Las cuentas de la casa Pereira no salían bien. Afonso se ajustó las gafas y decidió rehacer la suma de las ventas del día. Las copias de los recibos señalaban la fecha, 9 de abril de 1928. Los ojos de Afonso se fijaron en esa fecha. ¿9 de abril? Se recostó en la silla de su despacho, conmovido. Diez años. Se cumplían ese día diez años de la gran batalla. A Afonso le parecía que los trágicos acontecimientos de Flandes habían ocurrido la semana anterior. El antiguo capitán tenía ahora treinta y ocho años y aún no había logrado digerir todo lo que había pasado en su vida durante aquel fatídico año de 1918.
Miró las fotografías que tenía desparramadas por el escritorio: en una estaba él, muy elegante, con su uniforme de oficial y los ojos cargados de esperanza y sueños de gloria, un bastón en la mano y una pose imperial. Otra era una foto de familia, a su lado se encontraban Carolina y sus tres pequeños hijos, Rafael, Joaquim e Inês, cada nombre un homenaje: el mayor un tributo a su padre, el del medio a su ordenanza en Flandes y la niña en recuerdo de Agnès. Si tuviese un hijo más, pensó, lo llamaría Matias, en memoria del valiente cabo, el hermano de armas que había muerto meses después de su último encuentro, hacía más de cinco años. Alguien le dijo que Matias exhaló su último suspiro en la miserable casa de Palmeira, asfixiado, con los pulmones destruidos, una víctima tardía más de los gases de las trincheras.
Decidió esa noche beber en memoria de sus compañeros y de su amada Agnès, personas que quedaron en su carne, personas que lo acompañaban todos los días, en pensamientos, en sueños, en pesadillas. Las pesadillas eran diarias desde que regresara a Portugal. Soñaba con Joaquim, que se había quedado en el puesto de Picantin para morir. Soñaba con el sargento Rosa, abatido a su lado en una trinchera miserable. Soñaba con Baltazar, caído cuando levantaba las manos en señal de rendición. Soñaba con Matias, el gran Matias, generoso y valiente, un corazón de oro y unos pulmones hechos polvo. Y soñaba sobre todo con Agnès, la veía entrar en su casa, dialogaba con ella, hablaban sobre Freud y sobre la vida, sobre Dios y la medicina, el arte y la ciencia. Conversaban tanto en tantas noches que Afonso llegaba a preguntarse si los sueños no serían realmente una forma de mantener el contacto con el más allá, de establecer conexión con las personas que realmente contaban.
Meneó la cabeza, espantando a los fantasmas como si fuesen una nube de humo que regresase de aquel mundo ya desaparecido. Ahora, razonó, no podía seguir con fantasías, tenía que volver realmente al presente y rehacer las cuentas. Se inclinó sobre el escritorio y se sumergió de nuevo en las facturas.
Oyó un tumulto en el pasillo, la puerta del despacho se abrió con violencia y Carolina irrumpió llorando.
—¡Afonso! ¡Afonso!
—¿Qué ha pasado, querida?
—Mi madre… Mi madre no se encuentra bien.
Al día siguiente fue el entierro de doña Isilda, una mañana primaveral de abril. Carolina era hija única y única heredera, pero no se encontraba en condiciones de ocuparse de los papeles, tarea de la que se encargó Afonso. Se pasó dos días revisando los documentos de su suegra. Vio títulos, hipotecas y cuentas, y al final se dedicó a la carpeta con la correspondencia. Había sobre todo cartas de su hermano, de sus primos, de amigas, de vendedores, de acreedores y de abastecedores. Cuando se preparaba para cerrar la carpeta, Afonso vio, en medio de todas aquellas cartas, un pequeño sobre con su nombre. Le extrañó ver entre la correspondencia dirigida a doña Isilda una carta para él y miró el sello. Era francés. Estudió el matasellos y comprobó que el sobre venía de Lille. Abrió la boca de asombro y se quedó mirando el sobre, incrédulo, interrogándose sobre su contenido, decidiendo qué hacer. Con las manos trémulas, sacó la hoja doblada dentro del sobre y leyó el texto, redactado en francés:
Lille, 9 de diciembre de 1918.
Estimado capitán Alphonse Brandão:
Con mucho pesar debo comunicarle la muerte de mi querida hija, Agnès Chevallier, víctima de la terrible gripe española que tantas vidas está segando en toda Europa.
Desconozco si usted ya ha regresado de su cautiverio, pero le ruego a Dios que esta misiva lo encuentre bien de salud. Fue mi propia hija quien me dio la dirección de su señora madre, que espero le haga llegar la carta que habría deseado no tener que escribirle jamás.
Lille fue liberada el pasado 17 de octubre por las tropas británicas, y Agnès apareció en mi casa el día 20. No puede calcular nuestra alegría ni la felicidad que sintió cuando le mostré la carta que usted me había enviado desde la Citadelle, ella que lo creía muerto en los campos de batalla. Agnès estaba, como sabrá, embarazada y el día 27 de octubre dio a luz una hermosa niña, a quien bautizó con el nombre Marianne, aparentemente en homenaje a su señora madre.
Pero nuestra felicidad no duró mucho. La semana pasada, Agnès empezó a quejarse de fuertes dolores de cabeza, diciendo que parecía que estaban dándole martillazos justo detrás de los ojos. Además, le vino una tos terrible y le sangró la nariz. Alarmados, la llevamos al hospital de Saint Sauveur, de donde ya no volvió a salir. La llevaron a una enfermería especial y no nos dejaron quedarnos con ella. Un amigo mío, que trabaja en el instituto Pasteur, pidió informaciones a sus colegas del hospital y nos dijo, esa noche, que el caso era muy grave. La tos se había vuelto muy violenta y las hemorragias se habían extendido a los oídos. Agnès contrajo la gripe española y fue instalada en cuarentena en una enfermería donde estaban ingresadas todas las personas que habían contraído la enfermedad. Como puede imaginar, fuimos presos del pánico, para colmo nuestro amigo nos comunicó que la piel de ella se había puesto de color azul oscuro: parecía una negra de África. No hay duda, fue atacada por la peste negra, sólo que nadie la llama con ese nombre para no asustar a las personas más de lo que ya están. Me aseguró nuestro amigo que muchas personas afectadas por la gripe española acababan recuperándose, pero, lamentablemente, no fue ése el caso de mi querida hija Agnès. Después de tres días de delirio y sufrimiento, falleció.
Le envío esta carta, mi estimado amigo, para darle la triste noticia de la desaparición de Agnès y para comunicarle que ella le ha dejado una bonita niña, ahora con un mes de edad, y que Claudette se ocupa de cuidarla hasta que usted nos dé instrucciones.
Aguardo noticias suyas y le pido que conserve firme su ánimo en estos tiempos difíciles que estamos viviendo.
Que Dios lo bendiga.
PAUL CHEVALLIER
Afonso leyó la carta dos veces, atónito.
—¡Vieja del demonio! —murmuró cuando concluyó la segunda lectura—. La muy zorra.
Entendió que doña Isilda no le había contado toda la verdad, le había mentido cuando dijo que también había muerto la niña. Se hacía ahora evidente que la boda con Carolina fue planeada por la vieja mujer después de la viudez de su hija y que la existencia de la niña era la piedra en el zapato de ese proyecto. Para eliminar el problema, escondió la piedra bajo la alfombra. Ocultó la carta y alteró la crucial información que la misiva transmitía, la noticia de que el capitán tenía una hija que lo estaba esperando.
Afonso estuvo dos días reflexionando sobre el asunto, sin decirle nada a nadie. Tomó gradualmente conciencia de que doña Isilda había sido, de una extraña forma, la persona más importante de su vida. Fue ella quien convenció a sus padres de que le permitiesen ir al seminario, lo que le dio una oportunidad de educación que de otro modo no tendría. Cuando ese medio de alejarlo de su hija falló, se le ocurrió la idea de inscribirlo en la Escuela del Ejército, otorgándole un nuevo rumbo a su vida. Y diez años antes, cuando regresó de la guerra, lo preparó todo para facilitar la boda con su hija viuda. Por esa vía mintió, ocultó, maniobró, sedujo, manipuló, hizo todo lo necesario para alcanzar sus objetivos, siempre fiel a la vieja máxima de que un comerciante no tiene corazón, su prioridad es defender el negocio. Afonso comprendió que, en resumidas cuentas, le debía todo lo que de bueno y de malo le había ocurrido en la vida, y que todas las decisiones cruciales de su existencia no fueron tomadas por él, nunca por él, sino por ella. Ahora, sin embargo, Afonso se veía enfrentado con una decisión de gran magnitud, una de aquellas opciones determinantes para su futuro, y doña Isilda no se encontraba allí para, en las sombras, elegir una vez más por él. En rigor, él podría deshacer lo que ella había decidido en secreto diez años antes. Y la decisión que podía adoptar era muy clara. ¿Debería Afonso reconocer o no la paternidad de la niña? Por un lado, aquella niña representaba un estorbo para su vida familiar, sólo iba a trastornar su existencia, su vida familiar, a sumergir a Carolina en el disgusto y a sus hijos en la vergüenza de tener una hermana bastarda. Pero, por otro lado, pensó que la pequeña no representaba vergüenza alguna, era un legado de Agnès, era el fruto del mayor amor de su vida, no tenía derecho a renegar de él. Además, no estaba en su sangre abandonar a alguien de su misma sangre.
Al tercer día, tomó la decisión. Iría a Lille a conocer a su hija, iría a buscarla, le doliera a quien le doliese, le costara lo que le costase. Si Carolina verdaderamente lo amaba, no tendría otro remedio que aceptar la realidad y acoger a la hermana de sus hijos. Fue con esa convicción en la mente con la que, después del desayuno, invitó a su mujer a dar un paseo hasta las salinas. La idea provocó la extrañeza de Carolina.
—Pero ¿para qué quieres ir ahora hasta las salinas? —preguntó ella—. Tienes cada idea…
—Tengo que hablar contigo.
—Habla, pues.
—Aquí no.
La mujer lo miró, desconfiada, pero él evitó la mirada, lo que sólo sirvió para perturbarla. Dejaron a los niños al cuidado del ama y subieron al Hispano-Suiza que habían comprado el año anterior, el premio por la buena gestión de la Casa Pereira. El hermoso coche azul, un H6B Torpédo Scaphandrier, era el orgullo de Afonso y una atracción en Rio Maior, una máquina capaz de poner verde de envidia a un santo.
Se internaron por el camino de tierra apisonada y pronto llegaron a las salinas. Se veían hombres amontonando la sal con las palas y echándola en sacos. El sol, aún bajo en su ascenso, dibujaba los contornos de los pinos en sombras tendidas en la tierra, jirones de neblina se aferraban a las copas de los árboles como algodones dulces y pegajosos, eran el bostezo lento y complacido de la placidez perezosa que se extendía por aquella fresca mañana de primavera.
Afonso estacionó el vistoso automóvil debajo de un pino manso y le mostró entonces a su mujer la carta que había descubierto entre los objetos de doña Isilda. Le narró los acontecimientos del pasado y tradujo el contenido de la misiva. Al final, Carolina estaba lívida.
—¿Qué quieres que te diga? —preguntó la mujer sombríamente.
—No quiero que me digas nada —repuso Afonso, mirándola fijo a los ojos—. Pero he tomado una decisión.
—¿Ah, sí?
—Voy a Lille a buscar a mi hija.
—¿Qué? —exclamó Carolina, exaltada, con los ojos desorbitados en una expresión de horror.
Afonso ya se esperaba aquella reacción y no se dejó impresionar.
—Ya lo has oído. Voy a buscar a mi hija.
—Pero ¿te has vuelto loco, Afonso? ¿Qué disparate se te ha metido en la cabeza, Dios mío?
Carolina gesticulaba.
—No es ningún disparate. Tengo una hija que vive en Francia y voy allí a buscarla, es tan sencillo como eso.
—¡Tú no irás a buscarla, era lo que nos faltaba!
—Claro que iré.
—¿Y nuestros hijos?
Afonso hizo una mueca con la boca, con la expresión de quien no entendía adonde quería ella llegar.
—¿Qué tienen que ver nuestros hijos?
Carolina respondió con un gesto de impaciencia.
—¡Afonso, no te hagas el tonto! ¿Qué van a pensar nuestros hijos cuando vean a una niña extranjera entrar en nuestra casa para vivir con nosotros?
—Se quedarán todos contentos porque han ganado una hermana mayor.
—¿Y qué dirán las personas, válgame Dios?
—¿Qué personas?
—Doña…, doña Maria Vicência, por ejemplo. —Era la mujer del profesor Manoel Ferreira—. Doña Constanza. —Era la mujer del médico—. Doña Isabel. —La mujer del abogado—. ¿Has pensado en la humillación por la que me vas a hacer pasar al traer a mi casa a tu hija bastarda? ¿Lo has pensado?
Afonso suspiró.
—¡Ay, querida, no me importa lo que esas cotorras piensen! Me da exactamente igual. La cuestión está en que he descubierto que tengo una hija y no voy a eludir mis responsabilidades. —La miró apuntándola con el dedo—. Escucha, ¿tú serías capaz de dejar a un hijo abandonado?
—¡Afonso, no intentes confundirme! Yo no tengo ningún hijo abandonado, gracias a Dios. Lo que no quiero es un escándalo de hijos bastardos en mi casa, disculpa, pero eso no puede ser.
Su marido la miró a los ojos, evaluando la situación. Aquella reacción negativa era natural, pensó. La noticia que le había dado resultaba, sin duda, chocante. Por un lado le daba, como nunca le había dado, una idea de la intimidad de sus relaciones con Agnès, le mostraba como algo brutalmente real el hecho de que la relación que había tenido con la francesa no era de naturaleza meramente platónica; eso, ciertamente, la hacía sentirse incómoda. Por otro lado, significaba un importante cambio en su vida y, sobre todo, una afrenta a la moral de la buena sociedad de Rio Maior. Pero, al fin y al cabo, y por mucho que protestase, a Afonso no le cabía la menor duda de que Carolina acabaría conformándose con la situación. Por otra parte, no había otro remedio. La decisión ya estaba tomada.
Soportó con infinita paciencia las recriminaciones, el reproche, las lágrimas, la furia y las amenazas, y una mañana de mayo, decidido y esperanzado, cogió el tren hasta Lisboa, desde donde siguió hacia Madrid, después a París y, finalmente, a Flandes.
Fue un viaje largo, hecho en silencio, con la mente sumida en un torbellino de pensamientos. Le preocupaba lo que iba a encontrar, la forma en que su hija reaccionaría ante su presencia y cómo él se comportaría ante la de ella. Serían extraños de la misma sangre, unidos por una única mujer, ella huérfana de madre, él viudo del amor que no había vivido, ambos víctimas de acontecimientos que no controlaban, meros juguetes en manos del destino, hojas arrojadas al viento por el soplo de una terrible y asombrosa tormenta.
Cuando el tren recorría velozmente la melancólica planicie de Flandes, Afonso sintió un deseo irresistible de reencontrarse con el pasado, de enfrentarse con los fantasmas que diariamente ensombrecían su sueño. Decidió por ello, en un ímpetu, en un arrebato, hacer escala en Aire-sur-la-Lys antes de proseguir viaje hasta Lille. Se apeó en la estación de Aire, admiró el aspecto familiar que tenían las cosas, le extrañaron los pequeños cambios, las paredes reconstruidas, las calles arregladas. Había aún muchas ruinas, pero se sentía el aroma de las cosas nuevas. Se subió a un taxi y le pidió al chauffeur que lo llevase a las antiguas trincheras del sector entre Fauquissart y Ferme du Bois. El pequeño Peugeot siguió hasta Laventie y pasó al lado del cementerio militar. Afonso le ordenó parar y fue a visitar el recinto. Consultó a un responsable y descubrió algunas tumbas que buscaba. Estaban allí la de Joaquim y la de Vicente, el Manitas, que habían muerto en Picantin Post, pero no había señales de las sepulturas del sargento Rosa, de Abel, el Canijo, y de Baltazar, el Viejo, probablemente enterrados deprisa por los alemanes en una fosa común. Las lápidas de Joaquim y de Vicente, el Manitas, igual que las restantes, estaban descuidadas; el cementerio daba sensación de abandono. Se arrodilló sobre ambas tumbas, conmovido, y rezó en memoria de los hombres a quienes había dirigido hasta el momento de su muerte.
Volvió después al taxi y prosiguió hasta Fauquissart. Reconoció la Rue Tilleloy, ahora bien arreglada, la carretera reparada, los campos verdes a un lado, dorados de trigo al otro, los árboles vigorosos y las flores garridas, el rocío reluciente en los pétalos coloridos, semejante a lágrimas frescas y cristalinas. El horizonte se llenaba de robustos chopos, plátanos, tilos, olmos, se veían perezosas vacas pastando donde antes sólo se encontraba desolación; la vida había renacido bajo los cráteres y todo se había transformado. En vez de que la despanzurrasen granadas, los instrumentos agrícolas removían ahora la tierra para plantar patatas, cereales, remolacha, avena, zanahorias. Las viejas trincheras se veían irreconocibles, tapadas por la vegetación, la naturaleza se había encargado de ocultar con plantas aquellas cicatrices abiertas en el suelo. Identificó por aproximación el lugar donde había estado situado el Picantin Post, escenario de tantas pesadillas, volvió a acordarse de Joaquim y de Vicente, el Manitas, que habían caído allí. Sintió una emoción enorme al pasar por el antiguo puesto, pero no había duda de que todo había cambiado, se había vuelto diferente, más apacible, incluso acogedor.
Bajó hasta Neuve Chapelle y fue a visitar el memorial de la guerra, en la Mairie, y la iglesia de Saint Christophe, ya reconstruida, que albergaba uno de los célebres Cristos de las trincheras, que, durante la guerra, tanto impresionaron a los soldados portugueses. Aquella estatua de Cristo en la cruz había sobrevivido a la destrucción de la iglesia; la cruz se mantuvo plantada en medio de las ruinas, a cielo abierto, la figura de Jesús prácticamente intacta, en una obstinada resistencia que había despertado la veneración respetuosa de los atemorizados soldados portugueses. Afonso se acercó también a Béthune para volver a ver el anexo donde había vivido con Agnès. La casa seguía igual, pero el anexo se había transformado en un garaje, con una de las paredes sustituida por un portón. Al ver aquel recinto donde pasó días tan intensamente felices, un dolor desgarrador le oprimió el corazón, la vieja herida volvía a abrirse. Con un nudo en la garganta y los ojos húmedos, se alejó rápidamente, la dolorosa nostalgia era un sufrimiento que no quería revivir, no con aquella intensidad.
Al ponerse el sol, cansado y abatido, doblegado por la triste melancolía de quien acaba de remover la herida aún sin cicatrizar, exhausto de reavivar la úlcera de su sufrimiento diario, pidió al taxista que lo llevase finalmente a Lille. No estaba muy lejos, ahora que los alemanes no obstruían el camino. Cuando arrancó el Peugeot, pegó la cara al cristal trasero, vio por última vez el paisaje que ensombrecía sus pesadillas, se despidió en silencio de los compañeros caídos, dijo adiós al pasado y a los recuerdos que lo afligían, vio desaparecer la vieja línea del frente en el lúgubre hilo del horizonte, bañado por los taciturnos rayos dorados del crepúsculo, y se enderezó en el asiento, sintiéndose súbitamente leve y aliviado, sereno y en paz consigo mismo.
Tal como diez años antes, entró en Lille por la Porte de Béthune y subió por la Rue d’Isly por el Boulevard Vauban hasta llegar a la Citadelle. Una vez ahí, giró a la derecha, hacia el Boulevard de la Liberté, y entró por la primera a la izquierda, por la Rue Nationale, hasta desembocar en la Grande Place. Le dijo al taxista que aguardase y fue hasta la Vieille Bourse a buscar el Château du Vin. Encontró la tienda de los vinos, pero estaba cerrada, lo que no lo sorprendió, ya que eran más de las ocho de la noche. Sin desanimarse, golpeó todas las puertas en busca de indicaciones sobre el paradero del viejo Paul Chevallier. Una señora de mediana edad le sugirió que hablase con el guardián de las tiendas y le indicó el sitio donde encontrarlo. Afonso se encontró por fin con el hombre, pero le resultó algo difícil convencerlo para que le confiase la dirección de la casa del dueño del Château du Vin, lo que sólo obtuvo después de darle un billete de diez francos.
A las nueve de la noche, el taxi se detuvo enfrente de una de las puertas de la Rue do Palais Rihour, contigua a la Grande Place. Afonso examinó la fachada, se trataba de un edificio antiguo en pleno centro de la ciudad, los balcones bien cuidados, multicolores, mignonnes, como diría Agnès. La noche estaba helada, como en los viejos tiempos, el aire húmedo crecía en nubes de vapor frente a la boca, y una niebla se cernía sobre los tejados, abrazándolos con celo. Respiró hondo y cruzó la calle. Tocó el timbre y oyó el sonido en el interior de la casa. Aguardó un instante. Sintió pasos lentos que se acercaban. Se abrió la puerta y se asomó un viejo alto y delgado, con el rostro surcado de arrugas y marcado por pómulos salientes. Tenía los ojos de un color azul cristalino; los cabellos tan blancos que parecían nieve.
—Oui? S’il vous plaît?
—Monsieur Paul Chevallier?
—C’est moi.
—Bon soir. Soy el capitán Afonso Brandão, de Portugal.
Se hizo el silencio. El viejo abrió sus ojos azules, lo miró con intensidad, abrió la boca y la cerró de nuevo, pero volvió a abrirla.
—¿Capitán Alphonse?
Afonso sonrió con cariño, resonaba otra voz en aquel Alphonse.
—C’est moi. Finalmente.
El viejo lo miró con desconfianza.
—¿Usted es realmente el capitán Alphonse?
—Sí, soy yo.
—¿De Portugal?
—Sí, sí, soy yo.
El viejo parecía turbado.
—Zur alors! —exclamó—. Pero yo recibí una carta hace diez años, creo que de su madre, diciendo que usted había muerto —vaciló—. Incluso me pidió que no volviese a escribir.
Esta vez le tocó a Afonso sorprenderse. «Maldita Isilda —pensó—. No se le escapó nada. Lo previo todo esa vieja del demonio. Que arda en el Infierno».
—Monsieur —comenzó diciendo—, esa carta que le enviaron era falsa y lo hicieron para ocultarme el secreto de la existencia de mi hija. Por otra parte, no tuve acceso hasta el mes pasado a la carta que usted me mandó, hace diez años, comunicándome lo que había ocurrido, razón por la cual he venido hoy aquí.
El viejo lo miró, digiriendo con dificultad lo que Afonso le decía, pero decidió que el portugués era sincero y se iluminó con una gran sonrisa.
—Capitán Alphonse, no entiendo nada de esa historia, pero no importa, menos mal que está vivo. Sea bienvenido a la casa de Agnès.
Afonso subió el escalón y entró en la casa.
—¿Está mi hija?
—¿Marianne?
—Sí.
El padre de Agnès se volvió hacia el fondo del pasillo, donde se veía una luz.
—¡Marianne! —gritó—. ¡Marianne! Viens ici!
Se oyó una voz melosa desde el fondo.
—Oui papy?
—Viens ici, tout de suite!
Una figura frágil, de niña, apareció en el pasillo y se detuvo cuando vio a un extraño junto a su abuelo. Afonso la miró y reconoció esa cabellera castaña y rizada, aquellos ojos verdes tan dulces, aquella figura delgadita de niña guapa. Abrió los brazos en su dirección. Ella vio lágrimas en los ojos de Afonso, el abuelo también estaba conmovido detrás de él, pero fue sobre todo lo que el extraño decía, con la voz embargada por la emoción, la voz que la acariciaba con palabras que sólo en sueños había imaginado oír, fue sobre todo aquella simple y poderosa frase la que le tocó el alma y le arrebató el corazón.
—Ma fille, ma petite fille.
Marianne se quedó observándolo, vacilante, sin dar crédito todavía. Dio un paso adelante, con miedo, después otro y luego otro más. Comenzó a andar y el andar se transformó en carrera, corrió hacia él como si siempre lo hubiera conocido; nadie le dijo que era él, pero ella lo supo. Tal vez fuese deseo, tal vez fantasía, tal vez aquella negativa infantil a creer que su papá se había ido al Cielo, lo cierto es que ella lo reconoció, lo reconoció y corrió hasta él, hasta envolverlo en un largo e inolvidable abrazo. Intenso. Aquel abrazo entre el padre y su hija era intenso como un brasero que quema, como una pasión que asfixia, como el sol que nos encandila. Y mientras estrechaba a su niña, con los ojos empañados y un nudo en la garganta, sintiendo aquel pequeño cuerpo anidándose en el suyo, Afonso se acordó inesperadamente del padre Nunes, no sabía por qué, pero se acordó del viejo maestro del seminario, se preguntó si aquel instante no estaría previsto desde el amanecer de los tiempos, si su vida y aquel encuentro no obedecerían a un extraño y misterioso designio, si todo aquello no estaba en definitiva predestinado. Pero dudó. Tal vez no. Tal vez sólo estuviese intentando otorgarle un sentido al caos, tratando de darle un significado a la vida, esforzándose por atribuir una razón a todo lo que le había sucedido, cuando, en resumidas cuentas, no hay verdaderamente un sentido ni un significado, las cosas son lo que son y ocurren como ocurren, ocurren con la sencillez, con la naturalidad de aquel abrazo del capitán a su hija perdida, de aquel murmullo de voz embargada que le brotaba de los labios y que se repetía como un susurro en los oídos de la niña que lo enlazaba por el cuello.
—Ma petite fille.