, probablemente me estuviese volviendo loca.

—¿El P-P-Pelirrojo? —preguntó, tartamudeando, Ben. Y es que hay cosas que no cambian por mucho que el cuerpo crezca.

Como es natural, Ben no sabía que en el mundo de las 777 islas se le llamaba el Pelirrojo, pero si le hablaba de ese reino de fábula sería el primero que se enteraría de que quizá estuviese loca. De manera que pasé por alto su pregunta y quise saber cómo se las había arreglado para sobrevivir. Me contó que su padre trabajaba para el Consejo Judío, motivo por el cual Ben lo odiaba más cada día, y al final se peleó con él y se fue de casa para afiliarse al ŻOB. Prefería morir con honor a vivir de la compasión de los alemanes, aun cuando eso significase romper con su familia.

Yo supuse que había sido su padre el que impidió que Ben el Pelirrojo fuese a ver a Hannah cuando empezaron las deportaciones, en verano, pero no se lo pregunté. En cambio él se armó de valor y formuló la pregunta cuya respuesta, a todas luces, temía sobremanera oír.

—¿Y… H-H-Hannah…?

—No, no sobrevivió —me limité a decir.

Nada más oírlo, Ben se echó a llorar. A lágrima viva. Era capaz de hacer lo que el resto de nosotros ya no podía: dar rienda suelta a su dolor.

Por eso los otros lo miraron mal. Sus lágrimas les recordaban su propio dolor, y eso era un lujo que no podían permitirse, menos aún cuando se preparaban para la lucha final.

Yo no sabía qué hacer, sus lágrimas también me enfurecían, pero, por otra parte, ahora Ben era lo más parecido que tenía a una familia; al fin y al cabo, a los dos nos unía nuestro amor a Hannah. Por esa razón lo abracé. Él inclinó su corpachón sobre mi hombro y yo le acaricié con ternura el pelo rojo.

—Mientras sigamos recordándola no habrá muerto —le dije en voz baja.

Aunque era un pobre y torpe consuelo, surtió efecto: Ben dejó de llorar. Se apartó de mí y se secó las lágrimas con la manga.

—M-m-me acuerdo t-t-todos los días de Ha-HaHannah —aseguró—. Y s-s-siempre lo ha-ha-haré.

—Yo también —repuse—. Yo también.

Y entonces me asaltó una idea terrible: si ambos moríamos, y así sería muy pronto —con suerte luchando, y no en una cámara de gas—, también se borraría de este mundo el recuerdo de Hannah y ella moriría definitivamente.