Frank Ramsey y Nathan Klein habían dejado atrás la casa de Jack Worth y se dirigían al puente de la calle Cincuenta y nueve, hacia Manhattan. Cuando llegaron al edificio de apartamentos de lujo donde vivía Douglas Connelly, el portero les dijo que acababa de volver a casa. Subieron y se encontraron con la misma escena que habían presenciado hacía apenas unas noches.
Sandra abrió la puerta y los condujo hasta la biblioteca, donde Connelly estaba sentado, copa en mano.
—Quiero que sepan que a Kate le ha subido la fiebre y, como podrán ver, Douglas está muy afectado —dijo Sandra—. Espero que sean muy breves, necesita relajarse y comer algo. El pobre está al límite.
—Ambos lamentamos que el estado de la señorita Connelly haya empeorado —dijo Frank Ramsey con toda sinceridad—. Si el señor Connelly tiene intención de regresar al hospital esta noche, lo entendemos, podríamos quedar con él para mañana.
—No. Su otra hija está haciéndose la mártir. Quiere estar a solas con su hermana.
—Ya está bien, Sandra. —Todavía con la copa en la mano, Connelly se levantó—. ¿Qué es eso que he oído sobre un vagabundo que podría estar viviendo en la furgoneta averiada?
—Que vivía en la furgoneta, señor Connelly —lo corrigió Frank Ramsey.
—Y según me han dicho, ¿ha pasado allí varios años?
—Como mínimo dos. Hay periódicos de hace dos años.
Douglas Connelly tomó un buen trago de vodka.
—Aunque suene increíble, me parece bastante factible. Ya han visto el aparcamiento cubierto donde están los vehículos de transporte. Está abierto por delante, pero los laterales y la parte trasera están cerrados. Esa furgoneta estaba aparcada al fondo de todo. En los dos últimos años solo dos de las cuatro que estaban delante prestaban servicio. Las otras dos formaban una barrera natural que tapaba cualquier visión de la furgoneta accidentada. A veces, cuando teníamos una entrega en algún lugar lejano, el transportista salía a última hora de la tarde o a primera hora de la mañana. Pero está claro que ningún conductor tenía motivos para echar un vistazo a esa furgoneta vieja. Si ese vagabundo que vivía ahí dentro se marchaba antes de que empezara a llegar la gente por la mañana, debió de pasar desapercibido. Si se quedaba dentro del vehículo todo el día, tampoco debieron de verlo. Pero, como evidentemente necesitaría comida y asearse un poco, imagino que al menos de vez en cuando saldría bien temprano por la mañana, cuando no había nadie por allí, y volvía de noche.
—Creo que está usted en lo cierto —admitió Nathan Klein—. Nuestra gente ha peinado el barrio. Un indigente empujando un carrito fue visto a primera hora de la mañana el día del incendio, pero esa zona, con todos los almacenes que rodean el complejo, tiene varios albergues para los sin techo.
—Existe otra posibilidad, señor Connelly —dijo Frank Ramsey—. Creemos que es posible que el vagabundo estuviera allí en el momento de la explosión. Quizá fue testigo de lo que ocurrió esa noche. —Con los ojos entornados se quedó observando la reacción de Connelly.
—Sabemos que mi hija Kate y Gus Schmidt se encontraban en la propiedad. Pero si por cualquier motivo el vagabundo los vio allí juntos, no hay forma de averiguar si Kate había sido embaucada por Gus Schmidt.
—Y esa va a ser la línea oficial de la investigación —comentó Ramsey con sarcasmo a Klein mientras volvían a Fort Totten para redactar y actualizar el expediente del caso.
Cuando terminaron, cada uno subió a su propio coche y, muertos de cansancio, se fueron a sus respectivas casas.