«—¡No voy a hacerte daño! Wendy, querida, luz de mi vida, no voy a hacerte daño. No me has dejado acabar la frase, dije: No voy a hacerte daño, solo voy a aplastarte los sesos. ¡Aplastaré tus jodidos sesos!» —explicó Jack Torrance siguiendo a su esposa por las escaleras del hotel.
—No entiendo por qué me he dejado convencer. —Se quejó Patricia con la boca llena de chocolate—. Debería estar en algún pub, tomándome una copa y ligándome a algún Milan que me quitara las penas, y aquí estoy aterrada por tu culpa, y poniéndome morada de calorías.
—¿Preferirías estar viendo alguna comedia romántica en la que todo es perfecto y el amor flota en el aire? Porque yo te aseguro que prefiero a Jack.
—Seguramente sea algún trauma infantil, porque Jack es clavadito a tu padre.
—Y no solo físicamente —comentó Jimena sin ningún pudor.
—No seas exagerada, tu padre está chalado, pero no tanto. —Y añadió—: Ahora calla para que pueda seguir viendo la película que me has puesto a la fuerza.
Tenía en la lengua la réplica perfecta, pero en un acto de buena voluntad hizo lo que su amiga le pidió y guardó silencio. Sin embargo, ya no pudo volver a concentrarse en Torrance. La expresión de Patricia cuando le relató su desencuentro con Carlos, volvió a su mente. Había esperado a que terminara el ensayo y estuvieran en casa para contárselo. Aunque hubiera pagado gustosamente por no tener que hacerlo nunca. Lo que menos se esperaban ninguna de las dos era volver a toparse con él, vale que vivían en la misma ciudad, pero habían cortado cualquier lazo que las uniera a la vida que habían compartido con él, una, como pareja y la otra, como amiga.
Como era de esperar, tras la conversación, ninguna de las dos tuvo ganas de salir. Jimena había cancelado sus planes para ver en Mestalla el Valencia-Sevilla, y Patricia se había metido en la cocina a preparar un arsenal de chocolate para la ocasión.
En el momento más interesante de la película, el iPhone de Jimena vibró a su lado en el sofá. Lo desbloqueó sin mucho interés hasta que vio encendido el icono del WhatsApp, que indicaba que tenía mensajes sin leer.
Supo, en cuanto vio la imagen del Guggenheim, antes de leer el nombre del contacto, que el mensaje era de Lucas.
¿Por qué no quieres hablar conmigo?
¡Esto es absurdo!
Volvió a dejarlo donde estaba sin molestarse en responder.
—Deberías contestar y mandarle a la mierda con todas las letras. A ver si así nos dejaba ver la película en paz.
—No me apetece contestarle.
—¿Tienes miedo de que te convenza? —preguntó Patricia, sorprendida por el modo en que actuaba Jimena. Ella jamás rehuía los problemas, de hecho los enfrentaba con muy mala leche y grandes dosis de sarcasmo.
—No, simplemente es que no tengo nada que decirle. Entre nosotros ya está todo claro.
—Pues parece que él no se ha enterado.
—Mañana salgo a cenar con Bertram. Lucas está fuera de mi vida, para ser realistas, nunca ha estado dentro —explicó con firmeza a su amiga.
—Eso depende de lo que entiendas por estar dentro. —Se burló Patricia.
—¿No puedes pensar en otra cosa?
—La que lo piensa eres tú. Yo no he dicho nada de nada. Eres demasiado mal pensada.
Jimena la miró con perspicacia, pero no replicó. Ciertamente aunque la pulla había sido bastante clara, no era concluyente.
—Así que piensas salir con Bertram. Pensaba que no te gustaba. —Apuntó Patricia dejando el tema anterior.
—Se ha saltado el protocolo por mí. El puesto de primera chelista es mío, quiere que lo celebremos —explicó sin mucho entusiasmo.
Patricia abrió mucho los ojos, sorprendida no porque Jimena hubiese conseguido el puesto, sino porque Bertram se lo hubiese dicho antes de que se hiciera oficial. Ese hombre era demasiado estricto, debía de estar realmente interesado para hacer lo que había hecho.
—¡Felicidades! —dijo— toma un brownie y brindemos por tu éxito.
Como si de una copa de cava se tratara, entrechocaron los dulces y le dieron un mordisco.
—Gracias. Ahora sí que puedo decirle adiós a Viena.
—Tampoco es así. Lo que has hecho es ir escalando en tu carrera mientras llega Viena. Además en lugar de despedidas tienes que dar bienvenidas: hola, Bertram.
—No exageres. Solo vamos a cenar juntos.
—Y yo espero de corazón que no te aburras mucho.
—No seas mala. —Pidió Jimena
—Mala sería si no lo deseara… Las dos conocemos a Bertram, tienes un noventa por ciento de posibilidades de aburrirte como una ostra.
—Tampoco es para tanto, tiene su aquel… El otro día lo pasamos muy bien.
—Estaría inspirado. Por si acaso rezaré para que también lo esté mañana. Lo que menos necesitas es una cita desastrosa que te recuerde la apoteósica cita que tuviste con Lucas.
—Tu comentario ayuda mucho, gracias. —Replicó con ironía.
—Déjame tu teléfono. —Patricia alargó la mano para cogerlo.
—¿Para qué? —preguntó, pero ya se lo estaba tendiendo mientras lo hacía.
—Voy a decirle cuatro cosas a ese idiota. En realidad vas a decírselas tú, voy a usar tu móvil.
—Devuélvemelo.
—¿No te fías de mí?
—No mucho.
Haciendo caso omiso al comentario abrió el WhatsApp y comenzó a teclear al mismo ritmo en que pronunciaba en voz alta las palabras que escribía:
Agradezco mucho tu oferta, pero no estoy interesada.
Lamentablemente no cumples con mis expectativas y yo soy una mujer muy exigente.
¡Suerte!
Patricia sonrió triunfal, orgullosa de su respuesta.
—No se te ocurra enviarlo. —Pidió intentando recuperar su teléfono.
—¡Demasiado tarde! Le he dado a enviar sin querer.
—Sí, sin querer. Me voy a la cama.
—¿No vas a terminar de ver la película? Es tu favorita.
—Por eso, me la sé de memoria y estoy cansada.
—Buenas noches, Jimena. —Se despidió Patricia, puede que creyera que había sido una mala idea enviarlo, pero no lo era. Lucas necesitaba que le bajaran los humos, ¿qué se había creído que era una abeja para ir de flor en flor?
Se dirigía a su dormitorio cuando el sonido de su teléfono le anunció una respuesta. Ni siquiera hizo el esfuerzo de leerla. Pasó el dedo por el chat que llevaba su nombre y lo eliminó. Todos los mensajes desaparecieron.
Sonó el timbre de la puerta, Patricia se levantó del sofá de un salto, y se acercó a la mirilla para ver quién llamaba a horas tan intempestivas, la idea de que fuera alguien con un hacha le pasó por la cabeza.
Héctor se pasaba las manos por el cabello, nervioso.
—¿Qué haces aquí? —preguntó antes siquiera de saludar.
—Buenas noches, siento molestar. Pero no os he visto esta noche y quería comprobar que estabais bien.
—Jimena no está. Se ha ido ya a la cama —explicó sin saber muy bien qué decir.
—En realidad, quería verte a ti.
Patricia se apartó de la puerta para permitirle el paso.
—Lo sabes, ¿no?
—Aunque no lo creas, sé muchas cosas. Así que en este momento y sin más datos, no adivinaría a cuál de mi extenso saber te refieres.
Ella agradeció su forma de quitarle importancia a su pregunta, con una sonrisa que aceleró el corazón de Héctor.
—Ahora tengo un motivo más para no soportarle. —Confesó conmovido por la vulnerabilidad que se adivinaba en Patricia cuando se refería a lo ocurrido.
—Lo sé, Jimena me ha contado lo que quieren hacer con la frutería de tu padre. ¿Quieres sentarte y comerte un brownie conmigo? —Ofreció repentinamente tímida—. Mañana ya nos preocuparemos de la línea.
—Tú no necesitas preocuparte por eso, ¿qué estás viendo?
—Vacaciones en Roma —dijo con un hilo de voz.
—¿Qué has dicho? No te oigo.
—No puedo hablar más alto. No quiero herir los sentimientos de Jimena. Ella cree que estoy viendo El resplandor.
—Vaya, ¡menudo cambio!
—Lo sé —dijo mientras le ofrecía la bandeja semivacía de brownies—. Por eso no quiero que se entere. Si ve que he cambiado el DVD creerá que acepté la película de terror porque le tengo lástima. Es muy tremendista.
—¿Y no es así? ¿No le tienes lástima? —preguntó Héctor conociendo la respuesta de antemano.
—Claro que no. Ha sido por solidaridad. No conoces a Jimena lo suficiente si crees que es merecedora de la lástima de nadie.
—En realidad no lo creo. Tendrías que haber estado delante cuando se enfrentó a Carlos. ¡Es asombrosa!
—Sí que lo es. ¿Te gusta? —preguntó Patricia muy interesada en la respuesta, pero fingiendo todo lo contrario.
—Por supuesto que me gusta.
—¡Ah!
—Pero no me gusta de la misma manera que me gustas tú —explicó lanzándose de cabeza a la piscina y cruzando los dedos para que hubiera agua en ella.
—¿Y cómo te gusto yo?
—Tú me gustas tanto que me paso el día pensando en ti, en lo bien que hueles, en lo suave que es tu piel, en lo sensual que suena tu voz cuando susurras…
Mientras hablaba, Héctor se había ido acercando más y más a una Patricia a punto de derretirse.
—¿Pero sabes qué es en lo que más pienso? —preguntó mirándola con fijeza.
Ella negó con la cabeza, hipnotizada por sus palabras y por la cadencia sensual de su tono.
—En tu boca. Recuerdo tus dientes apresando mi piel, tus labios recorriendo mi garganta y tu lengua…
No pudo terminar la frase, la boca de Patricia presionó la suya acallando lo que fuera a decir, convencida de que una demostración práctica era mucho más esclarecedora que una larga explicación.
¡Otro sofá a la mierda!, pensó Jimena al tiempo que regresaba de puntillas a su dormitorio, había salido para ir al baño y prepararse para dormir, y se había encontrado con que Héctor había decidido cambiar de táctica con Patricia, y por lo que había visto que se desarrollaba en su sofá, con resultados satisfactorios.
Todo lo contrario a lo que le pasaba a ella, que para dormir iba a necesitar evocar a Jack Torrance y a su mirada enloquecida, y seguramente también recurriría a los auriculares del iPod con la música a todo volumen.