Cuando Harvath accionó la manivela diminuta, todos vieron al escriba girar y deslizarse por la superficie del tambor. Resultó elegante y grácil, pero nadie tenía la menor idea de cuál era su finalidad.
—¿Cuántas letras tiene el alfabeto árabe? —preguntó Nichols mientras extraía un trozo de papel de la carpeta.
—Si se trata de letras básicas, veintiocho —respondió Ozbek—. ¿Por qué?
—Podría ser alguna clase de código. Quizá Scot accionara la manivela demasiado deprisa. Hagámoslo más despacio y veamos lo que hace el escriba con relación a los indicadores de la hora.
—Pero solo hay veinticuatro.
—No se pierde nada probando —respondió el profesor.
Harvath pensó que tenía razón y movió la manivela más despacio.
Cada vez que Nichols pensaba que el escriba señalaba un número determinado, lo apuntaba. Sin embargo, cuanto más se fijaba Harvath, mayor sensación tenía de que los números no eran la clave.
Volvió a meterse la camisa por dentro del pantalón, vio la sangre con la que se había manchado y se le ocurrió una idea. Se dirigió a Nichols y dijo:
—Déjeme ese trozo de papel un segundo.
Cuando lo hizo, Harvath agarró su paquete de información de Poplar Forest y esparció el contenido sobre la mesa.
Se agachó para que el aparato le quedara a la altura del ojo y apiló varios folletos hasta que quedaron justo bajo el nivel de la pluma del escriba. Luego, reclinó al escriba hacia atrás, colocó el trozo de papel de Nichols encima del folleto y, seguidamente, se llevó el pulgar a la boca y se arrancó de la piel con los dientes el trozo de Krazy Glue seco.
A continuación, mojó la pluma del escriba con su sangre y volvió a inclinarlo hacia delante. Con el plumín apoyado sobre el papel, volvió a accionar la manivela. Cuando lo hizo, se materializó sobre el papel un texto en árabe.
—Dios mío —dijo Nichols.
—Querrá decir Alá, ¿verdad? —bromeó Ozbek mientras daba una palmada en la espalda a Harvath—. Bien hecho.
Harvath sonrió. Miró a Jonathan Moss y le preguntó:
—¿Tiene algún frasco de tinta de escribir en algún sitio?
Moss estaba tan impresionado que tardó un instante en asimilar la petición de Harvath.
—Sí —dijo por fin—. Traeré uno.
Cuando se marchó, Harvath se envolvió otra vez el dedo sangrante con el faldón de la camisa.
—¿Sabéis? —subrayó Ozbek—, Sadam Husein tenía un Corán entero escrito con su propia sangre. Y yo que creía que los SEAL eran tipos duros.
Harvath murmuró un «Vete a la mierda» con buen humor mientras volvía a abrir el tubo de Krazy Glue con los dientes y se sellaba la herida.
—No puedo creerlo —dijo Nichols mientras miraba el reloj del escriba.
—Créalo —respondió Harvath, que sacó la página de debajo de la pluma del escriba y abrió la tapa para mirar una vez más en el interior—. Cuando Moss regrese, volveremos a empezar y obtendremos el mensaje completo desde el principio.
—¡Ojalá estuviera aquí Marwan para ver esto!
—Lo sé —dijo Harvath mientras apoyaba la mano sobre el hombro del profesor y permanecían admirando la máquina y el formidable impacto que iba a causar.
Pasados cinco minutos, el director de Poplar Forest regresó a la sala. En lo primero en que se fijó Harvath era en que traía las manos vacías y, en el rostro, una expresión como si le estuviera persiguiendo el mismísimo jinete sin cabeza. Harvath estaba a punto de preguntarle qué sucedía cuando vio que había alguien detrás de él.
Susan Ferguson empezó a sollozar cuando apareció por la puerta con un arma con silenciador apuntándole a la cabeza; quien la empuñaba no era otro que Matthew Dodd.
Harvath y Ozbek sacaron sus pistolas.
—Tranquilidad, caballeros —dijo Dodd con una sonrisa—. Ahora, dejen las armas en el suelo y empújenlas hacia mí con el pie.
Como los hombres dudaron, Dodd disparó a Jonathan Moss en el hombro izquierdo.
El director de Poplar Forest dio un grito de agonía.
—Las armas en el suelo y empújenlas hacia mí con el pie, ahora —gritó Dodd.
Harvath y Ozbek obedecieron de mala gana. Ninguno de ellos tenía posibilidad de hacer un disparo medio decente. Si hubieran podido lo habrían hecho, pero, tal como estaban colocados, Dodd utilizaba tanto a Susan Ferguson como el marco de la puerta para cubrirse al máximo.
—Bien —dijo Dodd, que, a continuación, gritó a Moss—: Acérquese y recoja eso.
El hombre gritaba e iba a entrar en estado de shock muy pronto. Con la mano derecha se presionaba el hombro, que se empapaba de sangre.
Dodd repitió la orden y la subrayó disparando al suelo, junto a los pies de Moss.
El director avanzó a trompicones hacia las armas y las recogió. Se quedó junto al suelo con la cabeza agachada y se las entregó a Dodd.
—Ahora, vaya a recoger ese reloj —ordenó el asesino— y todos los documentos que hay en la mesa.
Harvath estaba de pie enfrente del aparato, con la cara posterior de las piernas apoyadas contra la mesa. Cuando Moss se acercó, Dodd indicó a Harvath que se apartara del camino con dos movimientos rápidos del arma.
A Harvath no se le ocurrió provocar a Dodd. Bajó las manos para pegárselas a los costados e hizo un gesto a Nichols para que se desplazara a su izquierda, más cerca de Ozbek. Cuando Nichols lo hizo, Harvath le siguió.
—Tráigalo aquí —dijo Dodd mientras el director cerraba la tapa y luego cargaba el aparato con esfuerzo.
Envolviéndolo con el brazo ileso, se apoyó el reloj de al-Jazari contra el pecho, recogió todos los papeles y, muy despacio, llevó todo hacia el asesino.
Mientras avanzaba, Dodd le indicó con un gesto que permaneciera en la sala detrás de él. Una vez que Moss hubo pasado, el asesino volvió a mirar a Harvath y Ozbek.
—Ya tengo lo que vine a buscar —dijo—. Si hoy muere alguien es cosa suya.
—No estamos en igualdad de condiciones, Dodd —respondió Ozbek—. Ni por asomo.
—¿Arreglamos cuentas ahora mismo? —preguntó el asesino mientras señalaba a la pistola del jefe de operaciones de la CIA.
Nichols miró como si se preparara para decir algo y Harvath se adelantó para que se quedara quieto.
—Muévase —dijo Dodd mientras volvía a poner la pistola en la cabeza de Ferguson y empezaba a salir de la sala.
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Harvath refiriéndose a los dos rehenes—. No necesita llevárselos.
—No, no lo necesito —respondió Dodd—, pero me los llevo.
—Ese hombre requiere atención médica.
El asesino miró a Harvath.
—Vivirá siempre que nadie trate de seguirnos.
—Nadie va a seguirles —dijo Harvath.
El asesino agarró con más fuerza a Susan Ferguson e hizo un gesto a Moss de que empezara a caminar, hasta que, muy despacio, abandonaron la estancia.
Cuando desapareció de la vista y oyeron cerrarse la puerta de la entrada principal, Ozbek dijo:
—Venga, vamos.
—Tiene dos rehenes —replicó Harvath.
—Eso lo entiendo, pero no podemos dejarle marchar con el aparato.
—De todos modos, no le va a servir de nada.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Ozbek—. Lo único que tiene que hacer es colocar un papel ahí debajo, mojar la plumilla y accionar la manivela.
—No funcionará sin esto —dijo Harvath mientras mostraba el engranaje del Basmalá.
Tenía las yemas de los dedos ensangrentadas por haberlo retirado a ciegas del aparato a su espalda mientras Dodd se preocupaba por recoger las armas del suelo.
—De todos modos, tiene a Susan y a Jonathan —protestó Nichols—. Los matará.
—No creo que los mate —respondió Harvath mientras volvía a utilizar la camisa para contener la hemorragia.
—¿Por qué? ¿Porque no mató a Gary? —cuestionó Ozbek.
Harvath le miró.
—Esa es precisamente la razón. Si le dejamos marchar, Moss y Ferguson tienen muchas más probabilidades de sobrevivir, y lo sabes. Yo también quiero atrapar a ese tipo, pero seamos inteligentes.
—A la mierda la inteligencia. Estamos agotando el tiempo.
Harvath sabía que Ozbek había perdido a un miembro de su equipo y que otro estaba en el hospital por culpa de Dodd, pero conseguir que matara a más gente no iba a arreglar nada.
—Escúchame. No permitas que tu deseo de que Dodd pague por lo que hizo te nuble el pensamiento.
Ozbek sabía que Harvath tenía razón, pero le daba cien patadas. Cogió el martillo y lo tiró contra la chimenea.
Nichols estaba a punto de formular otra objeción cuando oyeron abrirse de un portazo la puerta principal y Jonathan Moss empezó a gritar pidiendo ayuda.
Acudieron en tropel a la fachada de la casa, a cuya puerta estaba Moss, sangrando.
—Necesito un médico —gritó.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Harvath—. ¿Adónde han ido?
—No lo sé. El hombre me dijo que me diera la vuelta y, sencillamente, desaparecieron.
Ozbek extendió la mano hacia Moss.
—Deme las llaves de su coche.
—No, Aydin —ordenó Harvath; pero era demasiado tarde.
Ozbek sacó las llaves del bolsillo de la chaqueta de Moss y corrió hacia el aparcamiento.
No tenía sentido tratar de detenerlo. De modo que, en lugar de intentarlo, Harvath entregó a Nichols el móvil de Moss y le pidió que llamara a emergencias mientras le rasgaba la camisa para valorar la herida e improvisaba un vendaje compresor provisional que detuviera la hemorragia hasta que llegara la ayuda.
Instantes después, reapareció Ozbek.
—Tu coche y el de Moss están inutilizados —dijo a Harvath—. Tienen todos los neumáticos rajados.