Eva

A Maria Tomasova

Fue cuando el vino nuevo… El otoño

había tejido ya el mimbre en torno a las botellas,

y la serpiente, no encima de la piedra, sino debajo del brezo,

yacía sobre el vientre cubriéndose con su dorso.

«La belleza destruye el amor, el amor la belleza», me dijo.

Y del mismo modo que antaño se sacrificaba a las diosas de aquí y allá

un número impar de víctimas,

ella pensaba entonces nada más en sí misma,

imaginando con indiferencia

la eternidad sin inmortalidad…

Era tan hermosa que si alguien me hubiera preguntado

por dónde había ido con ella, no hubiera, sin duda, hablado de paisajes

(a no ser que sintiera la impotencia de las palabras

y que sólo hiciera posible deletrear el silencio

la lluvia que cae en los presidios).

Era tan hermosa que quise

vivir de nuevo, pero de un modo distinto.

Era tan hermosa que en el fondo de mi delirante amor

me esperaba todavía íntegra toda la locura…