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La camareta de Benito, el contramaestre del Cantabria, le produjo la misma impresión que el camerino de una vedette de pocas pretensiones. Olía a axila sudada y a ropa de cama sin ventilar y era tan sórdido y angosto como el de Valladolid, siquiera el contramaestre se las arreglase para imbuirle cierto aire de local de esparcimiento. En ninguno de los mamparos se veía la madera; fotografías de periódicos de todas las actrices de Hollywood se exhibían pegadas allí toscamente, unas conservando el pie y otras, las más, recortadas en silueta. Sobre la cama, entre las estampas frívolas, había un cromo de la Purísima con rostro de modistilla:

—La Virgen está en mi pueblo por encima del alcalde —dijo el contramaestre—. En la fiesta hacemos una hoguera en la plaza y los carcas arrojan caramelos a los chicos.

Le había acogido con una sonrisa pictórica, la misma sonrisa con que acogió la noche antes los malos humores de don Jesús Beardo, el maquinista del Cantabria.

—Siéntate, Valladolid. Tomaremos una copa. Eres el primero, ya lo sabes.

Se agachó y, tras un desmanotado forcejeo, abrió el candado de la taquilla y sacó una botella. Sonreía. Aún no hacía tres horas que el Cantabria navegaba en mar abierta. Cabeceaba suavemente y Valladolid notaba una sensación difusa en las plantas de los pies. Nada en concreto, pero prefería estar sentado. La cabina de Benito tenía dos ojos de buey. Él había permanecido una hora larga acodado en la borda contemplando la nada del cielo y el mar. Producía una extraña impresión pensar en Marita en aquellas circunstancias. Ahora deseaba jugar al poker y mirar los naipes del descarte lentamente, uno a uno, exacerbándose la emoción del azar.

—Es una molestia —dijo Valladolid, tímidamente. Y miraba, fascinado, los muslos redondos de Sonja Henie, la patinadora.

—¡Bah!, molestias, molestias… Para mí echar un trago no significa una molestia, sino exactamente lo contrario: me aclara la cabeza y me abre el apetito. Decía mi padre: «El mucho vino mata, pero un poco menos resucita», ¡ja, ja, ja!

Se sentó frente al muchacho y llenó dos vasos:

—El cura de mi pueblo solía decirme: «Conserva el corazón de un niño y serás un niño aunque tengas pelos bajo la nariz y la cabeza monda como una bola de billar».

—En mi litera hay chinches —dijo Valladolid repentinamente disgustado.

—¿Dónde no? Y cucarachas en las taquillas y ratas en las sentinas. ¿Qué imaginaste que era el Cantabria, Valladolid? Aprende a llevar el Cantabria y podrás llevar mañana el Queen Mary. Atiende, muchacho. ¡Mira qué bocas! Mis novias posaron sus labios aquí para que yo las conservase…

Le mostraba un álbum lleno de pequeñas cartulinas blancas, ordenadas de forma simétrica:

—Bueno —dijo el chico, a quien las fotografías de los tabiques perturbaban—: ¿Quién es ésa de los muslos, si puede saberse?

El contramaestre del Cantabria volvió los ojos con un esfuerzo:

—¡Ah, ja, ja!… —dijo—. ¿No conoces a Elizabeth Taylor, criatura? ¿Pudiste vivir este tiempo sin conocer a esa chica? —volvió sobre su álbum, jactanciosamente—: Cuéntalas, Valladolid, hijo —añadió—. Suman ochenta y siete. Ochenta y siete bocas que este menda ha probado. Repara, Valladolid, muchacho… Repara en estos labios… Dime, ¿qué dice debajo?

—Dice: «Leonisa Altable. Cádiz. Doce febrero mil novecientos treinta y cuatro-once abril mil novecientos treinta y cuatro».

El contramaestre adoptaba un aire beatífico. Meditó un momento:

—Te soy sincero, Valladolid; no recuerdo a esta muchacha y te juro que lo siento. No la recuerdo aunque me esfuerzo en ello.

Valladolid apuró el vaso. Dijo:

—¿No vinimos a jugar al poker?

—Paciencia, hijo. Hemos de esperar —consultó su reloj de muñeca—; la noche es joven.

Valladolid, el muchacho, sentía el prurito de los naipes en las yemas de los dedos. Le agradaba la sensación del azar; no disfrutaba tanto con la jugada como con la expectativa de la jugada. Los tres billetes del padre, del que no era su padre pero como si lo fuese desde que perdió a Raulito, su medio hermano, le calentaban el corazón. Valladolid no dudó que los multiplicaría. Para él, sentarse a jugar equivalía a sentarse a ganar. Era, el juego, una actividad retribuida como otra cualquiera. Sin embargo, desconocía la técnica de la nueva mesa. En Barcelona ya sabía que Martí era aficionado al «pase negro» y a farolear cuando los demás pasaban. Climent, por el contrario, se mostraba moderado y corría el riesgo de comerse su jugada en espera de que fuese otro quien iniciara la puesta. Valladolid ignoraba la mecánica de los nuevos compañeros.

Benito, el contramaestre, eructó de pronto:

—Perdona, muchacho —dijo—. El viento es un lastre para el marino, créeme.

Sonreía. Retiró el álbum de la mesa. Él estaba sentado sobre la litera y Valladolid sobre una redonda banqueta, frente a él.

—Vendrá el maquinista, ¿no es cierto?

—No faltará, hijo.

A Valladolid no le gustaba el maquinista y por eso le agradó que viniese. Le placía estrujar a quienes no le eran simpáticos. Al desatracar, seis horas antes, coincidió con él a estribor, mientras el remolcador, fumoso y chillón como un chulo de puerto, arrastraba al Cantabria hacia la bocana. Valladolid observaba las tensas estachas, el agobiado esfuerzo del barquichuelo:

—Esto es otra cosa —dijo con incipiente entusiasmo—, la mar es otra cosa.

—Esto no es vida. Ni arriba ni abajo es vida —dijo don Jesús Beardo, el maquinista del Cantabria.

Se refería a las calderas y al puente, y ni las calderas ni el puente le parecían vida. Tenía un cigarrillo entre los labios y las manos ocultas en los bolsillos.

—Inglaterra —dijo el chico vagamente.

—¿Crees que allí atan los perros con longaniza, muchacho?

Su rostro era alargado y funerario, con las mejillas chupadas y las sienes abultadas. Había en su espalda enjuta, y aun en la manera de proteger la colilla contra el viento, un definitivo aire de enterrador. Pero Valladolid no sabía que don Jesús Beardo, el maquinista del Cantabria, fue, primero, un hijo único y, después, un huérfano único. Ni sabía lo de la lápida. El padre del maquinista se excedió cuando perdió a la mujer, mas entonces la amaba e ignoraba que se excedía. Él creyó honradamente que no tardaría en seguirla y por eso grabó en la piedra: «Espérame. Pronto me reuniré contigo». Don Jesús Beardo, el maquinista del Cantabria, era entonces un pedazo de carne que se movía, pero no sentía. Cuando empezó a sentir conoció la lápida y advirtió que su padre no tenía prisas por reunirse con la difunta. Al morir su padre, al fin, diecisiete años más tarde, alguien añadió en la lápida, tras la fecha de defunción: «Querido, creí que no venías». Para don Jesús Beardo, el maquinista del Cantabria, jovencito sensible y enfermizo, fue aquello un rudo golpe. En todas partes le embromaban y una pequeña novia que tenía, y que apenas le llegaba a la cintura, le dejó plantado acuciada por el recelo de que la informalidad del padre se le contagiara. Entonces empezó para don Jesús Beardo la macabra costumbre de visitar cementerios. Se hizo marino para huir de su ciudad y conocer nuevos cementerios. Le gustaban los cementerios y le agradaba constatar que no fue su padre el único que le hizo a su madre una perrería.

Dijo a Valladolid, acodado en la borda, junto a la amura de estribor, en tanto se encendían las luces del puerto:

—Yo pasé por Valladolid en el año quince. ¡Hermosos cipreses!

Hablaba igual que los perros aúllan en la noche, con un matiz de reproche y un filo amenazador.

—En el camposanto de Valladolid tengo yo un mediohermano —dijo Valladolid.

—¿Sí?

—Sí. Se llamaba Raulito.

—¿Murió chico?

—Seis años. El padre de él es ahora el padre mío.

—¿Cómo es eso?

Valladolid le explicó. Agregó el maquinista del Cantabria:

—¿No hay allí una lápida que dice?: «Padres, ¿dónde estáis? ¿Dónde está vuestra virtud? ¿Quién separa la amistad?: ¿Esta piedra y esta cruz»?

—Lo ignoro.

—¿No conoces las lápidas del cementerio de tu ciudad?

Valladolid se atarantó. Don Jesús Beardo parecía un catedrático reconviniéndole.

—No, en efecto —dijo Valladolid.

—Malo.

—Malo, ¿qué?

—Tu desinterés.

El capitán asomó por la baranda del puente y voceó una orden a la toldilla con el megáfono. Inmediatamente desapareció. Valladolid desvió la conversación:

—¿Y él? —inquirió.

—¿Qué, él?

—Es joven y su pelo es blanco.

—Sí.

—¿Y eso?

—La vida le mordió. La mordedura de la vida es como la de un perro rabioso —dijo el maquinista.

A Valladolid le acució la curiosidad. Observaba las cejas pobladas y vencidas de don Jesús Beardo y después miró a la mar. Ahora miró a Benito, el contramaestre del Cantabria, e inmediatamente, por encima de su hombro, miró las pantorrillas de Lana Turner. Todo le asombraba en aquel barco. Era, todo, como una intrigante caja de sorpresas. Se encontraba a gusto entre las muchachas del contramaestre. Dijo Benito:

—Don Jesús Beardo, el maquinista, tiene una amiga que se llama Mari Luz.

Valladolid no sabía lo de la lápida.

—Sí —dijo.

—Quiere que les entierren en tumbas distintas. ¿Qué te parece?

—¿Y el capitán? —inquirió el muchacho.

Entró, de súbito, el capitán y Valladolid se sofocó.

—Llueve —dijo el capitán— y hace frío.

La vibración sorda de las máquinas ahogaba cualquier otro ruido del exterior. Se despojó el capitán del impermeable y Valladolid le miró las manos con cierta perplejidad. «Es campeón de dedos», se dijo.

—El jefe subirá en seguida —dijo Benito, el contramaestre del Cantabria.

En este instante la puerta rodó sobre el engargolado y asomó el rostro funerario del maquinista:

—¡Bah! —dijo—. Allá abajo no se puede respirar. Hace más calor que en el mismísimo infierno.