TERMINADA LA FAENA, los hombres, que se han ido reuniendo en la taberna, fuman, beben, discuten, protestan, gritan.
—Sancho, ¡tráete para acá otra jarra de tinto!
—Estaban todos reunidos en la Casa haciéndoles la pelotilla a los hijos. ¡Ponían unas caras de hipocritones…!
—¿Y tú a qué fuiste?, ¿acaso eres del bando de los señores?
—Yo me cuido de las huertas del puente.
—¿Crees que alguien se habrá preocupado de saber si estabas o no?
—Don Onofre sí me ha visto, y con ése me conviene estar bien. Cada año, aparte del arriendo, le he de entregar veinte duros para él. ¡Valiente garduña!
—Dicen que se ha quedado con todo el dinero contante y sonante que había en la Casa…
—Yo me presento con cara compungida: «¡Qué desgracia, don Onofre!». Y él me contesta distraído: «Sí, hijo, nadie es eterno…».
En otra mesa, un campesino bajo y colocado, dando la espalda a los demás, se desenrolla la faja y bajándose los pantalones enseña, en medio del general holgorio, la parte alta de sus posaderas, que presentan un color blanquecino con diversos amoratados o negruzcos.
—¡No riáis! Saliendo de misa dije del difunto que era una mula, y algún chivato le fue con el soplo. El malparido del Tartajoso me arreó una perdigonada cuando atravesaba, entre dos luces, la huerta del Marqués. Sólo lo hacía por atajar camino desde la Cañada; los perales estaban sin fruto y no podía creer que iba con ánimo de robar.
—¡El canalla!
—¡Es un desalmado!
—Al domingo siguiente, cuando el difunto salía de misa, me puse de manera que me viera. Se me asomaba la venda por encima del pantalón hasta la cintura, y yo me apoyaba en una cayada, porque apenas podía caminar. Braulio, que ya lo teníamos combinado él y yo, me pregunta en voz alta: «¿Qué te ocurrió, Manuel, que andas tan malparado?». Y yo le contesté: «Mala suerte, hermano, una mula me arreó a traición un par de coces». No le vi la cara, pero me dijeron que se puso pálido y que me echó una mirada de lo más atravesada.
—Era malo, el jodido: Dios le tendrá trincado en el infierno.
—Y no le valdrán todos los gorigoris.
Se sube los pantalones y se acomoda la faja. Le sirven un vaso de vino y se lo bebe de un trago. Luego, sentenciosamente, exclama:
—La perdigonada, ahora se me terminará de curar; aún quedan dentro algunos plomos. Al Tartajoso he de pagarle con la misma moneda.
—Lo que pasa es que somos unos cobardes.
—¡Qué puede hacer un hombre solo, sin ley que le ampare!
—Juntarnos todos a una, hemos de hacer.
—Cuando llueve en casa del vecino, todos pensamos: «Ahí me las den todas».
—Y si llueven vergajazos, todavía lo pensamos con más miedo.
Telesforo llega a la taberna con su hermano Pedro. Ambos son de mediana estatura, enjutos, cetrinos, con las cejás muy pobladas. Telesforo tiene una cabellera dura, cortada casi al rape; Pedro es calvo, pero lleva la boina hundida hasta las cejas y sólo se la quita para rascarse. Los dos hermanos se arriman al mostrador y allí permanecen en pie.
—Pon dos vasos del blanco, y unas guindillas.
—Telesforo —le dice el hermano—, no me lo niegues, que te he descubierto rondándola…
—Malicias tuyas…
—Yo venía del lado de allá del río con los barbos, y he visto cómo le hablabas.
—Unas palabras solamente, de cortesía.
—¿De cuándo acá te volviste educado? Me fijé en ella por la mañana; paseé junto a la galera mientras se peinaba. Redonda de carnes, con unas sayas cortas y buena pantorrilla; y el brazo cubierto de pulseras. Tú has llegado a casa mucho después de anochecido. ¿Dónde anduviste, confiesa?
—Anda, calla, Pedro, que son malicias que piensas.
Sancho les sirve los dos vasos de blanco y un par de guindillas. Los dos hermanos beben un trago corto de vino; cada uno coge una guindilla y la muerde por la punta. Después de masticarla bien, Telesforo expele el aliento y comenta:
—¡Están buenas!
—Tenía la espalda ancha y era un poco fondona, pero con buena teta —dice Pedro.
—Más viste tú que yo mismo.
—Pero tú te zampaste el fruto…
—Que te digo que son suposiciones tuyas. Anduve paseando hasta más allá de la fábrica.
—¡Que te conozco, Telesforo!
Las conversaciones se animan. Ha llegado el Ceniciento, recién afeitado; las mejillas y el mentón limpios y blancos, y el resto de la cara atezada y sucia.
—Se respira mejor desde la mañana.
—¡Y tanto! Pero aún sigue la alimaña en su cubil.
—Pues metámosle un poco de lumbre para que salga y chamusquémosle el culo para que aprenda.
—Te olvidas de la carabina, Ceniciento.
—Se la quebraremos en las espaldas.
—Ya no tiene valedores, se le acabó la jactancia.
—¿Visteis al Zacarías arando?
—A buena hora; esperó demasiado.
—Más brava es la Gregoria…
—Sirve otra ronda, Sancho; yo la pago.
—Todos tenemos algo que celebrar esta noche.
Sancho se acerca con una jarra en cada mano y las coloca en el centro de la mesa.
—No escandalicéis tanto, que me vais a buscar la ruina. Siempre me han tenido entre ojos, y ese entreverado de tío Vivo no hace más que intrigar contra mí, ya lo sabéis.
—Nosotros estamos contigo, tú fías; eres de los nuestros.
—No temas; a cada puerco le llega su San Martín.
—¿Sabéis lo que os digo? Que después de éste vendrá otro, y si no, al tiempo…
—¡Caray! Pues es cierto…
—Si todos estuviéramos unidos, eso no pasaría.
—¡Eh! Telesforo, ¿tú que opinas?
—Yo no tengo amo; no lo tuve nunca.
—Los de la Claustra no nos casamos con nadie —añade Pedro.
—Tenéis razón, con vosotros no pudo.
—¿Queréis un consejo mío? Agarráis al Tartajoso y lo arrojáis al pozo. Cuando traigan otro guarda jurado, hacéis lo mismo…
—¿Y la Justicia?
—La justicia somos nosotros.
—Y trabajo, ¿quién nos dará trabajo? ¿De qué comerán nuestros hijos?
—Dejad sus campos yermos, sus huertas que se las traguen las malas hierbas, que el bosque invada los viñedos, que los rebaños se escampen, que los frutales se marchiten, que las aceitunas se pudran en la tierra, que las casas se derrumben…
—¿Y nuestros hijos qué pan se llevarán a la boca?
—Si os apretáis el cinturón, ellos vendrán de rodillas a pediros que trabajéis sus tierras, que cuidéis sus ganados, que trajinéis sus mercancías, que esquiléis sus ovejas, que apareéis sus yeguas con sus garañones, que piséis sus uvas, que recojáis sus frutas, que prenséis sus aceitunas, que seguéis sus prados, que cortéis su leña, que sirváis su mesa, que compréis en sus tiendas, que arregléis sus caminos…
—¡Que te desbocas, Telesforo!
—Si parece un diputado…
—Demasiado nos exiges, Telesforo.
—Yo lo hago; no trabajo para ellos. Nadie vendrá a quitarme mi escopeta, nadie tocará las redes de Pedro, nadie nos echará de la Claustra a pesar de que el difunto iba alardeando de que le pertenecía por derecho.
—Somos unos calzonazos.
—Unos cagones…
—Sancho, sírvenos más vino. Hoy termina la miseria en este puñetero pueblo.
—¿No habéis notado que se respira mejor?
—Detrás de éste, vendrá otro. Os lo digo yo, que soy viejo…
—Como si vienen veinte. Conmigo no podrán. Tendrían que matarme. Y a un hombre no se le mata tan fácil; sobre todo si no se deja.
—No olvides lo que le pasó al Poncio.
—Si entonces hubiese habido más coraje…
En la calle, a la puerta misma de la taberna, se ha formado un grupo. Van entrando Paco el Alguacil, Miguelito, y el hijo del tío Mecachis. También entra el Mamporrero, y detrás, con chaqueta y corbata, Quiñones, el dependiente de la tienda de paños, acompañado de un forastero tocado con una gorra a cuadros, que saluda efusivamente a Sancho.
Quiñones, sin dirigirse a nadie en particular, dice en voz alta:
—¿Sabéis qué se rumorea en la Casa? Que el Lebrel ha puesto tierra por medio con más de veinte mil duros…
—¿Es eso cierto?
—Ojalá llegue al Polo Norte…
—Me alegro, porque algunos de esos duros eran míos, que bien se apoderaron de mi viña en cuanto no pude pagar los réditos de Judas…
—Parecía tonto el Lebrel…
—Y parecía fiel como un perro; por algo le llamaban así.
—Le perseguirá la Guardia Civil.
—Al Lebrel le cazarán; son muchos contra él.
—Pues yo le deseo que tenga suerte…