Stanach liberado
Los bajos techos de los pasadizos ganaron de pronto altura, cuando Lavim sólo se había alejado una decena de metros de la entrada. La humedad del río rezumaba por las paredes y apelotonaba el polvo en el suelo. La débil luz que se filtraba a través de la reserva secreta de armas de los guerreros poco hacía para iluminar el interior y no servía sino como tamiz de las profusas sombras. Tras él, el kender oía el cauteloso andar de Tyorl y Kelida en la penumbra.
—Piper —susurró, al trepar a su bota un animal que se parecía a una araña con más patas que las convencionales—. ¿No podrías obrar un nimio hechizo desde tu plano para alumbrar el camino? Ese ente era una especie de insecto, quizás inofensivo, pero preferiría cerciorarme.
No, no puedo. Y no pierdas el tiempo deambulando a trompicones en la oscuridad y extraviándote a cada instante. Reúnete con el elfo.
—No te preocupes, siempre me orienté muy bien. Lo que ocurre es que veo lugares nuevos y... ¿Qué será eso?
Suciedad, Lavim. Tus compañeros, que siguen la ruta correcta, ya te han adelantado.
—Gracias por informarme. Los alcanzaré enseguida.
Lo prometía de corazón, sólo que debía dejarlo para unos minutos más tarde. Aunque apenas veía, tenía en su haber unas manos sensitivas y su todopoderosa curiosidad. Le había contado a Tyorl que aquéllas eran guaridas de bandoleros y, en su afán de resultar convincente, se había convencido a sí mismo.
Sorteó un montón de desperdicios acumulados, dio una vuelta completa por una reducida cámara, retrocedió al no hallar ningún objeto de interés y, tras jalonar un corredor, se asomó a otro recinto. Con un tumulto similar al de las copas arbóreas al paso del viento, el muro posterior se animó en una enigmática ebullición de vida.
—¡Piper, fíjate en eso! La pared oscila.
Son murciélagos, le previno el mago. ¡Sal enseguida!
—No exageres —se burló el kender—. Nunca tuve miedo a esos feos animales.
Pero ellos a ti, sí, replicó el fantasma, y al detectarte armarán tal revuelo que alertarán de tu presencia a quienquiera que se esconda aquí. ¡Aléjate!
A regañadientes, Lavim acató el consejo y abandonó la cueva con el sigilo inherente a su raza. Dejándose guiar por los efluvios del río, enfiló hacia el este, pero no pudo evitar desviarse —sólo un poquito— para investigar un rincón infestado de telarañas.
Piper, que en vida se tuvo por uno de los hombres más tolerantes y comprensivos del mundo, perdió ahora la paciencia por cuarta vez en menos de quince minutos.
¡Lavim Springtoe, no te entretengas!
—Hazte cargo, estamos en antiguos cubiles de proscritos, y...
Esa es una mentira que tú mismo fraguaste. Corre junto a Tyorl y entrégale la flauta.
Lavim ojeó de soslayo los polvorientos escombros de otro nicho, temeroso de recibir más regañinas. El elfo y la muchacha le llevaban alguna ventaja, pero estaba seguro de que en un par de zancadas llegaría hasta ellos. Sólo debía guiarse por los olores del río y el sonido de sus respiraciones.
—Tú me inspiraste la historia de los prófugos.
De todas maneras, era obvio que nadie había habitado durante años aquellas cuevas erosionadas y llenas de fragmentos. El hechicero debía de haberse equivocado, porque no había huesos corroídos en ninguna parte.
¿Qué esperabas encontrar, un esqueleto? Y fuiste tú, no yo, quien habló de los bandoleros.
El kender lanzó un gruñido, meditando que no acababa de gustarle la perspectiva de convivir tan estrechamente con alguien que se había instalado en su mente y lo privaba de toda intimidad.
—No, Piper —porfió—, tú me comunicaste que en estos...
¡Maldita sea, Lavim, déjalo ya!
«No sólo es un espectro —se disgustó Springtoe—, sino un impertinente que ha copiado de Stanach y Tyorl la manía de no permitirme concluir una frase.»
No seas tan irritable. Expresa un concepto con sentido común y ya verás cómo...
Un alarido conmovió los cimientos del laberinto, un desolado y escalofriante grito de dolor. «Como el de una criatura fantasmal», pensó Lavim. Todas las ilusiones de topar con un tesoro se esfumaron de repente al recordar qué hacía en aquellos parajes.
—¿Stanach? —balbuceó.
Un poco más adelante se oyó una ahogada exclamación de Kelida y el murmullo de la voz del elfo.
Sí, Stanach. Lavim, no des un paso más.
—¡Pero si me estabas apremiando para que los alcanzase! Piper, si no cesas de contradecirte no sabré nunca a qué atenerme contigo.
Aguarda unos segundos, haz el favor.
—Está bien, pero...
Saca mi instrumento.
Eso era algo que al kender no le costaba nada hacer. Aunque le parecía un poco extraño tocar música mientras Stanach necesitaba urgente ayuda, se apresuró a hurgar en su bolsillo, extraer la nauta y aplicar la boquilla a sus labios.
¡No!, gritó Piper. ¡Todavía no! Tenla a punto y escúchame con los cinco sentidos.
Lavim obedeció con desgana.
Debes hacer al pie de la letra lo que yo te indique. Los dioses me amparen si ésta es una muestra de que en el tránsito se ha dañado mi cordura, pero no se me ocurre otra solución más que impartirte instrucciones y confiar en que harás exactamente lo que te diga.
Un segundo aullido, esta vez en forma de risa demencial, atronó el enrarecido ambiente.
Me explicaré. La flauta se ha percatado de mi proximidad... No hagas preguntas, ahora no hay tiempo —atajó a su interlocutor al hacer éste ademán de hablar—. Presiente mi intelecto mi alma, y pondrá su magia al servicio de mis requerimientos. Inhala con fuerza... No, así no, más. Ahora, perfecto. Ella se encargará de tocar una melodía, y en la balada reside el embrujo, mas tú has de ser quien la active mediante tu aliento y tu empeño sincero.
«Empeño, de acuerdo, ¿pero para lograr qué? —pensó Lavim, incapaz de proferir ningún comentario mientras contenía el resuello—. ¿Voy a invocar monstruos, a tornarme invisible o a convertir las flechas de Tyorl en ascuas de fuego?»
Nada de eso, mi querido amigo. Lo único que tú pretendes es esto.
El kender sintió que Piper sonreía y, puesto que el mago estaba de tan excelente humor, decidió ensayar una idea propia.
* * *
El túnel principal que conectaba la gruta del bosque y la caverna que dominaba el río, angosto y falto de ventilación, retuvo las resonancias de los lamentos durante un rato. Tyorl se estremeció y miró a Kelida. La mujer permanecía inmóvil donde él le había ordenado, en una red de sombras y negrura allí donde el pasadizo marcaba un recodo a la izquierda y giraba hacia el punto de origen. Con los ojos brillantes y la boca contraída en una línea de firme voluntad, la posadera empuñaba la daga sin un temblor, tal como le había enseñado Lavim.
El corredor desprendía hedores de tierra mohosa y de agua estancada. El montículo de inmundicias y fango que se había ido solidificando en el suelo estaba intacto salvo por un par de huellas. Si los theiwar habían explorado este pasillo hasta el final, lo más probable era que hubieran vuelto atrás al llegar al muro en apariencia infranqueable de la cueva donde se hallaba el depósito de Finn. El propio Tyorl se había sorprendido del modo en que el kender había descubierto la entrada.
«Los de su tribu son capaces de obtener dinero de la bolsa de un avaro. ¿Por qué iba a detenerlo un muro?», pensó el elfo.
Los restos putrefactos de peces depositados en tierra, llevados a los túneles por las crecidas causadas por las tormentas, despedían los demoníacos destellos de su propia descomposición, una desagradable fosforescencia. Tyorl se arrimó a la pared y vadeó el lodazal con todo género de precauciones para no producir ni siquiera un chapoteo.
Un segundo aullido, semejante a un rugido, hizo que los músculos de su vientre se agarrotasen en un nudo cercano a la náusea. Al amparo de su eco, el guerrero fue avanzando hasta llegar a la entrada misma de la cámara fluvial. La estrecha abertura de la cueva estaba bloqueada por un enano encapuchado y embozado que se erguía de espaldas a él.
El enano se movió ligeramente y Tyorl cerró los ojos: había alcanzado a ver un brazo y una mano.
Se convulsionó en una furia apasionada. Cada uno de los dedos de aquella extremidad había sido retorcido y segmentado, y la reacción instintiva del Vengador fue cerrar sus propias falanges en torno al puño de su daga. El enano encapuchado se hallaba a una distancia ideal para clavarle el arma, y el elfo se aprestó a disfrutar deslizando el filo entre sus costillas. Antes de que atacara, no obstante, las secuencias musicales de una flauta, enlazándose en el eco que le devolvían los espacios huecos, flotaron a través del pasadizo. Provenían de detrás.
«¡Dioses, no! —renegó Tyorl—. Lavim está en posesión del instrumento del mago.»
El theiwar se volteó con la brusquedad de un torbellino. Tenía un solo ojo, pero le bastaba para expresar su odio, su delectación en el tormento y la muerte ajenos. Blasfemó al distinguir al elfo y, acto seguido, sus manos arañaron el aire de la estancia en unas gesticulaciones que más parecían la tosca pantomima de una danza. El guerrero apenas alcanzó a observar el repentino fin de tales aspavientos, similar a la caída de un ave al ensartarla la flecha letal, antes de que empezaran a flaquear sus propias rodillas.
Rezagada en la curva, Kelida chilló y se ahogó en una arcada.
La canción, una copla endiabladamente alegre y desenfadada, voló hacia el elfo sobre las corrientes de la más espantosa fetidez que alguna vez oliera. Mezcla de estercoleros antiguos, huevos podridos, ratas muertas en los vahos etílicos de una taberna y vegetales en proceso de podredumbre y transformación en grasiento légamo, la pestilencia invadió y corrompió todo. El elfo se desplomó sin otra alternativa que estrujarse el estómago con los brazos y apretar los dientes ante la afluencia imparable del vómito. Un concierto de arcadas y lamentos se inició en la gruta y, más lejos, en la margen del torrente. Una voz cavernosa, que sólo podía pertenecer a Lavim, rebotó contra los muros en estrepitosas carcajadas. Unas pequeñas manitas golpetearon la espalda del guerrero y tiraron de sus extremidades.
—Tyorl, ¿verdad que huele terriblemente mal? Todo el mundo está arrojando lo que ha ingerido en la última semana. ¿No es fantástico? ¡Vamos, amigo, levántate! Se supone que tú eres el héroe que irrumpe ahora en la cueva, rescata a Stanach y da su merecido a esos... esos «como se llamen» mientras tratan de recuperarse. Tyorl, ¿qué te pasa?
—Kender —jadeó el elfo, sin fuerzas—, juro por todos los dioses que pueblan las esferas que te...
Asaltado por un espasmo en el esófago, Tyorl se dobló sobre sí mismo y tuvo clara evidencia de que había incurrido en un error al hablar. Su amenaza terminó en gemidos y una nueva expulsión de alimentos. Cuando por fin pudo alzar los ojos, advirtió que estaba solo.
«Lo mataré —resolvió mientras se limpiaba las comisuras con el dorso de la mano e, inseguro, se ponía en pie y se apoyaba contra la pared intentando no respirar hasta que remitiera el malestar—. Voy a hacerle un tajo desde el cuello hasta el hígado y veremos si entonces se muestra tan contento.»
Una nueva mano, trémula aún por la súbita y violenta náusea, asió el brazo del elfo. Era Kelida que, mareada y frágil, se apoyaba en él y le susurraba:
—¿Estás bien?
—Sí —respondió Tyorl, levantándole la barbilla. Enseguida, asombrado por su propio gesto, la apartó de su cuerpo e indagó a su vez—: ¿Y tú?
Ella se encogió de hombros y consiguió dedicarle una imprecisa sonrisa. Las emponzoñadas ráfagas, con su nociva carga, comenzaban a desvanecerse al fundirse en la brisa que provenía del río.
—Tyorl, ¿qué ha sucedido? ¿De dónde han salido esos insoportables tufos que nos han revuelto las tripas?
—¡Ese kender de los infiernos tiene la flauta de Piper! ¿Dónde se habrá metido?
—Lo ignoro —declaró Kelida, dando un vistazo en su derredor—. Esos quejidos... —agregó, muy pálida— eran de Stanach.
Dentro de la cavidad contigua, la barahúnda de arcadas y ahogos había cesado. Las risas de Lavim eran lo único que rasgaba el silencio, y también éstas se extinguieron con ominosa prontitud. El elfo penetró en la cueva, y la muchacha tras él.
El refrescante viento nocturno terminó de disipar el maloliente hechizo del kender. Tras unas prudentes intentonas, Tyorl notó que sus pulmones aceptaban las nuevas bocanadas y que las náuseas habían desaparecido. Inspeccionó la cueva y descubrió a Stanach contra un muro, tendido en la oscuridad. Kelida, al verlo así postrado, se adelantó y corrió hacia el enano.
Los sicarios de Realgar yacían en el suelo y no volverían a levantarse. Dos de ellos tenían el cráneo aplastado, y la roca que los había matado se encontraba a los pies del elfo con abundantes manchas de sangre y porciones adheridas de masa encefálica. El tercero había sucumbido a una daga en el pecho. Un examen de las proximidades reveló a un cuarto enano de bruces en la orilla, con medio cuerpo sumergido.
—Lavim —preguntó Tyorl, estupefacto—, ¿los has eliminado a todos?
El kender, acuclillado en la esquina menos iluminada de la sombría cámara, estudió el apocalíptico panorama.
—¡Eso quisiera yo! Uno de ellos huyó, y era mi predilecto en el sentido de que era con el que más ansiaba ajustar cuentas. Debería haberte esperado, pero como padecías unas transitorias dificultades embestí en solitario y...
—¡Stanach!
Era la voz de Kelida. La muchacha había hincado ambas rodillas junto al yaciente enano y posado unos dedos vacilantes en el cuello, a la caza del pálpito vital. Hizo un gesto de asentimiento a Tyorl; el corazón latía, aunque muy débilmente.
El elfo sintió una opresión en el estómago cuando la pálida luz de las estrellas iluminó a Stanach. Su barba estaba apelmazada con coágulos sanguinolentos, y la siniestra estela de un acero surcaba su faz en un chirlo que iba del ojo al mentón. Pero lo que más lo conmocionó fue la visión de su destrozada mano derecha.
Además de haber sido adiestrado en las artes marciales, Tyorl había recibido una esmerada educación. Uno de sus maestros le dijo una vez que la mano de un artesano era sagrada. Sin ella se quebraba el puente entre lo que concebía y lo que luego había de plasmar en una creación tangible. El puente de Stanach estaba en ruinas.
Un plañido gorgoteante, quedo y preñado de indescriptible agonía, sobresaltó al elfo. Hammerfell, vidriosos y opacos sus ojos, con un cerco azulado en torno a los iris, miraba a Kelida. Cuando habló, su voz fue poco más que un susurro.
—No... no me siento la mano.
Un relámpago de pánico quebró la opacidad de sus ojos. Rebulló en su pétreo lecho y trató de flexionar los dedos hasta que, al comprobar que ni siquera el meñique respondía, entornó los párpados.
—¿Me la han cercenado? Noto el brazo, pero nada más allá de la muñeca.
Kelida quiso prodigarle unas frases de consuelo. Incapaz de formularlas, sin embargo, se contentó con acariciarle la cabeza y despejar de su frente los mechones apelotonados por la sangre. Tyorl, con el corazón lleno de dolor, reparó en las lágrimas que se le escapaban a la muchacha.
Fue Lavim quien, con la boca singularmente pastosa, ofreció una contestación al sufriente.
—Mi joven amigo, no te han cortado la mano.
—No... no me la siento.
Por el bien de Stanach, el elfo logró esbozar una forzada sonrisa y, agachándose, murmuró:
—Puedes agradecer a tu dios por no sentirla, Stanach, pero está en su sitio, de eso no te quepa duda. Te conviene descansar —añadió, acongojado por la aflicción.
—Piper. Mataron a Piper —murmuró el enano—. Quieren... a Vulcania.
Los ojos de Kelida se oscurecieron con una súbita comprensión. «Sí, Hauk —pensó Tyorl—, ella se ha forjado la ilusión de que vives. Yo, en cambio, te deseo que hayas muerto. Si esos degenerados han dejado a su congénere en tan lamentable estado en sólo unas horas, a ti pueden haberte triturado en todos estos días. ¡Dioses, haced que haya muerto!»
La muchacha agarró la espada que pendía de su cadera y la soltó al punto como si el metal la quemase. Era consciente de que ahora ella no sería más que un cadáver de no haber guardado el enano un heroico silencio mientras destrozaban su mano.
—¡No, Stanach, no! —sollozó.
«¿Cómo se hace para resistir el abrumador peso de saber que uno existe gracias al sacrificio y padecimiento de otros? —siguió pensando Tyorl—. Desgarras tu capa para hacer vendas, refrescas la fiebre insoportable con el agua de tu cantimplora.»
Mientras contemplaba las evoluciones de Kelida y escuchaba el bálsamo de su voz que, cual un ungüento mágico, sosegaba al herido, mientras miraba el ir y venir de sus manos sobre el ensangrentado rostro y la meticulosa manera en que limpiaba los jirones de su capa antes de lavar las llagas y cubrirlas, el elfo hubo de aceptar la evidencia de que su amor por la joven no era inferior al de ella por Hauk.
«No —se debatió—, no es cierto. Estoy exhausto, no me he recobrado por completo del trance y me exaspera moverme a ciegas, ignorando cuál será el siguiente tropiezo. En medio de semejante caos, confundo mis emociones. ¿Cómo puedo haberme enamorado de una moza de taberna, humana por más señas? Y, encima, una mujer que quiere a mi mejor amigo.»
Dio un ligero codazo al kender, y se encaminó hacia la salida de la cueva. Necesitaba aire para aclarar sus pulmones y sus ideas. El hombrecillo fue tras él.
—Lavim, antes has dicho que uno se dio a la fuga.
—Sí —ratificó el otro—. Era veloz y escurridizo, tuerto y repugnante como los enanos gully. De todos modos, habría dado buena cuenta de él de no estar tan ajetreado con sus secuaces.
—Sí, debes de haber tenido un buen trajín. —El guerrero señaló río abajo, y preguntó—: ¿Y ése?
—Está muerto, o casi.
—Ya lo veo. Durante un par de minutos has sido el habitante más activo de todo Krynn.
—¡Ha resultado ser una experiencia emocionante, sí, aunque también agotadora! No me sobraba el tiempo, lo que no obsta para que haya hecho gala de mis cualidades guerreras. Sobre todo en las grutas soy invencible, a menos que me centupliquen en número, me aten las manos o me despojen de mis cuchillos.
—¿Dónde está la flauta?
—¿La flauta? —Lavim se hizo el desentendido, dejando errar la vista por la bóveda celeste.
—Sí, el instrumento del hechicero —puntualizó el elfo, y abrió su palma—. Dámela, y no malgastes saliva inventando mentiras. Me consta que se halla en tu poder.
—No... sí, la tenía, pero creo que la perdí ahí dentro. —Lavim hurgó en los bolsillos de su deshilachado capote, rebuscó en un par de sus innumerables sacos y se palpó el cuerpo con unos ojos dilatados que eran la viva estampa de la ingenuidad—. Sí, la extravié ahí dentro. El encantamiento oloroso ha sido peor de lo que auguraba y, francamente, me pilló desprevenido. ¿No te ha pasado a ti lo mismo? Cuando me acerqué me pareció que estabas muy apabullado; incluso se te había puesto la tez de un color verdoso. No como un reptil, entiéndeme, sólo en las paredes nasales y bajo los ojos.
¡En las paredes nasales! Tyorl tenía la total certidumbre de haber estado tan verde como un pan enmohecido, pero no le apetecía dirimir tales cuestiones y ni siquiera pensar en ellas. Prefirió ser práctico y mandar al kender en busca de la flauta. Sabía que habría sido preferible hacerlo en persona, mas había algo en el enano del torrente que le intrigaba sobremanera y que deseaba investigar.
—Tráeme enseguida ese objeto, dondequiera que esté.
—Será un placer, pero ¿por dónde empiezo en ese subterráneo con tantas ramificaciones?
—Por la cueva donde has librado la batalla.
—Sí, bien. ¿En qué...?
Tyorl se alejó en dirección al río, sin prestar atención al resto de la pregunta. La forma en que el enano yacía despatarrado en la ribera, con los brazos estirados y las manos congeladas en un zarpazo frustrado, lo indujeron a concluir que no había muerto de una pedrada en el cráneo ni por una daga en el torso, y que no había sido el kender su ejecutor.
* * *
Stanach evocaba nostálgico los desnudos riscos expuestos al viento que circundaban Thorbardin. En su duermevela se imaginaba recostado en las desgastadas rocas, aspirando el escarchado aroma otoñal. Ansiaba la lumbre sin calor de las estrellas, la plateada luz de Solinari sobre las nieves precoces y aquel fulgor de Lunitari que realzaba con un festón carmesí los collados y los picos de sus montañas.
Idealizaba aquellos paisajes en sus sueños, los rememoraba en sus cortas vigilias. Pero el sufrimiento lo eclipsaba todo.
Este sufrimiento constituía el elemento primordial de su ser. No estaba hecho de carne y hueso, de sangre, vísceras y órganos, sino de la esencia misma de la agonía. Cada vez que intentaba ascender al cielo, surgía el dolor, un demonio escarnecedor personificado en los ojos de Wulfen, y le bloqueaba el paso. No llegaba a tocar la dorada luz solar, la noche diamantina, el crepúsculo de zafiro. Navegaba en las tinieblas, sin más punto de referencia que el llanto de la humedad en los muros negros de piedra. Si gritaba, nadie acudía. Estaba solo, sin posibilidad de regresar, sin una senda que lo llevara a Thorbardin, bajo las montañas.
* * *
Lavim volvió a la caverna del río. Mientras lo hacía, introdujo la mano en su bolsillo y palpó un cilindro de madera agujereado que sólo podía ser la flauta. Quedó atónito al descubrirla. El kender no se consideraba embustero, ni aun lioso. Creía siempre a pies juntillas aquello que narraba o argüía... en el instante de hacerlo.
Aguzó el oído, atento a las acusaciones de Piper. El mago siempre alegaba algo a sus razonamientos mentales.
Ahora, el mago nada le opuso. El kender lo llamó sin resultado. Se arrodilló entonces junto a Kelida, suponiendo que el fantasma estaba resentido por su inocente improvisación.
«Al instrumento no le ha importado», se dijo. Había interpretado exactamente la melodía correspondiente a lo que el kender había dado en bautizar como el sortilegio oloroso. Había sido un éxito, y el mago debería reconocerlo en lugar de mostrarse tan taciturno.
La mujer había eliminado ya la sangre y la suciedad del semblante de Stanach, cauterizado el chirlo y arropado al paciente con su capa. Con una mano le alzaba cuidadosamente la cabeza, y con la otra llevaba a sus cuarteados labios un odre de agua. Al apercibirse de que el líquido se atoraba en el gaznate, Springtoe friccionó los lados de su garganta sin excederse en la presión y, en efecto, bajo el tacto de sus encallecidos dedos el enano tragó varios sorbos. No abrió los ojos en ningún momento.
—Es un pequeño ardid que en ocasiones resulta útil —murmuró el kender—. Pobre Stanach, me acongoja sólo mirarlo.
La muchacha estaba desmoralizada y extenuada. Con un gesto ausente, se desembarazó de unos tirabuzones desgreñados que le caían sobre las facciones.
—Deberíamos tratar esos dedos, Lavim —propuso—. Pero no...
Enmudeció, carente de términos con que expresar su reticencia a manosear aquella ruina que un día fue una promesa de creatividad.
Como si leyera sus aprensiones, Springtoe apuntó:
—Temes hacer algo que los empeore.
—Sí, y además cualquier manipulación, por pequeña que sea, lo lastimará hasta el paroxismo.
—Es una pena que no tengamos aguardiente de los enanos. Me han contado que, si te embriagas con ese elixir, quedas como amodorrado y no reaccionas ni aunque se derrumbe un árbol sobre ti. Mas es inútil suspirar por lo inalcanzable; lo mejor será que hagas lo que sea antes de que despierte. No creo que pueda gustarle verte enderezar y vendar esos dedos. Ni a mí tampoco me seduce verte realizar tal operación —admitió Lavim.
—¿No me asistirás?
El kender no tenía ninguna intención de ayudar. La sola sugerencia de que participase en la cura le alteraba el ritmo cardíaco.
—Kelida —se escabulló—, soy bastante torpe en este tipo de...
Ayúdala, Lavim.
—Yo no...
Sujeta la mano de Stanach por la muñeca y mantén estirados los dedos mientras ella los venda.
Una tempestad se desató en el estómago de Springtoe. «Residuos del hechizo de la flauta», diagnosticó, rehusando acordarse de que a él, como artífice de tal sortilegio, no le habían afectado los efluvios.
«No, Piper —replicó él en silencio—, no puedo hacerlo.»
La voz del mago dentro de su cabeza habló muy suavemente.
Lavim, Stanach nunca volverá a usar la mano; pero tú puedes ayudar a Kelida a calmar sus espantosos dolores.
—De acuerdo —murmuró Lavim.
* * *
Alguien devoraba la mano de Stanach. Le roía un dedo, masticaba su carne, escupía el hueso y pasaba al próximo. Rodeado de voces distantes que deberían haberle sido familiares, pero que no lo eran, el enano quiso gritar y fracasó.
«¡Tres! (Dos o siete.)»
«¡Cuatro! (Uno o seis.)»
«Reorx, humildemente te ruego que me ilumines con tu gracia o me dejes perecer.»
El fuego corría por el filo de la daga de Wulfen. El acero de su hoja servía de conducto al pavor que se iniciaba en las entrañas del aprendiz y completaba su curso en las paredes de la cavidad. Los acuciantes aguijonazos del suplicio se entremezclaban con los viejos ideales de Hammerfell, un pasado y un presente entrelazados en inextricables espejismos visuales y auditivos.
—¿Dónde está Vulcania?
Retazos del crepúsculo y de una estrella de medianoche.
Lyt chwaer.
—Otro más, Stanach.
Oyó un chillido agudo, quejumbroso. Lejano y vago, el sonido estremeció el halo de penumbra que lo rodeaba.
«¡Cinco!»
—Reposa, joven enano, reposa —lo apaciguó el dios con la voz de un viejo kender.
Stanach se sintió aliviado cuando el impoluto viento de las montañas le enjugó el sudor y deslavazó las resonantes voces como si fueran columnas de humo.