Tres días después soltaron a Hwanka en el bosque donde la habían secuestrado. Antes de reunirse con sus semejantes, la jirafa blanca se dio la vuelta y balanceó la cabeza, como si quisiera darles las gracias.

John McDuff y su mujer, Cordelia, cogidos de la mano y visiblemente conmovidos, la miraron mientras se alejaba con su paso gracioso y rítmico y se adentraba en la espesura de las acacias.

—¡Ahora os toca a vosotros! —exclamó el viejo cazador, orgulloso—. ¡Id a ver a los amigos masáis! ¡Esperamos que todo se arregle tan bien como sea posible!

Y eso hicieron.

Agatha y sus compañeros se dirigieron a pie por la sabana abierta con la guía segura de Haida. Ya habían comunicado a Annette Vaudeville la buena noticia y ella se había encolerizado mucho. No solo por el hecho de que había provocado que detuviesen a Patrick Lemonde, sino también porque ella no había sospechado nada y se había dejado tomar el pelo desde quién sabe cuánto tiempo. Sin embargo, la tranquilidad de la tribu era lo más importante y decidieron explicar al consejo de sabios que Hwanka se había perdido en los altiplanos entre una gran cantidad de peligros.

Era la mejor solución para todos.

El oloibon invitó al poblado a los forasteros que habían encontrado la jirafa blanca y organizaron grandes festejos en su honor.

Con los ánimos calmados, la comitiva continuó caminando en silencio por la naturaleza virgen de aquel rincón perdido de África.

—Primito, ¿sabes qué quiere decir la palabra safari? —preguntó Agatha guiñando el ojo a Haida.

—Vaya pregunta… ¡Qué fácil! —refunfuñó Larry—. ¡Todo el mundo sabe que significa «ir a cazar grandes bestias»!

—¡No, chiquillo! —puntualizó Agatha.

—Eh… —vaciló el chico—. Pues… entonces… ¿quizá se refiere a observar animales salvajes?

—¡Error! —rebatió Agatha con una sonrisa—. Haida, ¿se lo explicas tú?

Su prima asintió con solemnidad, se detuvo en medio de la hierba alta y describió un gran círculo con el brazo.

—Safari significa «viaje» —murmuró—. Un viaje sin objetivos ni horizontes. Un viaje que dura toda la vida e incluso otras más.

Aquellas palabras, tan sentidas y profundas, suscitaron un momento de gran paz, como si ellos se encontrasen en el centro del universo.

Después Agatha retomó el camino.

—¿Qué os parece? ¿Vamos a celebrarlo? —propuso, alegre.

Una hora después, finalmente, el poblado apareció ante su vista: era de forma circular, con un murito de ramas puntiagudas y arbustos espinosos como protección, y una serie de cabañas colocadas en círculo. El cercado del ganado estaba en el centro.

Su aparición supuso un triunfo memorable.

Ya se había corrido la voz de que la jirafa blanca había vuelto y los masáis los acogieron con calurosas sonrisas y presentes de toda clase.

Annette los informó de que todo el mundo estaba preparado para las celebraciones en honor a su proeza. Solo había una pequeña cosa que debían hacer antes de que la fiesta empezara…

Llevaron por separado a los tres londinenses y a Haida a cabañas de techo bajo, hecho de paja y un entramado de madera lleno de barro y hierba seca. Cuando salieron, se miraron e intentaron reprimir la risa. Podían pasar perfectamente por miembros de la tribu con las túnicas rojas, los rostros pintados, los ornamentos de abalorios y las plumas de colores. Los sabios del poblado se reunieron alrededor de los huéspedes y comenzaron a hablar en su lengua.

—¿Qué dicen? —preguntó Larry en voz baja.

—Están asignando un nombre masái a cada uno de vosotros —explicó Annette. La antropóloga sonreía por lo bajo cada vez que el oloibon anunciaba un nuevo sobrenombre. Después los tradujo a los invitados—. Agatha, a ti te han bautizado como «Mariposa dorada» —anunció con una ligera inclinación—. Haida es la «Pantera amable»; mister Kent, en cambio, tiene el sobrenombre de «Hipopótamo pensativo».

—¡Jajajaja! —la interrumpió Larry partiéndose de risa—, ¡Hipopótamo pensativo!

En el poblado se hizo un gran silencio mientras todo el mundo observaba con irritación al joven detective. Como castigo, los sabios decidieron cambiar el nombre que le habían asignado.

—¿Qué? —resopló él mientras los acompañaban a la cabaña donde se celebraba el banquete—. No me gusta «Babuino estrafalario». ¡No me lo merezco!

Como toda respuesta, mister Kent se limitó a arquear una ceja. Agatha, en cambio, se sentó en la alfombrilla de mimbre y les dio las gracias a los sabios de forma respetuosa.

—Larry, ahora deja de hacer el payaso y, sobre todo, acepta todo lo que te den —le susurró.

—No te preocupes —prometió él cogiendo con ambas manos el cuenco que le ofrecían. Parecía estar lleno de leche con chocolate y se tragó el líquido de golpe. Lo saboreó mejor e intentó adivinar a qué le recordaba. Entonces sintió que una energía inesperada se extendía por todo su cuerpo enclenque.

En aquel preciso instante, al EyeNet llegó el mensaje de la escuela, con las felicitaciones por el éxito de la misión.

Larry no cabía en sí de gozo, se acabó la comida a toda prisa y salió afuera a bailar con los masáis. Saltaba como una gacela, más que nadie, lleno de felicidad. A su alrededor, los guerreros daban palmas siguiendo el ritmo y se reían más que nunca.

—¡Soy el más famoso del poblado! —gritó Larry a su prima y a los otros amigos, que se habían unido a él en la explanada de tierra roja.

Agatha sonrió y susurró a sus compañeros:

—¡Si supiese qué ha bebido, dejaría de saltar ahora mismo!

—¿Por qué? ¿Qué había en los cuencos, señorita? —preguntó mister Kent, sorprendido.

—Una mezcla de leche de cabra y sangre de buey —rio la chica—. Muy nutritiva, ¡pero ya sabes lo especial que es Larry con las cosas de comer!

Nadie se lo dijo.

Por tumos, el aprendiz de detective invitó a bailar a Haida, Agatha, Annette y mister Kent. Continuó dando saltos y cabriolas hasta bien avanzada la noche, cuando encendieron los fuegos y los tambores africanos llenaron la sabana de sones muy antiguos.

Todos los presentes recordarían durante mucho tiempo a aquel chico gracioso y extravagante que cultivaba el sueño de convertirse en el mayor investigador de todos los tiempos.