ESCENA V

ORESTES - ELECTRA – CLITEMNESTRA

ELECTRA.— ¿Qué, Filebo? ¿Te da miedo?

ORESTES.— Esa cabeza… cien veces intenté imaginarla y había acabado por verla, fatigada y blanda bajo el brillo de los afeites. Pero no me esperaba esos ojos muertos.

CLITEMNESTRA.— Electra, el rey te ordena que te prepares para la ceremonia. Te pondrás el vestido negro y las joyas. Bueno, ¿qué significan esos ojos bajos? Aprietas los codos contra las caderas delgadas; tu cuerpo te estorba… Muchas veces estás así en mi presencia; pero ya no me dejaré engañar por esas monerías; hace un rato, por la ventana, vi otra Electra de ademanes amplios, de ojos llenos de fuego… ¿Me mirarás a la cara? ¿Me responderás, al fin?

ELECTRA.— ¿Necesitáis una fregona para realzar el esplendor de vuestra fiesta?

CLITEMNESTRA.— Nada de comedia. Eres princesa, Electra, y el pueblo te aguarda, como todos los años.

ELECTRA.— ¿Soy princesa, de veras? ¿Y lo recordáis una vez al año, cuando el pueblo reclama un cuadro de nuestra vida de familia para su edificación? ¡Linda princesa, que lava la vajilla y guarda los cerdos! ¿Egisto rodeará mis hombros con su brazo, como el año pasado, y sonreirá junto a mi mejilla, murmurando a mi oído palabras de amenaza?

CLITEMNESTRA.— De ti depende que sea de otro modo.

ELECTRA.— Sí, si me dejo infectar por vuestros remordimientos y si imploro el perdón de los dioses por un crimen que no he cometido. Sí, si beso las manos de Egisto llamándolo padre. ¡Puah! Tiene sangre seca bajo las uñas.

CLITEMNESTRA.— Haz lo que quieras. Hace mucho he renunciado a darte órdenes en mi nombre. Te trasmití las del rey.

ELECTRA.— ¿Qué me importan las órdenes de Egisto? Es vuestro marido, madre, vuestro muy caro marido, no el mío.

CLITEMNESTRA.— No tengo nada que decirte, Electra. Veo que buscas tu perdición y la nuestra. ¿Pero cómo había de aconsejarte yo, que arruiné mi vida en una sola mañana? Me odias, hija mía, pero lo que más me inquieta es que te pareces a mí: yo he tenido ese rostro puntiagudo, esa sangre inquieta, esos ojos socarrones, ¡y no salió nada bueno!

ELECTRA.— ¡No quiero parecerme a vos! Dime Filebo, tú que nos ves a las dos, una junto a la otra, no es cierto, ¿verdad?, no me parezco a ella.

ORESTES.— ¿Qué decir? Su rostro se asemeja a un campo devastado por el rayo y el granizo. Pero hay en el tuyo algo como una promesa de tormenta: un día la pasión lo quemará hasta los huesos.

ELECTRA.— ¿Una promesa de tormenta? Sea. Acepto ese parecido. Ojalá digas la verdad.

CLITEMNESTRA.— ¿Y tú? Tú que miras así a las gentes, ¿quién eres? Déjame mirarte a mi vez. ¿Y qué haces aquí?

ELECTRA (vivamente).— Es un corintio llamado Filebo. Anda de viaje.

CLITEMNESTRA.— ¿Filebo? ¡Ah!

ELECTRA.— ¿Parecíais temer otro nombre?

CLITEMNESTRA.— ¿Temer? Si he ganado algo al perderme, es que ahora ya no puedo temer nada. Acércate, extranjero, sé bienvenido. ¡Qué joven eres! ¿Qué edad tienes?

ORESTES.— Dieciocho años.

C LITEMNESTRA .— ¿Tus padres viven todavía?

ORESTES.— Mi padre ha muerto.

CLITEMNESTRA.— ¿Y tu madre? Ha de tener mi edad, más o menos. ¿No dices nada? Sin duda te parece más joven que yo; puede reír y cantar aún en tu compañía. ¿La quieres? ¡Pero responde! ¿Por qué la has abandonado?

ORESTES.— Voy a Esparta a alistarme en las tropas mercenarias.

CLITEMNESTRA.— Los viajeros hacen de ordinario un rodeo de veinte leguas para evitar nuestra ciudad. ¿No te avisaron? Las gentes de la llanura nos han puesto en cuarentena; miran nuestro arrepentimiento como una peste, y tienen miedo de contaminarse.

ORESTES.— Lo sé.

CLITEMNESTRA.— ¿Te han dicho que un crimen inexpiable, cometido hace quince años, nos aplasta?

ORESTES.— Me lo han dicho.

CLITEMNESTRA.— ¿Que la reina Clitemnestra es la más culpable? ¿Que su nombre es maldito entre todos?

ORESTES.— Me lo han dicho.

CLITEMNESTRA.— ¿Y sin embargo viniste? Extranjero, yo soy la reina Clitemnestra.

ELECTRA.— No te enternezcas, Filebo; la reina se divierte con nuestro juego nacional: el juego de las confesiones públicas. Aquí cada uno grita sus pecados a la cara de todos; y no es raro, en los días feriados, ver a algún comerciante que después de bajar la cortina metálica de su tienda, se arrastra de rodillas por las calles, frotando el pelo en el polvo y aullando que es un asesino, un adúltero o un prevaricador. Pero las gentes de Argos comienzan a hastiarse: cada uno conoce de memoria los crímenes de los otros; los de la reina en particular no divierten ya a nadie; son crímenes oficiales, crímenes de fundación, por así decirlo. Dejo que pienses en su alegría cuando te vio, joven, nuevo, ignorante hasta de su nombre: ¡qué ocasión excepcional! Le parece que se confiesa por primera vez.

CLITEMNESTRA.— Calla. Cualquiera puede escupirme a la cara, llamándome criminal y prostituida. Pero nadie tiene el derecho de juzgar mis remordimientos.

ELECTRA.— Ya ves, Filebo; es la regla del juego. Las gentes te implorarán que las condenes. Pero mucho cuidado; júzgalas sólo por las faltas que te confiesen: las otras no interesan a nadie, y te tendrían mala voluntad si los descubrieras.

CLITEMNESTRA.— Hace quince años yo era la mujer más bella de Grecia. Mira mi cara y juzga lo que he padecido. Te lo digo sin tapujos: no lamento la muerte del viejo cabrón; cuando lo vi sangrar en el baño canté de alegría, bailé. Y todavía hoy, después de pasados quince años, no puedo pensarlo sin un estremecimiento de placer. Pero tenía un hijo, sería de tu edad. Cuando Egisto lo entregó a los mercenarios, yo…

ELECTRA.— También teníais una hija, madre, me parece. Habéis hecho de ella una fregona. Pero esta falta no os atormenta mucho.

CLITEMNESTRA.— Eres joven, Electra. Le es fácil condenar a quien es joven y no ha tenido tiempo de hacer daño. Pero paciencia: un día, arrastrarás tras de ti un crimen irreparable. A cada paso creerás alejarte de él, y sin embargo seguirá siendo siempre igualmente gravoso llevarlo. Te volverás y lo verás a tus espaldas, fuera de alcance, sombrío y puro como un cristal negro. Y ni siquiera lo comprenderás ya; dirás: «No soy yo, no soy yo quien lo ha cometido». Sin embargo estará allí, cien veces renegado, siempre allí tirándote hacia atrás. Y sabrás por fin que has comprometido tu vida sin más ni más, de una vez por todas y que lo único que te queda es arrastrar tu crimen hasta la muerte. Tal es la ley, justa e injusta, del arrepentimiento. Veremos entonces qué quedará de tu juvenil orgullo.

ELECTRA.— ¿Mi juvenil orgullo? Vamos, lamentáis vuestra juventud aún más que vuestro crimen; odiáis mi juventud, más aún que mi inocencia.

CLITEMNESTRA.— En ti, Electra, me odio a mí misma. No tu juventud, ¡oh, no hija mía!

ELECTRA.— Y yo a vos, a vos os odio.

CLITEMNESTRA.— ¡Qué vergüenza! Nos injuriamos como dos mujeres de la misma edad que se enfrentan por una rivalidad amorosa. Y sin embargo soy tu madre. No sé quién eres, joven, ni lo que vienes a hacer entre nosotros, pero tu presencia es nefasta. Electra me detesta y no lo ignoro. Pero hemos guardado silencio durante quince años, y sólo nuestras miradas nos traicionaban. Viniste, nos hablaste y ya estamos mostrando los dientes y gruñendo como perras. Las leyes de la ciudad nos obligan a ofrecerte hospitalidad, pero, no te lo oculto, deseo que te vayas. En cuanto a ti, hija mía, imagen harto fiel de mí misma, no te quiero, es cierto. Pero me cortaría la mano derecha antes de perjudicarte. Lo sabes demasiado, abusas de mi debilidad. Pero no te aconsejo que levantes contra Egisto tu cabecita venenosa; de un palazo sabe deslomar a las víboras. Créeme, haz lo que él te ordena, si no te deslomará.

ELECTRA.— Podéis responder al rey que no apareceré en la fiesta. ¿Sabes lo que hacen, Filebo? Hay en lo alto de la ciudad una caverna cuyo fondo jamás han encontrado nuestros jóvenes; dicen que se comunica con los infiernos; el Gran Sacerdote la ha hecho obstruir con una gran piedra. Pues bien, ¿lo creerás?, cada aniversario el pueblo se reúne delante de esa caverna, los soldados empujan a un lado la piedra que tapa la entrada, y nuestros muertos, según dicen, suben de los infiernos y se desparraman por la ciudad. Se les ponen cubiertos en las mesas, se les ofrecen sillas y lechos, todos se apretujan un poco para dejarles lugar en la velada, corren por todas partes, todos los pensamientos son para ellos. Ya adivinas las lamentaciones de los vivos: «Mi querido muerto, mi querido muerto, no quise ofenderte, perdóname». Mañana por la mañana, al canto del gallo, volverán bajo tierra, la piedra rodará hasta la entrada de la gruta, y se acabó hasta el año próximo. No quiero participar en esas mojigangas. Son los muertos de ellos, no los míos.

CLITEMNESTRA.— Si no obedeces de buen grado, el rey ha dado orden de que te lleven por fuerza.

ELECTRA.— ¿Por fuerza?… ¡Ah! ¡Ah! Por fuerza. Está bien. Mi buena madre, si gustáis, asegurad al rey mi obediencia. Me presentaré en la fiesta, y puesto que el pueblo quiere verme, no quedará decepcionado. En cuanto a ti, Filebo, te lo ruego, difiere tu partida, asiste a nuestra fiesta. Quizá encuentres ocasión de risa. Hasta luego, voy a arreglarme. (Sale.)

CLITEMNESTRA (a ORESTES).— Vete. Estoy segura de que nos traerás desgracia. No puedes odiarnos, no te hemos hecho nada. Vete. Te lo suplico por tu madre, vete. (Sale.)

ORESTES.— Por mi madre…

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