Capítulo 12

El señor Giovannino Pinzimonio rememora en el Círculo de la Conversación

Zu’ Peppino Coniglio se había entretenido en la panadería. Jadeando por la empinada escalinata que llevaba a la plaza, llegaba con retraso al Círculo de la Conversación y temía que algún otro socio hubiera arrambado ya con el ejemplar de La Sicilia, privándole del placer de ser el primero en leer el periódico.

Tal fue su sorpresa al hallar a sus amigos de siempre en una tan animada como inusual conversación, que ni se le pasó por la cabeza el hacerse con el periódico que, depositado sobre una silla, todavía prístino, le esperaba. Por el contrario, permaneció de pie escuchando, sujetando con fuerza entre los brazos el capacho, del que emanaba el fragante olor a pan caliente, sin acordarse del reumatismo de sus piernas.

El señor Giovannino Pinzimonio, de ochenta y tres años, era el centro de atención aquella mañana. Los demás socios, sentados a su alrededor, intervenían de vez en cuando y añadían detalles a la historia que él contaba con vivacidad: soltaban risotadas como críos. Zu’ Peppino, al principio, no entendió de quién estaban hablando.

—Se subía a los árboles como una mona, un pie aquí, una mano allá, a horcajadas sobre las ramas, saltaba de una a otra, se colgaba de las que estaban cargadas de aceitunas y las sacudía saltando, como si bailara, sobre la rama de abajo, arriba y abajo. —El señor Giovannino se levantó y empezó a imitar los movimientos con las piernas abiertas, doblando las rodillas—. Trepaba descalza, no sentía la aspereza de la corteza del tronco en los pies desnudos, la rozaba apenas de lo ágil y ligera que era, en sesenta años de trabajo nunca he visto a nadie como ella. Las aceitunas caían como una granizada y los críos en el suelo la miraban con la boca abierta e intentaban acercarse hasta debajo del árbol, pero la vieja guardiana los mantenía alejados.

—Querían verle los muslos, ¡nada de recoger aceitunas! —exclamó Mario Lo Garbo, con los ojos brillantes ante el recuerdo de placeres ya olvidados. Los demás se reían. Cada cual añadía sus ocurrencias.

—¡Qué piernas!

—¡Qué buena estaba!

—¡Pequeña pero con cuerpo de hembra!

—¿Y tú qué sabes, es que la has tocado alguna vez?

Zu’ Peppino preguntaba «¿Quién?», pero los socios no le hacían caso, dichosos y absortos como estaban en los recuerdos picantes, divertidos ante sus ocurrencias humorísticas, de las que ya no se creían capaces.

El señor Giovannino le dirigió por fin la palabra:

—¿Te acuerdas, tú, de la Mennulara de niña, cuando trabajaba en las tierras del barón Putresca?

—Sí —dijo Zu’ Peppino, desilusionado porque creía estar en medio de un chismorreo reciente sobre una persona más interesante que la criada de los Alfallipe—, pero ¿por qué estáis hablando de ella?

Mario Lo Garbo, todavía con lágrimas en los ojos de las carcajadas, dijo:

—¿No has leído el anuncio por la calle? Murió ayer.

—Mira qué bonito, hablar de los muertos cuando todavía están calientes, y reírse de ellos, espero que no hagáis lo mismo conmigo cuando me vaya al otro barrio —replicó Zu’ Peppino, irritado por haber perdido la ocasión de echarse unas risas con los demás, y decidido a estropear su alegría, como el viejo miserable que era.

—¡Sólo de lo malo sabes hablar! —le recriminó Mario Lo Garbo y los demás se rieron, Zu’ Peppino se merecía esa respuesta cortante.

El señor Giovannino, en cambio, se sintió justamente recriminado, pero, arrebatado aún por los recuerdos, quiso continuar y añadió:

—Peppino, es verdad que la Mennulara murió ayer, descanse en paz su alma, pero aquí no se está hablando mal de ella, al contrario, elogiamos su belleza.

—Yo digo que si la difunta supiera que la admiramos todavía, se alegraría —añadió Gaspare Ponte—. Cuando era pequeña se sabía muy guapa, vaya que si lo sabía, ¡y le gustaba que la miraran!

Los socios volvieron a hablar de la Mennulara, en tono más contenido primero, pero al poco volvieron a las gracias. Entre risas, Gaspare Ponte dijo:

—¡Vaya tortazos que arreaba a quien alargara una mano para ayudarla, y con toda su fuerza!

—¿Por qué? ¿Tú también lo intentaste? —preguntó el señor Giovannino.

—No, y ¿quién iba a atreverse? La de palabrotas que le salían de la boca, cuando se hartaba… ¡cuántas se sabía!

—¡Y qué voz ponía!

—Tenía la voz más potente de todos, cuando era necesario llamar a alguien desde lejos, a ella se dirigía la guardiana, parecía una cantante.

—Ojalá se hubiera dedicado al canto, me gustaba mucho cuando cantaban las mujeres y los críos, y su voz se elevaba melodiosa, ¡hasta tenía su ritmillo, con los puños en las caderas, y se contoneaba entera! —añadió Mario Lo Garbo, que se levantó e imitó el ritmo de la Mennulara, poniéndose las manos sobre las caderas y girando torpemente la pelvis sobre las piernas delgadas y zambas.

Se rieron de nuevo, a gusto. Zu’ Peppino se había rendido, ahora se reía con ellos y quiso contribuir a la retahíla de recuerdos.

—Cuando se pesaban los sacos de la cosecha de la jornada, los arrojaba sobre la balanza como si estuvieran llenos de plumas, estaba hecha de hierro forjado.

—De hierro y de fuego estaba hecha —dijo el señor Giovannino completamente serio. No le había perdonado a Zu’ Peppino las recriminaciones de hacía un momento, pese a que estuvieran justificadas—. Y después aquel fuego se apagó, pobrecilla —añadió, decidido a hacer que se sintiera culpable como fuera por haber participado en sus carcajadas.

Poco a poco, los socios se calmaron, pero no se callaron. La sangre rejuvenecida por los recuerdos de la Mennulara seguía discurriendo rápida por las cansadas venas de los viejos. Arrebatados por las reminiscencias del pasado, continuaron hablando con nostalgia de la vida en el campo; por una vez, los socios del Círculo de la Conversación hicieron honor a su nombre y el periódico se quedó intacto languideciendo sobre la silla.

A eso de las doce y media, los socios se prepararon para regresar a casa para la comida. Los menos ancianos volverían a encontrarse en el Círculo por la tarde. El señor Giovannino sugirió:

—Con tantas risas a su costa, me parece ineludible acudir a su entierro, ¿que me decís?

Así, renunciando al descanso de la sobremesa, como señal de gratitud por las carcajadas y ligeramente avergonzados por la falta de respeto a la difunta, una numerosa delegación de socios del Círculo de la Conversación acudió al entierro de la Mennulara, para notable sorpresa y curiosidad del resto de los asistentes.