4

—¿Te he hablado antes de un hombre llamado Kirkbride? —continuó Robert—. Abrió su negocio con el dinero que había ganado como propietario de urbanizaciones de caravanas. Pero hace un par de generaciones los Kirkbride eran granjeros. Su abuelo, el primer Walter Kirkbride, poseía tierras en el condado de Tippah y tenía aparceros a sus órdenes. Uno de ellos era mi bisabuelo. Trabajaba cien hectáreas de algodón. No hizo otra cosa en su vida. Fue el primer Robert Taylor; a mí me pusieron su nombre. Vivía con su mujer y sus hijos en una cabaña: cinco chicas y dos chicos. Mi abuelo era el séptimo: Douglas Taylor.

—¿Esto que me estás contando es cierto?

—¿Por qué iba a inventármelo?

Cuando salieron de la carretera para entrar en Tunica, dejaron campo abierto y el cielo nocturno, y avanzaron entre los árboles que flanqueaban el camino y las luces que iluminaban Main Street.

—La comisaría está ahí —dijo Dennis—, a la izquierda. Los coches patrulla que hemos visto eran del condado, no de aquí.

—Parece que tú también has estado informándote de cómo está la delincuencia por estos parajes —comentó Robert.

—Pasa la tienda, tuerce a la izquierda, avanza hasta School Street y luego vuelve a torcer a la izquierda.

—¿Quieres que siga contándote la historia?

—Quiero ir a casa.

—¿Vas a escucharme?

—Te mueres de ganas de contarla. Venga.

—A ver si cierras el pico durante unos minutos.

—Te escucho —dijo Dennis, pero añadió—: ¿Por eso los Taylor se trasladaron a Detroit y tu abuelo se puso a trabajar en la Ford?

—En Fisher Body, pero no es esto lo que quiero contarte. Estoy tratando de no perder la paciencia. ¿Te das cuenta de las consecuencias que podría traer el que continuaras hablando?

A Dennis empezaba a caerle bien Robert Taylor.

—Adelante —le dijo.

—Fue mi abuelo quien luego se llevó a la familia a Detroit. Me contó esta historia cuando vivía con nosotros. El caso es que mi bisabuelo tuvo una discusión con el abuelo de Kirkbride: un negro acusó al hombre blanco de engañarle con el reparto de beneficios. El hombre blanco le dijo: «Si no te gusta, recoge a tus negritos y márchate de mis tierras.»

—Esto es School Street.

Robert torció y dijo:

—Ya me he dado cuenta.

—La casa está a mano derecha, al final de la manzana.

—¿Has acabado de hablar?

—Sí, sigue. No, espera. Hay un coche ahí —dijo Dennis—, delante de la casa.

—¿A ti qué te pasa, colega?

—No sé de quién es.

—Pues de la dueña de la casa.

—Ella tiene un Honda blanco.

—Bueno, de la policía no es.

—¿Y tú qué sabes?

—No tiene toda esa mierda que suelen llevar encima.

—Para a este lado, un par de casas antes.

Robert avanzó lentamente por la calle, entre robles altos y casas de una sola planta flanqueadas por árboles de hoja perenne, acercó el Jaguar al bordillo y apagó el motor. Los faros iluminaron la trasera de un coche negro.

—Un Dodge Stratus del 96; valdrá alrededor de cinco mil —dijo Robert. Apagó las luces y preguntó—. ¿Satisfecho?

—Tu abuelo se peleó con el abuelo de Kirkbride —dijo Dennis—. ¿Y después?

—Mi bisabuelo —precisó Robert—. Tuvieron una discusión por el reparto de beneficios y el colega le dijo a mi abuelo que se fuera de su propiedad.

—Con sus negritos —añadió Dennis.

—Eso es. El problema es que mi abuelo se negaba a aceptar que aquel tío lo jodiera. ¿Adónde iban a ir? Tenía esposa y siete hijos que alimentar. Lo que hizo fue beberse unos tragos de whisky de maíz y acercarse a su casa, a ver si podía hacerlo entrar en razones. Entró por la puerta de atrás. El tío no estaba en casa, pero su mujer sí. Puede que Robert Taylor se pusiera a malas con ella. ¿Me entiendes? Al decir que quizá se puso a malas con ella, me refiero a que tal vez le faltó al respeto, le levantó la voz y tal. El caso es que la mujer se puso histérica porque un negrata estaba hablándole de mala manera. No paraba de chillarle, y al final Robert Taylor lo mandó todo a la mierda, se largó de allí y volvió a casa. Creía que todo había acabado, que más valía que recogiesen las pocas cosas que tenían y se largaran. Pero esa noche aparecieron unos hombres con antorchas y le pegaron fuego a la cabaña, con toda la familia dentro.

—Joder… —exclamó Dennis. Había dejado de mirar el Dodge negro y la casa de Vernice.

—Sacó de casa a su mujer y sus hijos, los chavales chillaban, estaban muertos de miedo. ¿Te imaginas la situación?

—Esas cosas ocurrían, ¿verdad?

—Sólo un millar de veces —respondió Robert—. A mi abuelo le dijeron que eso le pasaba por acosar a una mujer blanca. Esa palabra usaron, acosar, como si hubiese querido hacer algo con aquella vieja. Lo desnudaron, lo ataron a un árbol, lo azotaron, le hicieron cortes por todo el cuerpo, le rebanaron la polla y lo dejaron allí atado toda la noche. Por la mañana lo lincharon.

—Joder… ¿Quién lo hizo? ¿Kirkbride? —preguntó Dennis.

—Kirkbride, los hombres que trabajaban para él, la gente del pueblo, cualquiera que quisiera participar en un linchamiento… Pero ¿sabes por qué esperaron al día siguiente? Pues porque no querían lincharlo allí mismo. —Robert hizo una pausa y apartó la vista. Dennis volvió a mirar hacia la casa. Entonces Robert dijo—: Creo que es el vaquero.

En efecto, era él. En ese momento salía de la casa y se dirigía a la acera. Vernice permanecía en el umbral de la puerta.

—Es uno de los tíos que querían que hicieras una demostración gratis —dijo Robert.

—Puede, pero no lo conozco.

—Pues él conoce a la dueña de la casa, si es que es ella.

—Se llama Vernice —puntualizó Dennis.

Al llegar al coche, el del sombrero de vaquero se volvió y levantó la mano para despedirse.

Vernice entró en la casa, pero sin despedirse, según observó Dennis. Cuando abría la puerta del coche, el del sombrero de vaquero dirigió la vista hacia donde se encontraban ellos, miró fijamente un momento, subió y se marchó.

—Seguro que el tío quería saber quién demonios tiene un Jaguar por aquí.

Dennis miró las luces traseras del coche hasta que se perdieron de vista.

—No tengo ni idea de quién es.

—No dejas de recordármelo —dijo Robert—, por si acaso se me olvida.

—Da igual. Sé que no ha venido a casa a verme a mí.

Entonces Robert dijo:

—¿Dennis?

—¿Qué?

—Mírame.

Dennis se volvió hacia él.

—¿Qué ocurre?

—Si ese tío pretende joderte, avísame.

Dennis estuvo a punto de insistir, de repetirle que no conocía a aquel hombre, pero vio la expresión de Robert, se fijó en la calma y la confianza que transmitía, y comprendió que sabía cosas que no hacía falta contarle. Le resultaba extraña la sensación que esto le produjo, la sensación de que podía fiarse de él, pese a que podía estar metiéndolo en algún asunto turbio, o tal vez utilizándolo. Pero le daba igual: le gustaba la sensación de no encontrarse solo como antes, cuando estaba en la palanca, con aquellos dos cabrones mirándolo.

—Así que esperaron al día siguiente para linchar a tu bisabuelo —dijo.

—¿Sabes para qué?

Dennis negó con la cabeza.

—Para que un enviado de un periódico hiciese fotos, para que fotografiara a toda esa escoria blanca, algunos sonriendo con cara de ignorantes, junto a Robert Taylor colgado de un árbol. Así solían hacerlo. ¿Te imaginas la escena?

Dennis asintió.

—Pero el fotógrafo tuvo una idea, igual que algunos fotógrafos actuales, cuando les da por joderte con la foto y empiezan a ponerte en unas posturas que no hay quien las entienda. Lo que hicieron con Robert Taylor fue llevarlo a un puente sobre el Hatchie, un río que hay al este, ataron un extremo de la cuerda al cuello y el otro al pretil de hierro, y luego lo bajaron. Así aparece en la foto, colgado, desnudo, con el cuello roto y un montón de gente asomada a la barandilla.

—¿Tienes la foto? —preguntó Dennis.

—Sólo sacaron una. Hicieron postales con ella. Las vendían a un penique. Sí, tengo una.

—¿La has traído?

—Sí.

—¿Y vas a enseñársela al señor Kirkbride?

Robert volvió a sonreír en la penumbra.

—Sí, voy a enseñársela.