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USHIKAWA

Patadas en un rincón lejano de la conciencia

—¿Le importaría no fumar, señor Ushikawa? —dijo el hombre de baja estatura.

Durante unos instantes, Ushikawa observó el rostro de su interlocutor, sentado al otro lado del escritorio, y luego miró el cigarrillo Seven Stars que sus propios dedos sujetaban. No estaba encendido.

—Lo siento —añadió cortésmente el hombre.

Ushikawa adoptó un gesto de perplejidad y se preguntó qué hacía aquello en sus manos. Dijo:

—¡Ah! Disculpe, no debería haberlo sacado. No voy a encenderlo. Mis manos se han movido a su antojo, sin yo darme cuenta.

El hombre subió y bajó el mentón sólo un centímetro, sin que su mirada se desviara ni un ápice. Toda su atención estaba puesta en los ojos de Ushikawa. Éste devolvió el cigarrillo a la cajetilla y la guardó en un cajón del escritorio.

El hombre alto, con el pelo recogido en una coleta, estaba de pie, en la entrada, rozando apenas el marco de la puerta y mirando a Ushikawa como quien contempla una simple mancha en la pared. «¡Qué tipos tan siniestros!», pensó Ushikawa. Pese a que era la tercera vez que se reunía con ellos, siempre le producían la misma intranquilidad.

El hombre bajo y de cabeza rapada, sentado frente al escritorio del exiguo despacho de Ushikawa, era el que hablaba. El de la coleta guardaba un profundo silencio. Sólo miraba a Ushikawa a la cara, completamente inmóvil, como los komainu[1] colocados a la entrada de los santuarios sintoístas.

—Han pasado tres semanas —dijo el de la cabeza rapada.

Ushikawa cogió un calendario de mesa y comprobó algo que había anotado en él.

—En efecto. Han pasado exactamente tres semanas desde la última vez que nos vimos.

—Y desde entonces no hemos tenido noticias de usted. Como le dije la vez anterior, la situación es apremiante. No hay tiempo que perder, señor Ushikawa.

—Lo sé —contestó Ushikawa, que, a falta de cigarrillo, daba vueltas a un mechero plateado entre los dedos—. No podemos entretenernos. Soy consciente de ello.

El rapado esperó a que Ushikawa continuara.

—Pero no quiero soltarles información a trompicones. Un poco por allí, otro poco por allá… Prefiero obtener primero una imagen de conjunto, conectar entre sí las piezas y alcanzar un punto desde el que vea el trasfondo de las cosas. Una información a medio cocer ocasionaría problemas innecesarios. Quizá le parezca caprichoso, pero es mi método de trabajo, señor Onda.

Onda, el de la cabeza rapada, lo observaba con frialdad. Ushikawa sabía que no le caía bien a ese hombre, pero no le importaba. Que él recordara, nunca había caído bien a nadie. Para él era moneda corriente, por así decirlo. Nunca había agradado a sus padres, y tampoco a sus hermanos, a sus profesores ni a sus compañeros. Ni siquiera a su mujer y a sus hijas. Si le hubiera caído bien a alguien, seguramente se habría preocupado, porque lo normal era lo contrario.

—Señor Ushikawa, deseamos respetar su manera de trabajar en la medida de lo posible. Y así lo hemos hecho hasta ahora, ¿no es cierto? Pero esta vez, por desgracia, no podemos esperar a que consiga usted toda la información.

—Tiene razón, señor Onda, pero imagino que no habrán estado esperando sin más a que yo me pusiera en contacto con ustedes —replicó Ushikawa—. Mientras yo indagaba, ustedes habrán tomado alguna que otra medida. ¿Me equivoco?

Onda no contestó. Sus labios permanecieron unidos formando una perfecta línea horizontal. Su rostro no se inmutó. Sin embargo, Ushikawa percibió que no se equivocaba. Durante esas tres semanas, probablemente se habían organizado y habían buscado el paradero de la joven por otras vías. Pese a todo, no habían obtenido ningún resultado, y por eso aquel par de tipos siniestros se había presentado otra vez ante él.

—Se suele decir que «la culebra, por pequeña que sea, conoce bien el camino de la serpiente» —dijo Ushikawa mostrando las palmas de las manos, como si desvelara un secreto apasionante—. No tengo nada que ocultarles: soy una culebra. Como habrán comprobado, no tengo buena apariencia, pero sí un olfato fino. Y soy un buen rastreador. Sin embargo, pese a ser una culebra, conozco bien mi trabajo, aunque lo hago a mi ritmo y a mi manera. Sé perfectamente que, en lo que nos ocupa, el tiempo es oro, pero les ruego que esperen un poco más. Si no tienen paciencia, quizás al final tengan que irse con las manos vacías.

Onda observó con calma cómo Ushikawa daba vueltas al mechero. Luego levantó un poco el rostro.

—¿No podría anticiparnos algo de lo que sabe? Yo le comprendo, pero nuestros superiores no admitirán que volvamos sin ningún resultado, por nimio que sea. Nos meteríamos en un aprieto. Además, señor Ushikawa, no creo que su situación sea precisamente muy tranquilizadora.

«Estos tipos también están entre la espada y la pared», se dijo Ushikawa. Los dos habían sido elegidos para trabajar como guardaespaldas del líder por su dominio de las artes marciales. Y el líder había sido asesinado delante de sus narices. No obstante, no había ninguna prueba fehaciente de ese asesinato. Un médico de la directiva de Vanguardia había inspeccionado el cadáver, sin encontrar ninguna herida externa. En las instalaciones médicas de la comunidad disponían de equipamiento muy poco sofisticado. Además, andaban escasos de tiempo. Para descubrir algo, habría sido necesaria una autopsia meticulosa practicada por forenses expertos. Sin embargo, era demasiado tarde: ya se habían deshecho del cadáver sin que la comunidad se enterara.

Aun así, al no haber podido proteger al líder, aquellos dos se hallaban en una posición delicada. Por el momento, les habían asignado la misión de encontrar a la joven desaparecida. Habían recibido la orden de no dejar piedra por mover para dar con ella, pero todavía no tenían ninguna pista. A pesar de ser buenos profesionales como guardaespaldas y vigilantes de seguridad, no estaban preparados para rastrear a alguien que se ha esfumado.

—Muy bien —dijo Ushikawa—, les contaré algo de lo que he averiguado hasta ahora. Algo, no todo.

Onda entornó los ojos.

—De acuerdo —asintió—. También nosotros nos hemos enterado de algunas cosas. Quizás usted ya las sepa, quizá no. Podemos compartir la información.

Ushikawa dejó el mechero y entrelazó los dedos sobre la mesa.

—Esa joven, Aomame, fue enviada a la suite del Hotel Okura y ayudó al líder a realizar estiramientos musculares. Era una noche de principios de septiembre y en el centro de la ciudad caía una fuerte tormenta con aguacero. Trabajó a solas con él en una habitación durante una hora y, cuando se retiró, dejó al líder durmiendo. Les pidió a ustedes que lo dejaran dormir en la misma postura unas dos horas. Ustedes la obedecieron. Sin embargo, el líder no dormía. Por entonces ya estaba muerto. No mostraba herida externa alguna. Todo apuntaba a un paro cardiaco. Pero, inmediatamente después, la chica desapareció. Poco antes había abandonado el piso en que vivía. En el piso no quedaba nada, estaba completamente vacío. El día anterior había presentado su dimisión en el gimnasio. Todo estaba planeado hasta el último detalle, así que no se trató de un mero accidente. No cabe duda de que Aomame mató al líder.

Onda asintió. Hasta ahí no tenía nada que objetar.

—Ustedes desean averiguar la verdad —dijo Ushikawa— y para ello tienen que atrapar a Aomame.

—Necesitamos estar seguros de que ella lo mató y, si fue así, por qué motivo y en qué circunstancias.

Ushikawa dirigió la mirada hacia sus diez dedos unidos sobre el escritorio. Tuvo la impresión de que los veía por primera vez. Después alzó la vista y miró a su interlocutor a la cara.

—Supongo que ya habrán investigado todo lo relacionado con los familiares de Aomame, ¿no? Todos ellos son miembros devotos de la Asociación de los Testigos. Sus padres aún participan activamente en las tareas de proselitismo. Tiene un hermano de treinta y cuatro años que trabaja en la sede de Odawara; está casado con una creyente fervorosa y tienen dos hijos. Aomame es la única de la familia que se ha distanciado de la Asociación. Para utilizar la expresión que ellos emplean, «ha apostatado» y, por consiguiente, rompió con su familia. Al parecer, no ha habido contacto alguno entre la familia y Aomame desde hace unos veinte años. Dudo mucho que le estén dando cobijo. Durante un tiempo se hospedó en casa de su tío, pero al empezar el instituto se independizó. ¡Asombroso! Es una mujer fuerte, no hay duda.

El rapado no dijo nada. Ya debía de estar al corriente de todo eso.

—No creo que la Asociación de los Testigos esté implicada en este asunto. Son conocidos por su incondicional pacifismo y por su defensa del principio de no resistencia. En tanto que comunidad religiosa, es imposible que haya atentado contra la vida del líder. Supongo que estarán de acuerdo.

—La Asociación de los Testigos no tiene nada que ver con este asunto —confirmó Onda—. Eso está claro. Hablé con su hermano, por si acaso. Sólo por si acaso. Pero no sabía nada.

—¿Por si acaso, le arrancaron las uñas? —preguntó Ushikawa.

Onda ignoró la pregunta.

—Vamos, no se ponga tan serio, hombre. Era una broma —prosiguió Ushikawa—. Una broma sin gracia, lo sé. Estoy seguro de que su hermano no sabía nada de ella ni de su paradero. Yo soy un hombre pacífico, nunca actúo de forma violenta, pero en este caso lo entendería. Como le decía, hace tiempo que Aomame cortó todos los vínculos con su familia y con la Asociación de los Testigos. Sin embargo, dudo que llevara a cabo sola un plan tan complicado. Fue un plan ingenioso, y ella actuó con frialdad, siguiendo pasos estudiados. Su desaparición parece un milagro. Sin duda necesitó la ayuda de alguien y dinero en abundancia. Por una u otra razón, quienquiera que esté detrás de Aomame deseaba matar al líder. Lo dispuso todo para conseguirlo. Imagino que en este punto estamos de acuerdo.

—Más o menos —dijo Onda.

—Sin embargo, no tengo ni la más remota idea de qué organización puede hallarse detrás de eso —confesó Ushikawa—. Habrán investigado ustedes a sus amistades, ¿no?

Onda asintió en silencio.

—Pero, ¡ojo!, no encontraron a ningún amigo digno de ese nombre, ¿verdad? —siguió Ushikawa—. No tiene amigos ni, al parecer, novio. Tampoco tenía trato con sus colegas del gimnasio fuera de las horas de trabajo. En resumen, no se relacionaba con nadie. ¿Cómo es posible, siendo una joven sana y bastante resultona?

Dicho esto, Ushikawa miró al hombre de la coleta, que seguía de pie junto a la puerta. Su postura y su gesto no habían cambiado. Sin duda su rostro era de por sí inexpresivo e inmutable. Ushikawa se preguntó si tendría nombre. No le hubiera sorprendido que no lo tuviera.

—Son ustedes los únicos que han visto a Aomame —dijo Ushikawa—. ¿Cómo era? ¿Les llamó la atención algún rasgo?

Onda negó con un movimiento de la cabeza y contestó:

—Como le dije, es joven y atractiva a su manera. Pero tampoco es una belleza que atraiga las miradas. Es tranquila y serena. Me dio la impresión de que sabía que era buena en su trabajo con los clientes del gimnasio. Por lo demás, no hubo nada que nos llamara especialmente la atención. La impresión que me dejó su apariencia es mínima. No consigo recordar los detalles de sus facciones. Hasta me resulta extraño…

Ushikawa volvió a dirigir la mirada hacia el de la coleta. Quizás éste quería decir algo, pero su boca no hizo amago de abrirse. Ushikawa miró entonces al rapado.

—Habrán examinado el registro de llamadas de Aomame de los últimos meses, ¿no?

—No, todavía no.

—Pues se lo recomiendo. Deberían hacerlo —dijo Ushikawa esbozando una sonrisa—. La gente suele hacer y recibir llamadas. El registro de llamadas revela cómo es y cómo vive una persona. Aomame no iba a ser una excepción. Acceder a un registro de llamadas no es fácil, pero tampoco imposible. Como ven, la culebra conoce el camino de la serpiente.

Onda aguardó en silencio a que prosiguiera.

—En su registro de llamadas descubrí algunos detalles interesantes. Aunque resulta sumamente extraño tratándose de una mujer, a Aomame no le gusta demasiado hablar por teléfono. El número de llamadas era escaso, y la duración, no demasiado larga; sólo en contadas ocasiones mantenía alguna conversación prolongada. Solía llamar al gimnasio, pero como también trabajaba por su cuenta, trataba directamente con sus clientes particulares. De esas llamadas también había muchas. Por lo que he visto, nada sospechoso. —Se tomó un respiro, observó desde varios ángulos el color que la nicotina había dejado en sus dedos y pensó en el cigarrillo. Mentalmente lo encendió y le dio una calada. Luego expulsó el humo—. Con todo, dos cosas me llamaron la atención. La primera es que telefoneó dos veces a la policía. Y no me refiero al 110,[2] sino al departamento de tráfico de la comisaría de Shinjuku, perteneciente a la Jefatura Superior de la Policía Metropolitana. También recibió alguna llamada de esa comisaría. Ella no conduce, y no creo que los agentes reciban clases particulares en un gimnasio de lujo, así que quizá tuviera a algún conocido en esa sección. No sé de quién se trata. La segunda cosa que me escamó es que mantuvo varias conversaciones largas con un número no identificado. Siempre la telefoneaban a ella. Aomame nunca llamó. Intenté localizar el número. Por supuesto, con ingenio, es posible rastrear esos números de teléfono amañados para ocultar la identidad del usuario. Pero, por más que indagué, no conseguí identificarlo. Alguien ha echado bien el cerrojo, algo, por lo general, imposible.

—Por lo que veo, ese alguien es capaz de hacer cosas fuera de lo común.

—En efecto. No hay duda de que se trata de un profesional.

—Otra serpiente —dijo Onda.

Ushikawa se pasó la palma de la mano por su coronilla deforme y sonrió entre dientes.

—Eso es. Una serpiente. Y dura de pelar.

—Al menos ya sabemos que, al parecer, detrás de todo eso hay un profesional que mueve los hilos —dijo Onda.

—Sí. Aomame pertenece a alguna organización. Y no se trata de un atajo de aficionados que actúa por diversión.

Onda entrecerró los párpados y observó a Ushikawa. Luego volvió la cabeza y cruzó una mirada con el de la coleta, de pie junto a la puerta. Éste asintió brevemente para indicarle que seguía la conversación. Onda miró de nuevo hacia Ushikawa.

—¿Entonces…? —preguntó Onda.

—Entonces —dijo Ushikawa—, ahora me toca a mí preguntar. ¿Tienen ustedes alguna pista? ¿Hay alguna organización, algún grupo que pueda haber querido liquidar a su líder?

Onda frunció sus largas cejas. En el arranque de la nariz se le formaron tres arrugas.

—Señor Ushikawa, reflexione un poco. Sólo somos una comunidad religiosa. Perseguimos la paz del alma y los valores espirituales. Vivimos en medio de la naturaleza y nos dedicamos a la agricultura y a la práctica ascética. ¿Quién podría vernos como enemigos? ¿Y en qué les beneficiaría el asesinato de nuestro líder?

Una sonrisa ambigua afloró en la comisura de los labios de Ushikawa.

—En todas partes hay fanáticos. Y nunca se sabe lo que puede pasarle por la mente a un fanático, ¿verdad?

—No tenemos ninguna pista —contestó Onda inexpresivo, ignorando la ironía que encerraba el comentario de Ushikawa.

—¿Podría ser Amanecer? ¿Y si algunos supervivientes del grupo merodearan todavía por ahí?

Onda volvió a negar rotundamente con la cabeza. Era imposible. Sin duda, para evitarse problemas, pensó Ushikawa, se habían «ocupado» de todos los que estaban involucrados con Amanecer. No debía de quedar ni rastro del grupo.

—¡Vaya! Así que ustedes tampoco han averiguado nada. Pero lo cierto es que una organización ha atentado contra la vida de su líder y lo ha eliminado. De manera hábil e ingeniosa. Y luego se han desvanecido en el aire, como humo. Eso es innegable.

—Tenemos que esclarecer la situación.

—Sin la ayuda de la policía.

Onda asintió antes de decir:

—El problema es nuestro, no de la justicia.

—Perfecto. El problema es suyo, no de la justicia. Está claro. Lo comprendo —dijo Ushikawa—. Hay algo más que me gustaría preguntarles.

—Adelante.

—¿Cuántas personas en la comunidad saben que el líder ha fallecido?

—Nosotros dos —contestó Onda—. Y dos subordinados míos, que nos ayudaron a trasladar el cadáver. Cinco miembros de la directiva también están enterados. En total, nueve personas. Todavía no se lo han dicho a las tres sacerdotisas, pero tarde o temprano se enterarán; ellas le servían y no podremos ocultárselo durante mucho tiempo. Por otra parte, claro, está usted, señor Ushikawa.

—Así pues, trece personas.

Onda no dijo nada.

Ushikawa soltó un hondo suspiro.

—¿Puedo serles franco?

—Por supuesto —dijo Onda.

—Ahora ya es demasiado tarde, pero, en mi opinión, tendrían que haber informado de todo en el instante en que supieron que el líder había muerto. Esa muerte debió hacerse pública. Es imposible ocultar algo así por mucho tiempo. Cuando más de diez personas conocen un secreto, éste deja de serlo. No me extrañaría que en breve eso les planteara muchos problemas.

El rapado no se alteró.

—Eso no es asunto mío. Yo no juzgo ni decido, sólo cumplo órdenes.

—Entonces, ¿a quién demonios le corresponde decidir y juzgar?

No hubo respuesta.

—¿A la persona que sustituye al líder?

Onda guardó silencio.

—Está bien —se resignó Ushikawa—. Siguiendo las instrucciones de sus superiores, se han desembarazado en secreto del cadáver del líder. En su organización, las órdenes de los superiores son irrevocables. Pero desde un punto de vista jurídico, se trata claramente de una inhumación ilegal. Un delito bastante grave. Imagino que ya lo saben, ¿no?

Onda asintió.

Ushikawa volvió a suspirar.

—Como les he dicho antes, si tienen que vérselas con la justicia, recuerden que yo no sé nada del fallecimiento del líder. No me haría ninguna gracia que me condenaran a…

—Usted no sabe nada de la muerte del líder. Simplemente ha sido contratado como investigador para averiguar el paradero de Aomame. No está infringiendo la ley.

—Perfecto. Yo no sé nada —dijo Ushikawa.

—Si por nosotros hubiera sido, no habríamos revelado ese asesinato a alguien como usted, ajeno a la comunidad, pero fue usted, señor Ushikawa, quien investigó si Aomame era digna de confianza para trabajar para el líder; usted ha estado implicado en este asunto desde el principio. Necesitamos su ayuda para encontrarla. Y tendrá que ser discreto.

—Saber guardar secretos es uno de los principios más básicos de mi profesión. No se preocupen. Mi boca está sellada.

—Si el secreto trascendiera y nos enteráramos de que lo ha difundido usted, podría ocurrirle una desgracia.

Ushikawa dirigió la mirada hacia el escritorio, observó sus diez dedos rollizos y, de nuevo, se sorprendió al descubrir que aquéllos eran sus propios dedos. Después irguió la cabeza y repitió:

—Una desgracia.

Onda entornó levemente los ojos.

—Pase lo que pase, tenemos que ocultar la muerte del líder. Y para ello no dudaremos en tomar las medidas que sean necesarias.

—Guardaré el secreto, pueden estar tranquilos —dijo Ushikawa—. Hasta ahora nuestra colaboración ha dado buenos frutos. Me han encargado tareas que ustedes no hubieran podido realizar abiertamente. A veces ha sido duro, pero me han pagado bien. Seré una tumba, se lo aseguro. Aunque no soy creyente, le estoy muy agradecido a su difunto líder, así que no pararé hasta encontrar a Aomame. Pondré todo de mi parte para averiguar lo ocurrido. Además, he empezado ya a indagar, y con éxito, así que tengan paciencia y esperen. Dentro de poco les ofreceré buenas noticias.

Onda cambió ligeramente de posición. El de la coleta, junto a la puerta, desplazó el punto de equilibrio de una pierna a la otra como en respuesta a su compañero.

—¿Eso es todo lo que ha podido averiguar hasta ahora? —preguntó Onda.

Ushikawa reflexionó.

—Como les he dicho —dijo—, Aomame telefoneó dos veces al departamento de tráfico de la comisaría de Shinjuku. También recibió alguna llamada desde ese departamento, todavía no sé de quién. Dado que era una comisaría, comprendí que si les preguntaba directamente no me dirían nada. Pero algo empezó a rondar por esta cabeza mía, tan poco agraciada ella: había algo que me sonaba, algo relacionado con ese departamento. Le di muchas vueltas. ¿Qué podía ser? Había algo prendido en un rincón de mi patética memoria. Me llevó bastante tiempo recordarlo. ¡Uno ya no es tan joven! Y con el paso de los años, los cajones de la memoria no abren tan bien. Y eso que antes me acordaba de todo al instante… El caso es que, hace una semana, por fin di con ello. —Ushikawa calló, esbozó una sonrisa teatral y se quedó mirando al rapado, que aguardó con paciencia a que continuara—. En el mes de agosto, una joven agente del departamento de tráfico de la comisaría de Shinjuku apareció estrangulada en un love hotel de la zona de Maruyama, en Shibuya. La encontraron desnuda y con unas esposas policiales puestas. Fue un escándalo, por supuesto. Además, las llamadas que Aomame mantuvo con alguien de ese departamento se realizaron unos meses antes de ese suceso. A partir de ese momento no hubo más llamadas. ¿Qué me dicen? ¿No les parecen demasiadas coincidencias?

Tras unos instantes de silencio, Onda habló:

—Es decir, que tal vez Aomame mantenía contacto con esa agente asesinada.

—La agente se llamaba Ayumi Nakano. Veintiséis años de edad. Una chica bastante guapa. Pertenecía a una familia de policías; su padre y su hermano también son agentes. Al parecer, ella pasó las pruebas de admisión en el cuerpo con muy buenas puntuaciones. Por supuesto, la policía está empleándose a fondo, pero aún no ha dado con el asesino. Espero que no les parezca mal lo que voy a preguntarles, pero ¿saben algo de este caso?

Onda clavó en Ushikawa una mirada dura y fría, como recién extraída de un glaciar.

—No entiendo lo que quiere decir —dijo—. ¿Acaso cree que hemos tenido algo que ver con eso, señor Ushikawa? ¿Que uno de los nuestros llevó a la agente a ese hotel de mala muerte, le puso unas esposas y la estranguló?

Ushikawa frunció los labios y negó con la cabeza.

—No, no. ¡De ningún modo! Ni se me había pasado por la cabeza. Sólo le pregunto si saben algo. Lo que sea. El más pequeño detalle podría serme de mucha utilidad. Por más que me devano los sesos, no consigo relacionar la muerte de la agente en el love hotel de Shibuya con el asesinato del líder.

Onda observó a Ushikawa durante unos instantes como si estuviera tomándole medidas. Luego liberó lentamente un suspiro contenido.

—Está bien. Hablaremos con nuestros superiores —dijo. Sacó un cuaderno e hizo en él algunas anotaciones—. Ayumi Nakano. Veintiséis años. Departamento de tráfico de la comisaría de Shinjuku. Posiblemente relacionada con Aomame.

—Eso es.

—¿Algo más?

—Me gustaría preguntarles otra cosa. Alguien de la comunidad debió de mencionar por primera vez el nombre de Aomame. Quizás alguien les dijo que en Tokio había una instructora deportiva experta en estiramientos musculares. Entonces, como usted mismo me ha recordado, yo me encargué de investigarla. No pretendo justificarme, pero lo hice con la minuciosidad y la entrega de siempre. Sin embargo, no encontré nada raro, nada fuera de lo común. Estaba limpia. Y ustedes la llamaron para que acudiera a la suite del Hotel Okura. El resto ya lo conocen. ¿Quién la recomendó?

—No lo sé.

—¿No lo sabe? —se sorprendió Ushikawa. Parecía un niño que no entendiera lo que acababan de decirle—. ¿Alguien propuso el nombre de Aomame en la comunidad pero ahora nadie recuerda quién fue? ¿Es eso lo que me quiere decir?

—Sí —respondió Onda sin inmutarse.

—¡Qué extraño! —dijo Ushikawa, perplejo.

Onda guardó silencio.

—No me lo explico. En un momento dado surge su nombre y el asunto avanza sin más. ¿Fue así?

—A decir verdad, fue el líder el que apoyó con más entusiasmo la idea de contratarla —dijo Onda midiendo cuidadosamente sus palabras—. Entre la directiva había quien opinaba que podría ser peligroso que una desconocida manipulara el cuerpo del líder. Nosotros, como escoltas, tampoco lo veíamos con buenos ojos. Pero a él no le importó. Al contrario, insistió en ello.

Ushikawa volvió a coger el mechero, abrió la tapa y lo encendió para probarlo. Lo cerró al momento.

—Creía que el líder era un hombre extremadamente prudente… —comentó.

—En efecto. Muy cuidadoso y prudente.

Se hizo un profundo silencio.

—Otra pregunta —dijo Ushikawa—. Esta vez, sobre Tengo Kawana. Mantenía una relación con una mujer casada mayor que él, Kyōko Yasuda. Una vez por semana, ella iba al piso de él y pasaban unas horas juntos. Bueno, Tengo es joven y, ya saben, esas cosas ocurren… El caso es que, de repente, un buen día, el marido llamó a Tengo para comunicarle que ella ya nunca volvería a visitarlo. Y tras decir eso, colgó.

Onda frunció el ceño.

—No entiendo adonde quiere llegar. ¿Acaso Tengo Kawana está relacionado con el asunto que nos ha traído aquí?

—Bueno, yo no diría tanto. Simplemente, esa cuestión me preocupa desde hace algún tiempo. Sea como sea, lo lógico habría sido que ella lo hubiera llamado al menos una última vez; era una relación bastante seria. No obstante, de pronto, Kyōko Yasuda desapareció. Sin dejar rastro. La verdad es que a mí me escama, y tal vez ustedes sepan algo al respecto.

—Yo, al menos, no tenía ninguna noticia de esa mujer —dijo Onda con voz monótona—. Kyōko Yasuda. Mantenía una relación con Tengo Kawana.

—Es una mujer casada diez años mayor que él.

Onda anotó los datos en el cuaderno.

—También informaremos de esto a nuestros superiores.

—Bien —dijo Ushikawa—. Por cierto, ¿se sabe algo del paradero de Eriko Fukada?

Onda alzó la cabeza y observó a Ushikawa como quien mira un marco torcido.

—¿Por qué íbamos nosotros a saber algo de Eriko Fukada?

—¿No les interesa saber dónde está?

Onda sacudió la cabeza.

—Adonde vaya o dónde esté no es asunto nuestro. Puede hacer lo que le venga en gana.

—¿Tampoco Tengo Kawana les interesa?

—No tiene nada que ver con nosotros.

—Pues durante algún tiempo sí parecían interesarles esos dos… —dijo Ushikawa.

Onda entornó los ojos.

—Ahora mismo, nuestro interés se centra en Aomame.

—¿Su interés cambia siempre de manera tan repentina?

Onda modificó ligeramente el ángulo de sus labios.

No hubo respuesta.

—Señor Onda, ¿ha leído usted La crisálida de aire, la novela que escribió Eriko Fukada?

—No. En la comunidad está prohibido leer cualquier libro ajeno a la doctrina. Ni siquiera se permite poseerlos.

—¿Ha oído hablar de la Little People?

—No —contestó Onda de inmediato.

—De acuerdo —dijo Ushikawa.

La conversación terminó allí. Onda se levantó lentamente de la silla y se ajustó el cuello de la chaqueta. El de la coleta se alejó de la pared y dio un paso hacia delante.

—Señor Ushikawa, como ya le he dicho, en este asunto el tiempo es un factor crucial —dijo Onda mirando a Ushikawa, que seguía sentado—. Tenemos que localizar a Aomame cuanto antes. Nosotros haremos todo lo que esté en nuestras manos, pero usted debe hacer lo mismo por su lado. Si no la encontramos, los tres podríamos vernos en un aprieto. Al fin y al cabo, es usted una de las pocas personas que conocen ese importante secreto.

—Los conocimientos importantes conllevan importantes responsabilidades.

—En efecto —dijo Onda en un tono desprovisto de la menor emoción.

Luego se dio la vuelta y salió sin mirar atrás. El de la coleta le imitó y cerró la puerta sin hacer ruido.

Una vez que los dos se retiraron, Ushikawa abrió un cajón del escritorio y apagó una grabadora. Levantó la tapa del aparato, extrajo la cinta y, con un bolígrafo, anotó la fecha y la hora en la etiqueta. En contraste con su desagradable apariencia, lo cierto era que tenía una bonita caligrafía. Después sacó la cajetilla de Seven Stars del cajón, se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió con el mechero. Le dio una honda calada y expulsó el humo hacia el techo. Y, con la cara alzada, permaneció un rato con los ojos cerrados. Cuando volvió a abrirlos, miró la hora en el reloj de pared. Las agujas marcaban las dos y media. «¡Qué tíos tan siniestros!», pensó de nuevo.

«Si no la encontramos, los tres podríamos vernos en un aprieto», había dicho el rapado.

Ushikawa había visitado la sede de Vanguardia en las montañas de Yamanashi en dos ocasiones y había visto el gigantesco incinerador instalado en medio del bosquecillo situado en la parte de atrás. Lo utilizaban para quemar basura y desperdicios, pero alcanzaba temperaturas tan elevadas que, si arrojaran en él un cadáver, no quedaría el menor rastro. De hecho, él sabía que se habían desembarazado de ese modo de varios cadáveres. A buen seguro, el del líder había sido uno de ellos. Ushikawa, claro está, no quería correr la misma suerte. Si tuviera que morir, preferiría una muerte un poco más tranquila.

Ushikawa, por supuesto, se había guardado algún dato para sí. Mostrar todas las cartas no era su estilo. Destapaba unas pocas, pero la mayoría las dejaba boca abajo. Además, siempre había que cubrirse las espaldas. Por ejemplo, grabando una conversación comprometida. Ushikawa conocía a la perfección las reglas del juego. Tenía más experiencia que unos jóvenes guardaespaldas.

Había averiguado la identidad de las personas a las que Aomame entrenaba personalmente. Sin escatimar esfuerzos y echando mano de ciertos conocimientos, se podía conseguir cualquier información. Sabía que daba clases a doce clientes particulares. Ocho mujeres y cuatro hombres, todos ellos de buena posición social y económica. Era poco verosímil que estuvieran dispuestos a echarle una mano a una asesina, pero curiosamente uno de ellos, una mujer de unos setenta años, poseía una casa de acogida para mujeres maltratadas. Recogía a esas mujeres que, tras verse obligadas a abandonar su hogar, se encontraban en una situación desfavorecida, y les daba alojamiento en un edificio de dos pisos colindante con la amplia mansión en la que ella vivía.

Una iniciativa respetable y en absoluto sospechosa. Pero, en un rincón lejano de la conciencia de Ushikawa, algo le daba patadas. Y cuando algo le daba patadas en un rincón lejano de la conciencia, Ushikawa intentaba averiguar qué era. Su olfato era casi tan agudo como el de un animal y había decidido confiar en su instinto; no en vano éste le había salvado la vida en varias ocasiones. Y su instinto le decía que, probablemente, «violencia» era la palabra clave. «La anciana está concienciada frente a algo violento y por eso protege a las víctimas».

Ushikawa había ido a ver la casa de acogida. El edificio, de madera, se erigía en un terreno en pendiente y de alto valor en el barrio de Azabu. Pese a ser un edificio viejo, era distinguido, elegante. Mirando entre las rejas de la cancela, divisó unos bonitos arriates frente a la entrada y un jardín cubierto de césped sobre el que un gran roble proyectaba su sombra. La puerta de la entrada tenía un pequeño vidrio traslúcido. En los últimos tiempos apenas construían casas como ésa.

No obstante, en contraste con la placidez que emanaba del edificio, las medidas de seguridad eran demasiado estrictas. Los muros eran altos, coronados por alambre de espino. Una recia cancela de hierro cerraba el recinto, y un pastor alemán ladraba furioso en cuanto alguien se acercaba. Vio también varias cámaras de vigilancia. Como por la calle pasaban pocos transeúntes, no había podido quedarse mucho tiempo; habría llamado la atención. Era una zona residencial apacible, con unas cuantas embajadas en los aledaños. Si un hombre de aspecto tan sospechoso como el de Ushikawa merodease largo rato por la zona, alguien habría acabado por fijarse en él.

Las medidas de protección se le antojaron excesivas, por más que se tratara de un refugio para mujeres maltratadas. «Debo averiguar todo lo relacionado con esta casa de acogida», pensó Ushikawa. «Por mucha vigilancia que haya, tengo que forzar la puerta. Al contrario, cuanta más vigilancia haya, más necesario será entrar. Debo idear un buen plan, devanarme los sesos…».

Luego recordó su conversación con Onda sobre la Little People.

«¿Ha oído hablar de la Little People?».

«No».

Había contestado demasiado rápido. Si no hubiera oído hablar jamás de eso, habría tardado unos instantes en contestar. «¿La Little People?». Primero habría dejado que esas palabras resonaran en su mente y luego habría dado una respuesta. Así habría reaccionado cualquiera.

Aquel hombre había oído antes las palabras «Little People». Tal vez ignorara qué era, pero, definitivamente, no era la primera vez que lo oía.

Ushikawa apagó el cigarrillo, que se había consumido. Tras abandonarse de nuevo a sus pensamientos, sacó otro cigarrillo y lo encendió. Hacía tiempo que había decidido no atormentarse por la posibilidad de contraer cáncer de pulmón. Necesitaba la ayuda de la nicotina para concentrarse. Dado lo poco que le importaba lo que pudiera ocurrirle en los próximos días, ¿por qué iba a preocuparse de cómo estaría su salud dentro de quince años?

Mientras se fumaba el tercer Seven Stars, Ushikawa tuvo una idea. «Quizás eso funcione», pensó.