7

El apartamento de Amy estaba a solo unas manzanas de distancia, y Red, que debía de haber recogido a Tyler tres segundos después de dejarme a mí, nos llevó hasta allí.

Pasaban unos minutos de las once, pero eso no hizo que Tyler se achantara. El apartamento era una casa cutre reformada, cuyo recibidor original había sido convertido en una especie de vestíbulo. Al final del mismo habían levantado una nueva pared, y junto a la única puerta había un pequeño timbre amarillo al lado de un telefonillo.

Tyler presionó el botón, esperó y apretó de nuevo.

—¿Qué coño pasa? —dijo una voz aguda—. Joder, es casi medianoche.

—¿Ha alquilado ya la habitación de Amy Dawson?

—¿Le interesa? —La voz sonaba mucho más conciliadora.

—Es posible.

Dejó de oírse ruido estático a través del altavoz para no oírse nada. Al cabo de un momento la puerta se abrió y apareció un anciano con unas cejas que parecían dos gatos acostados. Llevaba una bata de franela raída y nos indicó que entráramos.

—Primer piso. Por aquí. —Nos acompañó hasta ella y abrió la puerta.

La habitación era casi lo más deprimente que había visto en mi vida. Poco más que un armario reformado sin ventanas.

—Es la más barata que tenemos —dijo el anciano.

—¿Le dijo ella que se mudaba? —pregunté—. ¿Dejó una dirección de contacto?

—No dejó dirección. Solo dijo que había conseguido un empleo en Las Vegas.

Miré alrededor. No había nada allí, ni siquiera trastos o basura.

—¿Lo ha limpiado?

—No; lo hizo ella. Quería recuperar su depósito. Se lo devolví, así que no empiece a darme la brasa.

Lo miré.

—No se me ocurriría. —Miré a Tyler a los ojos—. Por lo visto hizo la maleta, limpió y se puso en marcha. Pero ¿no le dijo adónde iba? —pregunté al anciano—. ¿Tomó un taxi hasta la estación de autobuses? ¿Alquiló un coche?

—Ni idea. Aunque alguien la llevó. Eso sí que lo vi.

—¿Quién?

—Vi el coche, no al conductor. —Echó un vistazo al interior de la habitación—. No están interesados en realidad, ¿verdad?

—Lo sentimos. —Tyler se disculpó y le entregó un billete de veinte dólares—. Sentimos haberle despertado.

—Alguien fue a Las Vegas con ella —dije—. O al menos la llevó hasta la parada de autobús. Es posible que las chicas del club sepan de quién se trata.

—Es posible —reconoció Tyler mientras regresábamos afuera, donde Red nos esperaba con la puerta abierta—. Pero hablaremos de ello más tarde. Ha sido suficiente para una noche.

Tenía razón, pensé mientras subía a la parte trasera del vehículo y me acomodaba al lado de él. Mi preocupación por Amy se desvanecía con rapidez, pero cuando me removí en el asiento para mirar a Tyler no pude evitar pensar en las acusaciones de Kevin, quien afirmaba que esos tipos se traían toda clase de tejemanejes. Y, para bien o para mal, yo quería saber si eso era cierto.

Guardamos silencio durante un rato. Tyler recibió algunos mensajes que tenía que contestar. Yo aproveché para enviar un email a Candy. Le conté que cada vez parecía más evidente que Amy estaba vivita y coleando y moviendo los tacones en Las Vegas. Luego utilicé el navegador de mi móvil para iniciar la búsqueda de todas las Amy Dawson en la zona de Las Vegas. No había muchas, así que me dije que empezaría a hacer llamadas a la mañana siguiente.

Cuando por fin llegamos a la parte de Chicago que yo reconocía —en la zona de la Magnificent Mile— guardé el móvil y fruncí el ceño al ver el lugar.

—Nos vamos en la dirección correcta —dije.

Tyler dejó su teléfono y siguió mi mirada.

—No —repuso—. No es así.

—¿Por aquí se va a Pilson? —pregunté, mencionando mi barrio.

—Podríamos ir por aquí —respondió—. Sin embargo, ahora no vamos a tu apartamento.

Enarqué una ceja.

—¿No? Me dijiste que diera a Red mi dirección. Me dijiste que estuviera lista mañana. ¿No lo recuerdas? ¿Me dijiste eso cuando me metiste en la parte trasera de este coche?

—Para empezar, ya es pasada la medianoche, así que ya es mañana. Y además las cosas han cambiado —adujo, mirándome de forma significativa—. Y yo he cambiado de parecer.

Divertida, me recosté contra el asiento.

—Bueno, ¿adónde vamos? —pregunté, aunque en realidad no tenía por qué hacerlo. Red estaba deteniendo el Lexus delante del Drake—. ¿Y si quiero irme a casa? —inquirí cuando me abrieron la puerta.

—Yo diría que no.

—Oh.

Pensé en eso. Pensé en mi reacción visceral a sus palabras. Los dos nos habíamos disputado el control de la situación en el club. En ese momento, sin embargo… Tyler era quien ejercía el mando.

Me tendió una mano. Titubeé un instante antes de aceptarla y permitirle que me llevara al hotel, donde me condujo por la escalinata hasta el vestíbulo.

—Espero que tu habitación esté cerca —comenté, decidida a serenarme—. Sería estupendo quitarme estos tacones.

Tyler bajó la mirada a mi pie, que yo había adelantado de forma servicial para mostrar mis incomodísimas sandalias de tiras y mi brillante pedicura nueva.

—Precioso. Pero a lo mejor prefiero que te los dejes puestos —agregó, y el deseo que detecté en su voz era evidente—. Todo lo demás puedes quitártelo.

«¡Ay, Dios!» Imposible mantener la compostura. Me había vuelto a coger por sorpresa otra vez. Me humedecí los labios.

—¿Es una fijación sexual suya, señor Sharp?

—Una muy común, creo.

Estábamos cerca de los lujosos sillones del vestíbulo, y con un gesto me indicó que me sentara. Cuando lo hice se sentó a mi lado, y luego me cogió una pierna y apoyó mi tobillo sobre su muslo. La falda se me subió justo por encima de la rodilla, y no llevaba medias. El aire fresco se movió bajo los pliegues de mi falda como si fueran dedos, calmando mi acalorada piel.

Pero Tyler no estaba ayudándome a serenarme. Todo lo contrario. Muy despacio trazó un sendero a lo largo del dobladillo; las yemas de sus dedos dejaron una ardiente estela en mi muslo desnudo.

—Aunque no es una de los mías.

—Tyler. —No conseguí decir nada más. Me sorprendía haber logrado decir eso siquiera.

—¿Hum?

—En serio, deberías parar.

—Seguramente… Pero no quiero hacerlo. —Centró de nuevo la atención en mi rodilla; sus diestros dedos acariciaban un punto tan exquisito que las sensaciones se concentraron entre mis muslos y me hicieron gemir—. Te he hecho mía —dijo—. Pero aún no te he saboreado.

Lo miré a la cara, y el deseo que vi en ella era tan profundo e intenso como el mío.

—Por favor —dije, intentándolo de nuevo—. La gente nos mirará.

—Es posible que lo haga. No creo que te importe mucho. A mí no me importa en absoluto.

Cerré los ojos. Él tenía razón.

Las yemas de sus dedos rozaron por fin mi tobillo con ligereza, pasando después sobre la piel de mi sandalia antes de llegar al empeine y dibujar su contorno con delicadeza. Cualquier otro día me habría estremecido a causa de las cosquillas. Pero en esos instantes era incapaz de sentirlas, estaba demasiado excitada.

—No —murmuró Tyler mientras depositaba con cuidado mi pie en el suelo—. No tengo fijación con los pies. Pero si desarrollara una, sin duda empezaría con los tuyos.

—Así que ¿no tienes ninguna inclinación interesante? —bromeé. Trataba de parecer descarada para que él no viera lo nerviosa que me había puesto. Y sí, también intentaba hacerme una idea de lo que me tenía reservado una vez que llegáramos a su habitación—. Entonces ¿no tienes ninguna fijación?

—Yo no he dicho eso.

Tyler se levantó y me ofreció una mano para ayudarme a hacer lo mismo.

—Si no son los pies, ¿qué entonces? —pregunté, agradeciendo la firmeza con que sus dedos me sujetaban.

Su mirada me recorrió despacio; la inspección resultó perturbadora y muy, muy erótica.

—Muy pronto lo sabrás.

Se me encogió el estómago mientras me conducía hasta el ascensor.

Las puertas se abrieron y Tyler me soltó la mano, solo para posarla en la parte baja de mi espalda mientras me guiaba al interior de aquel ascensor tan bien decorado que más bien parecía una habitación pequeña. Un espejo del suelo al techo dominaba la pared del fondo, flanqueado a cada lado por los dispositivos de iluminación. En la base del espejo, y justo delante de nosotros, había un coqueto silloncito.

—Un diván —dijo Tyler cuando lo miré a los ojos en el espejo, enarcando las cejas—. Una vuelta a la época de los corsés y el aire acondicionado primitivo, imagino. Pero sin duda suscita algunas posibilidades interesantes en nuestro mundo moderno.

—Este hotel no tiene tantas plantas —repliqué, mirándolo a él por encima del hombro en vez de a su imagen—. No tenemos tiempo para tantas posibilidades.

—Un argumento muy válido. —Me rodeó y se sentó—. Pero es una lástima para nuestra sociedad que ni siquiera parezcamos disfrutar del tiempo del que sí disponemos. —Me tendió la mano con la palma hacia arriba—. Como ya he mencionado, soy partidario de no malgastar el tiempo.

Al contemplar su mano se me secó la boca y las rodillas se me aflojaron. La sonrisa que sus labios esbozaron prometía besos largos y caricias pausadas, y creo que me derretí un poquito en ese instante. Lo único que me salvó fue mi reflejo en el espejo. Al menos no parecía tan nerviosa como me sentía.

¿Por qué estaba tan nerviosa? Tyler ya me había tocado de manera íntima; ya había hecho que me corriera. Yo ya me lo había follado. Había sido dueña de la situación, de la iniciativa. Y había contemplado la pasión absoluta en su rostro a horcajadas sobre él.

Así pues ¿qué era lo que me inquietaba en ese instante?

Reconozco que era una pregunta estúpida porque ya sabía la respuesta. Me había entregado a aquel hombre a pesar de que no tenía ni idea de lo que iba a pasar, de lo que él deseaba, de lo lejos que él llegaría.

Ya no se trataba de Amy. Ya no se trataba de entrar en el club Destiny ni de las acusaciones de Kevin.

Se trataba solo de mí en ese momento.

Y ese simple hecho me excitaba tanto como me asustaba.

Aún no había tomado su mano cuando me hizo un gesto con el dedo índice.

—Ven aquí, Sloane.

Nada quedaba ya de la animada cháchara ni del timbre duro del hombre que se negaba a que lo engañaran. Su voz era sensual, imperiosa. Era una voz ideada para conseguir que una mujer se humedeciera y para asegurarse de que obedeciese.

Así lo hice.

Un paso, luego otro, hasta que me detuve ante él. Bajé la mirada y la fijé en su cuerpo, pues no deseaba verme en el espejo. No quería vislumbrar la anticipación y el deseo que mi rostro debía de reflejar.

Me sentía como una novata, insegura de lo que iba a pasar. Y estaba actuando como una adolescente, que ansiaba ese primer roce de sus labios sobre los míos.

Despacio, dolorosamente despacio, sus ojos me recorrieron. No dijo nada, pero casi pude oír el grave tamborileo de su aprobación vibrando en el aire. Se puso en pie con un movimiento elegante y poderoso. Y entonces, con increíble ternura, alargó el brazo para rozarme la mejilla con el pulgar.

—Me pregunto… —murmuró, y su voz se fue apagando.

—¿Qué? —inquirí cuando ya no pude soportar más el silencio.

—Todavía no te he besado —dijo—. Al menos, no con tal fuerza e intensidad que ese beso se abra paso hasta tu sexo. Me pregunto qué harías si no intento besarte en modo alguno.

El aliento se me quedó atascado en la garganta y tuve que morderme el labio para no protestar a gritos. Conseguí, en cambio, reordenar mis pensamientos, ladeando la cabeza mientras lo escudriñaba sin disimulo.

—Así que tu fijación sexual es esta, ¿eh? ¿Te gusta atormentar a mujeres inocentes?

—No —respondió sin más—. Y tú no eres nada inocente.

—No, no lo soy. —Posé la palma sobre su pecho y disfruté al sentirlo tomar aire, como si necesitara serenarse—. Y no quiero que me provoques.

—En tal caso, tenemos un problema. —Colocó su mano sobre la mía y me atrapó contra él de tal forma que me resultaba imposible apartarme aunque lo deseara—. Porque tengo la intención de provocarte. Completamente. Sin piedad. Voy a hacerte suplicar, Sloane. Y luego haré que te corras.

La boca se me secó de nuevo y la piel me hormigueaba. Mis pezones parecían guijarros bajo mi vestido de tan duros como estaban. Quería más, así pues que Dios me ayudara, y creo que la única razón de que no me apretara contra él de manera desvergonzada fue que las puertas a mi espalda se abrieron y la corriente de aire fresco que entró fue tan efectiva como un jarro de agua helada. Sobre todo cuando vi a la elegante pareja que aguardaba para entrar en el ascensor.

Me aclaré la garganta y, con la cabeza bien alta, los rodeé y salí. Tyler, que iba a mi lado, rió por lo bajo.

—Resulta estremecedor pensar que deben de saber adónde vamos y qué pensamos hacer.

Le lancé una mirada de reojo.

—Es imposible —repuse—. Ni siquiera yo sé qué vamos a hacer.

Tyler rió.

—Tienes mucha razón. Pero ¿a que es excitante la anticipación?

Mantuve la boca cerrada; decidí que el silencio era lo más prudente. Seguí a Tyler por el angosto pasillo de la novena planta. Nunca había estado en la zona de clientes de un hotel tan elegante, y me impresionó tanto aquel espacio sencillo como lo había hecho el vestíbulo del Palm Court.

—Es precioso —declaré, dejando que mis dedos rozaran el papel pintado en relieve de color crema mientras pasábamos de largo una puerta tras otra.

—Fue construido en 1920, y no repararon en gastos. ¿Sabías que Peter Ustinov dijo en una ocasión que caminar por el Drake era como caminar sobre diamantes?

—¿El actor?

—Ajá. La lista de gente que se ha hospedado aquí haría babear a un cotilla. Actores, miembros de la realeza e incluso delincuentes.

—Oh, ¿de veras? —repliqué, esforzándome para no parecer divertida en exceso—. ¿Como quién?

—¿Has oído hablar de Francesco Nitto?

—¿El Ejecutor?

Tyler enarcó las cejas, luego asintió con aprobación.

—Conoces la historia de Chicago.

—Conozco a la pandilla —aduje, refiriéndome a la infame banda del crimen organizado de Chicago, Outfit, cuyo líder más famoso fue sin duda Al Capone—. ¿Nitto se hospedó aquí?

—Vivía aquí —me informó Tyler—. Tenía su despacho y una suite. Eso fue en los años treinta y cuarenta. Más tarde… —Se interrumpió con una carcajada—. Lo siento. La organización de Chicago es una de mis obsesiones.

—Es un tema interesante —aseveré, y me guardé esa información para una futura referencia. Aunque tampoco era demasiado reveladora. Lo único que había que hacer era echar un vistazo a Hollywood para saber que a la mayor parte de la población le fascinaba el crimen organizado.

—Los bienes raíces son otra obsesión —prosiguió—. Une ambas cosas y es bien sabido que me dejo llevar por el entusiasmo. El Drake es como una tormenta perfecta. Pero esa es también una de las razones de que decidiera hospedarme en él. Por aquí —añadió, abriendo una puerta y revelando un tramo de escalera oculto.

Lo miré con curiosidad, pero no pregunté. Y cuando él comenzó a subir, fui tras él obedientemente.

Salimos a un descansillo en la siguiente planta. Mientras lo seguía por el pasillo me disponía a preguntar por qué el ascensor no subía hasta allí, pero Tyler ya había metido la llave en la cerradura de la puerta que era nuestro destino y empujaba para abrirla. En cuanto eché un vistazo al interior de aquella habitación —a decir verdad, la palabra «habitación» no le hacía justicia— cualquier otro pensamiento se esfumó de mi cabeza.

—¡Santo Dios! —exclamé.

—Es espectacular, ¿verdad? —dijo Tyler, con manifiesta admiración en la voz.

—Eso lo resume bien.

La suite estaba decorada en tonos blanco y crema. El mobiliario parecía antiguo, y di por hecho que se eligió para hacer justicia al legado del hotel. O, por lo que sabía, tal vez fuera original. De ser así, estaba muy bien conservado.

Flores frescas salpicaban todas las superficies. Obras de arte —sobre todo retratos y paisajes— colgaban en grupos decorativos de las paredes. Todo exudaba riqueza y opulencia, aunque nada parecía excesivo.

—¡Uau! —exclamé.

Tyler asintió.

—Si te soy sincero, no es mi estilo. La arquitectura sí. Pero mi gusto para el mobiliario y el diseño de interiores es más contemporáneo. Aunque no puedo negar que armoniza.

—Sí. Sí que armoniza.

Me adentré en el salón, tratando de no sentirme abrumada. Cuando era niña, la idea de mi padre de un hotel elegante para pasar las vacaciones era un Holiday Inn. Y aunque mi padrastro tenía dinero, me sentía afortunada si se acordaba de dar calderilla a mi madre para comprar comida.

Ya me ganaba mi dinero, pero raras veces tenía motivos para hospedarme en un hotel, y cuando lo hacía, solía ir a un Holiday Inn. Al fin y al cabo, soy digna hija de mi padre. Y teniendo en cuenta mi mísero salario de policía, el precio estaba bien.

No es que no hubiera estado en ningún apartamento ni habitación de hotel elegantes. Después de todo trabajaba en homicidios, y el asesinato no hacía distinciones respecto al precio. Pero esa habitación no se parecía a nada que hubiera visto. Por lo que a mí concernía, no estaba en una habitación de hotel. Me había transportado a un universo paralelo.

Me permití emitir un prolongado silbido antes de volverme hacia Tyler.

—Deja que adivine. En realidad eres un príncipe extranjero que viaja de incógnito.

—No lo soy —respondió—. Ni querría serlo. Me he labrado mi camino en el mundo. La familia tiene muy poco que ver.

Aprecié el duro sesgo en su voz.

—Lo siento —le dije con sinceridad—. No pretendía meter el dedo en la llaga.

Sabía mejor que nadie que las discusiones de familia podían acabar adentrándose en un territorio desagradable y no deseado.

Vi que su pecho subía y bajaba.

—No, soy yo quien lo siente. Mi infancia debería haber sido idílica. No lo fue. —Yo asentí. Conocía esa sensación—. Me ha llevado mucho tiempo cortar esos lazos. Pero eso no tiene nada que ver contigo ni con esta habitación. —Echó un vistazo apreciativo a su alrededor—. Es realmente excesivo, ¿verdad?

—Solo un poco.

Tyler señaló el impecable sofá blanco que, según pude ver, estaba tapizado en seda.

—¿Me creerías si te dijera que una vez vivió aquí un auténtico príncipe?

Explayé la mirada con varios de los pequeños tesoros. Jarrones. Cuadros. Elegantes fruslerías.

—Me parece que se dejó aquí parte del tesoro real. Espera, ¿hablas en serio? —añadí al ver la expresión arrogante de su cara.

—Te lo prometo. Un príncipe y una princesa. Lo alquilaron durante una larga temporada, pero decidieron no renovar el contrato de alquiler cuando llegó el momento, hace más o menos un año. Se rumorea que planeaban estar unos años en una propiedad similar en París.

—Así que ¿decidiste que tenías que pasar la noche aquí después de la fiesta de compromiso? ¿Absorber un poco de esa excitación real?

—Oh, es mucho peor que eso —repuso—. Vivo aquí.

Lo miré boquiabierta.

—¿Cómo dices?

—Necesitaba un sitio en el que alojarme. Y este estaba disponible. Me encanta la comodidad de vivir en un hotel. Adoro el Drake. Y tienes que reconocer que la vista es impresionante.

Dirigí la vista hacia la ventana en la que las luces de la avenida Michigan fulguraban como los diamantes de Peter Ustinov.

—Sí que lo es.

—Además —añadió con una sonrisa juvenil—, molaba demasiado para dejarlo pasar.

Me eché a reír.

—Eso no puedo discutírtelo. Pero creía que te iba más lo contemporáneo. No me pareces la clase de hombre que renuncia a lo que desea.

—No. —Tyler me miró de forma tan penetrante que no estaba segura de si aún hablábamos de la habitación o de mí. Entonces su cara se iluminó y esbozó una sonrisa—. Pero solo lo tengo alquilado por otros seis meses.

—¿Y luego?

—Luego veré hacia dónde sopla el viento.

—¿Lejos de Chicago?

—No. Me encanta esto. Crecí aquí.

—Entonces seguro que ya tienes una casa, ¿no?

Gracias a mi investigación sabía que poseía varias propiedades en la ciudad y que su actual residencia se encontraba en Old Irving Park. Pero tenía curiosidad por saber qué respondería.

—La tenía —respondió—. Una impresionante casa victoriana que he renovado.

—¿Tenías? —repetí—. ¿La vendiste? ¿Para obtener beneficios?

—Sigue siendo mía. Pero no volveré a ella.

—¿No?

Fui hasta el sillón y me senté. Me recosté, pues me sentí más cómoda y a gusto de lo que había imaginado, teniendo en cuenta las circunstancias.

—Me da que ahí hay una historia. ¿Quieres contármela?

—Digamos que siento debilidad por las mujeres en apuros.

—Estoy intrigada. Cuéntame el resto.

Durante un momento pensé que lo haría. Entonces negó con la cabeza despacio.

—No —repuso—. Creo que no. Disfruto siendo el hombre oscuro y taciturno lleno de misterio.

—A mí no me pareces nada oscuro —le dije, y hablaba en serio.

Oh, no tenía la menor duda de que andaba metido en unos cuantos asuntos ilegales. Y desde luego era peligroso. Lo había visto con mis propios ojos cuando acudió a salvarme de Reggie. Pero Tyler Sharp era un hombre encantador en el fondo. Sofisticado. Listo. Un estafador, no un matón.

—Todos tenemos un lado oscuro —adujo—. Algunas personas lo ocultan mejor que otras.

—Es una visión del mundo muy negativa —repliqué.

—¿Discrepas?

Pensé en mi lado oscuro y en las cosas que mantenía en secreto. Pensé en mi padrastro y en que el mundo lo había visto como a un héroe mientras yo lo veía como a un monstruo.

—No —reconocí—. No discrepo.

—Y ahora me da mí que ahí hay también una historia. No te preocupes —añadió—. No voy a pedirte que me reveles tus secretos. —Su boca se curvó en una débil sonrisa—. Aún no, en todo caso. Pero sí te pediré que hagas otra cosa por mí —me dijo. Se había acercado a mí mientras hablaba y su voz adquirió un timbre grave e imperioso—. Levántate, Sloane. Levántate y quítate la ropa.