Podríamos coger un vuelo hacia San Francisco —propuso Virginia Dare—. Me gusta bastante volar, sobre todo si es en primera clase y más todavía si pagas tú.
—Yo odio volar —farfulló Dee—. Además, eso supone dos problemas: la reserva del billete dejará tras nosotros una huella que cualquiera podría rastrear. El primer vuelo no sale hasta mañana por la mañana y recuerda que el trayecto hasta la Costa Oeste de Estados Unidos dura once horas. Perderíamos demasiado tiempo, lo que permitiría que los Inmemoriales organizaran un comité de bienvenida para mí en cuanto ponga un pie en tierra.
—¿Y utilizar un jet privado? Eres lo suficiente rico como para permitírtelo.
—Sí, tienes razón, pero el papeleo tomará horas y también dejaremos un rastro. No, sin duda mi idea es mucho mejor.
—Cuando dices mejor, ¿te refieres a peligrosa? —preguntó Virginia en voz baja.
—Eso nunca te había importado.
—Soy inmortal, pero no invencible. Pueden matarme… y a ti también —le recordó—. A medida que pasan los años aprecio más mi vida. No deseo ponerle punto final ahora.
La pareja, que pasaba desapercibida como cualquier otra pareja de turistas, permanecía a la sombra de un árbol, admirando la fachada iluminada de la Torre de Londres, cuyos muros de piedra color crema cobraban la tonalidad de la mantequilla bajo el cálido resplandor de las luces. Una lluvia espontánea había bañado la ciudad creando charcos que reflejaban el brillo de las luces. Incluso a aquellas altas horas de la noche había muchos turistas disfrutando del clima fresco y húmedo mientras gozaban del paisaje londinense a orillas del río Támesis. De vez en cuando se distinguían los flashes de cámaras fotográficas digitales.
—Parece que toda mi vida se haya centrado en el interior y los alrededores de esta torre —confesó Dee con tono nostálgico—. Le hice una visita a Walter Raleigh aquí justo antes de su ejecución, y cuando no era más que un niño mi padre me trajo a ver a los leones cuando acogía el zoológico real.
—Enternecedor —murmuró Dare—. ¿Quieres decirme de una vez por todas por qué estamos aquí?
Dee asintió con un movimiento un tanto brusco.
—Hay una entrada a un Mundo de Sombras en el interior.
—El Mundo de Sombras del Traidor —dedujo Dare—. He oído hablar de su reino —reconoció. Se estremeció y los hombros le temblaron compulsivamente durante unos segundos—. Corren rumores que aseguran que se trata de un lugar malvado.
Dee ignoró el comentario de Virginia.
—Creo que juntos somos lo bastante poderosos para activar la línea telúrica y adentrarnos en el reino. Una vez en el Mundo de Sombras, podemos saltar entre los distintos dominios para llegar a Norteamérica —anunció con una sonrisa que reflejaba un buen humor genuino.
—Si activas la puerta de la línea telúrica revelarás nuestra posición —advirtió Virginia.
—Es cierto, pero una vez dentro del Mundo de Sombras nadie sabrá hacia donde nos dirigimos.
Virginia Dare sacudió la cabeza y su larga cabellera se balanceó por su espalda.
—¿Puedo puntualizar un par de errores de mínima importancia que observo en este plan?
—¿Cómo por ejemplo?
—Supongamos que podemos deshacernos de los guardias de la Torre…
—Eso es fácil. Tú misma puedes hechizarlos con tu música para que se duerman.
—Y demos por hecho que logramos saltar a través de la puerta del Mundo de Sombras.
—Podemos hacerlo, sin duda —dijo Dee con plena confianza.
—¿Sabemos de quién es ese Mundo de Sombras?
El doctor negó con un movimiento de cabeza.
—Nadie lo sabe. Quizá pertenezca a un Inmemorial de poca monta, pero ya sabes que muchos de los Mundos de Sombras fronterizos con la Tierra están vacíos.
—Pero también sé que los Oscuros Inmemoriales han estado organizando a sus hermanos, especialmente a los que habitan en Mundos de Sombras más lejanos, para que se acerquen, puesto que Litha se avecina. Alguna criatura debe de haber instalado su residencia allí.
Dee abrió la boca para hacer un comentario, pero Virginia continuó.
—Pero supongamos que está vacío. En ese caso tendremos que cruzar otras líneas para visitar dos o incluso tres reinos más antes de llegar a un Mundo de Sombras que esté en contacto con las Américas.
—Así es.
—Y podríamos aparecer en cualquier parte del continente, desde Alaska hasta Florida, ¿verdad?
—Sí. En el peor de los casos estaremos a un par de horas de San Francisco.
—Entonces respóndeme: ¿por qué quieres regresar a San Francisco? Tengo entendido que el ejército de pesadillas de tu Inmemorial va a invadir la ciudad en cuestión de horas.
—El Libro de Abraham el Mago está en San Francisco. Lo necesito.
—¡Finalmente lo conseguiste! —exclamó Virginia Dare con un tono de satisfacción genuina—. Te ha llevado mucho tiempo —añadió sarcásticamente. Entonces se le cruzó una idea por la cabeza—. ¿Sigues teniendo tú el Libro? ¿No se lo has entregado a tus Inmemoriales?
—No. He decidido quedármelo.
—¡Quedártelo! —Virginia alzó la voz, lo cual provocó que algunos de los turistas nocturnos se giraran. Después, en un susurro ronco, preguntó—: ¿Para qué?
Dee sonrió de forma burlona.
—Tengo el propósito de utilizarlo para tomar el control de esta Tierra.
Virginia, completamente perpleja, parpadeó y, de forma inesperada, soltó una carcajada de alegría.
—Doctor, estás loco… y yo aún más por asociarme contigo. ¿Crees que tus maestros Inmemoriales te permitirán que te apoderes de la Tierra, su reino predilecto?
—No pienso darles otra opción —respondió Dee—. Les entregué toda una vida, de hecho, varias vidas, a su servicio. Y sin embargo, por unos pequeños e insignificantes fallos, están dispuestos a condenarme a una eternidad de sufrimiento. Me han declarado utlaga. Ahora mi lealtad me la debo sólo a mí, y a ti, por supuesto —añadió apresuradamente al percatarse de la expresión de asombro de su compañera—. Pienso arrebatarles el control de este planeta a los Inmemoriales, y asesinar a todos los humanos inmortales, Inmemoriales y de Última Generación que aún residan aquí. Después, sellaré todas las entradas de los Mundos de Sombras, aislando así este reino de todos los demás. Haré mío este planeta. Nuestro, si estás conmigo. Podemos gobernar juntos.
Virginia Dare se alejó prudencialmente del Mago y, de manera lenta y deliberada, lo recorrió de arriba abajo con la mirada.
—¿Qué estás mirando? —exigió él.
—A un tonto —respondió con tosquedad—. ¿Cómo esperas conseguir todo eso?
—Ayer vi un Arconte.
Virginia pestañeó; estaba impresionada.
—Nunca he visto ninguno. Pensé que no eran más que un mito.
—Vi a Cernunnos, el Dios Astado. Estuve tan cerca de él como lo estoy ahora de ti. El arconte engendró una forma de pensamiento, un ser creado, controlado y manipulado sólo con el poder de su imaginación. Su supremacía era increíble… y no olvides que Cernunnos es uno de los Arcontes menos poderosos.
Virginia empezó a sacudir la cabeza.
—¿Y eso qué tiene que ver con que te hagas con el control de este reino?
—Tengo las cuatro Espadas de Poder. Pretendo resucitar a Coatlicue, la Arconte por excelencia. Ella obedecerá mis órdenes.
Virginia Dare tomó aliento.
—John, esto es una locura —confesó—. Aunque realmente pudieras resucitar a la Arconte, ¿por qué crees que estaría dispuesta a servirte? ¿Qué puedes ofrecerle a cambio que pueda remotamente interesarle?
—Coatlicue detesta y desprecia a los Inmemoriales. Hace milenios, ellos la condenaron a una eternidad de sufrimiento. Supongo que querrá vengarse.
—La venganza nos corrompe a todos —murmuró Virginia—, pero aun así, no sé cómo…
La sonrisa del doctor John Dee era aterradora.
—Sé dónde se encuentra la entrada a Xibalbá aquí, en la Tierra. Si se une a mí, le facilitaré esa ubicación.
—Y cuando se adentre en Xibalbá… —musitó Virginia.
Dee asintió.
—Tendrá acceso a los innumerables Mundos de Sombras. A partir de entonces, podrá saquear y devastar todo lo que se encuentre por delante.
La risa de la inmortal era temblorosa.
—Siempre he admirado tus despiadados reflejos, John, pero esto es impresionante. Ni siquiera tú, con tus poderes, serás capaz de resucitar a una Arconte. Y menos todavía a la Madre de los Dioses. En cuanto ponga un pie en esta Tierra engullirá lo primero que vea y devastará el planeta.
Dee se encogió de hombros.
—Es cierto que voy a necesitar algo extraordinario, algo más que poderoso, para poder captar su atención y distraerla mientras la inmovilizo con hechizos.
Rozó las espadas que llevaba bajo el abrigo. La respuesta fluyó entre sus dedos y, de repente, la atmósfera se llenó del cítrico aroma de las naranjas. Su sonrisa se tornó salvaje.
—Le ofreceré un aura dorada pura.