La azafata nos dio la bienvenida a Reikiavik y nos comunicó que allí eran las dos de la madrugada. Las pistas estaban vacías, los edificios a oscuras y el avión se conectó enseguida a la pasarela de acceso a la terminal. Se nos recomendó que nos lleváramos el equipaje de mano; quizá podríamos continuar el viaje en otro aparato.
Aun en aquella situación se guardaron las formas: a los pasajeros de primera clase nos condujeron desde el piso superior hasta el inferior y de allí a la salida, mientras los pasajeros de las demás clases esperaban. En la sala abierta para aquella contingencia estaban juntos los de primera y los de business. En el bar volvimos a coincidir los pasajeros de primera que ya habíamos estado en el de Nueva York. No había champán y quien no tenía ninguna historia de accidentes o casi accidentes de avión que contar, se dedicó a escuchar con desgana las de los demás. ¿Por qué había de interesarse nadie por los peligros a los que otros habían escapado?
Mi vecino de asiento volvió a guardar silencio. Yo le miraba de vez en cuando y él me dirigía una sonrisa. Aquellas sonrisas suyas eran tan suaves y delicadas como su risa. Entretanto me dediqué a escuchar las historias que se contaban. Hasta que una copa cayó al suelo. Quien estaba contando una historia se interrumpió, los que escuchaban giraron la cabeza. La copa se le había caído a mi vecino de asiento, pero él no se agachó a recoger los trozos de cristal ni se sacudió las gotas de los pantalones. Se quedó inmóvil.
Me dirigí hacia él y le puse una mano en la espalda.
—¿Puedo ayudarle?
Le costó trabajo percatarse de mi presencia y contestarme.
—Ése es… —Notó las miradas de los demás fijas en él y se interrumpió. Entonces llegó un camarero, recogió los trozos de cristal y secó el vino derramado con un trapo. Quise llevar a mi vecino hasta el ventanal, donde había mayor tranquilidad, pero él se negó con un tono de voz singularmente lastimero.
—No, al ventanal, no.
Miré alrededor. La zona con los puestos de prensa también estaba más tranquila.
—¿Quiere que llamemos a un médico?
—Un médico… No, un médico no puede ayudarme —dijo, inspiró profundamente un par de veces y consiguió sobreponerse—. Mire a aquel hombre que está junto al ventanal, el del traje claro. Sabía que me estaba siguiendo, pero creí que le sacaba un vuelo o dos de ventaja. Me disparó hace dos años. No sé si quiso matarme y tuve suerte, o si sólo quiso darme un escarmiento.
—¿Le disparó? ¿Y no puso usted una denuncia?
—Cuando tienen que tratar a un herido de bala, los hospitales dan parte a la policía. Yo describí al tipo y tuve que volver a mirar cientos de fotografías, pero no llegamos a nada. En Ciudad del Cabo, que es donde sucedió, se producen muchos tiroteos, y la policía pensó que quizá yo había caído entre dos frentes. Yo tenía otra versión, pero ¿de qué habría servido contársela a la policía?
Esperé a ver si quería contármela.
—Cuando abandoné Alemania, estuve yendo de acá para allá, hasta que por fin me asenté en Ciudad del Cabo. En Sudáfrica, cuando uno dispone de dinero y se comporta debidamente, le dejan tranquilo. Alquilé la casita de los guardeses de una finca de viñedos a las afueras de la ciudad, con el mar a un lado y los viñedos al otro, un paraíso. Pero, pasados unos meses, recibí una carta suya. Su nombre, evidentemente, no figuraba en el remite del sobre, pero la historia que me contaba en su carta lo decía todo: un jeque huye con la mujer de otro. Es su favorita, su ojito derecho, una mujer tan joven y hermosa como un amanecer. El jeque está triste porque, aun siendo un hombre orgulloso, tiene un gran corazón y comprende que una mujer enamorada quiera seguir a su amor. Años más tarde, ese nuevo hombre mata en un ataque de cólera a la mujer. El jeque, que hasta entonces ha tolerado que la mujer de su propiedad emprenda su propio camino, no puede tolerar que otro destruya su propiedad y ordena que lo maten.
»A la mañana siguiente, cuando salí de la finca con el coche y enfilé la calle, ese hombre del traje claro estaba al otro lado. Siempre lleva trajes claros y siempre le quedan holgados. Podría resultar un pobre hombre ridículo. Pero su postura, sus movimientos y su forma de andar traslucen una amenaza que no lo convierten en un pobre hombre ridículo, sino en un tipo amenazante. Por el espejo retrovisor le vi cruzar la calle y meterse en un coche, y poco después vi que me seguía.