Archibugi alteró completamente el programa del día: decidió que Adele Ortolani se quedara un ratito macerando su orgullo herido en el despacho de Sabbatini, mientras Petrocchi reflexionaba sobre los riesgos de declarar en falso en el despacho de Corrado; los dos bien aparcados a la espera de que él estuviera del humor necesario para un interrogatorio formal, quizás ante el juez, dado que el tribunal siempre ejercía cierto efecto.
Y precisamente en I Filippini, en aquel momento, el «nuevo» magistrado y Panicacci intentaban en vano determinar el origen de las informaciones publicadas por el periódico, mientras Enrico Mezzasalma y su periodista reflexionaban y usaban todos sus trucos para obtener otras noticias con las que enriquecer la crónica e hinchar los titulares. Archibugi pensó en lo mucho que le habría gustado también a él hablar con Mezzasalma. Porque aquel interrogatorio también prometía: ¿cómo habría hecho El Eco di Roma para enterarse del asunto?
¿Y quién se habría presentado en el estudio de Tremolaterra aquella mañana?
Corrado maldijo el lío en el que se había metido, maldijo a Quadraccia, a Panicacci y a aquel Tremolaterra, pequeño y sediento de sangre en la que mojar su pluma, saludó al agente de guardia con un gruñido y salió del Palazzo Braschi hecho una furia.
* * *
Se dirigió a paso ligero hacia la pensión de Il Tre Re. El aliento se le condensaba al contacto con el aire gélido, los vendedores ambulantes encendían brasas en las esquinas, las porteras eran unos bultos con chales, abrigos, mandiles y chaquetas en varias capas. Incluso el hedor habitual de las callejas, una mezcla de peste de cloaca, madera quemada, verduras hervidas y agua estancada, parecía suspendido, congelado.
Tremolaterra desaparece. El día antes, había recibido amenazas, por lo menos según decía.
Los periódicos dan amplia cobertura a la muerte de un niño, noticia que debía ser reservada.
Los arañazos en forma de W aparecen y desaparecen en la piel del pobre muerto.
¡Y Corrado Archibugi deja que le pase por delante en la investigación Onorato Quadraccia e incluso otro señor, de momento desconocido! ¿Quizá De Matteis? Recordaba que el señor delegado le había hecho comentarios curiosos y malintencionados, por no entrar a considerar que había sido De Matteis quien había tomado declaración a Petrocchi, y que, por tanto, tenía motivos para sentirse implicado, aunque la investigación hubiera sido asignada a la comisaría central.
Había también otro punto, tan vago que era el que más preocupaba al inspector, que ya conocía el aire malsano que se respiraba en el Palazzo Braschi: el cambio del juez encargado de la investigación, de la mañana a la noche.
Sólo había dos posibilidades: que fuera una simple coincidencia, o una voluntad precisa. Pero una voluntad precisa implicaba un poder, implicaba la política…, implicaba que tras aquella historia hubiera algo más que un niño muerto, que un pollero posiblemente mentiroso y un periodista desaparecido.
Le volvió a la mente, como un escalofrío, lo que había sucedido en el Palazzo Braschi poco tiempo antes.
Al cabo de pocos días se iba a nombrar en Palermo una comisión parlamentaria constituida para indagar sobre las condiciones económicas y sociales de Sicilia, es decir, para comprobar si realmente eran necesarias las medidas extraordinarias de seguridad reclamadas por el Gobierno para acabar con el incontrolable «bandidaje» y si existía realmente «una forma de asociación establecida con el nombre de maffia».
Corrado pensaba también que en aquel caso había habido una «coincidencia» parecida: la oportuna sustitución, por parte del ministro de Justicia, del presidente primero del Tribunal de Apelaciones y del procurador del Rey en Palermo, así como de diversos funcionarios. ¿Quién no iba a pensar que habían querido deshacerse de algunos miembros de la comisión, sin duda informados sobre los hechos? Tanto es así que la comisión posteriormente le pediría al ministro que no ordenara más traslados, al menos durante un año: no le hicieron caso.
Archibugi sacudió la cabeza, por la que le pasaba un torbellino de ideas. Volvió a pensar en una carta que conservaba en el despacho. Llevaba la fecha del 27 de octubre de 1873. Se la había escrito el senador R. que, en honor a la amistad que le había unido al padre de Corrado, se había tomado como algo personal la suerte del joven inspector y había conseguido convencerlo de que se trasladara de Turín a Roma. Corrado recordaba aquella carta casi de memoria.
Realmente me alegra mucho tu decisión de trasladarte a Roma, aunque imagino el dolor de tu madre…
En la capital hay una verdadera necesidad de gente experta en investigaciones criminales y, sobre todo, sensible, diría casi diplomática, que sepa moverse en ciertos ambientes. Hasta ahora, aquí los delitos tenían como único origen la miseria y la ignorancia, como únicos culpables los pobres (por no entrar en disputas familiares de la nobleza). Pero yo creo que los callejones oscuros y las tabernas dejarán de ser el escenario de miserables delitos de juego o de atracos, «delitos del hampa», por llamarlos así, y en su lugar aparecerán los salones nobles y los pasillos de los palacios. El traslado de la capital a Roma ha despertado —y despertará— intereses incalculables… El Trastevere cederá su triste liderazgo a Trinità dei Monti, es sólo cuestión de tiempo. Por eso hace falta gente experta, hábil, que sepa comprender…
El senador lo había acertado: Roma se estaba convirtiendo en una telaraña de tramas políticas, estafas económicas y delitos turbios, como en un capítulo de Bellacuccia. Y ahí volvía a aparecer Guido Tremolaterra.
Un periodista desaparecido…, un periodista que había trabajado hasta pocos meses antes para La Capitale. Corrado había soltado el nombre del periódico ante Panicacci sólo para incordiar, pero la coincidencia era realmente inquietante. Un periódico en el centro de varias polémicas, un instrumento de lucha política cuyo director, Raffaele Sonzongno, había muerto acuchillado el carnaval anterior. Un delito ordenado por personalidades destacadas, ahora encerradas en los calabozos del juzgado a la espera de sentencia, en la misma sala por donde habían desfilado, como testigos y como personas informadas sobre los hechos, Felice Cavalloti, Menotti Garibaldi y Costanzo Chauvet. Nombres importantes, nombres famosos, nombres habituales en los salones de la nobleza…
—¡Inspector! ¡Inspector Archibugi!
Corrado dejó atrás el laberinto de sus agobiantes pensamientos y vio a De Matteis, que se acercaba a paso rápido. El delegado alcanzó al inspector, le saludó y se encorvó para retomar el aliento, sosteniéndose la voluminosa barriga.
Archibugi lo examinó, hizo un gesto con la cabeza y se puso de nuevo en marcha. De Matteis se apresuró a seguir su paso, rebufando.
—¿Por qué me sigue? —le espetó Corrado.
—Bueno, inspetto’, no podía quedarme así, con la curiosidad… Yo ya sabía que hoy sería una jornada importante. Y además, he oído a los voceadores, he leído el periódico…
—Y quería satisfacer su curiosidad.
—Es culpa suya, inspector, si me permite. Me he presentado en la comisaría y me han dicho que usted acababa de salir, así que…
—Perfecto. ¿Cómo dicen por aquí? Enseguida le quito la sed con jamón. Pero primero explíqueme por qué se ha presentado esta mañana en el estudio de Tremolaterra. Estas iniciativas personales…
—¿Yo? ¿En el estudio de Tremolaterra? No se me ocurriría, inspector. Ahora comprendo esa cara…, quería decir, bueno, que parece irritado. ¿Y por qué habría tenido que presentarme en casa de Tremolaterra? Usted es el encargado de las investigaciones, no yo. Esta mañana he llegado a la sucursal con el periódico en la mano, pensando en quién habría dado el soplo a la prensa, he dado las órdenes para la mañana a mis agentes, he firmado algunos documentos y he venido corriendo a la central.
Doblaron la esquina y de pronto Archibugi se detuvo en seco y se quedó mudo. No porque le hubieran desmentido su suposición, sino por lo que estaba sucediendo frente a la pensión de Il Tre Re.