En la sala de autopsias clínicamente impersonal del depósito de cadáveres del condado de Valley, Richard Carroll sacó cuidadosamente el feto del cadáver de Vangie Lewis. Sus largos y sensibles dedos elevaron el cuerpecillo notando que el líquido amniótico había empezado a correr. Vangie Lewis no hubiese podido conservar el niño mucho tiempo más. Richard supuso que pesaría algo más de un kilogramo: era un varón. El primogénito.
Movió la cabeza ante aquella vida desperdiciada y colocó el cuerpo en una mesita adyacente. Vangie tenía un avanzado estado de toxemia. Era increíble que un médico hubiese permitido el embarazo hasta aquel punto y bajo aquellas condiciones. Le hubiera gustado mucho conocer la cantidad de glóbulos blancos que tenía; posiblemente, era aterradoramente alta.
Ya había enviado muestras del líquido para que las analizasen en el laboratorio. No le cabía ninguna duda de que el cianuro había matado a la mujer; tenía quemadas la garganta y la boca, pues había bebido una gran cantidad. Que Dios la cogiese confesada.
¿Y qué decir de aquellas quemaduras fuera de la boca? Con cuidado, Richard las examinó intentando imaginarse el momento en que bebió el veneno: habría empezado a tragarlo, pero, al sentir su quemadura, habría cambiado de opinión e intentado vomitarlo, corriendo entonces el líquido por encima de su labio y de su mentón.
Para él, aquello no estaba claro.
Del abrigo de la muerta colgaban unas cuantas fibras finas y blancas; parecían pertenecer a una manta. Las mandó analizar, pues creía que Vangie murió sobre un cubrecama de felpilla y quería comparar aquellas fibras con las del cubrecama. Desde luego, se veía que había usado mucho aquel abrigo y podía haberlas cogido en cualquier parte.
El cuerpo de la muerta estaba tan hinchado que daba la sensación de que Vangie se había limitado a ponerse la ropa que mejor la cubriese.
Con excepción de los zapatos. Esto era otro detalle incongruente: aquellos zapatos tenían un buen diseño y eran caros; además, parecían recién estrenados. Resultaba improbable que Vangie hubiese salido el lunes con aquellos zapatos y éstos tuvieran un aspecto tan nuevo. En ellos no había ni manchas de agua ni de nieve, aunque en el tobillo del leotardo se veían manchas de nieve sucia. ¿No sugería aquello que Vangie, tras salir, entró de nuevo, decidió marcharse otra vez, se cambió de zapatos y luego se suicidó?
Aquello tampoco estaba claro.
Otra cosa: aquellos zapatos le apretaban muchísimo, en particular el del pie derecho. Apenas podía atárselo y el empeine, además, era estrecho: era como atornillárselos. Y considerando el resto de la ropa que llevaba, ¿cómo explicarse que iba a ponerse un par de zapatos que la iban a matar?
Unos zapatos que la iban a matar…
Aquella frase se clavó en la mente de Richard. Se irguió. Acababa de terminar. Tan pronto como tuviera el informe del laboratorio, hablaría con Scott Myerson sobre sus descubrimientos.
Se volvió de nuevo para mirar el feto. El cianuro había entrado en su corriente sanguínea. Como su madre, debió de morir agónicamente. Richard lo examinó con cuidado. El milagro de la vida nunca dejaba de infundirle respeto. En todo caso, crecía con cada experiencia que tenía de la muerte. Le maravillaba el exquisito equilibrio del cuerpo: la armonía de sus partes: músculos y fibras, huesos y cartílagos, venas y arterias; la profunda complejidad del sistema nervioso, la capacidad del cuerpo para curar sus propias heridas, su elaborado intento para proteger lo que aún no había nacido.
De pronto, se inclinó sobre el feto. Le quitó con presteza la placenta y lo estudió bajo una luz muy fuerte. ¿Sería posible?
Se trataba de una sospecha. Pero tendría que comprobarla. Dave Broad era el hombre indicado. Estaba a cargo de las investigaciones prenatales del hospital Monte Sinaí. Le enviaría el feto y le pediría su opinión.
Si lo que él creía era verdad, había una razón más que poderosa para que el capitán Chris Lewis estuviese disgustado con el embarazo de su esposa.
¡Hasta lo bastante disgustado como para matarla!