V

CÁNDIDO, el aprendiz del tío Raposo, ha venido a despertarle. Anoche veló, y se proponía dormir hasta la hora de comer. Pero al tío Raposo le pagará un buen jornal; además, es aficionado a los manjares, y generoso por añadidura cuando está contento. Y hoy no le faltan motivos para estarlo.

Se calza las alpargatas, se pone los pantalones y el chaleco, y sale a la calle.

Al pasar por la plaza ve a Simón, que está al sol, muy tieso, y con la mano extendida, canturreando.

—¡Qué desgracia, hermanos! ¡Fue un padre para todos nosotros!

Las vendedoras que establecen su mercadillo matutino bajo los soportales, se retiran ya con los cuévanos vacíos. Un coche de caballos, con las cortinillas tiradas, que seguramente viene con forasteros llegados en el tren, desaparece por la subida de San Antón.

Cuando pasa junto a Simón, se detiene. Le habla en voz queda:

—Simón, soy el Voluntario; el tío Raposo me ha mandado llamar. Vamos a hacer una labor de postín. Da gusto preparar un baúl elegante. La gente rica tiene que hacer los viajes cómodos.

—Hijo, has tenido suerte. Un trabajo curioso honra a quien lo hace. Espero que el Raposo les cobrará caro; dile de mi parte que se acuerde de los pobres.

El Voluntario baja todavía más el tono.

—Simón, vete a donde el tío Vivo, y que te fíe un par de vasos. Yo pasaré a pagárselos. Hemos de celebrarlo. ¿Verdad, Simón?

—Y que lo digas, hijo… Más justicias hemos de agradecerle al diablo que al propio Dios.

El Voluntario camina a lo largo del muro de la iglesia; la cantinela del mendigo le persigue.

—¡Qué desventura, hermanos, qué castigo nos ha enviado el Señor! Fue un padre para todos nosotros, un padre para los ricos y para los pobres. Proteged a este ciego, que se ha quedado desamparado…

Cuando el tío Raposo le ve entrar, le sonríe complacido, frotándose las manos, gordezuelas pero enérgicas.

—Voluntario, has de saber que hoy es un gran día para mí. Hacia las nueve se ha presentado Zenón; venía ya vestido de luto. Ayer aún recelaba que encargaran el ataúd en la ciudad; no puedes fiarte de los ricachos, son capaces de creerse que aquí no tenemos buenas manos. Y Zenón me dice: «Tío Raposo, ya estarás enterado de la desgracia que nos aflige; vengo de avisar al señor cura para que toque a muerto». Y yo, que no sabía por dónde se iba a arrancar, respondo: «Requiescatimpace, amén». Y me quito la boina. Y Zenón añade: «El señorito me manda para que te encargues del ataúd. Te comunica que lo hagas de lo mejor, sin escatimar; que al mediodía irá el automóvil a la ciudad a buscar a unos familiares; que si necesitas adornos o lo que sea, que los encargues; que no repares en el precio…». Felicítame, Voluntario; hoy es un gran día para mí. Y para ti quiero que también lo sea. Pero vamos a darnos aire.

La carpintería huele a cola y a serrín. El tío Raposo, que está en mangas de camisa, ya ha seleccionado las mejores tablas; sobre la madera ha marcado con lápiz unas líneas, firmes. Con precisos golpes de serrucho está cortando a la medida unas molduras de adorno.

—También yo temí que lo encargaran en la ciudad; por eso dormía aún cuando se presentó Cándido. Anoche estuve a llevar unos sacos de harina a la estación y regresé tarde… ¿Qué hago? ¿Me pongo a la sierra?

—Esmérate, Voluntario; trabajaremos con la mejor madera, la más seca, la más cara. Estaba dispuesta para un armario que me encargó el señor cura, pero mejor empleo que el que vamos a darle, no lo hay.

Cándido está sentado en un rincón junto a un bote de barniz. Con el pincel se aplica a retocar unas patas torneadas que el tiempo había deslucido. Una pequeña greca, hecha recientemente a golpes de gubia, exige varias manos de barniz.

—¿Qué te parecen esas patas? No las va a reconocer ni su padre. Media hora he perdido decorándolas…

—Oye, Raposo, con el calor que hace, un trago nos sentaría bien.

—Tienes razón… Anda, chico, coge el jarro y llégate a donde el tío Vivo. Del tinto, y que sea bueno le dices de mi parte. Has tenido una excelente idea, Voluntario. Las cosas como son.

Cándido sopla sobre una tabla para despojarla de serrín, y deja encima la pata que estaba barnizando. Agarra un jarro que hay en un vasar, y aprieta a correr calle abajo.

—Les he llevado una larga lista a los de la Casa. El féretro no ha de carecer de nada. En dejándome mano libre, he de hacerles algo superior a lo que hubiesen hecho en la ciudad. Mejor aún que el de don Moisés. La hija, que estaba junto al difunto, me ha prometido un crucifijo de plata legítima para que lo clave sobre la tapa.

—Oye, ¿le tomaste la medida?

—¿La medida? ¿Para qué? Le vamos a hacer un traje que le venga grande; cuanto más holgado, mejor. Las prendas ajustadas no lucen, no están a la moda. Por dentro irá forrado de raso, almohadillado de lana de primera calidad.

El Voluntario, que está serrando con sumo cuidado unas tablas, se interrumpe para liar un cigarrillo.

—No tardes demasiado. Al anochecer ha de quedar listo, y cuenta que vendrá la Rosita para encargarse del forrado.

—¿La Rosita? ¡Qué me cuentas!

—Sí, señor. Primero se negaba, buscaba pretextos; que si ella es modista y forrar ataúdes no es faena de modistas… Yo la he amenazado: «Acabo de estar con la señorita Isabel, y me ha encargado que te ocuparas tú del forramiento. Conque si no quieres, voy y se lo digo…». Palabras mágicas; en seguida ha prometido venir. ¡No faltaba más! Para una ocasión que tiene uno de lucirse, no me agrada que me lo dificulten.

—Esa Rosita es muy remilgada, pero si me la dejaran, ya le daría yo un buen revolcón.

—¡Anda éste! Yo también. Y si la hubieses conocido de más joven…

—Lo que le salva es que anda surtida de carnes, y con ese apaño se disimula la edad.

El fondo del ataúd ha quedado compuesto. El tío Raposo lo coge con ambas manos y lo examina complacido. Lo apoya en la pared y se aleja para comprobar, entornando los ojos, la regularidad de sus líneas.

—Voy a cepillarlo por debajo, quiero que las manos que lo carguen, aprecien que no hay chapuzas, que todo el trabajo es fino. Dicen que viene hasta el gobernador.

—Oye, Raposo. ¿Cómo está el tío?

—¿Qué tío?

—¿Qué tío va a ser?

—Todo el vientre hinchado, y manchas verdosas por la cara. Y el resto, salvo el vientre, muy sumido. La señorita Isabel estaba arrodillada en un reclinatorio, enlutada de la punta de la cabeza a la de los pies. El hijo mayor, según me han dicho, se había encerrado con el notario. También vi danzando al doctor Escorihuela. Y el truchimán de don Eloy creo que andaba reunido en el despacho con los otros dos. ¡Famosa trinca!

—Cándido no viene con la jarra…

—Como cuervos se irán juntando todos. Por lo menos había doce personas, y aún no han empezado a recibir a las visitas.

—¿Sabes qué me pasa? Que como estaba durmiendo cuando Cándido se presentó en casa, pues que todavía no he almorzado. Estoy ayuno.

—Lo que tú estás hecho es un mangarrán, que te veo venir. Hoy no se come en esta casa, no podemos abandonar la faena ni un minuto. Hay que acomodar a ese señor dignamente, como se merece; y hasta que el tío no quede encajado en su cofre, aquí se ayuna, que con el estómago vacío se trabaja mejor. Luego… Bueno, de luego no hablemos. Te preparo una sorpresa; ya le di órdenes a la Sixta para disponer la cena. Nos desquitaremos el estómago. Hay que festejar un encargo de tanto brillo, de los que sólo caen una vez en la vida.

—Pero algo para acompañar el vino…

—¡Hombre, eso ni se pregunta!

—¡Ah, bueno!

—Que la Sixta nos saque un poco de chorizo, pan y queso, y unas nueces. Lo de ayunar era broma.

—Me habías asustado.

—Te advierto, que nada de sentarse. Menea las mandíbulas cuanto desees, pero pegado al banco, sin parar de darle al cepillo. Hemos de apresurarnos para que cuando se presente la Rosita se pueda despabilar en su tarea.

—Raposo, no es por decirlo, pero contigo da gusto trabajar.

—Hoy es mi día, muchacho. ¡Cuando pienso que pudieron encomendarlo a la ciudad, me da el soponcio!

Cándido entra sujetando el jarro con ambas manos; el vino, de un negro violáceo, agita rítmicamente su redondez espumosa.

—Cándido, dale de beber al Voluntario, que se nos muere de sed. Y en otro viaje que hagas a donde el tío Vivo, a ver si te das más aire.

—Estaba llena la abacería, todos hablaban. El tío Vivo discutía con un forastero estrafalario, que pronunciaba frases de mucho seso y malicia que nos tenían boquiabiertos.

—Cándido, no te disculpes, ni aunque hablara el propio Salomón sería motivo para que te entretuvieras. Pero hoy es día en que cualquier falta se excusa. Entra ahí, y avisa a la Sixta que asome la nariz. Y aplícate en seguida a esas patas torneadas.

De la calle entra un ruido desacostumbrado; ante la puerta pasa un automóvil pintado de verde. Los vecinos se asoman, y el tío Raposo y el Voluntario también salen a la calle. El automóvil sube, roncando, por la cuesta.

Una vecina que se estaba peinando, se ha asomado a la ventana con un trapo blanco dispuesto a manera de toquilla. Al hablar, la cabellera suelta se le menea y la cubre parte del rostro.

—Raposo, ¿viste? Otro automóvil de la ciudad. Y van dos, más un coche de caballos que vino del correo.

Otra mujer que está a la puerta de su casa, secándose las manos en el delantal, exclama:

—¡Pobrecillo, señor! ¡Quién lo iba a pensar! ¡Qué desgracia, qué desgracia!

Penetran otra vez en el taller; el tío Raposo remeda riendo a la mujer.

—Sí… sí… desgracia…