Diez minutos más tarde, nos encontrábamos en el estacionamiento de la S.A., alistando las armas y los coches. La noche era tranquila, aunque tenía la sensación de que era la calma antes de la tormenta. Dora había dicho que la octava noche de este mes debería cazar a Mikela. Antes, no había tenido ningún problema en llevar a Nina conmigo, pero ahora, conociendo lo que sabía, no estaba tan seguro.
Sacudí la cabeza mirando al cielo. ¿Qué debo hacer? Ella es mi pareja, pero debía ir por Mikela. Debía encontrarla de un modo u otro. Quería matarla. En mi fuero interno, deseaba lastimarla hasta que pidiera perdón por lo que había hecho. Sal era como mi familia y todo en ella era valioso, incluso su sangre y de solo saber que había estado tan cerca de lastimarla, se me revolvía el estómago.
Si las investigaciones estaban en lo cierto, su sangre salvaría a miles de personas y sería la cura para muchos que no deseaban ser lo que eran. Lo pensé un momento. Si la cura era cierta, ¿Nina me pediría ser curada? Aquello me oprimió el pecho. ¿Qué ocurriría si realmente lo deseara? No podría retenerla; no lo haría, aunque tan solo la idea hiciera que se me formara un hueco en el pecho.
Nunca antes había pensado en el emparejamiento, incluso no había conocido casos en que los semidioses se emparejaran; pero ahora, la sola idea de que ella se marchara, me partía en dos. Solo imaginármela con otro hombre me hacía desear matar a cualquiera que se le acercara. Levanté la cabeza y la observé, y una sonrisa curvó mis labios cuando ella me miró. No sabía de dónde nacían todos esos sentimientos violentos, pues eran nuevos para mí. Estaba dicho que nunca antes había conocido algo parecido. Creía conocer el amor por mis elementales, pero mi unión con Nina iba más allá de ello, más allá de todo lo que pudiera manejar. Salí de mis cavilaciones cuando noté que Hero se detenía a mi lado.
—Felicitaciones —dijo palmeándome la espalda—. Veo que han congeniado, o más que eso; tal vez… —Sonrió Hero estrechando los ojos. Sacudí la cabeza y volví a mirar a las chicas. Eva estaba guardando en el coche la ropa de Nina—. Te ves bien.
—Imaginé que lo sabrías —confesé suspirando—. Aunque aún me pregunto cómo es que sabes esas cosas.
—Las auras —confesó, y lo miré extrañado—. Se mezclan —dijo mientras su mirada se perdía en la lejanía como si buscara algo. Estaba seguro de que Hero rastreaba de algún modo el lugar para que ningún ángel se acercara a nosotros, en especial a su compañera—. Cada uno tiene un color personal, yo simplemente las percibo —volvió a mirarme—. Cuando el aura se mezcla y adquiere un nuevo color quiere decir que sus mentes se han unido, junto con el cuerpo.
—Dime que la mía no es rosa —rezongué poniendo una mala cara totalmente fingida. Hero rio relajando sus duras facciones. Debía admitirlo, Sal tenía un buen compañero, y comprendí que había ganado un amigo. Hero no había develado mi secreto, incluso había logrado cubrir el secreto de su compañera, y eso me hacía confiar aún más en él.
—Hummm… —murmuró Hero mientras me observaba con detenimiento. Se frotó la barbilla y me miró ceñudo. Después de un segundo, comencé a ponerme nervioso, no podía ser rosa, ¡no podía serlo!—. No —confesó con una sonrisa, y suspiré aliviado—. Es azul. Imagino que es igual al color de tu madre —añadió con naturalidad—. El de ella es violeta —señaló mirando hacia donde estaban las chicas—. Casi parecido al de Carim, pues todos los gatos tienen la misma gama de colores. Violetas y lilas, y tan solo he visto algunos muy violentos con colores como rojos y púrpuras. Cuando se acerca a ti o piensa en ti, se mezclan —dijo mientras se metía las manos en los bolsillos.
—Aún no se lo he dicho —confesé arrugando la nariz. Hero me estudió un momento, como si no entendiera.
—¿Por qué no? —Preguntó observándome. Hice una mueca y levanté los hombros. Él sonrió, y supe que había notado algo en mi aura—. Aunque, no creo que ella sea ajena a eso —añadió, y sabía que estaba en lo cierto otra vez. Nina podía escucharme.
—Reaccionó al cambio mejor que otros que he visto —mi voz fue un susurro—. No sé si lo que ella necesita ahora es que le diga que está emparejada conmigo.
—Tal vez eso es lo que ella necesita. —Lo miré a los ojos buscando comprender—. Cuando conocí a Sal estaba perdido, ¿sabes? La soledad fue una elección para no sufrir por nadie más. —Hizo una pausa y continuó—: Y ella fue mi salvavidas, como si me hubiera dado una meta en esta jodida vida. Recuerda que ella está sola ahora, tal vez sea lo que necesite. Es bueno saber que uno pertenece a algo, a un sitio, y que tiene a alguien que la amará y la protegerá sin importar qué ocurra. A veces, es bueno saber que el destino no es una mierda como creemos, y que tan solo hemos vivido malos momentos para poder disfrutar cuando encontramos a nuestra otra mitad —concluyó y me miro de reojo—. ¿Qué? —Preguntó cuando lo observé—. Sueno como un marica, ¿cierto?
—Mejor dicho como un macho dominado —repliqué, y me gruñó.
—Y eso, mi querido amigo… es completamente cierto, aunque… —hizo una pausa— nunca lo admitiré frente a ella. —Comenzamos a reír—. Ya verás…, espera a que la unión se complete y seremos dos nenas. Estoy seguro de que Z nos torturará durante mucho tiempo.
—Lo dudo —añadí—. ¿Lo has visto con Vívika? —Hero negó, y me sonreí—. Dudo de que dure mucho.
—¿Le contarás todo? —Me preguntó, y suspiré como respuesta.
—Creo que sí, aunque ya sabes, no sé… —murmuré mientras cerraba los ojos.
—Debes ser sincero con ella, no podrás evitarlo. Aunque no me imagino a tu madre yendo a cenar con ustedes, visitándolos en Navidad. —Soltó una carcajada y lo maldije entre dientes—. Bueno, no tenemos Navidad, pero será un karma para ella saber que su suegrita puede mover un dedo y eliminarla, pero, de todos modos, debe saberlo. —Hero rio nuevamente tomándose el vientre, y volví a maldecirlo. Estaba en lo cierto, tenía un nudo en el corazón. ¿Qué ocurriría si ella no deseaba la unión, si le temía a mi madre? Tragué con fuerza; debería hacerlo.
—Hero, eres un idiota —le dije sonriendo y sacudiendo la cabeza, apartando las preocupaciones.
—No, es que no puedo imaginarlos comiendo todos juntos, como una familia normal. Piénsalo —afirmó aún riendo—. Tu madre en la punta de la mesa, a su lado Irizadiel con sus hermosas alas, Nina y tú. Eso suena raro.
—¿Crees que solo a ti te suena extraño? —Le respondí haciendo una mueca.
—Creo que su gata lo sabe —admitió cuando dejó de reír. Hero era mucho más sabio de lo que nunca había imaginado—. Puedo sentirla. Hoy pude verlo claramente antes de que llegaras, lucía confundida…, ¿hablas mentalmente con ella?
—Lo descubrí hoy —admití en un suspiro. Me sentía como un novato a su lado—. Sé que me oye —concedí.
—Entonces no tardará en averiguarlo —expresó mi amigo, sabiendo que nunca podíamos ocultarles nada a las parejas.
—¿Cómo manejas la comunicación? —Pregunté intrigado intentando averiguar cómo había logrado que Sal no averiguara lo que le había contado.
—Lo que quieres saber es cómo logro que Sal no escuche todo lo que pienso… —dijo sonriendo de lado, y echándole un vistazo a su compañera—. Creo que es mitad y mitad. Aún no estoy seguro, pero tengo la sensación de que la comunicación es más fluida cuando las emociones son más fuertes —añadió gesticulando—. Ya sabes, sexo, peleas, dolor…, aunque a veces creo que Sal simplemente ignora lo que le digo.
—¿Te ignora? —Pregunté imaginando a Sal ignorando a Hero—. ¿Cómo?
—Como cuando va de compras —dijo apoyándose en el coche—. Le digo que algo no me gusta porque es muy ajustado, muy transparente, y ella simplemente me mira y me ignora. Así de simple, Nick. —Comencé a carcajearme sin parar. No podía detenerme, incluso tuve que tomarme el estómago—. ¡No te rías, es serio! —Gruñó afligido—. No te reirás cuando ya sabes quién te haga lo mismo.
—Sabes que Salomé nunca gastará demasiado —solté aún riendo.
—¡Eso crees tú! ¿Las has visto ir de compras? ¿Has presenciado el acto en sí? Es casi primitivo —dijo con seriedad. Negué en silencio conteniendo las carcajadas. Lo describía arrugando la nariz y con cara de asco—. Bueno, es como si las tiendas simplemente fueran cadáveres, ¿sabes?, y ellas se largaran como buitres en picada hacia su presa. Revuelven todo y van de un lado al otro frenéticamente. Como si estuvieran drogadas o poseídas. ¡Y ni te imaginas cómo se ponen cuando les gusta la misma prenda! Parece que van a matarse en medio del local, y los vendedores las miran atemorizados…, incluso yo temo por mi vida —concluyó ofuscado.
—No puede ser tan malo… —dije carcajeándome nuevamente.
—¡Oh, no! Lo peor es cuando entran a probarse los millones de prendas que eligieron. ¡Sabes, es injusto! —Se quejó Hero poniendo cara de mártir—. Me emparejé con una, pero parezco el marido de las tres.
—¿Tan malo es? —Pregunté viendo su sufrimiento.
—¿Sabes lo que hicieron la última vez? —Dijo. Yo no sabía si preguntar o no.
—No. ¿Qué hicieron? —Me arriesgué a averiguar.
—Bueno, me llevaron a una tienda. Una vez que tardaron cuarenta y cinco minutos en destripar… la maldita tienda, me sentaron en unos sillones frente a los probadores y me mostraron cada uno de ellos.
—¿Sabes? —Dije sonriendo—. Muchos hombres te envidiarían.
—¿Sí? —Preguntó con sorna—. ¿Incluso cuando me tiran cosas en la cara o me recriminan que no sé nada de moda porque les digo que algo de lo que eligieron no me gusta? —Comencé a reír nuevamente y apoyé mi mano sobre el hombro de Hero—. ¡Aún creo que no es gracioso! —Se quejó. Eso me hizo reír más, y sentía que nunca terminaría mis carcajadas.
—Eres un buen tipo —dije cuando recuperé el aliento—. No sé cómo lo logras, pero aun en los peores momentos me haces reír.
—¡Te ríes de mi sufrimiento! Sé que lo estás disfrutando. Estas mujeres no tienen límites —añadió indignado.
—Creo que no.
—Hazme caso… —me susurró—. Realiza un contrato donde esté debidamente expreso que no irás de compras y que no interferirán en tus días libres.
—Tomaré eso en cuenta —dije asintiendo.
—¡Ah! Y no olvides la parte en la que detallas que puedes proveer tu refrigerador de comida chatarra si lo deseas. Las féminas y sus malditas dietas pueden llegar a volverte loco. Créeme, coloca también que a veces ella deberá comprarla aunque no le guste —expresó con la seriedad del caso.
—No jodas, ¿hablas en serio? —Pregunté consternado. Pobre Hero.
—¿Te parece que estoy bromeando? —Respondió indignado.
—No, ni un ápice —admití.
—Recuerda mis palabras, mi pequeño Nicolás-san… —dijo colocándome emotivamente una mano en el hombro—. Recuerda mis palabras —me dijo con una voz extraña y volvimos a reír.
—¡Eh! Ustedes dos… ¡parecen dos viejas chismosas! —Ambos sonreímos al ver las caras de las chicas. Reparé en Nina imaginándome una vida junto a ella, compartiendo las cosas cotidianas, como Hero lo hacía. Ella sonrió y le respondí del mismo modo.
—Sal no lo sabe —murmuró Hero cuando recuperó la compostura—. No sabe nada de lo que me has dicho…, pero sospecha.
—Sí, lo sé. Estoy seguro de que desea preguntarme qué ocurre, pero no sabe por dónde empezar…, y lo de Nina, lo sabrá pronto. Imagino que saltarán sobre ti y te lo sacarán como sea en cuanto estén solos.
—Gracias —dijo palmeándole el hombro, haciendo un gesto de dolor—. Con amigos como tú… —Se marchó hacia el coche—. ¡Eh! —Me llamó antes de meterse en el coche—. Aún tienes una cama de más en tu casa, ¿cierto?
—Sí, puedes usarla cuando gustes —grité, y miré a Sal. Ella frunció los labios y estrechó los ojos.
—¿Para qué quieres una cama? —Le preguntó ella cuando él llegó a su lado, pero la acalló con un beso, y sonreí nuevamente. Di un vistazo hacia donde Nina estaba y pensé que debía intentarlo.
—Nicolás, Carim irá con ustedes —me gritó Eva. Me metí en el coche. Carim se introdujo en el asiento trasero y Nina en el del acompañante. Puse el coche en marcha.
—¡Por favor! ¡Por favor, Nicolás! —Lloriqueó la gata robándole una sonrisa a Nina—. Dime que no nos matarás del aburrimiento con tu música cursi. —Puse los ojos en blanco y suspiré. No solo tenía que soportar a Zander, sino también a Carim.
—Nina, por ser la primera vez que subes a mi coche… —dije con la voz seria.
—… Consciente —añadió ella.
—Por ser la primera vez que subes a mi coche, consciente —repetí—. ¿Qué música te gusta?
—Dime que no eres de escuchar musiquilla de la romántica. ¡Por favor! ¡Por favor! —Suplicó Carim con cara de perrito mojado, y Nina sonrió.
—¿Tienes algo de AC/DC? —Dijo. Me estiré y tomé el control. Busqué la canción que alguna vez Zander me había hecho guardar, una de las pocas que tenía de esa banda metalera de la antigüedad. Back in Black dio los primeros acordes, y Carim vitoreó. Debería bajar algunas de estas si Nina era fanática de ellos y tendría que soportarlo, al menos hasta que firmara el acuerdo. Las escuché cantando y arrugué la nariz, ya que no comprendía del todo la letra. Sacudiendo la cabeza, dirigí el coche hacia la salida.
—Esa es mi chica… —Carim le palmeó el hombro a Nina—. Ves, Nicolás, ella me gusta. —Nina me sonrió y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí acompañado. Íntimamente acompañado. Tal vez Hero debía incluir lo de la música en su contrato, se lo diría la próxima vez. Para mí, la canción no era buena. Debía admitirlo, pero Nina se veía feliz y relajada, así que me olvidé de eso.