Capítulo 5

—¿Cuántas cartas como éstas ha escrito? —me preguntó, después de echar un vistazo a mi archivo. En la tapa, en letras doradas, decía: Las cartas de Lady Chatterley. La empresa para que la trabajaba.

—No lo sé. Quizá varias docenas de originales… y unas cien personalizando otras historias ya escritas.

Examinando la tapa, Gideon pasó sus largos dedos por las letras. Y yo sentí… como si estuviera pasando los dedos por mi piel. La «L» se deslizó por mi espalda y mi cintura. La «C» era una caricia bajo mis pechos…

Cuando Gideon Brown acarició la tapa de cuero, sentí sus manos entre mis muslos.

—¿No está segura?

—No las he contado nunca.

Sentía un absurdo deseo de decirle que el número no tenía importancia, que lo único que importaba era la carta que nunca podría escribir porque no tenía dirección a la que enviarla. Por supuesto, no lo hice. Nunca había hablado con nadie sobre esa última carta de Kenneth, en la que me pedía que lo perdonase y que le escribiera. Ni con Grace, ni con ningún otro de mis amigos. Y no pensaba discutirla con aquel extraño, naturalmente. Que lo hubiera pensado me sorprendió.

Él abrió el archivo.

El escalofrío que sentí no podía haber sido más intenso si hubiese abierto mis piernas con sus rodillas.

¿Por qué me pasaba eso? Yo no era así… no solía sentirme atraída por los desconocidos.

Los hombres que tienen una relación con otra mujer pero consiguen atraerte son peligrosos como el veneno.

—Debería leerlas como las personas que las reciben. Lo importante son tanto las palabras como la sensación de ser acariciados…

«Si me mira ahora», pensé, «le preguntaré qué me pasa. Si él también lo siente, si sabe por qué me pasa». Pero él estaba mirando una de las cartas.

Estaba escrita con una tinta de un verde vibrante, en papel que yo había decorado con flores secas y agujas de pino. También había un dibujo Victoriano de un pajarillo encaramado a la «H» con la que empezaba la primera palabra.

—Vaya, ¿es usted artista? —me preguntó, con expresión sorprendida y… ¿desilusionada?

—Bueno, es así como me gano la vida. Lo que hago en realidad es crear otro tipo de collages. Pero no es fácil ganarse la vida con una licenciatura en Bellas Artes y a mí no me gusta vivir en una oscura buhardilla. Aunque la verdad es que ya no quedan buhardillas en Nueva York.

—No, imagino que no —sonrió él, mirando alrededor.

En las paredes de mi oficina había colgados varios de mis collages, pero la gente que iba a encargarme cartas sólo los miraba de pasada. Gideon, sin embargo, dejó la carta sobre la mesa y se acercó para inspeccionarlos.

—Tiene usted una gran imaginación. Y muy buen gusto —sonrió, sentándose después frente a mí—. ¿Diseña usted misma cada una de las cartas?

—Sí. A menos que alguien me contrate sólo para escribir el texto.

Pensaba que él leería la carta, naturalmente. Pero lo que no había esperado, lo que no había pasado nunca en los meses que llevaba haciendo ese trabajo, era que la leyese en voz alta.

Pero lo hizo. Leyó las palabras con voz sonora y rotunda. Tenía la cabeza baja, de modo que no podía ver su expresión y él no podía ver la mía. Afortunadamente.

—«Al oír la música pensé que era el sonido de un riachuelo serpenteando por el bosque. Al respirar el perfume, pensé que eran flores silvestres. El sabor del aire tenía que ser el sabor de los árboles».

«No esperaba que tú fueras la fuente del sonido, del aroma y del sabor».

El tronco del árbol era tan grueso como dos hombres, de modo que me quedé allí, dejando que la dura corteza rozase mis dedos mientras te observaba. Debería preocuparme haber perdido tiempo en el que deberíamos haber estado abrazados, pero tenía que verte así, sin que tú me vieras, esperándome.

«La cama que has encontrado para nosotros tiene un dosel de hojas que deja pasar unos cuantos rayos de sol que caen sobre tus pechos. El cabecero está hecho de rocas cubiertas de musgo…»

Nunca había oído a nadie leer una de mis cartas en voz alta. Aunque mantenía consultas con mis clientes para saber lo que querían decirles a sus amados o amadas, componía las cartas en soledad, en mi apartamento, cuando volvía de trabajar o de cenar con mis amigos o de alguna de las siempre decepcionantes citas que raramente me inspiraban a aceptar otra.

De modo que oír a Gideon leer una de mis cartas en voz alta me desorientó. Era como una invasión, como una violación.

¿Quién era aquel hombre que había entrado en la tienda de Grace a comprar una cosa para lugar robar otra?

Me habría gustado quitarle la carta de la mano y decirle que se fuera, como habría hecho con un hombre que hubiese entrado accidentalmente en mi habitación mientras estaba desnudándome.

En lugar de eso, crucé las piernas, me puse un poco de lado y esperé a que terminase. No le pedí que se callara aunque era lo que quería. En lugar de eso, me convencí a mí misma de que estaba exagerando. No podía tener tanta importancia.

Grace me había enseñado a tratar con los clientes, a ser amable y respetuosa… aunque el cliente no se lo mereciera. De modo que contuve mi rabia e intenté pensar en otra cosa… cualquier otra cosa para no oír cómo articulaba mis secretos en voz alta.

Pero no pude hacerlo.

—«Estabas desnuda, tu piel brillante bajo la luz dorada que se colaba entre las hojas. Un reflejo iluminaba la flauta que te llevaste a los labios para besar la abertura».

Era como verte tomar a otro hombre en tus manos, luego en tu boca. Y yo sentí celos de que tratases un objeto inanimado tan íntimamente, sacando una melodía de su tallo como solías darle placer al mío.

Tenías hojas en el pelo, enroscadas entre tus rizos, y un poquito de tierra en la espalda y en las piernas. Pulseras hechas con ramas de sauce adornaban tus muñecas y tus tobillos. Era difícil en aquel contraluz saber dónde empezabas tú y dónde terminaba el bosque.

»Yo intenté permanecer en silencio, pero un gemido escapó de mi garganta. Y cuando lo oíste y volviste la cara y vi lo feliz que eras de verme ya no sentí ninguna preocupación por haber robado esos minutos para observarte cuando podría haber estado entre tus brazos, contigo, dentro de ti. Me habría perdido la expresión de tu rostro si lo hubiera hecho. Y ésa habría sido una pérdida irreparable».