CAPÍTULO 8

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Gerd movió la cabeza y gruñó. Leía los pensamientos del hombre.

«¿N’Chaka?»

«Manda Miedo. ¡A él! No matar».

La demoníaca mirada de Gerd se posó en el jefe de los Ochars, los Llegados Primero a las Siete Casas de Kheb. La alta figura se derrumbó en el polvo, sollozando como un niño aterrorizado. Sus compañeros se quedaron mudos de estupor.

—¡No! —gritó Gelmar—. ¡Basta, Gerd!

El perro se quejó irritado.

«¿N’Chaka?»

Stark dejó caer la espada y tomó a Gerd por el hocico.

«Heraldos no en peligro. N’Chaka en peligro. ¿A quién sigues?»

Vamos a arreglarlo ahora, pensó Stark. Si no lo hacemos ahora mismo, volveremos al punto de partida… Gerrith, yo, Simon, Halk… todos prisioneros de los Heraldos.

Tiró de los belfos del animal, mirando sus ojos ardientes.

«Manda Miedo». El jefe Ochar gimió, retorciéndose en el polvo.

—No —protestó Gelmar. Se adelantó y puso la mano en el lomo de Gerd—. Te lo prohíbo, Gerd. Nos perteneces a nosotros, a los Heraldos. Obedéceme.

El jefe Ochar dejó de reptar, pero siguió sollozando. Los otros tres se apartaron de él como si estuviera hechizado y temieran seguir la misma suerte. Estaban absortos, incapaces de creer en lo que veían sus ojos.

Gerd emitió un grito casi humano.

«¡N’Chaka! ¡No saber!»

Estaba fatigado. El combate le había irritado. El olor a sangre era muy fuerte. Luchó contra las manos de Stark, echándose hacia un lado u otro, rascando el suelo.

Stark no lo soltaba.

«Elige, Gerd. ¿A quién obedeces?»

Un peligroso destello brilló en los ojos de Gerd. Bruscamente, se inmovilizó. Tensó todos los músculos.

Stark se preparó.

La jauría no intervendría; el combate seria entre él y Gerd. Pero los perros no permitirían que nadie se entrometiera, al menos físicamente. Stark no corría el riesgo de que le clavaran un puñal en la espalda.

—Mata, Gerd —exigió Gelmar, con la mano en el lomo de la bestia—. Este hombre os conducirá a todos a la muerte.

Mentalmente, Stark replicó:

«No puedes matarme, Gerd. Acuérdate de Colmillos».

Como un látigo, el Miedo le alcanzó, abrasándole el cerebro, licuando sus huesos, haciendo que el corazón le latiera fuera de sí. Pero sus manos no se soltaron y un grito salvaje brotó de su pasado:

«Soy N’Chaka. No muero».

El Miedo persistió.

Los pálidos ojos de Stark se alteraron. Se le contrajo la boca. Un sonido salió de su garganta. No veía a Gerd como si fuera Gerd. Veía cosas surgidas del lejano pasado; las que portaban el miedo, el eterno adversario de tantas caras: terror, hambre, tempestad, seísmo, noche mortal, día todavía más mortal, el cazador que busca el corazón de la presa.

«Toda la vida es miedo. Perro, tú nunca lo has conocido. La muerte no conoce el miedo. Perro, voy a enseñarte lo que es el miedo».

Su presa pasó bruscamente al cuello de Gerd, agarrando la piel que colgaba a cada lado y retorciéndola hasta que Gerd empezó a sofocarse. Apretando cada vez más, dijo:

«¿Sientes cómo llega la muerte, Gerd?»

«¡N’Chaka!»

El Miedo cesó.

Gerd cayó, con la mandíbula desencajada por una terrible mueca. Apoyó la barbilla en el suelo.

«Seguir… más fuerte».

Stark lo soltó y se incorporó. Sus ojos seguían siendo extraños. Habían perdido toda la humanidad. Gelmar dio un paso hacia atrás, como si retrocediese ante algo impuro. Y sólo pudo articular algunas palabras:

—No serás siempre el más fuerte, Stark. De hombre o bestia, la carne es vulnerable. Algún día sangrará, y los perros te despedazarán.

El jefe Ochar se puso de rodillas. Lloraba de rabia y vergüenza.

—No me dejes vivir —imploró—. Me has humillado ante los míos.

—No hay humillación —respondió Stark—. ¿Puede algún otro hombre demostrar mayor fortaleza ante ellos? No soy de vuestro mundo. Ningún hombre nacido en Skaith puede resistir a los Perros del Norte. Y, para que los tuyos no te crean débil, te lo demostraré.

Gerd, encogido, estiraba el cuello y aún tosía. Stark llamó a la jauría que se reunió a su alrededor, evitando su mirada para que no pensase que le desafiaban. Dio una orden, y los tres Ochars quedaron paralizados. Abrieron la boca bajo los velos naranjas y gritaron. Luego, titubeantes, huyeron.

—Ahora —continuó Stark, dirigiéndose al jefe—, vayamos a la casa. Gelmar, tú y los tuyos id delante. Tú, ¿cómo te llamas?

—Ekmal.

—Quédate a mi lado, Ekmal. Y no olvides que los perros leen los pensamientos.

Les ordenó a los perros que vigilaran, pero que no mataran a menos que él diera la orden.

Llenos de odio, los Heraldos fueron delante. Hermosos e impávidos, los Yur les siguieron. Ekmal avanzó junto a Stark, con las manos bien separadas del cinturón lleno de afiladas hojas. Los perros seguían a Stark. El viento continuaba soplando y el aire parecía marrón, pero un hombre podía moverse por él si era necesario.

Hombres vestidos de cuero naranja hicieron salir a las bestias de la casa, donde las habían metido por seguridad: eran estilizadas, con miembros largos y patas gruesas, cubiertas de abundante pelo. De andar gracioso, eran de todos los colores: negro, amarillo, marrón, rayadas, moteadas. Los cuellos arqueados se remataban con estrechas e inteligentes cabezas de color ámbar.

Los hombres que se ocupaban de los animales se encontraron con los tres que huían de los perros. Empezaron a hablar a gritos, gesticulando, y algunos llevaron las manos a las armas.

—Habla con ellos, Ekmal —pidió Stark.

—¡Dejad las armas! —gritó Ekmal—. Estos Perros Demonio han matado a cien Corredores. Obedeced a este hombre, si no, este hombre los lanzará contra nosotros.

Los hombres murmuraron, pero bajaron las manos. Ekmal se volvió hacia Stark.

—¿Qué quieres de nosotros?

—Agua para los perros. Que todos tus animales se preparen para transportarnos a mí y a los tres prisioneros. Disponed también alimentos…

—¿Todas las bestias? ¡Eso es imposible!

—Todas. Con provisiones y agua.

—Sin monturas, estaremos como prisioneros.

Al igual que todos los hombres del desierto, Ekmal tenía pánico ante la imagen de verse a pie.

—Así es —dijo Stark—. Como los Heraldos y los Señores Protectores cuando lleguen, si es que han sobrevivido a la tormenta.

Con ojos desorbitados, Ekmal se quedó fijo.

—¿Los Señores Protectores? ¿Vienen aquí?

Fue Gelmar quien contestó.

—Este hombre de otro mundo ha destruido la Ciudadela, Ekmal. La ha incendiado, y los Señores Protectores no tienen ya morada.

Estupefactos, los Hombres Encapuchados se tensaron, inmóviles bajo el viento. Alzando los brazos al cielo, Ekmal se irguió.

—¡El Hombre Oscuro ha cumplido con la profecía! ¡Ha destruido la Ciudadela! ¡Nunca más guardaremos la ruta de Yurunna! Nos has destruido también a nosotros, a nosotros, a los Guardianes Hereditarios, a los Llegados Primeros de Kheb. Nuestras sagradas madres y mujeres, nuestros altos hijos y nuestras hijas de ojos azules, morirán. Nuestras ciudades desaparecerán bajo la arena. Incluso los Fallarins nos olvidarán.

Todos los Hombres Encapuchados gimieron y, del interior de la casa, salió otro lamento: el de las mujeres.

Sonó un grito agudo. Algo resonó al chocar con la piedra, detrás de la puerta abierta.

«Había un arco, N’Chaka. Para lanzar flechas».

—¡Esperad! —pidió Gelmar con una voz fuerte—. Ahora, no hagáis nada. Los perros nos derrotarían. Pero ya llegará el momento. Los Señores Protectores no abandonan a sus hijos. La Ciudadela será reconstruida y no habrá más profecías. Skaith es viejo y fuerte. Ningún hombre, ni siquiera un extranjero llegado de las estrellas, podrá vencerle. Dejad que se vaya. Encontrará la muerte en brazos del propio Skaith.

—Ojalá se lo trague —bramó Ekmal—. Ojalá el Viejo Sol le abrase las entrañas. Ojalá le devoren los Corredores.

—Da las órdenes —exigió Stark.

Ekmal las dio; palabras breves y cortantes emergieron de los velos que le tapaban la cara. Los hombres obedecieron, pero en sus ojos se leía la muerte que le deseaban a Stark. Además del jefe, eran once. Las bestias salieron: había dieciocho. Ekmal dijo:

—El pozo está dentro.

«Vigila, Gerd».

La construcción era muy antigua y sólida. El incesante asalto del viento del desierto y la arena las había tatuado, diseñando multitud de curiosas formas en la piedra. A cada lado de la puerta, el muro contenía una serie de entradas, algunas con un vasar. En un rincón se encontraba una torrecilla, agujereada en varios puntos de los que salía un murmullo semejante al gorjeo de los pájaros. Las puertas de madera, pivotando sobre un eje de piedra, eran extremadamente pesadas, y estaban blindadas con hierro traído por los mercaderes Harsenyi desde Thyra, más allá de las montañas. El metal, infinitamente más valioso que el oro puro, mostraba las cicatrices dejadas por las garras de los Corredores.

En el interior, el aire tranquilo y cálido olía a humo, bestias y alimentos cocidos. La cuadra se encontraba a la derecha, tras una mampara. Encontraron cuatro monturas Harsenyi con la cabeza baja y los costados agitados. El pozo tenía dos pilas de piedra, una para las bestias y otra para los hombres.

La habitación principal era grande, limpia, ordenada. Un fuego de arbustos ardía en una chimenea elevada por encima del suelo. Las armas estaban al alcance de la mano. Vieron colgaduras y trofeos en las paredes, así como ornamentos, algunos tan exóticos que debían provenir del sur siguiendo la Ruta de los Heraldos. Sacos de grano, jarras de aceite y vino y otras provisiones se alojaban en los nichos. En la parte trasera, la gran sala daba a una serie de pasillos que conducían a otras habitaciones. Stark no dudó que los Heraldos tendrían confortables aposentos. Por lo menos, era un lugar agradable donde descansar de las fatigas del viaje.

En el interior encontraron un grupo de mujeres, junto a la puerta. Algunas estaban con sus hijos; vestían trajes de lana, largos, de vivos colores. Sus caras de rasgos finos y hermosos aparecían descubiertas. Rodeaban a una mujer de mediana edad que consolaba a un muchacho de unos once años. Se ceñía la túnica de lana con un cinturón naranja y todavía no ocultaba el rostro tras el velo de los hombres. Temblaba, intentando contener los sollozos; pero, cuando vio a Stark, extendió la mano hacia el arco que había dejado caer.

—¡No! —dijo Ekmal, apoderándose del arma. Acarició los brillantes cabellos del niño—. Es mi hijo, Jofr. Te suplico…

—Que beban los perros —le cortó Stark.

Las mujeres se apartaron para dejarle pasar. Tenían aspecto fiero. Sus cuellos y brazos estilizados estaban adornados con collares y brazaletes de metal y piedras oscuras que tintineaban cuando se movían. Jofr se puso de pie y miró a Stark fijamente hasta que intervino su madre.

La litera de Halk estaba junto al fuego. Arrodillada, Gerrith sostenía una taza. Ashton estaba a su lado, de pie. Los dos, tensos, miraban por ver quién entraba. Algo debían saber de lo ocurrido fuera, pero tenían que ver a Stark para asegurarse de que había sobrevivido a los Corredores y seguía siendo dueño de la situación.

Halk también observaba.

—Allí —le dijo Stark a Gelmar. Sentaos y estad tranquilos.

Los perros bebían en el abrevadero. El odio y cierto deseo mortal envolvían a Stark tanto como el humo que flotaba en el aire.

«Vigilad, Gerd».

«Vigilamos, N’Chaka».

Maldecido por los azules ojos de las mujeres, Stark se acercó al fuego. El cansancio le roía los huesos.

—¿Hay vino?

Gerrith tomó una jarra de arcilla y le pasó una copa llena. La inquieta mirada de Ashton iba de los Heraldos a los Hombres Encapuchados que se ocupaban de las provisiones.

—Tenemos que continuar —dijo Stark—. Al final tendré que dormir, pero no me atrevo a arriesgar los perros.

Se inclinó sobre la litera.

—¿Halk?

Halk le miró. Muy alto, más que Stark, estaba tendido sobre las mantas como un árbol muerto. Los huesos del rostro sobresalían bajo los pliegues de la piel. Sus enormes manos no eran más que ramas nudosas, unidas por cuerdas purpúreas. Pero sus ojos eran tan duros, brillantes y agresivos como siempre, y sus labios lívidos no dejaron de esbozar la acostumbrada sonrisa sarcástica.

—Hombre Oscuro.

Stark sacudió la cabeza.

—Si la Ciudadela no existe, el Hombre Oscuro tampoco. La profecía se ha cumplido; no estoy predestinado. Tienes que decidirte, Halk. ¿Vienes con nosotros o te quedas aquí?

—Iré —respondió Halk con una voz que le emergió del pecho como el viento que sale de una caverna—. Y no moriré. Juré ante el Viejo Sol que te ofrecería en sacrificio a los manes de Breca.

Breca, la compañera de Halk, murió en el combate contra los thyranos. Aquellos hombres de hierro arrojaron su espléndido cuerpo a los caníbales de Fuera. Halk podría sobreponerse a la muerte; pero no a aquello. Y acusaba al Hombre Oscuro de haberles conducido al desastre.

—¿Cuándo piensas hacer la ofrenda? —quiso saber Stark.

—El día en que no seas útil a Irnan. Hasta entonces, combatiré a tu lado. Por Irnan.

—Lo recordaré.

Stark se volvió hacia Ashton y Gerrith.

—Recoged el equipaje.

Llamando a dos de los Hombres Encapuchados, les ordenó que sacasen la litera.

—Stark —llamó Gelmar—. No te seguirán más allá de Yurunna. Seréis dos hombres y una mujer con un tipo medio muerto: seis manos para resistir a los Yur que irán a buscaros.

Bruscamente, se volvió hacia Gerrith.

—¿Tiene algo que decir la Mujer Sabia?

Gerrith estaba a punto de ponerse el capuchón de piel. De pronto, se quedó quieta. De nuevo, parecía una profetisa. Viendo sin ver, fijó los ojos en Gelmar. Su boca parecía a punto de decir algo. Stark, secamente, pronunció su nombre. La mujer se sobresaltó, como absorta, como alguien que despierta en un lugar desconocido. Con la mano apoyada en su hombro, Stark la condujo hacia la puerta. No respondió nada a Gelmar. No había nada que decir, salvo que ocurriría lo que debía ocurrir. Y aquello todos lo sabían.

Pasaron ante las mujeres y los niños. Jofr permanecía muy erguido, como un animalillo de presa de su propio mundo.

Gerrith se detuvo.

—Llévate al muchacho —dijo.

Las mujeres chillaron como águilas. Ekmal se adelantó, apoyando una mano en el niño y la otra en el puñal. Gerd gruñó.

—No me lo llevaré —respondió Stark.

—No le pasará nada —continuó Gerrith. Su voz resonaba como si proviniera de muy lejos—. Llévatelo, Stark. Si no lo haces, Skaith nos enterrará a todos.

—Ya habéis oído a la Mujer Sabia —explicó Stark—. No le ocurrirá nada. No me obliguéis a usar los perros.

La madre del niño dijo una palabra, la más salvaje que conocía. La mano de Ekmal dudaba en el puñal. Los perros rugían.

—Ven —pidió Stark.

Jofr miró a su padre.

—¿Lo hago?

—Parece que sí.

—Muy bien —respondió Jofr sonriendo—, soy un Ochar.

Avanzó solo junto a Stark.

Salieron al patio. Las bestias estaban listas, atadas con cuerdas. Tres de ellas portaban las altas sillas del desierto, de cuero multicolor labrado con dibujos medio borrados por el sol y el viento. La litera iba suspendida entre dos de las bestias. Halk, de nuevo, era sólo un inerte paquete. La capota le ocultaba el rostro.

Montaron; Stark montó a Jofr delante suyo. Se alejaron de la casa, pasando ante los amontonados cadáveres de los Corredores y las osamentas roídas de las bestias Harsenyi.

Ekmal y los Hombres Encapuchados les observaron mientras desaparecían detrás de los muros. Luego, Ekmal penetró en la casa y se dirigió a Gelmar.

—Señor, ¿es verdad que ni él ni el otro nacieron en Nuestra Madre Skaith?

—Es verdad.

Ekmal trazó una señal en el aire.

—En ese caso, son demonios. Se han llevado a mi hijo, señor. ¿Qué debo hacer?

Sin dudarlo, Gelmar respondió:

—Trae el Perforador del Cielo.

Ekmal avanzó por uno de los túneles de la casa. La torre de pájaros murmurantes se encontraba a la derecha, pero no se dirigía a ella. Eran criaturas inferiores, sólo aptas para comer. Se volvió a la izquierda, subió unos estrechos peldaños que conducían a una sala elevada cuyos angostos ventanucos dejaban entrar la luz del Viejo Sol y el viento del desierto. En los muros, colgaduras y trofeos, cráneos y armas. Algunos de los cráneos, amarillentos por la edad, tenían mandíbulas y órbitas medio pulverizadas.

En el centro de la sala, sobre un pie metálico, había un ser que parecía de hierro y bronce. Sus brillantes plumas se asemejaban a una marcial armadura. Incluso con las inmensas alas replegadas, encarnaba la velocidad y la fuerza; desde la parte superior de la reptiliana cabeza a la punta de la cola afilada, su cuerpo era fino, perfecto.

Un ejemplar de aquellos seres vivía en la casa de cada uno de los jefes Ochars. Alimentado en la mesa del jefe, con su delgado collar de oro donde se marcaba su rango, parejo al de su honor, era más precioso que la vida, la esposa, la madre o el hijo.

—Taladrador del Cielo —dijo Ekmal—. Jinete de los vientos. Hermano del rayo.

La criatura abrió las dos rojas estrellas que eran sus ojos y miró a Ekmal. También abrió el pico y gritó estridentemente la única palabra que conocía.

—¡Guerra!

—Sí, guerra —dijo Ekmal, abriendo los brazos.