41. VEO EL SOL

Volvió el silencio.

La voz gutural y arrogante se había callado.

—¡No encienda todavía! —ordenó bruscamente Nayland Smith—. Pagó su deuda. ¡No la pagará dos veces!

Y en esa oscuridad fría y húmeda, permanecí a la espera, escuchando.

Sir Denis empezó a susurrarme al oído:

—¿Dónde cree que estaba?

—Frente a nosotros.

—¿Más arriba?

—Sí.

—Yo también lo creo. Y tiene que haber alguna galería allí. Debemos proceder con mucha cautela. Supongo que es usted un excelente nadador, ¿no?

Me sentí desfallecer. A pesar de mis ansias de escapar de aquel lugar, la idea de zambullirme en esa agua quieta y cavernosa me horrorizaba.

—Bastante bueno, ¡pero no creo que esté en muy buena forma en este momento!

—Es evidente, Sterling. Sólo se es capaz de realizar tal esfuerzo cuando hace falta salvar la piel. En realidad, no creo que haya más de cincuenta o sesenta metros de un lado a otro. Al menos, así lo espero, porque mis posibilidades como nadador son bastante limitadas. ¡Una vez en el agua, tendré que arreglármelas!

—¿Cuál es su plan, sir Denis?

—El siguiente: si nos dejamos ver otra vez, dispararán contra nosotros; intentemos otra cosa: sugiero que coloquemos una luz en el borde del muelle, como un faro, y que se sumerja usted sin hacer ruido. Hay una escalera aquí cerca. Guiándose por la luz, cruce a nado…

—Estoy dispuesto. ¿Qué más?

—Averigüe si hay algún modo de subir…

—¡En esta completa oscuridad!

—Es prácticamente imposible. Pero seguramente habrá atravesado alguna vez un río con sus cosas debajo del sombrero, ¿no?

—He visto hacerlo.

—Mi petaca es de goma y muy amplia; cabrán sin problema el revólver y una de las linternas… Páseme la suya…

Sin hacer ruido, me acerqué a tientas, encontré la mano tendida de sir Denis y le entregué mi linterna.

—Estoy envolviendo la petaca en un pañuelo de seda… —murmuró—. Y a está… acérquese.

Avancé con cautela hacia él y sentí que me apretaba el hombro; aquel hombre extraordinario me comunicaba su vitalidad: me sentí reconfortado por la confianza que depositaba en mí.

—Ate las puntas debajo de su barbilla —indicó.

Mientras le obedecía de la mejor forma posible, continuó hablando bajo y con presteza.

—Si consigue salir del agua, utilice la linterna para abrirse camino. Guarde la pistola en su otra mano. Si no hace pie, vuelva. ¿Está claro? ¿Cree que será capaz de hacerlo?

—Está clarísimo, sir Denis; y si no tengo ningún percance, pienso que lo lograré.

—¡Buen chico! Ahora agarre mi brazo y cuando yo retroceda, ¡avance hacia mí!

Sentí que se inclinaba… ¡y de improviso una luz se encendió a mis pies!

—¡Hacia atrás! —murmuró.

Me hizo retroceder tres pasos ¡y vi que la luz seguía nuestros movimientos!

—Le he atado una cuerda —me confió al oído.

Estas breves palabras, pronunciadas en voz baja, eran el único ruido que rompía el silencio.

—¡No hay ningún tirador escondido! —aseguró sir Denis—. El doctor Fu-Manchú demuestra una nobleza indiscutible. Su palabra es sagrada. ¡Adelante, Sterling! Le colocaré la linterna…

De aquella travesía a nado de un lado a otro de la caverna, prefiero no acordarme y no intentaré describirla. La temperatura del agua era mucho más baja que en alta mar.

A una distancia de unos cincuenta metros del muelle, toqué la punta de una roca. Probé con mucho cuidado; encontré un agujero donde apoyar el pie y empecé a trepar a tientas.

Debajo de mí, di con unas rocas escalonadas. Logré auparme fuera del agua y, medio sentado en un reborde, me desaté aquella singular boina, agarré la petaca entre mis dientes y extraje la linterna. Con el automático todavía guardado en la petaca, dirigí la luz hacia arriba.

No era una escalada muy fácil, pero vi que, unos tres metros más arriba, había una plataforma. Desde allí una pendiente suave bajaba hacia lo que parecía ser una pequeña cueva, en el muro de la caverna.

Miré hacia atrás.

El leve haz luminoso de la linterna que se reflejaba sobre el agua inmóvil estaba enfocado directo hacia mí.

Empecé a ascender.

Era menos difícil de lo que esperaba. Sin demasiado esfuerzo, llegué a la plataforma y me dirigí hacia la brecha que se abría en la roca. Al alcanzarla, vacilé por un momento. Era mucho más alta y ancha de lo que había imaginado desde abajo.

Retiré la petaca de entre mis dientes, empuñé el revólver de Nayland Smith y me adentré en la cueva.

Me encontré en un pasadizo rocoso, bastante parecido al que habíamos recorrido en el lado opuesto de la caverna, salvo por que no estaba protegido a los lados y se abría justo sobre una cuesta escarpada.

Iluminando el camino con la linterna, seguí avanzando.

La temperatura que reinaba en ese lugar era terriblemente baja para un hombre desnudo, pero empecé a percibir el olor salado del mar, lo que me incitó a seguir adelante.

El pasadizo se tornaba cada vez más bajo de techo y más angosto, pero no me detuve.

Parecía que nadie lo hubiese pisado jamás: era impoluto, un pedazo virgen de la naturaleza. La pendiente se acentuó hasta volverse vertical. Tropecé y me encontré abajo…

¡Y vi levantarse el sol sobre el Mediterráneo!

¡Grité loco de alegría! ¡Era un adorador del sol!

Me hallaba en una pequeña bahía, cubierta de guijarros y rodeada por unos enormes acantilados. El mar se extendía ante mis ojos pero, mirando a ambos lados, no divisé ninguna costa.

En un lado, descubrí un sendero que subía abruptamente. Lo examiné más de cerca. ¡Sí! ¡Había sido hollado!

Cinco pasos más arriba, ¡encontré una cerilla usada!

Di media vuelta y eché a correr. Y en un tiempo mucho más corto que a la ida, regresé a la entrada del pasadizo, contemplando esa extensión de agua sobre la cual vacilaba la tenue luz de aquel faro improvisado.

—¡Sir Denis! —grité, agitando mi linterna—, ¡tírese al agua, ya es nuestro!