—¿Qué ha sido eso? —preguntó Un Ojo levantando los ojos de las brasas que estaba atizando.
Estaban acampados en el bosque, en las tierras altas de Michoacán, muchas jornadas al oeste del valle de Anáhuac, en territorio purépecha. Cerca estaba el poblado de Pátzcuaro, que en el idioma purépecha significa «lugar pedregoso».
Todos se volvieron hacia los árboles. Un extraño sonido llegaba por el sendero. Los pocos guerreros que llevaban con ellos enseguida se pusieron en guardia, con sus lanzas, sus arcos y sus flechas preparados. Aquel extraño sonido se acercaba… era como granizo sobre un tejado de piedra, como unos grandes huesos que chocaran entre sí.
—¡Fantasmas! —exclamó alguien, porque el sol se había puesto y la noche había cubierto el bosque con su manto.
Pero las criaturas que salieron de entre los árboles y que pudieron ver a la luz de las antorchas del campamento eran hombres; porteadores que, con unas tiras, se sujetaban a la frente los pesados fardos que doblaban sus espaldas. Encabezando el grupo iba un hombre recio con un sencillo taparrabos y un manto de fibra de maguey tejida —ropas de pobre—; se ayudaba a caminar con un sencillo bastón de madera.
—La bendición de los dioses —exclamó en náhuatl.
Un Ojo se relajó al instante y con un gesto indicó a sus compañeros que aquel hombre no era ninguna amenaza. Era un mercader, y recorría grandes distancias con diversas mercancías, desde el territorio de los salvajes del norte, a las tierras de los mayas al este y al sur. Un Ojo lo supo por su modesto atuendo. Todos sabían que los mercaderes eran extraordinariamente ricos, y que hacían lo imposible para que no se notara.
—Soy Oxmyx de Amecameca —se presentó el visitante, mirando las liebres despellejadas que se estaban asando en un espetón sobre el fuego—. Comercio con tambores —añadió.
Indicó a uno de los porteadores que abriera el saco que llevaba y sacara su ruidoso contenido. Cuando todos los allí presentes vieron las placas de armadillo de color rosa y marrón, se echaron a reír. Ahora entendían el peculiar sonido que acompañaba a la pequeña caravana.
Oxmyx era calvo, algo raro entre los nahuas, y su nariz tenía solo un orificio, así que cuando respiraba producía un peculiar silbido. Sonrió a los que estaban sentados en torno al fuego y miró más allá, a la miríada de hogueras y grupitos de gente que ocupaban aquel bosque de montaña, entre el valle de Anáhuac y la costa oeste. No eran una caravana, ni un ejército, tampoco una tribu, puesto que entre ellos veía diferentes vestimentas, estilos de peinado, color en la piel. Su ojo agudo vio también que había muchos enfermos y tullidos. ¿Peregrinos que se dirigían a algún lugar sagrado? Jamás había visto un grupo tan grande que viajara para rendir homenaje a un dios. Había cientos de personas acampadas entre aquellos abetos. Tal vez mil.
Y solo tenían un puñado de guerreros para protegerse.
—Con mucho gusto te recibiremos junto a nuestro fuego, noble Oxmyx —dijo Ixchel.
Los porteadores dejaron inmediatamente sus fardos y se prepararon para acampar.
—Alabados sean los dioses —dijo el hombre restregándose las manos por el frío—. Esas liebres tienen buen aspecto, pero estoy harto de carne. ¿Tenéis tortitas?
Ixchel se disculpó, porque se habían terminado sus últimas tortas de maíz hacía unos días. Oxmyx tuvo que conformarse con unos boniatos, que Tonina sacó de las brasas.
—¿Adónde os dirigís? —preguntó Ixchel, que vio cómo el mercader devoraba el boniato en un instante sin molestarse en dedicar las primeras migajas a los dioses.
—Llevo algodón a las tribus del norte, noble mujer, y a cambio ellos me proporcionan armadillos. Mis porteadores y yo llevamos demasiado tiempo comiendo carne. Añoramos las tortitas y el maíz. Pero éste es mi último viaje. —Él mismo se sirvió otro boniato—. Antes, cambiar tejidos por tambores era provechoso, pero ahora hay que pagar demasiados sobornos. La violencia está por doquier, señoras. No hay orden. En cada territorio me exigen que pague tributo al jefe local para garantizar mi seguridad. Para cuando consiga llegar a casa, estaré completamente arruinado.
—¿Y dónde está tu casa? —preguntó Ixchel educadamente.
Uno de los inconvenientes de viajar era que estabas obligado a ofrecer hospitalidad a otros caminantes, que a veces comían más de lo que les correspondía. En el grupo las provisiones escaseaban, y en aquellos bosques la caza no era buena, porque con el final del verano habían llegado fuertes lluvias.
—En Amecameca, en la vertiente sur del valle de Anáhuac —dijo con la boca llena de pulpa naranja.
Al oír aquel nombre Tonina sintió que el corazón le dolía.
Cuando pasaron junto al valle, Tonina había deseado con toda su alma ir allí. Y sintió el impulso irresistible de abandonar el grupo y llevarse a su pequeño a las tierras del lago Texcoco.
Kaan estaba allí.
Anhelaba su compañía. Lo llevaba en su pensamiento noche y día. Pero por el bien de él, y del bebé, no debían volver a encontrarse. Mientras no viera al pequeño, seguiría creyendo que era hijo de Humo Turquesa. En cambio, si se enteraba de la verdad, que era de Balam, la sed de venganza lo consumiría. Por ello, mientras pasaban rodeando el valle y después lo dejaban atrás, Tonina se volcó en el estudio del Libro de los mil secretos, para no olvidar cuál era su misión y su destino.
Su hijo, Tenoch, ya tenía tres meses, y dormía a su espalda, en su saquito especial.
—¿Y adónde vais tú y toda esta gente? —preguntó Oxmyx, al tiempo que cogía otro boniato.
Ixchel vio, alarmada, que había empezado a comerse los de los demás.
—Somos peregrinos, y vamos en busca de Aztlán.
El hombre gruñó. Los hombres llevaban muchas generaciones buscando Aztlán. ¿Qué hacía pensar a aquella mujer que ella podría encontrarlo? Encogió los hombros. Personalmente, no creía que aquel lugar existiera fuera de la imaginación de la gente. Como la Fuente de la Juventud, o las Siete Ciudades de los Dioses, que encendían el corazón de los hombres desde el principio de los tiempos. Supuso que, sencillamente, algunos necesitaban una meta elevada en sus vidas, mientras que otros se conformaban con quedarse en su casa.
—Veo que vienes de la dirección hacia donde nosotros vamos —dijo Ixchel, esperanzada—, ¿qué puedes decirnos?
Esta vez el hombre comió más despacio, y masticó con gesto pensativo, preguntándose si podrían ofrecerle chiles con judías.
—Buscáis cuevas, honorable mujer. El mundo está lleno de cuevas.
—Quizá esto te ayude —dijo Tonina, y le enseñó el medallón.
El hombre lo examinó y luego encogió los hombros.
—Se parece a muchas flores que he visto.
—Ésta tiene propiedades curativas.
—Muchas flores las tienen —dijo él, preguntándose cuándo le iban a ofrecer pulque.
Sus ojos escrutaron el inmenso campamento, que parecía extenderse interminablemente, con sus pequeños fuegos, grupos y refugios improvisados que se perdían entre los árboles. No veía a nadie fumando cigarros, ni en pipa. ¿Tan pobres eran?
Volvió su atención a su anfitriona y a sus peculiares compañeros: un enano, una mujer muy anciana con los cabellos recogidos con modestia, una joven con un bebé a la espalda y la que se hacía llamar Ixchel. En los ojos de todos ellos veía el brillo de la esperanza y el anhelo.
—¿Por qué buscáis esa flor? —preguntó.
—Se dice que crece cerca de las sagradas cuevas de Aztlán.
Él se sorbió la nariz, haciendo que su único orificio silbara, y se preguntó si podría coger otro boniato. Sus anfitriones no comían.
—La única flor roja que conozco que cure los males crece cerca de unas cuevas. Aunque no sé si serán sagradas.
Ixchel trató de no hacerse ilusiones.
—¿Qué puedes decirnos de esa flor?
El hombre se rascó la calva, con la que los mosquitos se habían cebado aquel mismo día.
—Los pétalos tienen propiedades curativas. Pero no así las raíces, que son amargas y pueden resultar venenosas. Con las hojas se puede hacer un bálsamo para sarpullidos y quemaduras. Y aunque yo no pondría la mano en el fuego, se dice que su polen da virilidad al hombre.
—¿Dónde crece esa flor? —preguntó Tonina, entusiasmada, sin poder contenerse.
—Cerca de mi hogar, en Amecameca.
Ixchel le miró.
—¿En el valle de Anáhuac?
—El mismo.
Ella y Tonina se miraron. ¿Era posible que Aztlán estuviera allí?
—¿Dónde está exactamente Amecameca?
—Al pie de una montaña con la cima nevada que se conoce como Iztaccíhuatl —dijo, pronunciando una palabra náhuatl que significaba «mujer blanca».
Ixchel lanzó una pequeña exclamación. Miró de nuevo a Tonina, porque las dos recordaban el glifo de la primera página del Libro de los mil secretos. Junto al pictograma de la flor roja estaba el símbolo para iztaccíhuatl: mujer blanca.
—Nunca he oído hablar de una montaña que se llame Mujer Blanca —dijo Ixchel con tiento.
—Quizá la conoces como Mujer Dormida.
—¡Sí!
—Entonces seguramente no sabes que cuando la Mujer Dormida vivió en esta tierra, cuando era la amante del héroe Popocatepetl, su nombre era Mujer Blanca. Cuando ella y Popocatepetl se convirtieron en montañas, la llamaron Mujer Dormida, porque duerme junto a su amante, nuestro héroe Popo, que guarda la entrada sudoriental al valle de Anáhuac.
Ixchel miró a Tonina, que se había quedado de piedra. Un Ojo y la h’meen también estaban perplejos. ¿Tenían que volver al valle de Anáhuac? Por lo visto así era. Cuando llegara la mañana, darían media vuelta y volverían sobre sus pasos, porque el Libro de los mil secretos situaba la flor roja y Aztlán cerca de una «mujer blanca». Oxmyx había dicho que el Iztaccíhuatl estaba nevado, y «aztlán» era el término náhuatl para «lugar de blancura».
Mientras Tonina se preguntaba qué haría cuando se encontraran con Kaan, porque sin duda estaba allí, en el lago Texcoco, Oxmyx eructó y luego bostezó.
—Honorables anfitriones, mis fatigados porteadores y yo os damos las gracias. Ahora nos retiraremos, partiremos al amanecer. Si decidís ir hacia Amecameca, preguntad por mi casa y os compensaré por vuestra hospitalidad.
Se puso en pie y, tras envolverse en su manto, les hizo una última advertencia.
—Si vais al valle de Anáhuac, no os acerquéis demasiado a las montañas, porque aunque la dama duerme, Popo está muy activo. Últimamente, su humo negro llena los cielos.