49. SANTUARIO

Mientras descargaban el equipo del Bill T y lo disponían sobre la pequeña plataforma de granito en la que habían descendido, a Chris-Floyd le resultaba difícil quitar la vista de la montaña que se erguía, imponente, ante ellos. ¡Un solo diamante, más grande que el Everest! ¡Vaya, si los fragmentos dispersos alrededor del transbordador tenían que valer miles de millones, no millones…!

Aunque, por otra parte, podrían no valer más que… bueno, lo que valen los fragmentos de cristal roto. El valor de los diamantes siempre había sido controlado por los comerciantes y los dueños de las minas, pero si una montaña —en sentido literal— de gemas llegaba de pronto al mercado, resultaba obvio que los precios se derrumbarían por completo. En ese momento Floyd empezó a entender por qué tantas partes interesadas habían concentrado su atención en Europa; las ramificaciones políticas y económicas eran ilimitadas.

Ahora que por lo menos había demostrado su teoría, Van der Berg se había convertido, una vez más, en el aplicado científico que, con el pensamiento puesto en un solo propósito, estaba deseoso de completar su experimento sin sufrir más distracciones.

No resultó fácil conseguir que algunos de los equipos más voluminosos salieran de la estrecha cabina del Bill T. Van der Berg y Floyd extrajeron primero una muestra-testigo de un metro de largo mediante un taladro eléctrico portátil, y la trasladaron con sumo cuidado al transbordador.

Floyd habría establecido un conjunto diferente de prioridades, pero reconoció que tenía sentido hacer primero las tareas difíciles. No fue sino hasta después de que tendieron un dispositivo de captación sismográfica y levantaron una cámara panorámica de televisión —montada sobre un trípode bajo y pesado—, que Van der Berg aceptó recoger algunas de las incalculables riquezas que estaban esparcidas alrededor de ellos.

—En última instancia —dijo, mientras seleccionaba con cuidado algunos de los fragmentos menos letales—, servirán de buenos recuerdos.

—A menos que los amigos de Rosie nos asesinen para conseguirlos.

Van der Berg miró con severidad a su compañero. Se preguntaba cuánto sabría Chris en realidad… y hasta qué punto, al igual que todos los demás, estaba haciendo conjeturas.

—No valdría la pena, ahora que el secreto ha sido revelado. Dentro de una hora, más o menos, las computadoras del mercado de valores van a enloquecer.

—¡Bastardo! —exclamó Floyd, más con admiración que con rencor—. Así que ése ha sido el mensaje.

—No hay ley alguna que diga que un científico no pueda obtener algún pequeño provecho colateral… pero les dejo los detalles sórdidos a mis amigos de la Tierra. Con franqueza, estoy mucho más interesado en el trabajo que estoy haciendo aquí. Permítame esa llave inglesa, por favor…

Por tres veces, antes de que hubieran terminado de levantar la Estación Zeus, casi fueron derribados por temblores. Los podían sentir, cuando empezaban, como una vibración que se producía bajo los pies; después, todo comenzaba a sacudirse… y luego se oía ese horrible quejido, que sonaba como desde muy lejos y que parecía llegar desde todos lados al mismo tiempo. Hasta se transmitía por el aire, que era a Floyd lo que le parecía lo más extraño de todo. No podía habituarse por completo al hecho de que alrededor de ellos había atmósfera suficiente para permitir conversaciones a corta distancia, sin radio.

Van der Berg continuaba asegurándole que los temblores todavía eran bastante inofensivos, pero Floyd había aprendido a no confiar nunca demasiado en los expertos, pese a que era innegable que el geólogo acababa de demostrar, de manera espectacular, que tenía razón. Mientras mirada al Bill T, que oscilaba hacia arriba y hacia abajo sobre sus amortiguadores como un barco sacudido por una tormenta, Floyd deseó sinceramente que la suerte de Berg durase algunos minutos más, por lo menos.

—Eso parece ser todo —dijo por fin el científico, para gran alivio de Floyd—. Ganímedes está recibiendo buenos datos en todos los canales. Las baterías durarán años, puesto que el panel solar está para seguir recargándolas.

—Me sorprendería que este equipo siga estando en pie dentro de una semana. Juraría que, desde que hemos descendido, esa montaña ha cambiado de posición. Larguémonos antes de que se desplome sobre nosotros.

—Me preocupa más —dijo Van der Berg, con una carcajada— que el escape de nuestro motor deshaga nuestro trabajo.

—No hay peligro de que eso ocurra. Estaremos bien alejados y, ahora que hemos descargado tanta chatarra, sólo vamos a necesitar la mitad de la potencia para despegar… a menos que usted quiera llevar a bordo algunos miles de millones más. O millones de billones.

—No seamos codiciosos. De todos modos, ni siquiera puedo conjeturar cuánto valdrá esto cuando lo llevemos a la Tierra. Los museos se quedarán con la mayor parte, claro. Después de eso… ¿quién sabe?

Los dedos de Floyd volaban sobre el panel de los controles mientras intercambiaba mensajes con la Galaxy.

—Primera etapa de la misión, cumplida. Bill T listo para despegar. Plan de vuelo según lo acordado.

No se sorprendieron cuando el capitán Laplace preguntó:

—¿Están completamente seguros de que desean seguir adelante? Recuerden: la decisión final es de ustedes. Yo los respaldaré, sea cual sea esa decisión.

—Sí, señor, los dos estamos contentos. Entendemos cómo se siente la tripulación. Y el rédito científico podría ser enorme… Ambos estamos muy excitados.

—Esperen un momento. ¡Todavía estamos esperando su informe sobre el monte Zeus!

Floyd miró a Van der Berg, quien se encogió de hombros y después tomó el micrófono:

—Si se lo dijéramos ahora, capitán, pensaría que estamos locos… o que le estamos gastando una broma. Por favor, espere un par de horas, hasta que hayamos regresado… con las pruebas.

—Hummm. No tiene mucho sentido darles una orden, ¿no? De todos modos, buena suerte. Y lo mismo les desea el propietario: cree que ir a la Tsien es una excelente idea.

—Sabía que Sir Lawrence lo aprobaría —le comentó Floyd a su compañero—. Y de cualquier manera, dado que la Galaxy ya es una completa pérdida, el Bill T no es mucho riesgo adicional, ¿no es así?

Van der Berg comprendía su punto de vista, si bien no se suscribía a él del todo. Se había hecho su reputación como científico; pero todavía esperaba poder disfrutarla.

—Oh, a propósito, ¿quién es Lucy…? ¿Alguien en especial?

—No, por lo que yo sé. Nos topamos con ella durante una búsqueda con la computadora, y decidimos que el nombre serviría como código; todo el mundo supondría que tenía algo que ver con Lucifer, lo que es una verdad a medias suficiente como para dar lugar a una divertida confusión.

»He oído decir que hace unos cien años, hubo un grupo de músicos que gozaban del favor popular, y que tenían un nombre muy extraño: los Beatles, que se deletrea B-E-A-T-L-E-S, no me pregunte por qué. Ellos escribieron una canción con un título igualmente extraño: Lucy en el cielo con diamantes. Misterioso, ¿no? Casi como si lo hubiesen sabido…

Según el radar de Ganímedes, los restos de la Tsien se hallaban a trescientos kilómetros al oeste del monte Zeus, en dirección a la llamada Zona del Crepúsculo y a las tierras frías que se encontraban más allá. Estaban permanentemente frías, pero no oscuras, ya que la mitad del tiempo estaban brillantemente iluminadas por el distante Sol. Sin embargo, incluso al culminar el largo día solar europeano, la temperatura seguía estando muy por debajo del punto de congelación. Como el agua líquida sólo podía existir en el hemisferio que miraba a Lucifer, la región intermedia era un lugar de continuas tormentas, en las que la lluvia y el granizo, la nevisca y la nieve competían por la supremacía.

A lo largo del medio siglo transcurrido desde el desastroso descenso de la Tsien, la nave se había desplazado casi mil kilómetros. Debía de haber flotado a la deriva —al igual que la Galaxy— durante varios años, en el recientemente creado Mar de Galilea, antes de venir a descansar en la inhóspita costa de este mar europeano.

Floyd captó el eco del radar en cuanto el Bill T adoptó la posición horizontal de vuelo, al final de su segundo tramo del viaje a través de Europa. La señal era sorprendentemente débil, tratándose de un objeto tan grande. Al dejar atrás las nubes, se dieron cuenta del porqué.

Las ruinas de la cosmonave Tsien, el primer vehículo tripulado por seres humanos que había descendido en un satélite de Júpiter, se encontraban en el centro de un pequeño lago circular que, por supuesto, era artificial y estaba conectado, mediante un canal, con el mar, situado a menos de tres kilómetros de distancia. Sólo quedaba el esqueleto, y ni siquiera estaba completo: el armazón se había quedado desnudo.

«Pero, ¿por acción de qué?», se preguntó Van der Berg. Aquí no había señales de vida: el lugar tenía el aspecto de haber estado desierto durante años. Y aun así, el geólogo no tenía la menor duda de que algo había desmantelado los restos de la nave, con precisión deliberada y en realidad casi quirúrgica.

—Desde luego, es seguro para descender —dijo Floyd, y aguardó unos segundos para obtener el casi distraído asentimiento de Van der Berg, dado con una leve inclinación de cabeza. El geólogo ya estaba grabando en cinta magnetovideofónica todo lo que había a la vista.

El Bill T se asentó sin esfuerzo al lado del estanque, y ambos miraron al otro lado del agua fría y oscura ese monumento a los impulsos exploradores del Hombre. No parecía existir una manera conveniente de llegar hasta allí, pero eso en realidad no importaba.

Tras ponerse los trajes, llevaron la guirnalda hasta el borde del agua, la sostuvieron un instante frente a la cámara, con solemnidad, y después lanzaron ese tributo que rendía la tripulación de la Galaxy. La guirnalda era muy hermosa; a pesar de que las únicas materias primas disponibles eran papel común, papel metalizado y plástico, fácilmente se podría haber creído que las flores y hojas eran verdaderas. Alrededor de ellas, prendidas con alfileres, había notas e inscripciones, muchas escritas en la ahora oficialmente obsoleta forma manuscrita.

Mientras caminaban de vuelta al Bill T, Floyd dijo con aire pensativo:

—¿Lo ha visto? Prácticamente no quedaba metal. Sólo vidrio, plásticos y productos sintéticos.

—¿Y con respecto a esas cuadernas y esos largueros de sostén?

—Material compuesto… principalmente, boro y carbono. Alguien de estos alrededores tiene mucha hambre de metal… y lo reconoce cuando lo ve. Interesante…

«Muy interesante», pensó Van der Berg. En un mundo en el que el fuego no pudiera existir, los metales y aleaciones serían casi imposibles de fabricar, y serían tan preciosos como… bueno, como los diamantes…

Una vez Floyd se hubo comunicado con la base y hubo recibido un mensaje de agradecimiento del segundo oficial Chang y de sus colegas, hizo que el Bill T ascendiera hasta mil metros y prosiguió hacia el oeste.

—Último tramo —dijo—. No tiene sentido subir más. Vamos a estar allí dentro de diez minutos. Pero no aterrizaremos; si la Gran Muralla es lo que creo que es, preferiría no hacerlo. Haremos un rápido vuelo de aproximación y nos dirigiremos a casa. Tenga listas las cámaras; esto podría ser aún más importante que el monte Zeus.

«Y es posible que pronto sepa qué sintió el abuelo Heywood, no muy lejos de aquí, hace cincuenta años —pensó—. Tendremos mucho de que hablar cuando nos encontremos… dentro de menos de una semana, si todo sale bien».