28

La carta era una señal de advertencia; en ella Mrs. Penniman advertía a Morris que el doctor había regresado más inexorable que nunca. La viuda podía haber reflexionado que Catherine le habría dado ya aquella noticia; pero sabemos que las reflexiones de Mrs. Penniman eran raramente justas; y, además, ella creía que no debía depender de los actos de Catherine. Tenía que cumplir con su deber, sin cuidarse de lo que hiciese su sobrina. Ya hemos dicho que el joven la trataba sin consideración, y como ilustración del hecho, añadiremos que no contestó a la carta. Tomó ampliamente nota de ella, y esperó, tranquilo y confiado, a recibir otra. «El estado de espíritu de mi hermano me hiela la sangre», había escrito Mrs. Penniman; y al parecer, después de aquella declaración no le quedaría nada que añadir. Sin embargo, escribió de nuevo, empleando una figura diferente: «El odio que siente por usted arde con cárdena llama, la llama que nunca muere. Pero no ilumina su futuro. Si dependiese de mi afecto, todos los años de su vida tendrían un eterno sol. No puedo arrancar nada a Catherine. Es tan reservada como su padre. Al parecer, espera casarse pronto y ha hecho ciertos preparativos en Europa: ha comprado ropas, zapatos, etc. Pero mi querido amigo: uno no puede casarse sólo con unos cuantos pares de zapatos, ¿verdad? Dígame lo que opina de esto. Tengo grandes deseos de verlo, y muchas cosas que decirle. Le echo mucho de menos; la casa parece vacía sin usted. ¿Qué nuevas hay por ahí? ¿Se ensanchan sus negocios? ¡Eso es una gran valentía de su parte! ¿Podría ir a su oficina, sólo unos tres minutos? ¿Me haría pasar por una cliente, no es así como se llaman? Diría que venía a comprar algo, algunas acciones, o algo relativo al ferrocarril. Dígame lo que piensa de este plan. Llevaré una bolsita, como si fuera una mujer del pueblo».

A pesar de la sugerencia de la bolsita, Morris, al parecer, no consideró bueno aquel plan, pues no animó a Mrs. Penniman a visitar su oficina, la cual le había descrito ya como un lugar muy difícil de encontrar. Pero como ella insistió en que tuviesen una entrevista, después de varios meses de coloquios íntimos —ella llamaba «entrevistas» a sus citas— él convino en que dieran juntos un paseo, y hasta tuvo la bondad de abandonar su oficina en las horas en que los negocios tenían más importancia. Para Morris no fue ninguna sorpresa el descubrir, cuando por fin se reunieron en una esquina, situada en una región de solares vacíos y calles si pavimentar —Mrs. Penniman fue vestida lo más parecido posible a «una mujer del pueblo»— que, a pesar de su urgencia, lo principal que ella tenía quedecirle era darle nuevas seguridades de su afecto. Sin embargo, el joven poseía ya una voluminosa colección de aquellas seguridades, y no habría merecido la pena venir a oírle decir a Mrs. Penniman que ella había hecho causa común con él. Morris, sin embargo, tenía también algo que decir. Pero el expresarlo no era fácil, y dicha dificultad irritaba al joven.

—Sí, ya sé que en él se combinan las propiedades del bloque de hielo y el carbón encendido —observó—. Catherine me lo la dicho ya claramente, y usted me lo ha repetido hasta la saciedad. No tiene por qué insistir sobre ello; yo estoy ya satisfecho. Él no nos dará un penique; yo lo considero eso como una prueba matemática.

Al llegar aquí, Mrs. Penniman tuvo una inspiración.

—¿No podría entablar una acción judicial contra él? —dijo, maravillándose de que no se le hubiese ocurrido antes aquel sencillo expediente.

—La voy a entablar contra usted —dijo Morris— si sigue haciéndome esas preguntas. Un hombre tiene que saber cuando está vencido —añadió al cabo de un momento—. ¡Tengo que renunciar a ella!

Mrs. Penniman recibió aquella declaración en silencio aunque el corazón le latió un poco. Estaba preparada para ella, pues se había acostumbrado a pensar que si Morris no lograba obtener el dinero de su hermano, no le convenía casarse con Catherine. El que «no le conviniese» era un modo muy vago de expresar; pero el natural efecto de Mrs. Penniman completaba la idea, que, aunque no había sido expresado con la crudeza con que Morris acababa de hacerlo, había sido implicada, durante las largas conversaciones, sostenidas mientras Morris se hallaba cómodamente sentado en los sillones del doctor, y la viuda había llegado a mirarle con una emoción que ella consideraba filosófica y luego a sentir por ella una secreta ternura. El hecho de que mantuviese en secreto aquella ternura, prueba que estaba avergonzada de ella; pero lograba hacer la vista gorda, diciéndose que, después de todo, era la protectora oficial del matrimonio de su sobrina. La lógica de la viuda no le habría valido de nada con el doctor. En primer lugar, Morris tenía que procurarse aquel dinero, y ella le ayudaría a ello. En segundo lugar, era evidente que no lo conseguiría, y era una lástima que se casase sin él; un joven que con tanta facilidad podía hallar cosas mejores. Después que su hermano le hubo hablado, a su regreso de Europa, la causa de Morris le pareció tan desesperada a Mrs. Penniman, que ella fijó su atención exclusivamente en la segunda parte de su argumento. Si Morris hubiera sido hijo suyo, indudablemente habría sacrificado a Catherine al superior concepto del futuro del joven; y el estar dispuesta a ello, tal como estaba el caso, era por lo tanto un grado más fino de devoción. Sin embargo, le cortaba el aliento ver que habían puesto tan bruscamente en su mano el cuchillo del sacrificio.

Morris anduvo un momento, y luego repitió ásperamente:

—¡Tengo que renunciar a ella!

—Creo que le comprendo —dijo suavemente Mrs. Penniman.

—Lo he dicho con claridad, con una claridad brutal.

El joven se hallaba avergonzado de sí, y su vergüenza le molestaba; y como era muy poco resistente a las molestias, se ponía maligno y cruel. Sentía deseos de insultar a alguien, y comenzó, cautamente —él era siempre cauto— por insultarse a sí mismo.

—¿No podría ir preparando el terreno? —preguntó.

—¿Preparar el terreno?

—Sí, preparar a Catherine, que se vaya haciendo a la idea.

Mrs. Penniman se detuvo y le miró solemnemente.

—Mi pobre Morris, ¿sabe usted cuánto le ama?

—No, no lo sé. No quiero saberlo. Siempre he tratado de ignorarlo; habría sido demasiado penoso.

—Va a sufrir mucho —dijo Mrs. Penniman.

—Usted tiene que consolarla. Si es usted tan buena amiga mía como pretende, lo logrará.

Mrs. Penniman movió la cabeza tristemente.

—Usted habla de que yo pretendo ser amiga suya; pero no puedo «pretender» que le odie. Yo no puedo hablarle bien de usted, y eso no la consolará de su pérdida.

—El doctor le ayudará. Le encantará la ruptura de nuestras relaciones; es hombre inteligente, e inventará algo para consolar a su hija.

—Inventará una nueva tortura —exclamó Mrs. Penniman—. ¡Que el Cielo libre a Catherine de los consuelos de su padre! Consistirían en decirle a todas horas: «ya te lo dije».

Morris se puso muy rojo.

—Si no la consuela mejor de lo que me consuela a mí, indudablemente no va a servirle de mucho. Es una necesidad muy desagradable, yo me doy cuenta de ello, y usted debería facilitarme las cosas.

—¡Seré su amiga siempre! —declaró Mrs. Penniman.

—¡Sea mi amiga ahora! —y Morris siguió andando.

Ella le siguió, casi temblando.

—¿Quiere que se lo diga yo? —preguntó.

—No, usted no puede decírselo, pero puede, puede… —Morris vaciló pensando en lo que Mrs. Penniman podía hacer—. Usted puede explicarle lo que ocurre. Que no me decido a interponerme entre ella y su padre, a darle el pretexto que espera con tanta ansia (¡qué espectáculo tan odioso!) para privarla de sus derechos.

Mrs. Penniman comprendió, con prontitud notable, el encanto de aquella fórmula.

—Eso es tan digno de usted… un sentimiento tan noble.

Morris blandió coléricamente su bastón.

—¡Maldición! —dijo con perversidad.

Sin embargo, Mrs. Penniman no se dejó acobardar.

—Puede resultar mejor de lo que usted cree. Catherine es, después de todo, muy peculiar. —Y pensó que era un deber suyo el asegurarle que, ocurriera lo que ocurriese, la muchacha no armaría ningún escándalo.

Prolongaron su paseo, y mientras tanto, Mrs. Penniman tomó a cargo suyo tantas cosas, que en conjunto formaban una carga considerable; como se imaginara, Morris se hallaba dispuesto a permitir que ella se encargase de todo. Pero no se dejó engañar un solo instante por los alegres desatinos de ella; sabía que sólo podría realizar una parte muy pequeña de lo que había prometido, y cuanto más le ofrecía, más necia la consideraba:

—¿Qué piensa hacer si no se casa con ella? —se aventuró a preguntar la viuda durante el curso de la conversación:

—Algo brillante —dijo Morris—. ¿No le gustaría que yo hiciese algo brillante?

La idea proporcionó un gran placer a Mrs. Penniman.

—Me sentiría defraudada si no lo hiciese.

—Tendré que hacerlo, para borrar esto. Este asunto no ha sido nada brillante.

Mrs. Penniman meditó un poco, tratando de descubrir algún medio de decir lo que era; pero no pudo dar con él y, para cubrir su fracaso, hizo una nueva pregunta:

—¿Se refiere a un nuevo matrimonio?

Morris saludó la pregunta con una reflexión que no por ser inaudible era menos impúdica. ¡Las mujeres son mucho más rudas que los hombres!

Y en voz alta, repuso:

—¡Nunca!

Mrs. Penniman se sintió decepcionada, y se alivió lanzando una sarcástica risita. Morris era, indudablemente, perverso:

—Yo renuncio a Catherine, no por otra mujer, sino por una carrera más brillante —anunció Morris.

Aquello era muy noble; pero Mrs. Penniman, que se daba cuenta de su error, sentía un vago rencor.

—¿No piensa venir a verla más? —preguntó con cierta aspereza.

—Oh, no, iré de nuevo; ¿pero qué utilidad hay en prolongar eso? He estado allí cuatro veces desde que Catherine volvió; y me ha sido muy penoso. No puedo seguir así indefinidamente; tampoco debe esperarlo ella. Una mujer no debe tener a un hombre dando vueltas tanto tiempo con esa incertidumbre —añadió.

—¡Pero usted no puede abandonarla así, sin decirle siquiera un último adiós! —le apremió su compañera, en cuya imaginación la idea de las últimas despedidas ocupaba un lugar sólo inferior en dignidad al de los primeros encuentros.