14

En la Reidka todavía se veía luz en la ventana de los cajistas. Frank sorteó las filas de carritos para los chicos del reparto que llegarían por la mañana, e intentó entrar por la puerta principal. Estaba abierta. Subió las escaleras, sin preocuparse de si hacía mucho o poco ruido al andar.

Había un hombre joven, aún con el abrigo puesto, sentado de espaldas a la puerta de la habitación en uno de los taburetes de los cajistas. Tenía una vela encendida delante de él. Podría estar durmiendo, pero de repente se puso muy recto y se volvió hacia Frank para mostrarle un rostro lleno de reproches. Parecía un estudiante y estaba muy pálido. Sus rubias pestañas le lanzaron una mirada de desconcierto, como si se le acabara de ocurrir algo, pero no estaba tan aturdido como para no apagar la vela cuando Frank encendió la luz. Seguramente estaba acostumbrado a gastar lo menos posible.

—Me ha encontrado…

—Pues no te estaba buscando —dijo Frank—. ¿Quién eres?

El joven sacó del bolsillo de su abrigo una automática de unos quince centímetros de largo que bien podía ser un juguete, como el de Ben, o bien podía ser una Webley verdadera, que era lo que llevaban todos los estudiantes. No había sitio en la chaqueta reglamentaria, abotonada hasta arriba, para esconder una pistola, así que no tenían más remedio que llevarla en el bolsillo derecho del abrigo. Se puso en pie y disparó dos veces. El primer disparo fue a parar muy lejos de Frank, y dio en la pared de enfrente, de la que se desprendió un fragmento de yeso. El segundo, todavía desviado pero más cercano, golpeó la caja alta de madera del chibalete de Tviordov, la rompió en pedazos, hizo que las versalitas cayeran al suelo en una cascada de metal, rebotó hasta atravesar por el mismo centro el delantal blanco que colgaba del gancho, siempre a mano, y luego fue a hundirse detrás del chibalete.

—¡Lo ha visto! ¡Ya ha visto que no quería alcanzarle!

—¡No sé si querías o no! —exclamó Frank.

Avanzó, colocó el antebrazo debajo de la barbilla del joven, justo en la garganta, y apretó. Había aprendido a hacer aquello de pequeño en el patio de la escuela número 8 de Moscú (Moderna y Técnica). Luego le quitó la automática de las manos, le puso el seguro, y la miró.

—Tienes que limpiarla —dijo—. De lo contrario, se podría romper el resorte del gatillo y la pistola seguiría disparando hasta que vaciase el cargador.

El estudiante, doblado, estaba tosiendo. Frank le ofreció un vaso de agua del grifo del fregadero del rincón.

—¿Es agua limpia?

—Es de la que beben aquí.

Ya me siento mejor. Me llamo Volodia Vasilich. El apellido no importa.

—No te lo he preguntado.

—Este local es suyo, Frank Albertovich. Así que querrá saber qué hago aquí.

—Estoy seguro de que al final me lo acabarás diciendo. Supongo que eres estudiante.

—Sí.

—¿Estudiante de qué?

—Historia Política.

Por qué se habría molestado en preguntar. Luego dijo:

—Mañana por la mañana tendré que explicarle al cajista jefe a qué ha venido todo este lío.

Con toda naturalidad, Volodia se puso a cuatro patas y comenzó a recoger los tipos desperdigados por el suelo.

—No. Déjalo —dijo Frank—. Tienen que estar en su sitio o no sirve de nada. Lo que quiero saber realmente es cómo has logrado entrar.

—La puerta no estaba cerrada con llave.

—¿Y eso no te sorprendió?

—Nada me sorprende ya.

Desde abajo una voz gritó:

—¡Señor, se han escuchado disparos procedentes de sus instalaciones!

Era el vigilante nocturno. Por nada en el mundo iba a subir las escaleras si arriba existía la mínima posibilidad de que alguien pudiera pegarle un tiro. En general, era un tipo de lo más sensato.

—¡Todo está en orden, Gulianin!

—Bien, señor. Muy bien.

Gulianin se retiró.

—No hay duda de que va a buscar a la policía —dijo Volodia.

—No hay duda de que no lo hará. Esperará a ver cuánto le doy por la mañana por guardar silencio.

Volodia, que parecía haberse preparado lo que tenía que decir, repitió:

—Soy Volodia Vasilich.

—Eso ya me lo has dicho.

—Y solo le he disparado para demostrarle que voy en serio. Me explico. Usted es impresor, Frank Albertovich…

—No voy a negártelo. ¿Quieres imprimir algo?

—Suelo trabajar con una pequeña imprenta manual, pero ahora mismo no dispongo de ninguna. Pensé que si encontraba aquí alguna imprenta manual podría conseguir lo que necesito, solo un par de páginas. Se requieren pocas horas. Pero no hay contraventanas aquí y no puedo trabajar sin luz, así que no sabía cómo ocultarme.

—Comprendo. Te encuentras en una situación delicada. Pero podrías haber venido y habernos hecho un encargo, ¿no? Así es como actúa la gente. No obstante, he de decirte que aquí no hacemos nada político.

—Lo que he escrito no es político.

—¿De qué trata?

—De la compasión universal.

El semblante de Volodia estaba tenso, como si estuviera participando en un concurso y no pudiera creerse que no había ganado el premio.

—Bueno, siempre podías habernos pedido un presupuesto —dijo Frank—. Para esas dos páginas, quiero decir. Te habrías ahorrado tiempo y a nosotros un montón de perjuicios. Supongo que nuestros precios te habrían parecido bastante razonables.

Precios… No sé cómo funciona eso —murmuró Volodya. A continuación, después de hacer una pausa para reflexionar, siguió—: Es posible que lo que quiero imprimir pueda considerarse de tema político…

—Supongo que eso dependerá de quién sea universalmente compadecido —dijo Frank—. ¿Llevas el manuscrito encima?

Volodia vaciló:

—No. Lo he memorizado. —Hizo un gesto amplio con los dos brazos, como si estuviera echando comida para las gallinas, y exclamó—: Pero, al fin y al cabo, ¿qué interés puede tener todo esto para usted? Es un extranjero, y lo peor que le puede pasar si las cosas se ponen mal es que le expulsen de Moscú y tenga que regresar a su propio país. ¡Un ruso no puede vivir fuera de Rusia, pero para usted eso no significa nada!

Frank estaba acostumbrado a que los demás le pidieran ayuda. Desde hacía años era así. A veces se trataba de completos desconocidos que llegaban hasta él convencidos de que, dado que era un empresario local que gozaba de buena posición, podría ayudarles con sus pasaportes externos, con permisos de cualquier tipo, con el aplazamiento de su servicio militar, con ciertas advertencias al director de su departamento para que les pusiera mejores notas o con la firma de una petición dirigida a la cancillería imperial a favor de un pariente que hubiera caído en desgracia. A veces lo único que querían eran pequeñas sumas de dinero para ir tirando, y a veces cantidades mayores para formarse como médicos o ingenieros. Frank tenía fama de ayudar en lo todo lo que podía. De lo contrario la gente habría dejado de pedirle cosas. Pero todos ellos, antes o después, terminaban diciéndole que al fin y al cabo él era un extranjero, y que si las cosas se torcían, él no tenía nada que perder.

—¿Qué te hace pensar que no me importaría tener que marcharme de Rusia? —dijo—. Yo nací aquí, he vivido aquí la mayor parte de mi vida, amo Moscú en todas las estaciones del año, incluso ahora, al comienzo del deshielo, y soy un hombre casado. Tengo tres hijos.

—Sí, pero su mujer le ha dejado…

Volodia hablaba con mucho aplomo, pero pareció darse cuenta de que sus palabras no estaban produciendo precisamente el efecto deseado.

—¿Dónde vives? —le preguntó Frank.

—Muy lejos. En la Rogozhskaia.

—Pues regresa a tu casa.

—Y mis cosas…

—No. El arma me la quedo. Toma la vela, si es que la trajiste tú. Y no vuelvas a poner un pie aquí.

Frank echó un último vistazo a la habitación, y vio los setenta y cinco ejemplares de Los pensamientos del abedul perfectamente apilados, tal como estaban antes del incidente, junto al chibalete de Tviordov.

—Y llévate esto de recuerdo —le dijo a Volodia, mientras le entregaba el primer ejemplar de la pila.

Volodia se guardó el libro en el bolsillo, que ahora estaba vacío, y bajó las escaleras a grandes zancadas. Frank apagó la luz y echó la llave. Imposible reparar la caja alta de Tviordov o el agujero de bala de su delantal, e imposible también calcular el efecto que la contemplación de aquella profanación y aquel destrozo le produciría a Tviordov cuando se presentara a trabajar el día siguiente a primera hora. Aquello constituiría un problema por la mañana, y seguramente habría más. Abre las puertas, dicen los rusos, y échate a temblar.

De regreso a casa bajó hasta el puente de hierro, el Moskvorietszkevia, donde los transeúntes seguían contemplando el hielo, y arrojó la pequeña arma al río. Luego se fue a casa. Tenía la conciencia bastante tranquila.

En la sala de estar, Dolly y Ben se afanaban, por lo visto, en terminar sus deberes. Sobre la mesa, sobre el cuaderno marrón de Dolly y el cuaderno rosa de Ben, brillaba una bombilla de veinticinco vatios, la más potente que se podía encontrar en Moscú por entonces. Dolly trazaba un mapa siguiendo una ruta ligeramente hipnótica. Su plumín niquelado se movía diligentemente por la superficie del papel. Lisa estaba sentada más allá del círculo de luz, cosiendo. Frank pensó que la luz que había donde estaba ella no era demasiado buena, y que ese trabajo de costura lo podría hacer cualquier otro miembro del personal de la casa. Había una pequeña habitación al final del pasillo de la cocina en la que habían instalado una Singer. No obstante, lo mismo Lisa quería demostrar que no era solo una institutriz y tampoco una criada. Aunque lo mismo no quería demostrar nada, y únicamente estaban pasando una noche en paz sin él.

—Llegas tarde —dijo Dolly.

—¿No os llamó Selwyn Osipych por teléfono?

—Sí —dijo Dolly a regañadientes—. Pero lo cogió Lisa, y no nos dijo cuánto tiempo tardarías.

—Él tampoco me lo dijo a mí, Dolly.

—Bueno, pues te estábamos esperando —dijo Dolly—. Ben está bastante inquieto.

—Os contaré por qué he llegado tarde. Nada por lo que preocuparse. Había alguien en la imprenta. Alguien rondando que no debería estar allí. Fui a ver lo que pasaba. No os preocupéis. No era un ladrón.

Dolly parecía un poco decepcionada.

—Y si no era un ladrón, ¿quién era?

—Un estudiante, creo.

—¿No lo sabes? —preguntó Dolly—. Antes no eras así…

—Dijo que era un estudiante.

—¿Qué quería?

—No estoy muy seguro.

—¿Cómo se llamaba?

—Volodia algo.

—¿Dónde ha ido?

—Ha regresado a su casa, según creo.

—¿Va a volver? —le preguntó Lisa.

Frank captó su mirada clara, directa. Estaba contento de haber despertado en ella cierto interés.

—Creo que es muy poco probable. Me temo que toda la aventura ha debido de constituir una enorme decepción para él, y no creo que tenga nada más que hacer en la imprenta después de lo de hoy.

—No entiendo por qué ha tenido que ir tan tarde de todos modos —dijo Ben—. ¿Te enfadaste con él?

—No, en absoluto. Incluso le di un regalo.

—¿Sabes si tenía un arma?

—Ya no.