El otoño entra como un zarpazo. De repente, un día, el cielo se encapota, caen las primeras lluvias y aunque el sol intente recuperar su trono, la temperatura no vuelve a calentar hasta el año siguiente. A medio camino entre el Milenium y o Porteliño, Beatriz contemplaba cómo el mar arremolinado golpeaba una y otra vez una roca, como si jugase con ella. El sonido, junto con los rizos de las olas, causaban un efecto hipnótico en Bea.
Las empresas de Alfeirán finalmente habían pagado la cantidad fijada en sentencia a favor de Xana. Era una niña excepcional. Tenía un fondo magnífico y había madurado con todo lo vivido. Era feliz con sus abuelos, y tenía hambre de aprender.
Beatriz no quería que toda esta historia le afectase a su vida personal, y por eso sólo en momentos puntuales se concedía pequeñas licencias a la nostalgia. Pero ahora era necesario.
Aníbal había aparecido ahorcado en una habitación de hotel en una especie de juego sexual. Una postura obscena, una expresión deforme, un final atroz.
Sobre su regazo, cientos de fotos de niñas desnudas. Muchas de ellas desconocidas, otras, hijas de empleados o de personas allegadas. Por supuesto, ninguna de Xana…
La apertura de su testamento fue una auténtica sorpresa para todo el mundo salvo para Bea, que fue llamada para asistir a su lectura. Xana era la heredera universal. Los demás recibirían únicamente lo que les correspondía por ley.
Beatriz todavía trataba de encajar en su cerebro todas las piezas de aquel rompecabezas, pero mientras eso no se producía, era momento de dejarse llevar por los sentimientos: tristeza, repulsa, nostalgia… Deseaba que, en algún lugar, Carmen pudiera ver que Xana era feliz y podría escoger su propia vida.
Un abrazo cálido le calentó la espalda, un pequeño beso en el cuello…
—No le des más vueltas, cariño. Al final todo está como debía estar.
—Me sorprende que seas tú, precisamente, quien diga eso.
—Sinceramente, yo creo que se ha hecho justicia.