«¿Sólo hay hombres violentos? (…) ¿No hay mujeres violentas? Claro que las hay, pero ellas no saturan las estadísticas policiales, hospitalarias o antropológicas porque no descalabran diariamente a sus maridos aplicándoles puntapiés en el cuerpo o trompadas en la cara». (Giberti, 2001). Estas preguntas las hacen los hombres que se sienten acusados por quienes hablan sobre la violencia contra las mujeres. Pero cuando las preguntas las hacen las mismas mujeres, dice Giberti que se trata de mujeres «muy preocupadas por la injusticia que podría significar una acusación generalizada contra el género masculino, género al cual le rinden pleitesía mediante la estrategia que pretende promover ecuanimidad cuando en realidad apunta al silenciamiento de los hechos».
Algunas mujeres, sin embargo, también pueden protagonizar hechos de violencia en forma verbal y aún física hacia la pareja, aunque en un porcentaje ínfimo comparado con la agresión de los hombres hacia ellas. En general, los maltratos verbales de estas mujeres aluden a la incapacidad que perciben en sus parejas para resolver situaciones o tomar decisiones. Entonces, reprochan al compañero su debilidad o la falta de carácter, que ganan poco dinero o que no resuelven las dificultades cotidianas como ellas desearían, o bien, que son «poco hombres». También les reprochan que no expresan sus sentimientos o que manifiestan escaso interés por las cuestiones relativas a los hijos y a la familia. Este comportamiento, que suele ser típico de los hombres, sobre todo en las familias más convencionales, se debe a que la mayoría de ellos buscará más reconocimiento en el mundo público que en sus vínculos familiares. No suelen necesitar, como las mujeres, adecuarse a las demandas afectivas de los miembros de la familia, sino responder al ideal del género varón: ser la autoridad, el principal proveedor económico, y actuar como ellos suponen que debe desempeñarse el «jefe» de una familia.
Las mujeres que avalan estos ideales atacarán al compañero si este no los cumple. Lo harán a través de críticas reiteradas dirigidas al pobre desempeño «varonil» de estos hombres. Estas críticas generalmente suelen articularse con otras situaciones de maltratos que darán a este tipo de vínculo una cualidad de denigración violenta. Así, los ataques hacia el compañero suelen concretarse de manera autoritaria, en forma de quejas y reproches. Estas conductas tienen la finalidad de liberar del sentimiento de impotencia que provocan las situaciones frustrantes y suelen dar la ilusión de tener poder sobre una realidad que escapa al propio dominio (Bleichmar, 1986: cap. III). Denigrar al hombre por medio de las palabras y los actos suele tener, para estas mujeres, la finalidad de reducir las tensiones provocadas por una relación en la que se privilegia la masculinidad tradicional, que no admite debilidades ni fracasos. Entonces, el hombre que frustra el ideal suele ser destinatario de diversas agresiones, incluso físicas. Él no actúa de acuerdo a las expectativas asignadas, no es el soporte de la autoestima femenina porque no brinda protección, seguridad ni satisface todo el bienestar emocional y económico que se espera.
Se pueden ofrecer variadas explicaciones a este fenómeno, pero aquí interesa destacar, las vicisitudes de la hostilidad y del deseo hostil en las mujeres. Los mandatos sociales para ellas apuntan a la inhibición de esta hostilidad. Esto marca una diferencia con la mayor facilitación social que existe para que los hombres descarguen sus impulsos hostiles mediante la actividad muscular, por ejemplo, en el caso de los violentos, golpeando. Por el contrario, en la construcción de la subjetividad femenina se ha internalizado como ideal privilegiado el maternal. Sólo es posible sostener tenazmente ese ideal si se reprime la hostilidad, para lo cual se exige al aparato psíquico una transmutación de afectos. En la esfera familiar, las expectativas respecto de las mujeres suelen apuntar a que ellas se encarguen de resolver las tensiones que existen en las relaciones mediante actitudes de cuidado y protección. Para ello es necesario el control de la agresividad, con el fin de que se favorezca el adecuado funcionamiento de las relaciones familiares. Es por esto que el desarrollo de afectos (la hostilidad) necesita sufrir transformaciones. Estas operan como defensas del yo contra los movimientos pulsionales hostiles, transmutándolos en sus contrarios: la amorosidad, el altruismo, la generosidad, la receptividad y la contención, tanto de los niños como de su pareja, a los fines de que tengan mayor concordancia con el ideal maternal. La mujer podrá relegar o, en todo caso, superponer sus propios deseos al deseo de los hijos o del marido para evitar los sentimientos de culpa por no cumplir con el ideal de protección.
La hostilidad tiene, para las mujeres, un problema de tramitación en el psiquismo por esa asociación con el ideal materno. A causa de esto, el destino de la hostilidad femenina tiene, en el contexto de los vínculos cercanos e íntimos, la característica asignada por una relación madre-hijo que, sin embargo, será resignificada en cada mujer. Es decir que, en general, esos impulsos hostiles serán repudiados por el aparato psíquico y se impondrán los sentimientos asociados al cuidado de los otros, y fundamentalmente de la progenie. En este sentido, todo aquello que puede ser percibido como hostilidad suele transmutarse en cariño. Por lo tanto, se privilegiará ser la cuidadora y preservadora de la especie. No obstante, algunas mujeres apelarán al recurso de la violencia cuando maltratan y pegan a sus hijos para disciplinarlos.
El mayor contacto con los niños, sobre todo en los primeros años de la infancia favorece que las mujeres tengan mayores dificultades con ellos. En este caso, los niños son, para ellas, los depositarios de las dificultades o frustraciones personales, económicas y/o de pareja. Las madres maltratadotas no pueden tramitar adecuadamente su hostilidad sino que esta debe ser descargada en forma de estallido emocional: cólera, gritos, llanto, palabras hirientes, quejas, reproches, golpes, sin mediaciones que les permitan censurar la violencia. También, posicionarse en el lugar de mujeres incondicionales, imprescindibles y que pueden resolverlo todo son expresiones de violencia más sutiles. De esta forma, desarrollarán una modalidad de dependencia que termina siendo una trampa, porque a partir de esa dependencia se generarán quejas y reproches.
Las mujeres que maltratan no llegan a construir otros sentidos para su hostilidad porque quedan entrampadas en la frustración, la insatisfacción y el aislamiento que promueven, cada vez, más violencia. Cuestionar sus conductas hostiles podría implicar, para ellas, la puesta en marcha de un juicio crítico que, a su vez, propicie el surgimiento del deseo hostil. Esto las llevaría a desinvestir las figuras familiares como objetos privilegiados de su vida y sobre los que suelen ejercer violencia, y reinvestir libidinalmente otros objetos e intereses. El surgimiento del deseo hostil, entonces, permitirá que estas mujeres tengan otras representaciones de sí que faciliten diversas formas de resolución de las condiciones de vida frustrantes y promotoras de violencia.
Resumiendo, se puede decir que las conductas agresivas que algunas mujeres descargan contra sus maridos se expresan más a través de palabras hirientes y descalificantes —la forma de violencia más privilegiada en las mujeres— que de maltrato físico —más privilegiada en los varones—. Se puede suponer que estas mujeres que ejercen violencias verbales, que también pueden ser físicas, han adquirido e interiorizado el modelo estereotipado masculino que intenta resolver los conflictos con gritos y golpes. Es posible que las mujeres que recriminan, reprochan o golpean a sus maridos se hayan posicionado en un lugar que la cultura avala para los varones y que las mismas mujeres no aceptan. Pero también es posible que ellas se ubiquen en una posición materna fálica frente a un marido-niño vivenciado como impotente y débil. Así, las mujeres que violentan a sus parejas suelen expresar la dificultad que tiene para escapar a la asignación rígida de las normativas sociales para uno y otro género, llegando a concretar, mediante la violencia, aquello que ellas mismas critican. De todas maneras, estos violentamientos dejan todavía muchos interrogantes a ser dilucidados dentro de la construcción de la subjetividad femenina.