Los jefes de bomberos no se reunieron con Doug Connelly hasta la noche.
Llamaron al hospital y supieron que había visitado a su hija por segunda vez a última hora de la tarde. Lo había acompañado una joven, pero ella no había entrado con él en la UCI, mientras que sí lo hizo su hija Hannah minutos después.
Fueron a comprar algo de comer y luego esperaron a Doug en la entrada de su piso, pero no se presentó hasta las nueve de la noche, en compañía de Sandra.
Los invitó a subir y enseguida preparó unas copas para él y su novia.
—Tengo entendido que cuando están de servicio no pueden beber —dijo.
—Es cierto.
Ni a Ramsey ni a Klein les molestó que él, que ya iba un poco achispado, se sirviera con tanta generosidad un vaso de whisky. In vino veritas, pensó Ramsey. Y con el whisky seguro que saldrían a la luz más verdades.
Cuando se sentaron, Sandra comentó:
—El pobre Doug se ha derrumbado después de ver a Kate. Así que he insistido para que saliéramos a cenar. Apenas ha comido nada en todo el día.
Sin conmoverse ni una pizca, Ramsey y Klein empezaron a interrogar a Douglas Connelly.
Él hablaba arrastrando las palabras y dudaba mientras evitaba explicar sus diferencias con Kate.
—El negocio no iba muy bien, pero yo siempre intentaba explicarle a Kate que no era para tanto. Piensen en lo que valía ese terreno en Long Island City hace treinta años. Una miseria comparado con lo que vale ahora. Long Island City está cambiando. La gente se está mudando a esa zona. Por fin se han dado cuenta de lo cerca que está de Manhattan. Los artistas están llegando en bandadas, como cuando se instalaron en Williamsburg. Hasta hace poco se podía vivir en Williamsburg por casi nada. Ahora está de moda. Con Long Island City está pasando lo mismo. Teníamos una oferta por el terreno. Si lo aceptáramos ahora, en cinco años recuperaríamos todo el dinero que hemos perdido.
—Por lo que nos han comentado otras personas, parece que su hija Kate estaba convencida de que la empresa estaba perdiendo muchísimo dinero —dijo Ramsey.
—Kate es tozuda. Incluso de niña lo quería todo enseguida… ahora mismo… nada para mañana.
—¿Cree que esa impaciencia podría haberle llevado a conchabarse con Gus Schmidt para destruir el complejo?
—¡Kate no haría algo así!
Para los jefes de bomberos, el tono airado de Doug era una forma de ocultar su miedo. Tenían muy claro lo que él estaba pensando. Si un miembro de la familia había provocado el incendio para cobrar el seguro, la compañía no los indemnizaría.
Pasaron a las preguntas sobre la relación de Kate con Gus.
—Tenemos entendido que se mostró muy comprensiva con él cuando lo obligaron a jubilarse.
—Hablen con el jefe de fábrica, Jack Worth. El trabajo de Gus era cada vez más torpe. Todas las personas de su edad ya se habían jubilado. Él no quería dejarlo. Aparte de los beneficios, le dimos el equivalente a un año de su salario. Pero seguía insatisfecho. Era un viejo amargado.
—¿No fue Kate quien insistió en esa bonificación?
Ramsey le lanzó la pregunta a Doug.
—Puede que ella lo sugiriera.
—Señor Connelly, algunos de sus empleados se han ofrecido como voluntarios para contar lo que saben. Nos han comentado que Gus Schmidt decía textualmente que no había nada que no hubiera hecho por Kate…
—Está claro que Gus sentía mucho cariño por Kate —respondió Doug.
Cuando se marcharon al finalizar el interrogatorio, los inspectores, aunque estaban abiertos a todas las posibilidades, tenían la intuición de que Kate había encontrado a alguien dispuesto a hacer lo que había dicho a muchas personas.
Hacer volar por los aires el complejo Connelly.