La primavera, estaba en su apogeo, la luz en su plenitud. Algunas personas no pudieron resistir tanta calma y se marcharon, los demás se quedaron sentados en el suelo jugando a las cartas. La vieja pasión, reprimida durante tantos años, estalló de nuevo: jugar y apostar. La gente se desprendió de repente de los harapos húmedos y adoptó una expresión de veraneantes divertidos y provocadores. Tzili aún no sabía que allí, espontáneamente, estaba surgiendo una nueva forma de vida.
Las palabras alegres le hicieron acordarse de sus padres. Cuando era pequeña, iban en verano a una de las pensiones situadas en la ribera del Danubio. Sus padres no tenían dinero, pero ahorraban para poder estar, al menos dos semanas, en compañía de gente que hablase un correcto alemán; sin embargo, como hecho a propósito, casi todos a los que encontraban allí hablaban yiddish. Aquello irritaba a su madre. El padre decía: «Están en todas partes. No se puede escapar de ellos». Después enfermó y dejaron de ir. Necesitaban el dinero para médicos y fármacos.
Ahora ya nadie hablaba de la guerra. Gastaban el tiempo jugando a las cartas. Es cierto que algunos se iban a comprar provisiones, pero enseguida volvían a unirse a aquel juego frenético. De vez en cuando alguien se acordaba y preguntaba: «¿Y ahora qué?». Su intención no era hacer una pregunta. Tan sólo formaba parte de la charla durante el juego. «¿Qué mal se está aquí? Hay café y tabaco. Una persona puede pasarse aquí toda la vida», se molestaba alguien en contestar. A cierta distancia avanzaban las tropas, soldados de refresco que habían escapado del asedio y galopaban sobre caballos jóvenes. Todos allí admiraban a los rusos, a los voluntarios y a los partisanos. Pero no era esa clase de admiración que implica acción. «Que luchen los combatientes, la venganza no nos corresponde a nosotros».
Tzili permanecía consigo misma y con los latidos de su criatura. Las palabras que Mark le había dicho durante el tiempo que estuvieron en la montaña volvían ahora a sus oídos. Las imágenes de la montaña pasaban ante sus ojos como escenas de un ritual. Mark ya no se le mostraba. Se pasaba horas esperándole. «Ya no está». Esa idea prendió en su cabeza y, como una chispa, se apagó al instante.
Una tarde aparecieron algunos supervivientes y, con ellos, llegó otro tipo de alboroto. Había uno, de aspecto joven, que hablaba de que la salvación estaba próxima. Hablaba de la redención de los pecados y de la purificación de las almas. Su voz era agradable. Estaba delgado, pero no era una delgadez aterradora. Algunos lo recordaban del campo como un hombre callado, trabajador y atormentado. No podían ni imaginar que tuviera tantas cosas que decir.
A Tzili le gustó aquel hombre y se acercó a escucharlo. Hablaba con moderación, exhortaba, pero sin alzar la voz, como si se estuviese refiriendo a cosas evidentes. Y por un momento dio la impresión de que, en vez de hablar, cantaba.
Pero a la gente, volcada como estaba en el juego, aquel aluvión de palabras le molestaba. Primero le pidieron que se fuese a otro sitio. El hombre se disculpó y dijo que su cometido era tan sólo decir lo que le habían dicho a él y que, si lo que había oído era cierto, no tenía derecho a guardar silencio.
Se notaba que aquel hombre era de buena familia, estaba bien educado, hablaba un perfecto judeoalemán y no pretendía molestar. Pero la gente le pidió insistentemente que se marchase, que se mantuviese callado fuera como fuese. El joven se dispuso a partir, pero algo dentro de él, una obligación interior, lo retuvo. Por tanto se quedó y prosiguió donde lo había dejado. Uno de los jugadores, que había perdido y estaba furioso, se levantó y le golpeó. Para sorpresa de todos, el hombre se echó a llorar.
Aquello no era llanto, sino aullidos que se prolongaron durante toda una noche. Y entre los aullidos fue saliendo la historia de su vida. Había empezado a ejercer su profesión de arquitecto, Al igual que sus antepasados, estaba distanciado de todos los temas judíos. En el campo tuvo una revelación. Por suerte, su compañero de penalidades era un judío erudito, aunque no creyente, y pudo aprender de él un poco de Biblia, Mishná y Pirkei Avot[1]. Sólo después de la guerra empezaron a acosarle las voces, unas voces nítidas, hasta que una tarde salió la llamada de su garganta: «¡Judíos, volved a vuestro padre que está en el cielo!».
Desde entonces no había dejado de hablar, de explicar, de pedir la vuelta al padre celestial. Y, cuando la gente se negaba a escucharle o lo golpeaba, él se echaba al suelo y lloraba.
Al día siguiente, a uno se le ocurrió un ardid. Se le acercó y le habló en voz baja. «¿Para qué necesitas tú a estos judíos obstinados? Ahí abajo, no muy lejos de aquí, hay multitud de supervivientes, gente creyente como tú. Ellos esperan a alguien que les ilumine el camino. Tú lo harías de maravilla. Créeme. Te están esperando».
Qué extraño, aquellas palabras surtieron efecto. Se puso en pie, pidió que le indicasen el camino y, sin decir nada más, se marchó.
Tzili se compadeció de aquel hombre joven. Se cubrió el rostro con las dos manos. Tampoco los demás se alegraron. Retomaron el juego como si no fuese un juego de cartas, sino una obligación.