32

Abandonaron el castillo dos días más tarde, con Hannah cabalgando junto a Taro, vestida de hombre y con un sombrero cónico de ala ancha. Debajo, llevaba el pelo oculto, recogido mediante un trozo de tela bien ajustado que le envolvía la cabeza. Se sentía rara, pero incluso Yanagihara había dicho que era un disfraz aceptable, siempre que no mirara a nadie a los ojos.

—Sigo sin acostumbrarme a esos extraños ojos azules —dijo el viejo, sonriendo—. Si bien ya no me asustan, porque no veo amenaza dentro de ellos.

—Entonces, ¿has dejado de creer definitivamente que Hannah haya venido a hacer estragos en nuestra nación? —dijo Taro, cariñosamente burlón.

—Aún no me puedo creer que creyerais eso —dijo Hannah.

Yanagihara se rio.

—Bueno, entonces no os conocía, y veros en una premonición fue bastante inquietante. Ahora sé que habéis venido con un propósito completamente distinto.

—¿Y cuál es? —dijo Taro al punto.

—Ah, no soy yo quien debe decirlo. Es algo que será revelado a su debido tiempo. Ahora será mejor que salgáis, si queréis alcanzar a los demás. Que los dioses os acompañen.

Los dioses parecían haber estado pendientes, pues solo tardaron seis días en dar alcance a la lenta caravana. Taro cabalgó directamente hasta el consejero jefe, que se mostró extremadamente aliviado al verlo.

—Mi señor, habéis vuelto. ¿Va todo bien?

—Sí, todo va bien. Hablaré con vos más tarde acerca de un asunto, pero de momento, contadme cómo progresan las cosas por aquí.

—Muy despacio, mi señor, ya que la señora Reiko ha insistido en parar con frecuencia para recuperarse de, bueno… los rigores del viaje. —El hombre se encogió de hombros—. En vuestra ausencia, he tenido que adaptarme a sus deseos.

Taro asintió.

—Por supuesto, pero de ahora en adelante no habrá más paradas no programadas. Si tiene alguna queja, yo hablaré con ella.

Hannah reparó en el gesto inflexible que tenía en el rostro, y por el bien de Reiko esperaba que no volviera a contrariarlo en el futuro. No sería sensato por su parte.

La comitiva había llegado al inicio del Oshu Kaido, la enorme carretera que unía el norte con la capital por el centro de la isla. Una vez en ella, avanzaron rápidamente, y llegaron a Edo en cuestión de diez días.

Hannah lo observaba todo desde debajo del ala de su sombrero, pero no se atrevía a mirar demasiado. Por lo tanto, solo percibió el ajetreo propio de una gran ciudad y el estruendo de un millar de voces que se entremezclaban con los ruidos de la urbe.

La caravana se abrió camino hasta una yikashi, o mansión grande, cercana al castillo del shogun.

—Esta es mi residencia en los dominios de mi señor —explicó Taro.

Por lo que Hannah pudo ver, se trataba de un imponente complejo de edificios. Era tan lujoso como el castillo de Shiroi, hasta en el más mínimo detalle, aunque el tipo de construcción era muy distinto. Aquí las casas estaban construidas con madera, con una especie de enlucido blanco que la recubría, y los edificios en su mayoría eran de una sola planta. No obstante, las viviendas parecían inmensas, repartidas por todas partes. Hannah no se despegaba de Taro, para no perderse.

—Estos son mis aposentos —dijo llevándola adentro, después de recorrer lo que se le antojaron miles de pasillos—. Por favor, quédate aquí en todo momento. Pondré guardias tanto en la puerta como en el jardín interior. Espero que no te sientas demasiado confinada.

—En absoluto, estoy muy contenta de estar aquí contigo.

Hannah lo decía de corazón. No se sentía como una prisionera en ningún sentido, a no ser que se considerara esclava de sus propios sentimientos, en cuyo caso estaba verdaderamente cautiva. Sin embargo, permanecer en su habitación, esperando a que regresara para pasar todas las noches con ella, no se podía considerar una penuria. Lo haría gustosa.

Habían transcurrido varios días cuando Hannah supo que Taro y su séquito habían ido por fin a ver al shogun. El exaltado mandatario los había tenido esperando días y días, indudablemente aún molesto por su aparente renuencia a venir. Finalmente se ablandó y se transformó, según Taro, en la personificación de la gentileza.

—Es un hombre muy astuto —añadió—. No hay que subestimarlo nunca. No me gustaría tenerlo por enemigo.

—No, por supuesto. Entonces, ¿obedecerás sus deseos y dejarás a tu hijo aquí, en Edo, cuando regreses al norte? —osó preguntar Hannah.

—No tengo alternativa. Mi castillo está lejos, el shogun no tiene otra forma de asegurarse de que no voy a portarme mal. Comprendo sus motivos. No es que vaya a hacer algo que lo perjudique, pero, claro, no puede sencillamente fiarse de mi palabra.

—¿Por qué no? En Inglaterra los señores juran lealtad a su rey. ¿Por qué no podéis hacer vosotros lo mismo?

—Lo hacemos, pero ¿en tu país no hay hombres que rompen su juramento?

—Supongo que sí, pero…

—Pues ahí lo tienes. El shogun no puede arriesgarse. O no está dispuesto a hacerlo. En cualquier caso, mi hijo tiene que quedarse y Reiko permanecerá también aquí, por el momento. Aunque Ichiro no será responsabilidad suya. He invitado a una tía mía, viuda, a que venga para hacerse cargo de él. Siempre he sido su favorito, así que ahora puedo confiar en ella para que el niño esté a salvo. Naturalmente, también yo viajaré hasta aquí con frecuencia para verlo. Ahora, hablemos de otra cosa, no quiero pensar en el hecho de que tengo que dejar aquí a Ichiro.

Hannah reparó en que no había dicho que fuera reacio a dejar a Reiko, pero le pareció mejor no hacer ningún comentario al respecto. No era asunto suyo.

—¿Te has aburrido? —le preguntó él—. ¿O has conseguido mantenerte ocupada durante mi ausencia?

—He estado bien, pero tengo que confesar que estoy deseando escapar de aquí. ¿No hay alguna forma de que podamos salir a dar un paseo? Es una lástima visitar una gran ciudad como Edo y no ver ni una pequeña parte.

Taro sopesó la cuestión un instante, con un gesto ceñudo en el rostro.

—Tal vez podamos hacer una pequeña excursión. Podría llevarte a ver un gran templo.

—Sí, por favor. ¿No será peligroso que salgamos juntos?

—Puedes volver a ponerte tu disfraz y no despegarte de mí en ningún momento.

—Entonces, me gustaría hacerlo. Gracias.

Cuando salieron de su mansión, algo más tarde, Hannah no era la única que iba de incógnito. Taro se había vestido de forma mucho menos ostentosa de lo habitual, para pasar por un comerciante o algo similar. Únicamente los seguían dos guardias, que se mantenían a una distancia prudente.

—Hago esto a menudo —le dijo Taro—. Un hombre puede aprender muchas más cosas cuando se mezcla con los demás a su propio nivel. La gente es más dada a hablar con un próspero comerciante que con un daimio. Consigo toda clase de información útil.

Edo era una ciudad grande y bulliciosa, y Hannah se alegraba de tener a Taro como guía. De haber estado ella sola, estaba segura de que habría acabado completamente perdida. Tampoco ayudaba que no tuviera la libertad de mirar a su alrededor para orientarse. Aunque echaba de vez en cuando alguna ojeada furtiva desde debajo del ala de su sombrero, no se atrevía a hacerlo con frecuencia, por si alguien descubría sus extraordinarios ojos. Por lo tanto, solo vislumbraba algunas casas aquí, templos allá y jardines de recreo, todo ello abarrotado de gente. La magnitud de aquello le recordaba un poco a Londres, donde había estado una vez, pero en todo lo demás, era como estar en otro mundo, exótico y excitante.

Se dirigieron al templo de Sensoji, entrando por un enorme portal, o mon, como lo llamó Taro, con pilares pintados de rojo a ambos lados. Una calle larga desembocaba en un segundo mon, algo más pequeño. Al otro lado de este podía verse el edificio principal del templo, así como una pagoda de cinco plantas.

—Este templo honra a la diosa Kannon —dijo Taro, cruzando él primero la puerta más pequeña. Ante ellos, se henchían nubes de humo procedentes de una urna situada debajo de un tejadillo. Hannah pudo oler la delicada fragancia del incienso en el aire.

—Baña tu cuerpo con un poco de ese humo —le indicó Taro—. Tiene poderes reconstituyentes —añadió, y le enseñó cómo hacerlo.

Había mucha más gente haciendo ese mismo gesto, atrayendo hacía sí mismos ráfagas de humo, agitando las manos.

—Ya no estoy enferma —protestó ella, pero siguió su ejemplo de todos modos, con la pasajera sensación de estar haciendo algo malo, dado que le parecía muy poco cristiano. Sin embargo, no le importaba, estaba contenta de haber tenido la ocasión de visitar ese lugar maravilloso.

El recinto del templo rebosaba de gente que pagaba para que le leyeran el porvenir, que rezaba o que simplemente se paseaba por allí. Ella mantenía la mirada en el suelo casi todo el tiempo, pero aun así veía lo suficiente como para quedarse admirada por la belleza de las antiguas construcciones. Prosiguieron escaleras arriba, hasta el salón principal. Taro dio varias palmadas antes de inclinarse en una reverencia frente al lugar en el que se decía que estaba guardada la estatua de la diosa.

—¿No lo sabes seguro? —preguntó Hannah con un susurro cuando él se lo dijo.

Taro se encogió de hombros.

—Es demasiado sagrada como para estar expuesta.

Hannah imitó sus actos, pero no rezó. Le habría parecido incorrecto rezar a su propio dios en ese entorno. Tampoco creyó que debiera rezarle a ningún otro dios o diosa, si es que en efecto existían, para que intercedieran por ella.

—Vamos a comer algo —sugirió Taro.

La condujo hacia el lateral del recinto del templo, donde había puestos en los que se vendía toda clase de comida apetitosa, atendiendo a los gustos más dispares. Compró yakitori, trocitos de pollo que bañaban en una salsa dulce y ensartaban luego en un palillo para asarlos a la parrilla. Encontraron un sitio para sentarse junto al templo.

—Es agradable poder salir a solas contigo —le dijo él con una sonrisa, ignorando a los dos guardias, que seguían vigilándolos discretamente.

—Me alegro de que me hayas traído. Es un lugar magnífico, exactamente lo que esperaba ver cuando vine a tu país.

Era emocionante salir por ahí con él. Podía fingir que eran una pareja normal, marido y mujer, incluso, que pasaban el día juntos. Mientras estaban allí sentados, en medio de un silencio cómplice, comiéndose su pollo, Hannah se maravilló de poder sentirse tan a gusto en compañía de Taro. Después de todo, era un hombre que se la había llevado en contra de su voluntad. Si bien nunca había hecho uso de la violencia con ella; todo lo que había hecho era tratarla con infinita paciencia. Y le había desvelado una parte de su ser que ella sospechaba que muy pocos veían. Tal vez fuera una bárbaro, a juicio de algunos, como Rydon, pero era un hombre tremendamente inteligente. Vivía su vida de acuerdo con las normas de su país y, por lo que Hannah había oído comentar, gobernaba su dominio con imparcialidad. Era un hombre al que podía admirar, distinto a los hombres que su propia familia había escogido para ella.

Pensó que la vida era extraña. Miró a Taro, que le sonrió, y una oleada de felicidad absoluta la inundó por dentro. Ojalá siempre pudiera ser así…

Un voz fuerte, discordante entre el suave murmullo de los japoneses que los rodeaban, se clavó en su burbuja de dicha y la hizo estallar de forma aplastante.

—¡Pero mirad esos pilares! Tengo que decir que el rojo es un color demasiado chillón para un lugar de culto, ¿no estáis de acuerdo? Es sorprendente, la verdad. Pero, claro, ¿qué se puede esperar de unos paganos?

—¿Paganos? Dejadme que os diga que son extremadamente civilizados…

Alzó la vista y vio a dos hombres que destacaban del grupo que los rodeaba, como pavos reales en un gallinero. Extranjeros, uno alto y rubio, el otro aún más alto, pero con el pelo más oscuro. Estaban creando cierta conmoción entre la gente, que parecía estar cuchicheando acerca de ellos. El que hablaba, cuya voz Hannah habría reconocido en cualquier circunstancia, no era otro que Rydon. Hannah ahogó un grito y se volvió, para esconder el rostro en el hombro de Taro.

—¡Oh, no! —dijo con un susurro entrecortado.

—¿Qué sucede? Ah, ya veo. —Hannah lo oyó adjurar por lo bajo—. ¿Ese es el hombre con el que estabas casada?

—Sí —replicó Hannah, cerrando los ojos para ahuyentar la imagen—. Sí, es él y otro hombre al que no conozco.

—Es Anjin-san, el inglés que tiene buena relación con el shogun. Ya lo había visto antes.

Taro guardó silencio por un momento, como si estuviera contemplando a los dos extranjeros; luego preguntó:

—¿Y qué pasa ahora?

Tenía la voz serena, pero se percibía en ella un poso metálico, como si quisiera mantener a raya su temperamento, aun costándole mucho.

—Tenemos que irnos inmediatamente —dijo Hannah, sin dilación; luego tomó aire—. Es decir…

Alzó los ojos y miró a Taro, quien ahora la observaba con un gesto extraño.

—No, tengo que ir con ellos, ¿no es así? —preguntó con un hilo de voz, tragándose el nudo que se le había formado en la garganta y amenazaba con asfixiarla.

Taro entornó los ojos.

—¿Es eso lo que quieres de verdad? Pensé que habías aceptado quedarte conmigo un poco más. Te conté lo de los barcos y prometí que te llevaría de regreso con tus compatriotas a tiempo para que pudieras zarpar con ellos. ¿Verlos te ha hecho cambiar de opinión?

Hannah siguió mirándolo a los ojos, tratando de leer su mente, mientras la suya estaba sumida en la confusión. ¿Deseaba él que se quedara? ¿Significaba ella algo para él? ¿Acaso importaba?

—No lo sé. Yo… debería ir, sabes que debería.

Era consciente de lo que se esperaba que hiciera, por supuesto, consciente de cuál era su obligación y, sin embargo, todo su ser se rebelaba en contra de lo que era correcto. No quería regresar. Era demasiado pronto. Quería quedarse con Taro, solo un poco más.

Su indecisión pareció mover a Taro a la acción. Sin mediar palabra, la puso de pie y, agarrándola fuertemente de la mano, la arrastró hacia la entrada del templo.

—No —dijo—. Retiro lo que he dicho. No tienes opción. Por el momento te retendré, tanto si quieres como si no.

Taro no sabía por qué estaba tan enfadado. Era consciente de que ese día llegaría y habría sido muy fácil abandonar a Hannah en medio de la muchedumbre para que pudiera reunirse con sus compatriotas. Nunca volvería a tener mejor ocasión para demostrar que el poderoso Taro Kumashiro la había hecho secuestrar. Habría sido su palabra con la de él.

Pero no pudo hacerlo.

La mera idea de imaginarla con ese capitán de pelo amarillo le revolvía el estómago. Ella le había dicho que no quería a ese hombre y que su matrimonio estaba acabado, pero ¿y si había cambiado de parecer? Ver a su exmarido después de pasar semanas prisionera, entre gente extraña, podía haberla hecho cambiar de perspectiva. Al fin y al cabo, no se podía decir que acabara de encajar en el castillo de Shiroi.

No, seguro que sentiría añoranza. Quizá no hasta el punto de empezar a considerar atractivo al hombre que la había menospreciado en el pasado. No obstante, que ese bruto apestoso pudiera ser del agrado de alguien era algo que escapaba a la compresión de Taro.

Cerró la mano con la que no tenía sujeta a Hannah con fuerza. Al darse cuenta de la presión que le estaba imprimiendo, la aligeró un poco, aunque ella no parecía notar nada.

¿Cómo había acabado metiéndose en semejante embrollo? ¿Por qué no podía dejarla marchar? Su mente no dejó de dar vueltas y más vueltas a todos estos interrogantes en el camino de regreso a su mansión. Sin embargo, no había respuesta, salvo por el hecho de que así era. Sea como fuere, estaba atrapado en sus tentáculos, tanto si eran reales como si no.

Tendría que considerar ese asunto un poco más, pero ahora mismo no podía pensar con claridad. Solamente quería a Hannah.

Ahora y en un futuro previsible.

Taro prácticamente la metió a la fuerza en la casa de Edo, a toda velocidad. Los dos guardias que los seguían tuvieron que correr para no perderlos. Una vez allí, la volvió a arrastrar a sus habitaciones y cerró la puerta con un golpe seco.

Sin aliento, Hannah se volvió hacia él, con la intención de decirle algo. No consiguió más que abrir la boca cuando él se abalanzó sobre ella, inmovilizándola con un abrazo avasallador, arrancándole ansiosamente la ropa masculina que llevaba puesta, así como la tela con la que se había recogido el pelo, hasta que estuvo medio desnuda y los rizos de su cabellera se desplegaron, envolviéndola por completo.

—Te deseo, Akai —le susurró con voz ronca—. No pienso devolverte, aún no.

—Pero yo…

—No, tú no puedes opinar nada.

No le dio oportunidad de decirle que se sentía profundamente agradecida, a pesar de la culpa que la corroía por dentro. Mientras él le hacía el amor con una urgencia casi desesperada, se sentía como si hubiera escapado por muy poco. Abandonarlo le habría provocado una angustia absoluta. Ella lo amaba, eso ahora lo sabía sin el menor resquicio de duda. Y a pesar de ser un amor condenado desde su inicio, aguantaría durante todo el tiempo que le fuera posible.