TUS CEJAS SE ARQUEAN, se contraen; tu frente puede arrugarse, tus ojos te miran fijamente. Tu boca se abre y se vuelve a cerrar.
Te miras atentamente en el espejo y, aún examinándote de cerca, incluso te encuentras un rostro mejor (es verdad que cae la tarde y que el foco de luz está detrás de ti, de modo que sólo el vello fino que recubre el contorno de tus orejas está verdaderamente iluminado) de lo que tú mismo pensabas. Es un rostro puro, armoniosamente modelado, casi bello de contornos. El negro del cabello, de las cejas y de las órbitas surge como algo vivo de la masa del rostro que está a la expectativa. La mirada no está en absoluto devastada, no hay vestigios de ello, pero tampoco es infantil, sería más bien increíblemente enérgica, a menos que sea simplemente observadora, ya que justamente estás observándote y quieres darte miedo.
¿Qué secretos buscas en tu espejo resquebrajado? ¿Qué verdad en tu rostro? Esta cara redonda, un poco hinchada, ya casi abotargada, las cejas que se unen, esa minúscula cicatriz sobre el labio, esos ojos un poco saltones, esos dientes montados, llenos de sarro amarillento, esas múltiples excrecencias, granos, puntos negros, verrugas, comedones, lunares negruzcos o pardos de los que brotan algunos pelos, bajo los ojos, sobre la nariz, bajo las sienes. Acercándote puedes descubrir que tu piel está sorprendentemente estriada, arrugada, sucia. Puedes ver cada poro, cada abultamiento. Miras, escrutas las aletillas de tu nariz, las grietas de tus labios, la raíz de tus cabellos, las venillas reventadas que estrían de rojo el blanco de tus ojos.
A veces pareces una vaca. Tus ojos saltones no muestran ningún interés por lo que tienen delante. Te ves en el espejo y eso no despierta ningún sentimiento, ni siquiera el que podría surgir de la simple costumbre. Este reflejo más bien bovino que la experiencia te ha enseñado a identificar como la imagen más certera de tu rostro no parece sentir ninguna simpatía hacia ti, ningún reconocimiento, como si, justamente, no te reconociese, o más bien como si, reconociéndote, se cuidara de no expresar sorpresa alguna. No puedes pensar seriamente que te tenga manía, ni siquiera que esté pensando en otra cosa. Simplemente, como una vaca, una piedra o el agua, no tiene nada en particular que decirte. Te mira por cortesía, porque tú lo miras.
Te estiras el rabillo del ojo para tener pinta de chino, pruebas algunas muecas, con la mirada desorbitada: el tuerto de la boca torcida, el mono con la lengua metida bajo el labio superior o bajo el labio inferior, las mejillas huecas, las mejillas infladas, pero, chino o gesticulante, la vaca en el espejo resquebrajado se deja hacer de todo y no reacciona. Su docilidad es hasta tal punto evidente que primero te inquieta y luego te tranquiliza porque, finalmente, se vuelve casi molesta. Puedes bajar los ojos ante un hombre o ante un gato, porque el hombre y el gato te miran, y su mirada es un arma (y la bondad de una mirada quizá sea incluso la peor de las armas, la que te desarmará mientras que el odio no lo habría logrado) pero al final, nada es más descortés que bajar los ojos ante un árbol, o ante una vaca, o ante tu propia imagen en el espejo.
Hace un tiempo, en Nueva York, a algunos centenares de metros de los malecones donde baten las últimas olas del Atlántico, un hombre se dejó morir. Trabajaba como escribiente para un jurista. Escondido tras un biombo, permanecía sentado en su escritorio y nunca se movía. Se alimentaba de galletas de jengibre. Miraba por la ventana un muro de ladrillos ennegrecidos que casi habría podido tocar con la mano. Era inútil pedirle lo que fuese, que releyese un texto o fuese a correos. Ni las amenazas ni los ruegos ejercían poder sobre él. Al final, se quedó casi ciego. Hubo que cazarle. Se instaló en las escaleras del edificio. Entonces lo encerraron, pero se sentó en el patio de la cárcel y se negó a alimentarse.