6

Durante cinco largos días residió en el bajel de su cama, amarrado a la orilla por la más tenue de las sogas, la conciencia. Debilitado, avanzaba por la precaria pasarela que lo llevaba al aseo y a la cocina, y de vuelta a la cama somnolienta, mecida. No recordaba haber llamado a un médico, pero uno apareció y le dio cápsulas de dos tipos. Una vez llamó Gaylord por algún asunto urgente, y por lo visto supo entender de qué se trataba, ya que el superintendente después lo dejó en paz. Guardó recuerdo de una ridícula conversación con su hermano Irwin, de la cual retuvo solamente una serie de patéticos rananas.

El resto del tiempo fue un largo sueño que ostentaba una simplificada semejanza con lo que él habría llamado su vida al menos hasta ese preciso momento, aunque fuera perturbadoramente más adecuado el sueño que la propia vida. Se retrotrajo en el tiempo y descubrió que su rumbo era más lateral que recesivo. En la cama, estuvo magullado por lo que resultó ser a la postre sólo una serie de imágenes planas, y tuvo la desesperada sensación de que las observaba desde una posición ubicada al borde de una fría inmensidad, y de que la compleción de sus reminiscencias alucinadas habría de empujarlo hacia Dios sabía qué. Si hubo un patrón en su manera de observar esa crónica de tira cómica, se le escapó del todo. Leía como se lee en todas las lenguas: de izquierda a derecha, de arriba abajo, de derecha a izquierda. Una serie de viñetas sucesivas lo pintaron en calidad de adolescente atiplado, de bebé a gatas, de niño de siete años aferrado a su mantita. Clavó los ojos en el techo, o en la arrugada ropa de cama, como si cualquier superficie sirviera para reflejar la pálida proyección. «Norman Moonbloom», decía de vez en cuando, animando la maquinaria de la memoria. La ciudad seguía su curso en un tiempo exterior. Se oía el ruido de los días, ascendente hasta su clímax, descendente para acomodarse en un entresueño. Tenues le llegaban los pasos de los vecinos que subían y bajaban por las escaleras, la voz del cinturón infinito del tráfico. «Norman Moonbloom», decía a modo de salmodia, y estudiaba con ahínco las imágenes de sí mismo, preguntándose qué era lo que tanto había tardado en abandonarlo en ese punto de terror virginal.

A los cuatro años, una mañana lluviosa, en casa, sentado al piano, tocando acordes delicados y disonantes y haciendo como que leía la partitura con un diccionario abierto en el atril. Bajo él, dentro de la banqueta, estaban todas las canciones misteriosas cerradas a cal y canto en las hojas llenas de notas. Una lluvia dulcísima en las ventanas, y su abuela, que tarareaba «Melancholy Baby» desde la cocina.

A los doce, dibujando un mapa de un continente imaginario, cuyos ejércitos eran guisantes partidos por la mitad. En la periferia de su juego, un rostro burlón: ¿Irwin? Se le veía de un modo vagamente obsceno, con el bozo negro en las mejillas, maniobrando aún con los ejércitos en miniatura.

Casi con diez años y feliz ante las luces del aparato de radio, a sus anchas con el sonido de un hombre que hablaba y describía los vívidos horrores acaecidos en Europa. Una facilidad de cuento de hadas le abre la boca, su abuela se ríe por lo bajo a sus espaldas, ve lápices de colores, el rojo sangre quizás demasiado céreo para ser creíble.

A los catorce, una noche de verano, mirando con delirio a una muchacha, mientras un muchacho peligroso lo increpa y lo insulta, lo reduce a la condición de meón nocturno. Sonríe, no es diana para el otro, la muchacha ríe, las hojas de los árboles se mueven de un modo obsesivo, una noche de verano tan inmensa como el cielo, el olor de las aceras calientes. Toca su herida, pero no siente dolor. El otro chico y la chica se alejan riendo, y él queda convertido en hombre de paja, con una sonrisa mal pintada en la cara. Algo se le escapa. Vuelve a casa y se acuesta cuando todos los demás siguen fuera.

Tiene tres años, tiene un helado de fresa, es la noche de fin de año. Su abuela derrama sus lágrimas sobre él, y lo estrecha con fuerza. Lame el frío dulce y rosa. Ella lo envuelve con algo ligero, suave, muy fuerte. A la mañana siguiente descubre que eso se ha convertido en su propia piel.

Con dieciocho, rellena un impreso, aunque sus sentimientos son los mismos que tenía a los ocho. Toma su maleta y sale al campus, las instrucciones apretadas en la otra mano. Está en una habitación con un escritorio. Es un colegio mayor, pero cuando abre el libro es como siempre: espera en cualquier momento oír el tarareo de su abuela.

No está claro qué edad tiene, está sentado en un suelo polvoriento, es el rey de las hormigas. Construye murallas y prisiones y en murmullos dicta sus órdenes. Lejos, más allá de las vallas, oye a Irwin, que juega con un balón. La tarde es lechosa por el calor, y él aguanta.

Están en la capilla fúnebre, con las llamas eléctricas de las velas, la moqueta agranatada. Su abuela yace con la nariz aguileña que sobresale del borde del féretro, mientras el rabino dice cosas acerca de ella que no resultan familiares. No siente ningún dolor, sólo una suerte de tristeza nerviosa, como si hubiera acaecido un desastre que no atina a recordar. Mira a su hermano, que está llorando. La kipá que lleva puesta se le encoge en la cabeza, en todo momento amenaza con resbalarse y caer. Respira hondo, se imbuye del aire endulzado, también él llora un poco.

Con una chica que se llama Mónica Alpert está sentado bajo el árbol más antiguo del hemisferio occidental, o el más grueso. Los mexicanos se desplazan a pleno sol, más allá de la sombra inmensa del árbol, y Mónica le habla, ofreciéndole, al parecer, un cariño desmesurado. Parece una Edith Sitwell de joven, y él es consciente de la espléndida, romántica calidad del panorama. Pero todo cuanto alcanza es a observar el movimiento de los labios de ella, y a pensar en el fluir de la sangre por su propio cuerpo. Comprende que ella se le va escapando poco a poco, que se le va como el agua por el desagüe. Sólo queda un charquito, y se da cuenta de que debería tratar de llegar a ella de la manera que sea, pero no lo hace. Pronto va caminando por una ciudad desconocida, con un libro bajo el brazo. Está solo, está en busca de una pesadumbre que ni siente ni puede sentir. La ciudad se parece a la suya.

Hay dibujos a línea de dentaduras, de mentones, el esqueleto de los pies, grabados de las pasiones del Antiguo Testamento, la descascarillada estatua de Vesalio, «… y atrájelo hacia mí, de modo que pudiera embeberse de mi perfume y sentir mis senos, sí, y su corazón estaba a apunto de enloquecer, y sí, dije, sí, claro que sí, sí quiero, sí». Por la ventana de su habitación, o de otra (cristales emplomados, madera noble de verdad), la nieve está guapa como una postal de Navidad, y apenas hay huellas en ella, porque la mayoría de los estudiantes se han ido a casa a pasar las vacaciones. Supone que se trata de melancolía, pero sólo alcanza esa entumecida molicie. En el campus, Moonbloom se concentra en lo psíquico.

Y, de manera mucho más profunda, se deja empapar por las palabras de su abuela, marinadas en la creencia membranosa gracias a la cual subsiste. Están sentados los dos, solos, en las mil y una noches de Connecticut, escuchando la radio y charlando durante los anuncios, mientras el viento del invierno o el mistral del verano dan por tierra con el marido, el hijo asilvestrado, el nieto mayor, arrogante. Y él es todo cuanto a ella le queda, de modo que ella lo conserva envuelto en un cobertor de moderación, le advierte del dolor, le previene, le dice de qué modo puede colarse a rastras por debajo, y habitar en lo cálido, en lo seguro…

Abrió los ojos a la quinta tarde para ver la cortina encendida, en llamas, por la luz del sol. La barba le rascaba en la almohada, las sábanas estaban grises de tanto sudar. Débil como un recién nacido, comprendió sin embargo que no tenía manera de evitar cuanto le hubiese acontecido. Con timidez, se levantó. Y descubrió que algo le había sido arrancado, que todos los detalles de la habitación dejaban hondas impresiones en sus ojos. La pintura estaba hinchada, soplada, en la junta de la pared con el techo; el marco de la puerta tenía un corte mal pintado por encima; la cortina era como un pellejo desgastado, y tuvo un escalofrío. Entró en el aseo y ajustó el agua de la ducha, solícito de su frágil, flaco, debilitado cuerpo. El agua le tamborileó en la piel despertando todos sus nervios.

Se vistió con cuidado, poniéndose ropa limpia, y acto seguido se preguntó si se atrevería a lidiar con el exterior. Era jueves. Al día siguiente tocaba comenzar de nuevo con el cobro de los alquileres. ¿Qué nuevos deterioros habrían tenido lugar en las casas? ¿Hasta dónde llegarían las facturas apiladas en su despacho semisubterráneo? El temor de la rutina archiconocida se apoderó de él. La enfermedad le había causado algún efecto. Por la razón que fuera, no tenía ni idea de qué debía esperar de sí mismo. Incluso el acto de caminar le resultaba nuevo, y se descubrió a su pesar estimando la distribución de su peso a cada paso. Afeitado, envuelto con todo el calor posible en un traje y un abrigo, apoyó la mano en el pomo de la puerta. Dios nos asista, se dijo: no estaba preparado para eso. Y se adentró en una ciudad extraña.