21

Dos días después, entre lluvia y fango, la comitiva continuaba su camino. Durante ese tiempo, Niall y Gillian intentaron mantener su falsa felicidad ante los demás, a pesar de los continuos tonteos de Diane. En varias ocasiones, Gillian deseó cogerla de su bonita cabellera y arrancarle los pelos uno a uno. Pero sabía que eso le causaría más mal que bien, y por ello se contuvo.

Todos se percataban de la situación tan incómoda que la boba de Diane ocasionaba entre los recién casados, pero callaban. Megan y Shelma, en la intimidad, habían comentado entre cuchicheos que si eso les ocurría alguna vez a ellas directamente rajarían en canal a la intrusa. Cris observaba como todos y no decía nada. Pensaba igual que las otras, y comprobó que Gillian apenas podía contenerse. Sólo había que ver con qué cara miraba a su hermana y resoplaba alejándose cuando ésta aparecía.

Durante el día, los recién casados intentaban cruzar sus caminos lo menos posible, aunque cuando lo hacían sonreían como tontos, e incluso, en ocasiones, se besaban ante todos. Eran besos que Niall exigía y que Gillian, a pesar de refunfuñar, disfrutaba. Cuando cenaban todos juntos, bromeaban y reían, pero por debajo de la mesa se propinaban continuas patadas.

Por las noches, cuando llegaba el momento de descansar y se metían en la tienda, Niall y Gillian se hacían la vida imposible, hasta que él salía a dormir al raso junto a sus hombres, o bien ella cogía su manta y se enrollaba con ella en un lateral de la tienda, lejos del jergón, la comodidad y la cercanía de su marido.

Durante aquellos días, los hombres de Niall, tras la charla que éste había tenido con ellos, intentaron acercarse lo menos posible a la mujer de su laird. Y ocurrió algo que la sorprendió: en un par de ocasiones aquellos toscos guerreros, al dirigirse a ella, la habían llamado milady. Eso la hizo sonreír.

Una de las noches, después de acampar y cenar todos juntos, Duncan y Megan decidieron dar un paseo por los alrededores, necesitaban un poco de intimidad. Gillian, ayudada por el joven Zac, llevó a las pequeñas Johanna y Amanda a la tienda para acostarlas, mientras Niall observaba a su mujer reír y besuquear a las niñas.

«Lo que daría yo porque me besuqueara así», pensó, mirándola con recelo. Pero levantándose de donde estaba, decidió ir con sus hombres. El trato con ellos le refrescaría la cabeza y calmaría la entrepierna, que estaba cada día más acalorada.

Después de besar a las pequeñas, Zac se marchó. Había visto salir a la guapa Diane de su carromato y corrió para hacerle compañía. Su juventud hacía que la siguiera como un cordero a todos lados.

—Tía Gillian, ¿es cierto que la tía Shelma una vez le dio un puñetazo al tío Lolach en la nariz?

Al recordar aquel momento, Gillian sonrió.

—Totalmente cierto. Pero no se lo recordéis a Lolach; estoy segura de que aún le duele.

Las niñas se carcajearon. Entonces, la pequeña Amanda preguntó:

—¿Y también es cierto que mamá, la tía Shelma y tú os escapasteis del tío Niall una noche y, al final, os encontró?

Sorprendida por las preguntas que las niñas le hacían, las miró y dijo:

—Pero ¿quién os cuenta esas cosas?

—Mamá —confesó Johanna—. Por las noches, cuando nos lleva a la cama, nos cuenta historias divertidas para que nos riamos.

—Desde luego vuestra madre… —murmuró Gillian. Pero al ver la cara de las niñas asintió, y dijo—: Sí…, es cierto. Una vez nos escapamos de vuestro tío Niall, pero no debimos hacerlo porque casi nos cuesta la vida. Y a propósito, si no queréis que se enfade, no se lo recordéis, ¿vale?

Las pequeñas asintieron, y Johanna cuchicheó:

—Cuéntanos tú algo. Hoy no está mamá y queremos nuestra historia.

—¿Y qué os cuento yo?

—A mí me gustaría que nos contaras cómo te sentiste la primera vez que viste al tío Niall. ¡Es tan guapo…!

—¡Ufff, cariño!, de eso hace mucho, y yo era muy pequeña —suspiró sin querer recordar aquellos tiempos.

Amanda, haciendo grandes esfuerzos por no dormirse, preguntó:

—¿Tenías ya una espada como la mía?

Divertida, Gillian sonrió, y tras besarla y pasarle la mano por los ojos para que los cerrara, le susurró:

—No, cariño, yo no tuve una espada tan maravillosa como la tuya hasta que no fui mayor, y me la regaló Mauled, uno de los abuelos de vuestra mamá. Ahora duerme.

La niña, acurrucándose junto a su amada espada, se quedó dormida con rapidez.

Johanna se resistió un poco más, pero Gillian, cantándole una canción que hablaba de bellas princesas y apuestos príncipes, consiguió que cerrara los ojos y que por fin se durmiera.

Una vez que comprobó que las pequeñas se habían quedado dormidas, salió de la tienda y, sumida en sus pensamientos, se encaminó hacia la suya, aunque antes pasó a visitar a sus caballos. La herida de la pata de Hada parecía haber mejorado y eso la hizo muy feliz.

—Buenas noches, milady.

Levantó la cabeza y se sorprendió al ver que quien la había saludado era el barbudo que días atrás le había servido de conejillo de Indias ante el resto de los hombres.

—Hola, Donald, buenas noches. ¿Estás de guardia?

Boquiabierto porque recordara su nombre, se paró y la miró.

—Sí, señora, esta noche me toca a mí. Podéis dormir tranquila.

Sorprendida por aquellas formas tan correctas sonrió, pero al verlo escupir arrugó la cara.

—¡Oh, Dios!, Donald, ¿cómo puedes hacer algo tan desagradable? —le dijo.

—¿El qué, milady?

—Pero a vosotros qué os pasa. ¿Dónde os han criado?

El highlander no sabía qué responder.

—Eso que acabas de hacer, el escupir, es algo feo, irritante y sucio, y a las mujeres nos da mucho asco.

—Yo no tengo mujer; no debo preocuparme.

«¡Oh, Dios!, es para darle con un tronco en la cabeza», pensó Gillian.

—Pero seguro que tienes alguna enamorada, ¿verdad?

—No, milady. Las mujeres no suelen mirarme, y si acaso me miran, es para huir.

Sin que pudiera evitarlo, ella asintió.

—¿Lo ves, Donald? ¿Cómo vas a pretender que una mujer te mire con agrado si haces esas guarrerías? Y si huyen de ti es por la pinta de oso apestoso que llevas.

—No intento gustar a las mujeres. Soy un guerrero. Gillian puso los ojos en blanco y suspiró.

—Vamos a ver, Donald, una cosa no quita la otra. Se puede ser un fiero guerrero y gustar a las mujeres.

Encogiéndose de hombros, él respondió:

—Milady, yo sólo quiero ser buen guerrero. El resto, no me importa.

—¿No te gustaría formar tu propia familia?

El hombre bajó la mirada y no contestó.

—¿De dónde eres? —continuó ella.

—Antes vivía en Wick.

—¿Y no tienes familia allí? Padres, hermanos…

—Tenía…, tenía mujer e hijo, pero murieron. —Aquella revelación tocó el corazón de Gillian—. Por eso me marché a luchar con vuestro marido a Irlanda, y ahora mi hogar es Duntulm. No quiero regresar a Wick; creo que los recuerdos me matarían.

Conmovida, Gillian se acercó más al hombre.

—Siento lo de tu familia —susurró—. Lo siento muchísimo, Donald. Yo no sabía…

—No se preocupe, milady; eso ocurrió hace tiempo.

Se quedaron un momento en silencio.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Gillian, al fin.

—Veintiocho.

Lo miró, incrédula y se llevó las manos a la cabeza.

—¡Por san Ninian!, sólo eres dos años mayor que yo y pareces mi abuelo.

Al ver el gesto del hombre se apresuró a decir:

—¡Oh, discúlpame, Donald! Soy una bocazas en ocasiones, y ésta ha sido una de ellas.

—No, no sois una bocazas, milady.

—Sí, Donald, sí lo soy. Pero a pesar de ser una bocazas, tengo que decirte que esas barbas, esos pelos enmarañados y tus toscos modales te hacen parecer mayor.

—Es lo que siempre he intentado —dijo el hombre con orgullo.

—Pero vamos a ver, Donald, ¿por qué todos os empeñáis en dejaros esas barbas y esos pelos? Parecéis un ejército de salvajes.

Eso hizo reír al hombre, que mirándola dijo:

—Milady, tras años de lucha, todos nosotros hemos sido heridos en batalla. Yo, particularmente, tengo una cicatriz que me cruza el cuello, y la barba la oculta, y como yo, hay muchos.

—Entonces, ¿me estás diciendo que dejándoos esas barbas y esos pelos ocultáis lo que vuestros años de lucha hicieron en vuestros rostros y cuerpo?

—Sí, milady. No es agradable que cuando uno va a un pueblo, la gente, en especial las mujeres, miren las cicatrices con asco.

«Por Dios, ¿dónde hay un tronco que se lo estampo?», se le ocurrió.

—¡Por todos los santos, Donald!, ¿no habéis pensado que quizá os miran así por la pinta que lleváis? Pero si parece que no os habéis metido en un lago desde el día en que vuestra madre os parió…

Eso le hizo sonreír. Tenía razón. No eran muy amigos del agua y el jabón.

Consciente de que era como hablar con un trozo de sebo, Gillian decidió darle las buenas noches y no insistir más. Por ello, tras besar a Hada y a Thor, se volvió hacia el guerrero y se despidió.

—Buenas noches, Donald, que tengas buena guardia.

Sólo había dado dos pasos cuando el hombre la llamó…

—Milady, ¿podría consultaros algo?

Asombrada, se volvió y lo miró.

—Tú dirás.

El hombre, tras tragar con dificultad, miró al suelo y murmuró:

—El caso, milady, es que hay una joven que sirve en el castillo de los McLeod llamada Rosemary a la que me gustaría cortejar, pero ella ni siquiera sabe que existo.

«¡Oh!, el trozo de sebo se ha deshecho», pensó con emoción Gillian, y boquiabierta por aquella confidencia se acercó a él.

—Normal, Donald. Te lo acabo de decir. Las mujeres nos fijamos mucho en esas cosas, y esas barbas, más la pinta de salvaje que llevas, no nos gustan nada. A las mujeres nos atraen los hombres limpios, educados y aseados.

—¿En serio? —preguntó, sorprendido.

—Totalmente en serio, Donald.

Viendo que él se quedaba pensativo, ella sonrió y le dijo:

—Haz una prueba, Donald. Rasúrate la barba para que ella vea tu cara; aséate y arréglate un poco ese pelo —dijo, señalándolo—. Si haces eso, quizá, y sólo digo quizá, ella se fije en ti. Tal vez te sorprendas al comprobar que, si le gustas, en lo que menos reparará será en la cicatriz de tu cuello.

Donald resopló. Aquello suponía demasiado trabajo.

—¿Rosemary es bonita? —insistió Gillian.

Fue mencionar aquel nombre de mujer y Donald se transformó, mostrándole que poseía una bonita sonrisa.

—¡Oh, sí!, milady. Es preciosa, y tiene una encantadora risita.

Satisfecha al ver que Donald sabía sonreír, le dio un par de palmadas en el hombro.

Entonces, Gillian se alejó, pero antes le advirtió:

—Yo ya te he indicado el camino. Ahora eres tú el que ha de decidir si quiere que la preciosa risita de Rosemary sea sólo para ti. Buenas noches, Donald.

—Buenas noches, milady.

La conversación con Donald la había puesto de buen humor y se dirigió contenta hacia su tienda. Al entrar, la encontró oscura y vacía. ¿Dónde estaba Niall? Con rapidez, encendió varias velas para iluminar el espacio y, se puso la camisola de dormir.

Sin esperar a que su marido regresara, se enrolló en un par de mantas, y el sueño pronto la venció.