FUNERAL DE ESTADO ATRAE A LÍDERES MUNDIALES
Millones de desconsolados ciudadanos ingleses y los líderes mundiales más importantes llegaron ayer a Wigan para rendir homenaje al presidente George Formby, fallecido hace dos semanas. El cortejo fúnebre completó un circuito alrededor de las Midlands con las calles flanqueadas de gente deseosa de dar su último adiós a) que ha sido presidente inglés durante los últimos treinta y nueve años. En el funeral, en la catedral de Wigan, el nuevo canciller, el señor Redmond van de Poste, dedicó elogiosas palabras a las contribuciones del gran hombre a la paz mundial. Después de que el Coro de Voces Masculinas de Lancashire cantara With My Little Stick of Blackpool Rock acompañado por doscientos ukeleles, el canciller invitó a la reina de Dinamarca a acompañarle en la interpretación a dúo de Your Way Is My Way, gesto que podría resolver los problemas entre nuestras respectivas naciones.
The Toad, 10 de agosto de 1988
—Por un momento no supimos cómo acabaría —dijo Landen, sentado en la cama del hospital, agarrándome la mano—. Por un momento creíamos que no lo superarías.
Le dediqué una amplia sonrisa. Había recuperado el conocimiento el día antes y cada movimiento me sentaba como si me clavasen una daga en la cabeza. Miré a mi alrededor. También estaban allí Joffy, Miles y Hamlet.
—Hola, chicos.
Me sonrieron y me dieron la bienvenida.
—¿Cuánto hace? —pregunté con un susurro.
—Dos semanas —dijo Landen—. La verdad es que creíamos…
Le apreté la mano con delicadeza y miré a mi alrededor. Land adivinó enseguida lo que tenía en mente.
—Está con su abuela.
Alcé la mano para tocarme la cabeza pero sólo pude palpar un buen vendaje. Landen me agarró la mano y la devolvió a la sábana.
—¿Qué…?
—Fuiste asombrosamente afortunada —dijo, tranquilizador—. Los médicos dicen que te recuperarás por completo. El calibre de la bala era muy pequeño y penetró oblicuamente en el cráneo; cuando lo atravesó había perdido casi toda la energía. —Se tocó la cabeza—. Quedó encajada entre tu cerebro y el interior del cráneo. Pero la verdad es que nos diste un buen susto.
—Cindy ha muerto, ¿verdad?
Respondió Joffy:
—Parecía que estaba mejorando pero tuvo septicemia.
—Se amaban de verdad, a pesar de sus diferencias, ¿sabéis?
—Era una asesina a sueldo, Thursday, una muy buena. No creo que pensase en la muerte como en otra cosa que un riesgo profesional.
Asentí. Tenía razón.
Landen se inclinó y me besó la nariz.
—¿Quién me disparó, Land?
—¿Te suena de algo el nombre de Norman Johnson?
—Sí —dije—. El Minotauro. Tenías razón. Llevaba toda la semana intentando matarme con recursos cómicos: la apisonadora, la piel de plátano, el piano. Fui tonta de no darme cuenta. Aunque, eso sí, una pistola tampoco es un artículo de broma, ¿verdad?
Landen sonrió.
—Junto con la bala, del cañón salió una enorme bandera que ponía «pum». La policía todavía intenta explicárselo.
Suspiré. El Minotauro ya habría desaparecido, pero tendría que seguir siendo cauta. Me volví hacia Landen. Quedaba una cosa por saber.
—¿Ganamos?
—Claro que sí. Te acercaste treinta centímetros más que O'Fathens. Han votado tu tiro como «el mejor momento deportivo del siglo». Al menos en Swindon.
—¿No estamos en guerra con Gales?
Landen negó con la cabeza y sonrió.
—Kaine está acabado, cariño mío… y la Goliath ha abandonado sus intentos de convertirse en religión. Es cierto que san Zvlkx actuaba de modo misterioso.
—¿Vas a contármelo o voy a tener que sacártelo a golpes? —le pregunté con una gran sonrisa.
Joffy desdobló la fotografía de san Zvlkx y el piano fatal de Cindy en Commercial, la que salía en la portada del Swindon Evening Globe que me había dado Yaya.
—La encontramos en el bolsillo de tu pantalón —dijo Miles.
—Y nos hizo pensar sobre a qué lugar concreto iba Zvlkx esa mañana, y por qué tenía un billete de gravetubo en el dormitorio —añadió Joffy—. Iba a minimizar sus pérdidas y a huir. Creo que ni siquiera Zvlkx, fuese quien fuese, creía que Swindon pudiera ganar la Superhoop. Papá siempre decía que el tiempo no es inmutable.
—No lo entiendo.
Miles se inclinó y volvió a enseñarme la fotografía.
—Murió intentando llegar a Cuentas Tudor Turf.
—¿Y? Es el local de apuestas más antiguo de Swindon.
—No… del mundo. Hicimos unas llamadas. Lleva abierto sin interrupción desde 1264.
Miré inquisitiva a Joffy.
—¿Qué pretendéis decir?
—Que el Libro de Revelaciones no era nada de eso. ¡Es un boleto de apuestas del siglo XIII!
—¿Un qué?
Se sacó del bolsillo las Revelaciones de Zvlkx y abrió el librito por la primera página. Había allí un recibo firmado por un cuarto de penique, que habíamos tomado por un impuesto de encuadernación o algo parecido. La suma situada junto a cada Revelación era en realidad la probabilidad en contra del cumplimiento de ese hecho, cada una firmada con la misma rúbrica de la primera página. Joffy pasó las páginas del pequeño libro.
—A la Revelación sobre la Armada Invencible se le asignó una probabilidad de seiscientos contra uno, a la victoria de Wellington en Waterloo de cuatrocientos veinte contra uno. —Pasó a la última página—. Al resultado del partido de cróquet, una probabilidad de ciento veinticuatro mil contra uno. Eran probabilidades generosas porque Zvlkx había apostado con siglos de antelación; es más, siglos antes de que alguien inventase el cróquet. No es sorprendente que el signatario de la apuesta se sintiese confiado en ofrecer esas probabilidades.
—Bien —dije—, no nos precipitemos. Ciento veinticuatro mil cuartos de penique sólo son… son…
—Ciento treinta libras —dijo Miles.
—Eso. Ciento treinta libras. La victoria de Nelson le reportaría, ¿cuánto? ¿Nueve libras?
Seguía sin comprenderlo.
—Thursday… es un totalizador. Cada apuesta o suceso que se cumple se multiplica por los aciertos anteriores… y cualquier profecía que no se cumpliese lo hubiese dejado todo en cero.
—Bien… ¿Cuánto valen las Revelaciones?
Joffy miró a Miles, quien miró a Landen, quien sonrió y miró a Joffy.
—Ciento veintiocho mil millones de libras.
—¡Pero Tudor Turf no podía tener tanto dinero!
—Claro que no —respondió Miles—, pero la empresa que financia a Tudor Turf estaría legalmente obligada a pagar cualquier apuesta aceptada. Y Tudor Turf es propiedad de Huchas de Wessex, que a su vez es propiedad de Cara Tú Pierdes, que es propiedad de la división de juegos de Alegría Consolidada, que es propiedad de…
—La Corporación Goliath —susurré.
—Exacto.
Un silencio de conmoción. Quería salir de la cama de un salto y reír, gritar y dar vueltas corriendo; pero para tal demostración, lo sabía bien, tendría que esperar a encontrarme mejor de salud. De momento, me limité a sonreír.
—Bien, ¿qué parte de la Goliath es ahora propiedad de los Amigos Idólatras de San Zvlkx?
—Bien —dijo Joffy—, en realidad no poseen nada. No sé si recuerdas que vendimos toda su sabiduría a la Toast Marketing Board. Ellos poseen ahora el cincuenta y ocho por ciento de Goliath. Les dijimos lo que queríamos y aceptaron de corazón. La Goliath ha abandonado sus planes de convertirse en religión y ha decidido apoyar a un partido político distinto. El acuerdo también incluye algo relativo a construir una nueva catedral. Ganamos, Thursday. ¡Ganamos!
Descubrí que la caída de Kaine había sido rápida y humillante. Sin el apoyo de la Goliath, y sin el ovinador, el Parlamento de pronto se planteó por qué había estado tan dispuesto a seguirle a ciegas, y aquellos que le habían ayudado se volvieron contra él con igual entusiasmo. En menos de una semana había comprendido lo que significaba ser humano. La vanidad, las maquinaciones y la conspiración que tan bien le habían servido cuando era ficticio habían perdido buena parte de su poder cuando hablaba con una lengua de verdad, y a los tres días de la Superhoop perdió el cargo. Ernst Stricknene, interrogado durante mucho tiempo por las llamadas a Cindy Stoker realizadas desde su despacho, decidió salvarse hasta donde fuera posible y habló largo y tendido sobre su antiguo jefe. Kaine se enfrentaba a la lista de cargos presentados jamás contra un cargo público en toda la historia de Inglaterra. Tanto, de hecho, que resulta más simple detallar de qué no se le acusaba, a saber: «trabajar como niñera sin licencia» y «usar la bocina del coche en zonas urbanas de noche». Si le declaraban culpable de todo, se enfrentaba a más de novecientos años de prisión.
—Casi siento pena por él —dijo Joffy, que perdonaba con bastante más facilidad que yo—. Pobre Yorrick.
—Sí —respondió Hamlet sarcástico—. Pobre.