CUARTA PARTE: La Evasión

LVIII La espera en el “Mellah” de Mequínez.

La treta de Colin Paturel era atrevida. La más peligrosa que haya sido imaginada y que se recordara de un evadido. Mientras los guardianes se lanzarían en su persecución por los caminos del norte y del oeste, los fugitivos permanecerían soterrados tres días, a unos pasos de sus sayones, en las entrañas del barrio judío. Y después partirían hacia el sur.

Una complicidad de minoría perseguida aproximaba a judíos y cristianos. El viejo Savary había creado aquel vínculo. Tranquilo en la sombra del «mellah» donde su yerno, «aquel muchacho encantador», Samuel Maimoran depositaba esmeraldas y rubíes con la punta de unas pinzas sobre su balanza de joyero. Savary, satisfecho en el pútrido interior de las prisiones Mazmorra o en el campamento de esclavos por donde pasaba, atareado y mañoso, había sabido hermanar intereses pecuniarios, ambiciones iguales y granjearse adhesiones indefectibles. Puso en relación a Piccinino el Veneciano con el padre de su yerno, aquel Maimoran, tan bien visto en la Corte, que Muley Ismael le consultaba a diario. Maimoran había sido el proveedor de todas sus expediciones guerreras. El Árabe, imprevisor por naturaleza, sometido a impulsos pasionales de generosidad, no podía subsistir sin los prestamistas y cambistas. La ciudad musulmana no hubiera sobrevivido sin la otra aglomeración arrimada a su costado, odiada como un tumor: el «mellan», el barrio judío, almacén inagotable de víveres y de dinero fresco, cuando el hambre y la ruina amenazaban al pueblo.

Y la gente se preguntaba sobre aquel misterio que, entre las mismas murallas, encerraba cigarras y hormigas. El Árabe sabía que el mundo era suyo. La conquista y el pillaje llenarían sus arcas cuando estuviesen vacías. El judío no tenía otras esperanzas que el ahorro, y el presentimiento de los días malos le impulsaba a prever, a prever siempre. A los primitivos informes comerciales del trueque practicados por los africanos, oponía él su conocimiento de las cotizaciones bursátiles y, haciendo incesantes viajes, se mantenía al corriente de las fluctuaciones comerciales del mundo entero. Existía entre aquellos dos mundos opuestos y soldados por la fuerza de la necesidad, una lucha intensa, un conflicto de poder, sordo, terrible e inevitable. El drama crecía. Un día iba a estallar. Los musulmanes, empuñando la cimitarra, invadirían el mellah. La fuerza del sable triunfaría sobre la del dinero… y todo volvería a empezar. No era prudente para un judío encontrarse al caer la noche en la ciudad árabe. Ni era conveniente tampoco para un musulmán rezagarse en el mellah.

Los siete cristianos refugiados allí, se sentían protegidos por las paredes estancas de varios siglos de odio y luchas feroces. Los judíos de Mequinez se hallaban en uno de aquellos momentos que tienen lugar una o dos veces por generación, en que el triunfo era de ellos al tener en sus manos las fortunas de la ciudad y tener también atrapado a Muley Ismael por los hilos entrelazados de diversas obligaciones. Llegaban a pensar que podían permitírselo todo, incluso cometer, con respecto al Rey, actos tan insensatos como el de cobijar a unos esclavos fugitivos —satisfacción interior de que gozaba el gran personaje Zacarías Maimoran, yendo a la Alcazaba y prosternándose ante el Sultán, espumeante de rabia, oyéndole hablar de Colin Paturel y los suyos, desaparecidos—. Pero había enviado a sus guardias por todas partes. Los traerían encadenados y perecerían entre atroces suplicios. Abrahán Maimoran acariciaba su larga barba y movía la cabeza:

—¡Harás bien, señor! Comprendo tu cólera.

Muley Ismael tenía una mirada penetrante y casi adivina, pero sabía que nunca penetraría los pensamientos de aquel judío que había hecho ya la fortuna de su padre Muley Archy. Era para él un tema de desasosiego, de cólera reprimida que se henchía en el fondo de su alma tumultuosa como un fermento de tragedia. «¡Algún día…!» se prometía él, vuelto hacia los muros cerrados del mellah ¡Algún día…!

En la morada de Samuel, el hijo de Zacarías, pasaron tres días lentos y pesados para los cautivos. La noche del segundo día, hubo un alboroto en la calle, galopadas y coces de caballos que chocaban contra la estrechez por las callejas. Raquel, la esposa de Samuel, subiéndose a mirar por la verja roja, murmuró en una jerga semifrancesa, semiárabe:

—Son dos guardias negros del Sultán. Van a casa de Jacob y de Aarón, los saladores de cabezas…

Los guardias habían venido a avisar a aquellos meticulosos artesanos para que preparasen sus toneles de salazón. El rey, en su cólera, ante la evasión de los cautivos había decapitado por su mano a más de veinte guardias. Sólo la fatiga le detuvo. Las cabezas serían expuestas en las esquinas de la ciudad, después de haber sido zambullidas en la sal por Jacob y Aarón o algún otro compañero. Tarea baja, que correspondía tan sólo a los judíos, y de aquí el nombre del barrio donde se efectuaba la impura salazón, ya que mellah proviene de la palabra «mehl», la sal.

Un vecino vino cuchicheando a traer noticias. Los soldados lanzados sobre el rastro de los fugitivos, no habían vuelto aún. Temblaban, sin duda, de regresar fracasados. Y según todas las apariencias, aún no se había difundido el rumor de la fuga de una esclava del harén ni del asesinato del Gran Eunuco. ¡Hasta dónde llegaría entonces su cólera…! Trabajo en perspectiva para Jacob y Aarón Leion. Angélica esperaba, sentada junto a unas judías atrayentes, adornadas como sagrarios con sus joyas de oro puro incrustadas de gemas y sus rasos verde-manzana, rojo, naranja o limón, sus velos rayados, entre los que sus ojos negros y tez ambarina tenían el mismo esplendor de riqueza. Al lado de los hombres, con aspecto de gatos flacos en sus negras levitas, ellas eran la brillantez, la opulencia, así como los hijos, maravillosamente bellos y finos, vestidos también de múltiples colores. Sara, la madre, Raquel, Rut, las hijas, Agar, la nuera, el pequeño Joas, Josué y la encantadora muñeca Abigael. Con Angélica, compartía las galletas de pan ázimo, el arroz con azafrán, el bacalao portugués y los pepinos salados. Pero pepinos y bacalao no pasaban. La atención de Angélica se concentraba en las exclamaciones de la calle, en el ruido rechinante de la carreta que traía las cabezas.

—¡Belek! ¡Belek! ¡Fissa![21]

Ni a los propios guardias les agradaba rezagarse en el mellah. Por fin, se alejaban. Volverían mañana con otras cabezas… Raquel posaba una mano tranquilizadora sobre la de Angélica y le sonreía. ¿Por qué aceptaban tales riesgos aquellos hombres y mujeres?, se pregunta ella entonces. Porque la espada suspendida sobre su cabeza lo estaba también sobre la de los «shoudi», judíos en árabe, sobre el gorro negro del apacible joyero, sobre la cabellera rizada de la pequeña Abigael dormida en las rodillas de su madre, los aros de oro de sus pendientes acariciando sus mejillas redondas de niñita de dos años.

—Todo marcha bien —decía Raquel.

Eran casi las únicas palabras que sabía en francés. Y cuando las decía, el fulgor alegre de su mirada y su fina sonrisa recordaban de pronto a Angélica que aquella mujer era la hija del viejo Savary. En realidad, no había tenido tiempo de llorar lo suficiente al viejo Savary. Se daba cuenta de que le seguían esperando. No podía imaginar que iba a verse en los caminos sin él, caminando a saltitos, infatigable, prodigando sus consejos y husmeando en el viento «el olor de los viajes felices».

—¡Maldito sea Muley Ismael! —exclamaba ella en árabe.

—¡Maldito! ¡Maldito cien veces Muley Ismael! —respondían las judías entre un murmullo de rezos.

A la segunda noche llegó el artesano Cavaillac acompañado de otro cautivo, un caballero de Malta, el señor de Méricourt. Contaron que todo Mequinez vivía como abrumado bajo el peso de la tormenta. Habían conocido al fin la revelación del escándalo inverosímil: ¡una cautiva se había evadido del harén del sultán! Y habían descubierto el cuerpo del Gran Eunuco asesinado. ¿Qué decía, qué hacía Muley Ismael?

Permanecía prostrado, con la frente sobre la tierra.

—No tenía yo más que dos amigos cercanos a mi corazón —repetía—: Osmán Ferradji y Colin el normando. ¡En un día los he perdido a los dos!

No hablaba de la mujer. Su pudor de árabe se oponía a ello. Pero nadie dudaba que el despertar de su dolor sería terrible. ¿Qué gestos, qué matanzas, podrían aliviar el desespero de su extraño corazón…?

—Hay que permanecer aquí un día más —dijo Colin Paturel. Los otros estaban sudorosos. No podían ya soportarlo, esperando horas y horas en el silencio del mellah. Muley Ismael acabaría por percibirles a través de los muros—. Un día nada más —repitió el normando con su voz apacible.

Y todos recobraron la calma. La fuerza del normando embrollaba los efluvios reveladores, de igual modo que la sangre fría del judío Maimoran, su excepcional dominio, neutralizaba el olfato del amo sanguinario. Los buscaba por los caminos del bled hacia Mazagrán y enviaba correos para prevenir a los jeques de los aduares, que si no le traían a los fugitivos, responderían ellos con su cabeza.

Angélica oyó después al rey de los cautivos hablar con el caballero de Malta, el señor de Méricourt. Este, de unos cincuenta años, se encargaría, después de la evasión de Colin Paturel, de continuar entre los cautivos la labor efectuada por el normando. Mantener el orden, dictar justicia, arreglar las diferencias.

—Puedes contar con fulano —decía Colin Paturel—, desconfía de ese otro. No dejes nunca que estén cerca cismáticos y católicos…

Luego, Cavaillac y el señor de Méricourt se marcharon, para volver al campamento de esclavos. Habían conseguido que les encargasen de una misión en el barrio judío, pero había que procurar no atraer sospechas con una ausencia prolongada. Prometieron venir a traer noticias, el día previsto para la partida de los fugitivos.

Transcurrió otro día. A la mañana siguiente, cuando Angélica estaba sola en la estancia de las mujeres, uno de sus futuros compañeros de evasión, el marqués de Kermoeur, vino con un cacharro a pedirle un poco del agua hirviendo del samovar.

Quería aprovechar aquellos ocios forzosos para afeitarse, cosa que no había podido hacer más que raras veces, y con trozos de vidrio de botella, durante sus seis años de cautiverio.

—¡Qué feliz sois, hija mía, no conociendo estas preocupaciones! —dijo rozándole la mejilla con un dedo—. ¡Dios mío, qué suave es vuestra piel!

Angélica le dijo que sostuviera su cacharro con las dos manos para no exponerse a escaldarse mientras ella vertía el agua. El noble bretón la miraba con interés.

—¡Qué delicia contemplar por fin una carita francesa tan linda! ¡Ah, encantadora compañera, siento mucho presentarme con este deplorable aspecto! Pero ¡paciencia! En cuanto estemos en París, voy a encargar que me confeccionen unos calzones «rhingrave» de raso rojo que obsesionan mis sueños de pobre cautivo.

Angelice se echó a reír.

—Hace mucho tiempo que no usan ya los elegantes los «rhingraves», caballero.

—¿Ah, sí? ¿Qué llevan entonces?

—El calzón ceñido un poco por encima de la rodilla y la casaca que baja hasta esa altura, con mucho vuelo.

—Explicadme esto —suplicó el Marqués, sentándose sobre el colchón de almohadones, junto a ella.

Ella le dio gustosa algunos detalles. Con una peluca, podría parecerse al duque de Lauzun. Un Lauzun ataviado con la camisa de los forzados y cuyo espinazo hubiese conocido a menudo los bastonazos de los chaouchs.

—Dadme vuestra mano, encanto —dijo él de pronto.

Angélica se la tendió y él la besó. Después miró a la joven con sorpresa.

—¡Pero vos habéis estado en la Corte, sin duda alguna! —exclamó—. Hay que estar acostumbrado a los besamanos de la Gran Galería para hacer este gesto con tanta soltura. Y hasta apostaría a que habéis sido presentada al Rey. ¿No es cierto?

—¡Qué importa eso, caballero!

—Misteriosa beldad, ¿cómo os llamáis? ¿Por qué extraño azar habéis caído en manos de estos piratas?

—¿Y vos, señor?

—¡Marqués…!

La voz de Colin Paturel les interrumpió. El gigante estaba en el umbral, escrutando la sombra con sus ojos azules, claridad incisiva bajo sus cejas tupidas.

Kermoeur respondió:

—Sí, Majestad.

Lo dijo sin ironía. Los cautivos habían tomado la costumbre de llamar así a quien durante varios años hizo reinar el orden en su mundo incoherente y feroz. Matizado de afecto en los que le admiraban y de cierto temor en los que le temían, el título les era familiar. Necesitaban sentirse mandados, sostenidos y ¡Dios sabe qué portavoz audaz había sido Colín Paturel para sus hermanos cautivos! Había conseguido para ellos un lazareto en donde los cirujanos curaban a los enfermos; mejores raciones de alimentos; vino, aguardiente y tabaco, y que descansaran en las cuatro fiestas cristianas… Y la venida de los Padres Redentoristas. Esta última iniciativa fue en parte un fracaso, pero abría la puerta a otras negociaciones.

El marqués de Kermoeur admiraba con sinceridad a Colin Paturel y sentía un placer singular en obedecerle porque era, a su juicio, un jefe inteligente, lo que no había encontrado en su propia carrera de oficial de la marina real. Teniente a los veintidós años, cuando fue capturado, había «servido» a las órdenes del rey de los cautivos como guardia de corps, porque aquel luchador racial manejaba la espada y la tizona como nadie en todo el presidio; y Colin había logrado que él pudiera llevar su espada sobre los harapos de esclavo. Al saber que su jefe emprendía por tercera vez una evasión, habíase unido a él. Colin el normando se iba, pues, con todo su Estado mayor. Vuelto hacia la otra sala, los llamó.

—¡Compañeros, venid aquí!

Los cautivos entraron y se colocaron ante él. Kermoeur se unió a ellos.

—Compañeros, mañana por la noche nos pondremos en camino. Os daré más tarde las últimas recomendaciones, pero antes hay algo que quisiera deciros. Seremos seis fugitivos, seis hombres… y una mujer. Esta mujer, es más bien un estorbo para nosotros, pero después de todo, bien merece que se le ayude a recobrar la libertad. Pero, atención: si queremos llegar a buen puerto, tenemos que hacer contacto de codos. Vamos forzosamente a conocer el hambre, la sed, la fatiga, el sol del desierto y el miedo. Que por lo menos no conozcamos el odio entre nosotros… Ese odio de los que se ven obligados a convivir y que sienten la misma codicia… Creo que me habréis comprendido… ¡Si no, estamos todos perdidos! Esta mujer que aquí veis —dijo, señalando con el dedo a Angélica—, no es para ninguno de nosotros, no pertenece a ninguno… Corre su suerte con el mismo título que nosotros, y eso es todo. A nuestros ojos, no es una mujer, sino un compañero. Al primero que intente hacerle la corte o le falte al respeto, le castigaré y ya sabéis cómo —dijo mostrando sus puños nudosos—. Y si reincide le juzgaremos con arreglo a nuestra ley y servirá de pasto a los buitres del bled…

«¡Qué bien habla y qué enérgico es!», pensaba Angélica. Había contemplado tantas veces a Colin Paturel desde la saetera, que le conocía mejor que él a ella. Érale familiar pero, viéndole de cerca, le ponía la carne de gallina y sentía miedo de las huellas del martirio marcadas en su carne, de los surcos negros y profundos de quemaduras en las piernas y brazos, de las heridas mal cicatrizadas de sus muñecas y tobillos roídos por los hierros y sobre todo, las más emocionantes que marcaban las palmas y el dorso de sus manos, desgarradas por los clavos de la Puerta Nueva. No tenía cuarenta años pero ya sus sienes estaban grises, único signo visible de debilidad en aquel temperamento roqueño.

—¿Estáis de acuerdo? —preguntó él después de haberles dejado un momento de reflexión.

—Estamos de acuerdo —respondieron a coro.

El marqués formuló, sin embargo, una restricción:

—Hasta que estemos en tierra cristiana.

—Eso ni qué decir tiene, condenado mozo —exclamó Colin, jovial, dándole una palmada en la espalda—. Después, cada cual para sí ¡y viva la libertad!, ¡todas las libertades! ¡Ah, amigos míos, vaya excursión que vamos a hacer!

—Yo, voy a comer para tres días —dijo Jean-Jean de París, con los ojos desorbitados.

Salieron confesándose lo que harían durante la primera hora cuando se encontrasen de nuevo al abrigo de las murallas portuguesas de Mazagrán o de las españolas, de Ceuta.

Colin Paturel se quedó en la estancia y se acercó a Angélica.

—¿Habéis oído lo que he dicho? ¿Estáis también de acuerdo?

—Ciertamente. Y os lo agradezco, señor Colin.

—No he hablado sólo por vos. Por nosotros también. Sería un desastre si la discordia aparece en una expedición como la nuestra. ¿Y quién tiene la manzana de la discordia desde que el mundo es mundo…? ¡La mujer! Como decía mi cura de Saint-Valéry-en-Caux: «La mujer es llama, el hombre estopa, viene el diablo y sopla». Yo no estaba de acuerdo en llevaros. Os hemos traído a causa del viejo Savary. Los judíos, ni por dinero, aceptaban el trato sin vos. Son difíciles para entregarse, pero cuando adoptan a alguien lo consideran como a uno de los suyos. El viejo Savary era así. Le habían adoptado como a uno de los suyos. Él quería a todo trance que os sacáramos del harén; y entonces hubo que cumplir su última voluntad… Y yo lo acepto. Le quería mucho al viejo Savary… Era un hombrecillo maravilloso, ¡ya lo creo! ¡Y cuántas cosas sabía…! ¡Cien y aun mil veces más que todos nosotros juntos! Bueno, os llevamos con nosotros. Pero debo pediros que os mantengáis en vuestro lugar. Sois una mujer y habéis vivido. Esto se ve en vuestra manera de estar con los hombres. Por eso no olvidéis que los mozos que nos acompañan, han estado casi privados de mujer durante años. No merece la pena recordarles demasiado pronto aquello de lo que han carecido. Quedaos en vuestro rincón y poneos vuestro velo sobre la cara a la manera de las moras. La moda no es tan tonta… ¿Comprendido?

Angélica estaba irritada. Aun comprendiendo que tenía razón en el fondo, el tono con que la ponía en guardia no le agradaba nada. ¿Se imaginaba él que le parecían sugestivos aquellos cristianos velludos, barbudos, pálidos y malolientes? ¡Ni por una fortuna los hubiera querido! Puesto que le pedían que guardase las distancias las guardaría muy gustosa.

Respondió un poco irónica:

—Sí, Majestad.

El normando entornó los ojos.

—No hay que llamarme así, pequeña. Ya he abandonado mi corona y la he cedido al caballero de Méricourt. En lo sucesivo soy Colin Paturel, nacido en Saint-Valéry-en-Caux. ¿Y vos, cómo os llamáis?

—Angélica.

Una sonrisa iluminó la cara hirsuta del jefe de los cautivos, y la miró con atención.

—¡Vaya…! Pues seguid siéndolo.

El caballero de Méricourt había vuelto.

—Creo que la hora es buena para vos —explicó—. Han señalado, azar o fantasía, unos esclavos fugitivos por el camino de Santa Cruz. Toda la atención está concentrada allí.

La mano de Colin Paturel se hundió en sus rubias greñas y una expresión de pánico crispó su ruda cara.

—Es que ahora me pregunto si debo… ¡Oh, caballero! Cuando pienso en todos esos pobres mozos que quedan en la esclavitud y a quienes abandono…

—No te reproches nada, hermano mío —dijo suavemente el caballero de Méricourt—, te ha llegado el tiempo de marcharte, si no sería la muerte la que te habría arrebatado a tus compañeros.

—Cuando esté en tierra cristiana —dijo Colin Paturel—, haré conocer tu suerte a los caballeros de Malta a fin de que intervengan para rescatarte.

—No, es inútil.

—¿Qué dices?

—No quiero marcharme de Mequinez. Soy fraile y sacerdote y sé que mi puesto está aquí, cautivo de los Infieles.

—Acabarás empalado.

—Tal vez. Pero en nuestra Orden nos enseñan que el martirio es la única muerte digna de un Caballero. Y ahora, adiós, adiós mi muy querido hermano…

—Adiós, señor Caballero.

Los dos hombres se abrazaron. Luego, el señor de Méricourt abrazó también a cada uno de los otros seis cautivos que iban a intentar la difícil aventura de la evasión. Los nombraba a media voz, por turno, como para grabar sus nombres en su corazón: Piccinino el Veneciano, Jean-Jean de París, Francisco el Arlesiano, marqués de Kermoeur, Caloens el Flamenco, Juan de Aróstegui, el vasco. Ante Angélica se inclinó en silencio.

Entonces, salieron todos a la oscura calleja.