«A veces creo que los buenos lectores son cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores…» (J. L. Borges).
Es pretencioso que yo acepte escribir una vida literaria de Jorge Luis Borges; y sin duda aún más pretencioso que para hacerme disculpar ese primer atrevimiento me enrede en disquisiciones autobiográficas acerca de mi interés por el escritor argentino. Cualquier impaciente me advertirá que nadie duda de que Borges sea interesante pero que esta obvia certidumbre no hace interesante mi interés por él ni mucho menos acredita mi aptitud para demostrarlo. Mi única defensa es el planteamiento mismo de la serie a la que pertenece este librito, el cual compromete tanto al lector que se aventura en él como al autor que lo comete. Se trata, si no lo he entendido mal, de que un escritor dibuje desde la devoción el perfil de otro. Lo que cuenta no es la desproporción de magnitud entre ambos, sino la calidad de ese aprecio.
En sus instrucciones para llevar a cabo esta tarea, la directora de la colección señaló que no esperaba una biografía redondeadamente erudita y documental sino más bien algo parecido a las antiguas «vidas de santos», una leyenda áurea como las que acuñó para salvar su alma Jacobo de Vorágine. La palabra «devoción» es la que debe ser subrayada, porque el hagiógrafo no pretende dar cuenta de una mera sucesión de hechos sino narrar milagros que le redimen, prodigios efectuados. Lo que le importa no son las peripecias de una existencía sino la trayectoria de su arrobo ante ella, el impacto causado por Dios en los fieles por medio del ejemplo del individuo memorable. A esto me atengo y desde aquí me explico.
El milagro fundamental logrado por Borges es el de convertir un prototipo del escritor de minorías en autor de masas: lograr que su prosa erudita, alusiva y alegóricamente irónica, complementada por una sosegada poesía metafísica de sesgo arcaizante, resultara pábulo anhelado para una multitud de lectores que jamás perdonarían tales vicios a ningún otro. Tal como el apóstol Pablo quiso conseguir (también Kipling suscribió este ambicioso proyecto, en un poema en que parafrasea al de Tarso), Borges ha llegado a serlo todo para todos… o casi todo para casi todos, pues los tiempos posmodernos no consienten más. En los laberintos y espejos, en los multiplicados tigres de su obra (ya alzados a fetiches literarios redundantes) se acomodan los más exigentes y los más populistas, los seguidores de Foucault y los de Michael Crichton: él, que tuvo vocación de gabinete y celosía, se ha transformado en ágora.
Pocos autores del siglo XX han merecido tantas glosas, paráfrasis y citas, tantos estudios y menciones; de los de lengua castellana, sin duda ninguno. Cuando empezaba a preparar este libro, a mediados del año 2000, aproveché mi paso por la estupenda feria del libro de Buenos Aires para indagar qué comentarios recientes se habían publicado sobre aspectos de su obra. Me fue facilitado un imponente prontuario, del tamaño de la guía telefónica de Nueva York, con literalmente miles de referencias. Como si se tratara de Shakespeare o Cervantes, pero a menos de veinte años de su muerte… Por supuesto esta sobreabundancia me purgó de inmediato de cualquier veleidad erudita, a las que tampoco suelo ser por mi natural muy propenso. Incluso me suscitó la impía impresión de que mi ídolo había caído póstumamente en las manos de quienes menos se le parecían, los exhibicionistas pedantes y los neuróticos de la minucia anecdótica. Lo mismo le pasó a Nietzsche, el enemigo de los académicos actualmente manoseado por los más extenuantes próceres del gremio universitario. En fin, toda gloria es siempre una acumulación de malentendidos.
Pese a que su biografía no es pródiga en sucesos espectaculares o picantes, también abundan sobre ella los compendios de referencia (ninguno me parece tan completo y fiable como «Borges: biografía total de Marcos Ricardo Barnatán») y los testimonios íntimos adobados con cotillerias más o menos divertidas. Me sería imposible la tarea —que considero por otra parte ociosa— de competir con tales piezas, pues carezco de documentos o revelaciones inéditas que aportar. Todo lo que sé sobre la vida de Borges lo he leído o me lo han contado y está al alcance de cualquiera. Me encontré con él media docena de veces, siempre en España, siempre en compañía de otras personas y apenas tuve la ocasión o el atrevimiento de hablarle: yo le vi y le escuché, él no me vio y apenas me escuchó. Lamento no poder presentar mejores credenciales.
De modo que en estas páginas sólo podré contar el efecto de Borges sobre uno de sus lectores: cómo me afectó lo que leí y supe de él, qué deleites o reflexiones le debo, cuál ha sido mi Borges y en qué sentido he quedado transfigurado por su trato, por su contagio. Como puede verse, nada hay en ello que aumente su gloria y desde luego no soy tan imbécil —sacrifico, como tantos, a la vanidad pero sin llegar a la estupidez— que pretenda atraer sobre mí la atención que a él se debe. Añadiré solamente una baldosita más al complejo mosaico que representa para todos su rostro. Intentaré juntamente ser objetivo en los datos relevantes y subjetivo en la consideración que haré de ellos. Por tanto deberá disculparme el lector, paciente y amistoso, si empiezo por una breve crónica de cómo llegué hasta Borges y por qué ya nunca salí completamente de él.
Supe por primera vez de Jorge Luis Borges a los quince o dieciséis años. Me lo encontré en un libro que por aquel ingenuo entonces me entusiasmó: «Le matin des magiciens» (en castellano titulado «El retorno de los brujos»). Sus autores, Louis Pauwels y Jacques Bergier, animaban aquella revista, «Planéte», urdida con platillos volantes, ruinas misteriosas de supuesto origen extraterrestre, animales parlanchines y vinculaciones del nazismo con la teosofía. También «El retorno de los brujos» abundaba en esas dudosas maravillas, pero estaba escrito con habilidad cercana al talento y yo entonces aceptaba que la imaginación consistía en creer en la realidad de lo asombroso y no en asombrarse de lo real, como prefiero suponer ahora. La obra mencionaba nombres ya venerados en mis altares (Poe, Lovecraft, Víctor Hugo…) y me descubrió otros menores pero interesantes como Gurdjieff o Charles Fort. Incluía también dos cuentos ajenos, ambos espléndidos: «Los cien millones de nombres de Dios», de Arthur C. Clarke, uno de mis autores favoritos de ciencia-ficción, y «El Aleph». No puedo decir, como hiperbólica y bellamente afirmó Emir Rodríguez Monegal, que al leerlo «para mí acabó la literatura y empezó Borges» pero sin duda a partir de «El Aleph» ya no volví a concebir la literatura sin Borges. E incluso quizá comenzase a repensarla por completo desde Borges…
Todo amor arrebatado (es decir, todo amor) revela un esplendor y plantea un problema: cómo tener acceso a lo amado. En aquellos tiempos del franquismo, los libros editados en Hispanoamérica —que tan esenciales fueron para la formación de los chicos de mi quinta— llegaban a nuestras librerías siguiendo criterios irregulares y caprichosos. Los de la editorial Emecé no eran una excepción, sino un caso típico. De modo que sólo pude conseguir los libros de Borges a salto de mata, siguiendo un goteo puntuado por largas interferencias que desesperaban mi avidez. Tenía aleccionado a mi protector Ángel, dependiente de la librería Aguilar de la calle Goya de Madrid y cómplice insustituible en tantos hallazgos literarios, para que me avisara de cualquier avistamiento aunque fuese en lontananza de un libro del maestro argentino. Pero a veces me era imposible esperar: la «Historia universal de la infamia» e «Historia de la eternidad» las adquirí por primera vez en francés traducidas por Roger Caillois, en la librería Barberousse de Biarritz, donde estaba mi otra cueva de Aladino bibliográfica.
No sé si será cierta la coquetería snob de Borges cuando afirma que su «Quijote» original es la edición en inglés de la obra que leyó en la infancia, pero puedo asegurar que a mí hay al menos dos piezas borgianas que me suenan más auténticas en la lengua de Marcel Schwob que en la de Leopoldo Lugones… Bastantes años más tarde, Cioran, que comenzaba a leer con mucho interés a Borges y que era buen amigo de Caillois, me preguntó cómo sonaban en francés los versos del argentino: repasamos juntos algunos de los que yo me sabía de memoria y mi impresión fue de total extrañeza…, lo cual ni siquiera es una objeción a la traducción de Roger Caillois. Así me enteré de que es posible vislumbrar el talento de un poeta en una lengua que no es la suya, pero que no se pueden ya tolerar versiones foráneas de los poemas que hemos aprendido a amar en su lengua propia. Sin embargo el propio Borges no comparte este criterio: según él, la perenne inferioridad de las traducciones frente al original es una superstición debida a nuestra familiaridad con la obra primigenia, que convierte lo aleatorio y probablemente mejorable en necesario. «No hay un buen texto que no parezca invariable y definitivo si lo practicamos un número suficiente de veces», observa al comentar las versiones homéricas en «Discusión». De todas formas, alguna incompatibilidad de subsuelo debe haber entre Borges y el genio verbal galo (pese a que en su juventud escribió algunos de sus primeros versos en francés, hoy piadosamente desvanecidos) cuando alguien al que estimo tanto intelectualmente como el filósofo Clément Rosset —que es capaz de leer bastante bien en castellano— me lo menospreció en una charla de sobremesa frente a otro contemporáneo del Cono Sur que le parecía definitivamente genial: ¡Ernesto Sábato! «Para lo que hace Borges —comentó, derogatoriamente— ya tenemos a Valéry». No es poco como elogio ni suficiente como apreciación.
De modo que así fui poco a poco (con una lentitud que entonces me exasperaba pero que ahora sé que aumentaba enormemente mi placer) logrando leer «Discusión», «El Aleph», «Otras inquisiciones», la primera «Antología personal» (donde descubrí asombrosamente que Borges componía también poemas) y el resto de los prodigios. No me cansaba, no me hartaba: estaba poseído. Perdonen esta confesión de ingenuidad atroz, pero me pareció haber descubierto a alguien que escribía exacta y estrictamente para mí. Esta impresión venía reforzada porque entonces muy pocos conocían la obra de Borges en España y desde luego de los jóvenes de mi edad yo creo que ninguno. Constituyó durante casi un lustro mi secreto literario, la revelación exquisita que tuve ocasión de hacer a unos cuantos contemporáneos amados como prenda del mayor afecto. En mis primeros años de facultad un profesor accidental distinto al resto, Santiago González Noriega, nos sometió a los alumnos de su clase a un test para averiguar nuestras lecturas y demás preferencias artísticas. Después me llamó aparte para averiguar quién era ese Jorge Luis Borges que tanto me entusiasmaba y así comenzó una amistad a la que debo mucho tanto intelectual como humanamente. Incluso creo, Apolo me perdone, que en alguna ocasión llegué a susurrarle a alguna muchacha implacable algunos versos borgianos como si fuesen míos, en torpe intento de congraciarme con sus gracias. Mucho después, cuando Borges llegó a ser tan abrumadoramente famoso hasta entre los iletrados, me sentí ligeramente dolido. Como si se tratase de una traición o de un expolio. Veo en ello una objeción contra el argumento de que la bondad ama difundirse, con el cual intentan algunos justificar el injustificable empeño de Dios de crear el mundo y de paso a nosotros como resignados testigos de él.
Gracias a Marcos Ricardo Barnatán, uno de mis primeros amigos «intelectuales» (es decir, no compañero de colegio o de facultad o de farra sino de tareas literarias), conocí en 1973 a Borges en el Colegio Mayor Argentino, en uno de sus últimos viajes a España. Aun antes de haberle tratado ya me era familiar su habla suave y vacilante, gracias a las excelentes imitaciones que Marcos me había hecho de él. De hecho, cuando por fin escuché en persona a Borges me pareció un imitador no siempre afortunado del Borges que representaba Marquitos para los amigos. Pierre Menard entendía bien estos desconciertos… No llegué a estar con él ni media docena de veces, en ése y algún otro viaje sucesivo a nuestro país. Recuerdo una tarde, en casa de los Barnatán con otros amigos, en que con estudiada pedantería repetí una opinión sobre Henry Louis Mencken que Borges vierte en una de sus notas. De inmediato el maestro tomó el tema y contó una serie de cosas sobre el satírico norteamericano: su opinión sobre Mozart, su anticlericalismo… De pronto se interrumpió y observó, con un poco de asombrada nostalgia: «¡Mencken! Es curioso… Hace más de treinta años que no oía ese nombre». Y mientras tanto, viéndole y escuchándole, yo pensaba que algún día alguien aún no nacido me envidiaría por haber estado así con él, como yo envidiaba a esos seres dichosos y casi increíbles que tuvieron una vez cerca a Dante en las calles de Florencia o compartieron una pinta de cerveza con Chesterton.
En otra ocasión, aún más lastimosamente y sólo para hacerle hablar, le interrogué por la influencia que había tenido sobre él tal o cual autor inglés de su preferencia. Me respondió, con una ironía dulcificada por su perfecta cortesía: «Bueno, digamos que no he leído en vano…». No, no leyó en vano. Vivir no es necesario, pero navegar por la lectura sí lo es. De modo que a la hora de pergeñar estos apuntes he preferido detenerme más en lo leído que en lo vivido, si es que tal distinción es aquí válida. No olvido, desde luego, esa última página de El hacedor en la que precisa: «Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra». Ahora, al hacer memoria de Borges, pocas cosas puedo recordar dignamente salvo la experiencia de cuanto le leí. Y el gozo constante, perdurable, de esa lectura.