Desde el primer encuentro de un profesional con una persona que fue violentada se establece una relación que automáticamente, pone en funcionamiento el mecanismo de identificación. La identificación es un proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto o un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de este (Laplanche y Pontalis, 1971). Interesa subrayar cómo funciona este mecanismo en los profesionales.
En una entrevista, la identificación no es global, sino que quien asiste suele asimilar sólo ciertos aspectos, rasgos o características de quien consulta.
Los efectos que provoca esta relación estarán saturados de elementos emocionales: aceptación, deseos de ayudar, sentimientos de lástima y compasión, pero también temores, rechazo, hostilidad. Si son excesivos o se manifiestan en forma masiva, estos sentimientos pueden obstaculizar la marcha de la entrevista porque la mujer que consulta busca apoyo y asesoramiento y la función profesional consiste en brindárselos. Pero, si la identificación es masiva se tenderá a hacer actuar esos sentimientos perturbando el encuentro.
En lugar de esto, será necesaria una identificación empática pero que tenga la característica de ser transitoria. Esto significa que será suficiente que quien entrevista comprenda lo que una persona siente en determinado momento, sin que sea necesario que experimente ese sentimiento de forma semejante. O sea, que transmita que comprende cómo se sintió esa persona en la situación de violencia: en esto consiste la función de contención y ayuda.
La identificación deberá funcionar, también, en concordancia con el yo de la consultante, pero dentro de un límite que permita operar y a la vez sirva de encuadre. Es decir, «ponerse en el lugar del otro» posibilitará tener una mayor comprensión de lo que una consultante siente, pero esta debe hacerse conservando la capacidad de pensar, discernir, predecir y utilizar las herramientas teórico-técnicas de las que se dispone. De lo contrario, si la identificación pierde su carácter de transitoria, se presentarán dificultades en la marcha de las entrevistas y en las intervenciones.
En esta práctica debe existir una disposición y una intención a escuchar y comprender. La identificación, el acto de identificarse con quien consulta, es lo que dará la base para la comprensión.
Balint y Balint (1966: cap. 10) diferencian dos tipos de comprensión: intelectual y emocional. La primera se refiere a una capacidad específica para instrumentar los conocimientos si se logra mantener las emociones en un nivel bajo. Pero la comprensión emocional no sólo consiste en comprender a quien consulta, sino también a comprenderse a uno mismo en la función profesional («¿Qué me pasa con lo que escucho?»; «¿Cómo me siento?»; «¿Cómo lo proceso?»).
Balint y Balint describen dos características que diferencian la comprensión emocional de la intelectual. A la primera la denominan reciprocidad. Esto es, que se necesitará observar las emociones que surgen en un encuentro entre entrevistador y consultante, porque ambos experimentarán sentimientos variados. La segunda se refiere al lenguaje. Describir determinados hechos en forma objetiva resulta relativamente sencillo, pero realizar una descripción de lo que siente una persona y además entender cómo inciden esos sentimientos en uno es mucho más complejo.
Como en esta práctica se asume el compromiso de comprender no sólo desde lo intelectual sino también desde lo emocional, se deberá, en primer término, aprender a ver y a escuchar en forma diferente. Y esta diferencia la marca la identificación. Por eso, la identificación puede ser considerada la base de toda comprensión emocional. Son necesarios, sin embargo, ciertos requisitos: el deseo de comprender y la capacidad de empatizar con quien consulta. También es imprescindible sentir por un breve tiempo como si el otro fuera uno, pero sabiendo que en realidad el otro sigue siendo el otro. De esta forma quien se identifica logra comprender.
A partir de allí ambos, quien entrevista y quien es entrevistada, tendrán una experiencia mutua. En esto consiste la reciprocidad. Pero puede suceder que no opere ninguna identificación porque quien entrevista no está dispuesto a saber sobre lo que siente extraño y perturbador. Caso contrario, si ha logrado esa identificación, será dificultoso para el operador pensar en esa persona o situación de modo totalmente «objetivo». Es necesario, realizar entonces varios movimientos subjetivos: identificarse, correrse de esa identificación para poder observar lo que ocurre y así graduar el impacto emocional y responder de acuerdo a la función profesional. De acuerdo con esto, Balint y Balint concluyen que la comprensión profesional se sitúa en un lugar intermedio entre lo intelectual y lo emocional.
En este punto podemos señalar ciertos aspectos de la intervención profesional, atendiendo a esos movimientos identificatorios que facilitan el curso de un encuentro.
Se debe garantizar, en primer lugar, un ambiente protegido, o sea, de seguridad psicológica, donde prime la privacidad y los intereses de quien consulta, intentando dejar fuera del campo las ideas y los deseos de quien entrevista que podrían incidir en las decisiones que debe elaborar y tomar quien consulta (denuncia, divorcio, etc.). También será conveniente que la comunicación se limite a lo verbal, prestando particular atención a aquellos comportamientos no verbales que suelen transmitir las emociones del operador (rechazo o temores provocados por los relatos de hechos violentos). Fiorini (1977: cap. 10) señala, en este sentido, que metodológicamente no existe la posibilidad de crear un campo de trabajo que no esté contaminado por quien asiste. Si el profesional adopta, por ejemplo, conductas ambiguas o distantes, introduce simplemente otros estímulos y no, como se suele sostener, la neutralidad de una supuesta pantalla en blanco. Será necesario, entonces, a pesar de que se esté familiarizado con las situaciones que se pueden plantear, prepararse para el impacto y las consecuentes reacciones emocionales que provocan esos relatos porque suelen incidir negativamente sobre quien se asiste.
Otro aspecto importante de esta práctica consiste en tratar de evitar que quien consulta transforme al profesional en parte permanente de su vida. Esto quiere decir que si bien se le advierte que no tema acercarse cuando necesite ayuda inmediata, su intensa ansiedad puede llevarlo a que quiera comunicarse en cualquier momento y lugar (por teléfono, en los pasillos, cuando se están realizando otras entrevistas, etc.), lo cual puede ser vivenciado por el operador como acciones francamente intrusivas. Se pueden hacer, entonces, algunas sugerencias, que deberán ser convenidas desde el primer encuentro, por ejemplo: «Usted puede comunicarse conmigo u otro profesional, si lo necesita, en tal lugar, a tal hora». Interesa señalar este aspecto de la práctica porque hemos podido observar que, en no pocas ocasiones, constituye un riesgo para los operadores experimentar estas vivencias que inducen a comportamientos que van desde la omnipotencia, pasando por conductas evitativas, hasta francas agresiones. Otro riesgo vinculado al anterior es que frente a determinadas situaciones, el profesional no comprenda lo que sucede, se confunda, o no sepa qué hacer. En relación con esto, es posible que la compulsión a «dar» (querer brindar lo que no se pide o dar más allá de lo que se puede) distorsione el vínculo y se creen situaciones sin salida.
Debe quedar garantizada, entonces, la posibilidad de observar y actuar libre y creativamente. Si bien estos planes tienen un valor relativo, porque no son pautas fijas y porque la propia experiencia irá delineando las formas de trabajo, su finalidad consiste en entender qué es lo que provoca el encuentro con una víctima de violencia. Esto podría parecer poco significativo pero, comprender las consecuencias de ese encuentro, es entender que ya en una primera entrevista la interlocutora produce cambios en el profesional.
En este sentido, H. Bleichmar (1997: 194-195) destaca que existe una dependencia de la intersubjetividad para que se desplieguen ciertas manifestaciones afectivas. Se pueden aplicar las ideas de este autor sobre la posición emocional del terapeuta a la situación de las entrevistas de consulta y orientación. Por un lado, es fundamental que quien entrevista despliegue ciertos estados emocionales, es decir, que pueda aportar una carga emocional para «vitalizar» los estados afectivos de quien consulta. Por el otro, la actitud de comprensión empática de quien realiza la entrevista —acompañar en el dolor y en el sufrimiento— puede llegar a expresarse en un tono afectivo que termina reforzando el estado emocional de una consultante. Es fundamental, entonces, determinar cuál debe ser la posición emocional apropiada de quien entrevista, ya que el susto, la sorpresa, la angustia de quien consulta serán reforzados si el entrevistador los reproduce con ciertos gestos, tonos de voz, miradas, posturas corporales y así, ambos pueden quedar «atrapados» en la misma posición para pensar los efectos de la violencia.
En relación con el estado emocional de quien entrevista, Bleichmar menciona un fenómeno que llama «entonamiento», ya estudiado por Stern (1991). Esto significa que más allá de las palabras que diga quien está entrevistando, lo que «entona» a la consultante es el estado emocional del entrevistador. Por esta razón, ser testigo puede llevar a ciertos riesgos: imponer los propios estados emocionales, hacer que la consultante satisfaga las necesidades de omnipotencia, de eficacia. Este autor sugiere, entonces, adoptar una posición emocional instrumental, esto es, ni hiperemocional, en donde la improvisación o la espontaneidad son un riesgo, ni monocorde, distante e indiferente. En consecuencia, si se percibe esta variedad de afectos que suelen manifestarse en una entrevista, podrán ser reconocidos, aceptados y elaborados. Es decir, esta tarea es de por sí movilizante de ansiedades y defensas y, por lo tanto, causa de conflictos en el desempeño profesional. Esto es lo que deberá ser aceptado desde el inicio en esta práctica como un riesgo inevitable.