Era una mañana preciosa.
Era una mañana terrible.
Bajo el cálido sol de septiembre, diez mil judíos caminaban por la calle Miła hacia las puertas construidas por los alemanes. La comitiva avanzaba despacio, muy despacio, ya que en esas puertas se encontraban los nazis y los dueños de las fábricas para decidir, con ayuda de las tarjetas, quién debía ir hacia dónde. Una puerta implicaba la muerte; la otra, la vida.
Todos los que se hallaban dentro de ese cerco estaban paralizados de miedo. Incluidos los judíos que tenían tarjeta. A esas alturas conocíamos lo bastante a los alemanes para saber que rompían constante y arbitrariamente las reglas que ellos mismos dictaban: su tarjeta en modo alguno era sinónimo de seguridad.
En las aceras había letones, ucranianos, alemanes, y de vez en cuando descargaban la porra o el látigo sobre la gente. No debían temer que alguien se defendiera en tan terrible procesión, puesto que todas las personas allí reunidas estaban demasiado desconcertadas. En las puertas oí gritar a un hombre:
—¡No quiero trabajar! ¡He dicho que no quiero trabajar!
Aquello me sorprendió: ¿ese hombre quería ir voluntariamente a los trenes?
—¡Quiero ir con mis hijos!
Luego dejé de oírlo. Posiblemente le hubieran concedido ese deseo: para los nazis no era más que otro judío que sería gaseado. Con sus hijos. Qué se le iba a hacer.
A mi lado iba una mujer con un niño dormido en brazos. Vi que llevaba al cuello una de las valiosas tarjetas, se salvaría. Pero el niño no. La mujer se percató de que la miraba. Desde luego también había oído al hombre que iba con sus hijos a la cámara de gas. Me dijo en voz baja:
—Siempre se pueden tener más hijos.
Al principio no lo entendí.
—Pero si muero con el niño, no podré traer al mundo otra vida.
Estaba dispuesta a separarse de su hijo, y se había buscado argumentos. Unos argumentos que le sonaban a vida y no a muerte.
Me mareé.
Miré a otro lado y eché un vistazo para ver si Hannah, mi madre o Ruth se encontraban entre el gentío. No las vi. Bien. Así podía conservar la esperanza de que, a diferencia de mí, ellas podrían sobrevivir. Como fuera.
Sin embargo, no intenté descubrir a mi hermano. Seguro que ya iba camino de la estación. Yo no creía que los nazis fueran a perdonarle la vida a alguien que se presentara sin tarjeta. Sólo se atenían a sus propias normas cuando se trataba de matar judíos.
Al cabo de unas dos horas en el cerco me llegó el momento de la selección. Cuando me vi frente al soldado de las SS no estaba nerviosa, ni siquiera atemorizada: ya sabía cuál iba a ser su decisión. No tenía ninguna esperanza, me sentía aturdida y pesada. Ni siquiera miré a la cara al de las SS, que, sin decir palabra, me señaló con un leve movimiento de mano que cruzara la puerta que me conduciría a la muerte.
Cuando iba a hacerlo, le tocó el turno a la mujer que pretendía entregar a su hijo. El soldado le vio la tarjeta, podía unirse a los vivos. Sin decir nada, me puso en brazos al niño dormido. Sería yo quien lo acompañara a la muerte en lugar de ella.
Antes de que pudiera decir nada, la mujer ya había desaparecido por la otra puerta. Podía elegir entre ir a los trenes con un niño ajeno, estar a su lado en sus últimas horas de vida por duro que me resultara, o dejarlo en el suelo sin más, donde los soldados le pegarían un tiro o lo pisotearían con sus botas.
¿Qué clase de persona quiere uno ser?