La batalla todavía no había empezado cuando Paris, vestido con una capa de piel de pantera, se lanzó entre los dos ejércitos con una espada, dos lanzas y un arco. Gritó desafiando a cualquier griego que se atreviera a enfrentarse a él en Un combate individual. Bramando encolerizado, Menelao saltó desde su carro y corrió hacia su enemigo mortal. Puesto que Menelao llevaba una armadura completa (casco, coraza pectoral, espinilleras y todo lo demás), Paris se lo pensó mejor y retrocedió de nuevo hasta las filas troyanas. Su hermano Héctor grita disgustado:
—¡Tú, cobarde, guapo, ricitos mentiroso, inútil! ¡Ojalá nunca hubieras nacido! El enemigo se está riendo de nuestra desgracia. ¡Palabra que tenemos que estar locos por no haberte apedreado ya hace tiempo!
Paris contestó:
—Hablas sensatamente, hermano, pero ¿por qué culpas a mi belleza, que me dieron los dioses cuando nací? Parece que insistes en que rete al rey Menelao, ¡muy bien, estoy listo! Es justo que sólo nosotros dos luchemos. Si me mata, no le envidio Helena ni su fortuna. Si le mato, ella se queda aquí. Entonces podremos devolver el tesoro de Apolo a su templo de Esparta y todo quedará solucionado Pero primero tengo que armarme como Menelao.
Héctor, aliviado por la respuesta de Paris, recorrió la línea troyana llevando su lanza al nivel del pecho y presionando a los soldados hacia atrás.
—¡Deteneos y sentaos! —gritó.
Aunque las flechas y las piedras de las hondas griegas caían sobre Héctor como la lluvia, erraban el blanco; y cuando Agamenón vio lo que ocurría ordenó:
—¡Dejad solo al príncipe Héctor, camaradas! Probablemente tiene algo importante que decir.
Héctor se dio la vuelta:
—Troyanos y griegos —anunció—, mi hermano, cuya huida con la reina Helena ha causado esta terrible guerra, os pide que depongáis las armas y os sentéis. Él y el rey Menelao lucharán a muerte por esta hermosa dama y su fortuna. Mientras tanto, deberíamos pactar una tregua.
Menelao aceptó el desafío de Paris; Agamenón aceptó la tregua; y, después de algún retraso debido a la necesidad de sacrificar algunos corderos, ambos bandos depusieron las armas y los jefes se apearon de sus carros. Todos dieron la bienvenida a la posibilidad de una paz honorable.
Príamo, sus ancianos consejeros y la reina Helena, mirando desde las murallas de Troya, vieron que Héctor ponía dos piedras marcadas en su casco y lo agitaba para decidir si era Paris o Menelao el que tenía que lanzar primero. Saltó la piedra de Paris. Una vez que había tomado prestados una espléndida coraza del primero de sus hermanos, un escudo y un casco del segundo y un par de espinilleras del tercero, los campeones avanzaron para combatir blandiendo las armas.
La lanza de Paris dio de lleno en el escudo de Menelao, pero la punta no fue capaz de atravesar las gruesas tiras de piel de toro bajo la carcasa de bronce. Menelao, a cambio, ofreció una plegaria a Zeus todopoderoso, y lanzó su lanza con terrorífica fuerza. Atravesó el escudo de Paris, pero se desvió hacia un lado y sólo le rozó la coraza. Entonces Menelao corrió hacia delante, espada en mano, y golpeó el casco de Paris tan fuertemente que la hoja de la espada se rompió en cuatro pedazos. Al tambalearse Paris, Menelao lo cogió por la crin de caballo del casco y lo volteó. Medio ahogado por la correa del casco, Paris se vio arrastrado hacia las líneas griegas.
El duelo habría acabado en un glorioso triunfo para Menelao si Afrodita no hubiera bajado para rescatar a Paris. Con una mano invisible, rompió la correa del casco y dejó a Menelao llevando un casco vacío. Lo arrojó a sus camaradas, cogió la lanza de Paris y se dio la vuelta para matarlo. ¡Pero Paris ya no estaba allí! Afrodita hizo invisible a su favorito y se lo llevó, sano y salvo, tras sus líneas.
Al no ver a Paris por ninguna parte, Agamenón gritó:
—¡Prestadme atención, troyanos! ¡Declaro ganador a mi hermano Menelao! Ahora tenéis que entregar a la reina Helena y su fortuna; y también tenéis que pagarme una enorme indemnización para cubrir los gastos de la expedición.
Sus hombres gritaron en aplausos, y aunque los troyanos murmuraban maldiciones en contra de Paris, no podían discutir la victoria de Menelao. Más tarde, Helena, que había cerrado los ojos cuando parecía que Paris estaba a punto ser asesinado, oyó de un viejo sirviente que había vuelto a su habitación. Se fue hacia allí para regañarle por su cobardía, pero él se limitó a sonreír, y dijo:
—Atenea ayudó a Menelao; Afrodita me ayudó a mí. Lo que es más, ella me salvó la vida, como ya sabía que haría. Bien, Menelao ha ganado este asalto; quizá yo gane el próximo.
Mientras tanto, en el cielo había una disputa entre Zeus todopoderoso y el resto de los dioses y diosas. Zeus quería perdonar a Troya, pero tanto Hera como Atenea protestaron de tal manera que dejó que lo hicieran a su manera. Hera incluso dijo:
—Destruye Argos, Micenas, Esparta o cualquiera de mis ciudades favoritas. ¡Pero insisto en la caída de Troya!
Atenea vio que era mejor mantener viva la guerra (ahora que los troyanos se habían comprometido honorablemente a no devolver a Helena ni su tesoro) haciendo que algún aliado troyano rompiera la tregua. Así que se disfrazó de uno de los hijos de Príamo y le dijo al rey Pándaro de Licia:
—Hazme caso, Pándaro, y dispara a Menelao cuando esté al aire libre. Si lo matas, te ganarás la gloria inmortal, y Paris también te dará una atractiva recompensa.
Pándaro siguió, imprudentemente la advertencia de Atenea. Fue a buscar el arco, hecho de un par de cuernos de orix de ocho palmos unidos por las bases; lo montó, fijó una flecha en la cuerda y disparó. Naturalmente, Atenea no tenía ninguna intención de dejar que su amigo Menelao fuera asesinado. Se puso delante de él y guió la flecha hacia donde pudiera causar el mínimo daño. La punta sólo le hirió en un costado y le hizo sangrar un poco. Pero se rompió la tregua.
Unos minutos después, los dos ejércitos se enfrentaron, con estruendo de escudos y choque de armas. Centenares de muertos cubrieron pronto la llanura, la lucha empujaba por uno y otro lado, hasta que al final los troyanos de Héctor se retiraron y los griegos comenzaron, codiciosamente, a quitarles las armas y armaduras a los cadáveres de los enemigos.
Diomedes, rey de Argos, fue el mejor guerrero del día, aunque Agamenón, Menelao, el gran Ayax y otros jefes griegos lucharon contra un gran número de enemigos. La misma Atenea ayudó a Diomedes cuando lanzaba tempestuosamente su carro al campo de batalla, atravesando montones de hombres y molestándose raras veces en desnudar sus cadáveres. Pándaro lo detuvo un momento con una flecha que agujereó su hombro; pero cuando fue extraída por su auriga, Atenea le dio fuerza renovada para matar a muchos enemigos más.
Entonces, Eneas invitó a Pándaro a subir a su carro, tirado por dos yeguas de dinastía divina, más rápidas que el viento.
—Yo conduciré, tú lucha —sugirió—. Juntos destruiremos fácilmente a este campeón argivo.
Pándaro montó.
—Pensaba —dijo— que mi flecha había dado en el blanco, pero Diomedes parece estar protegido por algún dios o diosa. Esta vez usaré mi lanza y me aseguraré de darle.
Diomedes vio que se acercaban al galope. Le dijo a su auriga:
—¡No tengas miedo! Estamos protegidos por Atenea. Tan pronto como haya matado a esos dos reyes, abandona nuestro carro, coge al príncipe Eneas y llévatelo al campamento. Sus yeguas son de una dinastía divina y valen por veinte de las mías.
Pándaro arrojó la primera lanza. Atravesó el escudo de Diomedes, abollando la coraza del pecho, pero sin ir más allá. La lanza de Diomedes, guiada por Atenea, le dio a Pándaro entre los ojos y lo mató al instante. Eneas bajó del carro para proteger el cuerpo caído. Diomedes también bajó del carro; cogió y lanzó una enorme roca que rompió el hueso del muslo de Eneas. Cuando Afrodita descendió y lo envolvió en un pliegue de su blanca túnica, Diomedes supo de inmediato de quién se trataba. Él, osadamente, atacó con su lanza y la hirió en la mano, justo debajo de la muñeca. Los dioses y las diosas nunca sangran, pero un líquido incoloro llamado «icor» manaba de la herida producida por la lanza. Afrodita dejó caer a Eneas, gritó, voló hacia el dios de la guerra, Ares, que miraba la batalla sentado en una colina cerca de allí, y se desplomó en su carro. Iris, la mensajera de los dioses, la devolvió gentilmente al Olimpo, llorando de dolor.
Mientras tanto, Diomedes hubiera acabado con Eneas, cuyo carro ya estaba de camino hacia el campo naval, si Apolo no hubiera hecho aparecer una espada mientras gritaba con voz terrible:
—¡Ten cuidado, temerario mortal! ¡Te has atrevido a atacar a la diosa Afrodita, pero yo soy el dios Apolo!
Héctor, ayudado por Ares, que estaba de parte de los troyanos, emprendió entonces un audaz contraataque. Eneas, a quien Apolo había llevado a su templo vecino, se reanimó enseguida, corrió a ayudarle y juntos mataron compañías griegas enteras.