Con su diminuta cartera de cuero en la mano, Richard Diver se alejó del distrito séptimo, en donde había dejado una nota para María Wallis firmada «Dicole», la palabra con la que Nicole y él habían firmado su correspondencia durante la primera época de su idilio, y fue a sus camiseros, cuyos empleados le trataron con una atención desproporcionada al dinero que gastó. Se sintió avergonzado de despertar tantas esperanzas en aquellos pobres ingleses sólo porque sus modales eran finos y tenía aspecto de poseer la clave de la seguridad, y se sintió avergonzado de pedir simplemente que le hicieran un mínimo arreglo en una camisa de seda. Después fue al bar del Crillon y se tomó un café y dos dedos de ginebra.
Al entrar en el hotel le había parecido anormal ver el vestíbulo tan iluminado, pero al salir comprendió que era porque ya había oscurecido afuera. Eran sólo las cuatro y parecía que fuera de noche. Hacía viento, y en los Campos Elíseos las hojas cantaban al caer, ligeras y salvajes. Dick torció hacia Rue de Rivoli y caminó dos manzanas bajo los soportales hasta su banco, en donde había correo para él. Luego tomó un taxi y subió por los Campos Elíseos cuando empezaban a caer las primeras gotas de lluvia, solo con su amor.
Rosemary le abrió la puerta llena de emociones de las que nadie más tenía idea. Era como una especie de «animalito salvaje». Habían pasado veinticuatro horas y seguía dispersa y absorta jugando con el caos; como si su destino fuera un rompecabezas, contaba los beneficios obtenidos y las esperanzas que tenía y separaba a Dick, a Nicole, a su madre y al director que había conocido el día anterior como las cuentas de un collar.
Cuando Dick llamó a la puerta, acababa de vestirse y estaba contemplando la lluvia y pensando en algún poema y en las cunetas inundadas en Beverly Hills. Al abrir la puerta, Dick se le apareció como un ser inmutable, una especie de dios como siempre había sido, rígido e imposible de moldear, como los jóvenes pueden ver a los mayores. Dick, por su parte, sintió un desencanto inevitable al verla. Tardó algo en responder a la incauta dulzura de su sonrisa, a su cuerpo calculado al milímetro para sugerir un capullo y garantizar una flor. Notó, a través de la puerta del cuarto de baño, las huellas que habían dejado sus pies mojados sobre una alfombrilla.
—Miss Televisión —dijo, con una alegría forzada. Puso los guantes y la cartera sobre el tocador y apoyó el bastón contra la pared. Su mentón se imponía sobre el rictus de dolor de su boca y lo trasladaba a la frente y a los rabillos de los ojos, como tratando de ocultar un miedo que no debía mostrarse en público.
—Ven y siéntate en mis rodillas —le dijo con dulzura—, para que pueda ver de cerca esa boca tan deliciosa.
Ella se acercó y se sentó en sus rodillas y, mientras afuera caían las últimas gotas de lluvia, le ofreció los labios a la imagen fría y hermosa que había creado.
La besó en la boca varias veces y su rostro se agrandaba cada vez que se le acercaba. Nunca había visto nada tan deslumbrante como la calidad de su piel, y como a veces la belleza nos devuelve imágenes de nuestros pensamientos más nobles, se puso a pensar en la responsabilidad que tenía para con Nicole y en la responsabilidad de que estuviera en ese momento a sólo dos puertas de distancia, al otro lado del corredor.
—Ha parado la lluvia —dijo Dick—. ¿No ves cómo se refleja el sol sobre las tejas de pizarra?
Rosemary se levantó e, inclinándose, le dijo la cosa más sincera que hasta entonces le había dicho:
—Qué buenos actores somos, tanto tú como yo.
Fue hacia el tocador, y en el momento preciso en que hundía el peine en el pelo, comenzaron a llamar a la puerta pausadamente pero con insistencia.
Se quedaron petrificados. Las llamadas se hicieron más insistentes y Rosemary, acordándose de pronto de que la puerta no estaba cerrada con llave, se peinó de cualquier manera, le hizo una seña a Dick, que alisó con un movimiento rápido las arrugas que habían hecho en la cama en el lugar donde habían estado sentados, y fue a abrir la puerta. Dick dijo con naturalidad y sin levantar demasiado la voz:
—… y si no te apetece salir, se lo diré a Nicole y podemos pasar la última tarde tranquilos.
Las precauciones fueron innecesarias, porque los individuos que había al otro lado de la puerta se encontraban en un estado de desolación tal que sólo se hubieran podido formar un juicio muy efímero sobre un asunto que no les afectaba. Uno de ellos era Abe, que parecía haber envejecido varios meses en las últimas veinticuatro horas, y el otro, un negro muy asustado y preocupado al que Abe presentó como el señor Peterson de Estocolmo.
—Se encuentra en una situación espantosa por mi culpa —dijo Abe—. Tenemos necesidad de que nos den un buen consejo.
—Venid a nuestra habitación —dijo Dick.
Abe insistió en que fuera también Rosemary y atravesaron el vestíbulo camino de la suite de los Diver. Jules Peterson, un hombre menudo y de aspecto respetable —parecía uno de esos negros pulidos que suministran fondos al partido republicano en los Estados fronterizos—, les siguió.
Al parecer, Peterson había sido testigo del altercado que había tenido lugar en Montparnasse a primeras horas de la mañana. Había acompañado a Abe a la comisaría de policía y respaldado su alegación de que un negro cuya identificación era uno de los elementos del caso le había arrebatado de las manos un billete de mil francos. Abe y Jules Peterson, acompañados de un policía, habían regresado al bistrot e identificado demasiado apresuradamente como autor del delito a un negro que, según se determinó al cabo de una hora, había entrado en el lugar después de que Abe se hubiera marchado. La policía había complicado aún más la situación al detener a Freeman, un negro muy prominente propietario de un restaurante, que había aparecido flotando entre los vapores del alcohol muy al principio y luego había desaparecido. El verdadero culpable, cuyo único delito, según habían declarado sus amigos, había consistido simplemente en apoderarse de un billete de cincuenta francos para pagar unas copas que Abe había pedido, no había reaparecido en la escena hasta poco tiempo antes y haciendo un papel más bien siniestro.
De modo que en el espacio de una hora Abe había logrado mezclarse en las vidas privadas, las conciencias y los sentimientos de un afroeuropeo y tres afroamericanos que habitaban en el barrio latino. No parecía de momento que se fuera a aclarar el enredo y la jornada había transcurrido entre rostros de negros desconocidos que surgían súbitamente en los lugares y rincones más inesperados y entre voces insistentes de negros al teléfono.
Personalmente, Abe había conseguido zafarse de todos ellos, salvo de Jules Peterson. Peterson se encontraba más bien en la situación del piel roja de buena voluntad que había prestado ayuda a un blanco. Los negros, que se sentían traicionados, más que a Abe al que perseguían era a Peterson, y éste buscaba ansiosamente toda la protección que Abe pudiera ofrecerle.
Allá en Estocolmo Peterson había fracasado como pequeño fabricante de betún y ya no poseía más que su fórmula y unas herramientas que cabían en una caja pequeña. Sin embargo, su nuevo protector le había prometido a primeras horas de la mañana que le iba a montar un negocio en Versalles. Un exchófer de Abe trabajaba allí de zapatero y Abe le había entregado a Peterson doscientos francos a cuenta.
Rosemary escuchaba con desagrado aquella sarta de disparates. Para poder apreciar lo grotesco que era todo hacía falta un sentido del humor más desarrollado del que ella tenía. El hombrecillo con su fábrica portátil y sus ojos insinceros que de vez en cuando giraban en sus órbitas en semicírculos de pánico, y el aspecto de Abe, la cara que sólo sus facciones finas impedían que apareciera totalmente desdibujada, le parecían tan remotos como una enfermedad. Lo único que pido es una oportunidad —decía Peterson, que hablaba con el acento preciso pero deformado propio de los países coloniales—. Mis métodos son sencillos y mi fórmula es tan buena que tuve que salir de Estocolmo arruinado porque me negué a dársela a nadie.
Dick hacía como que le escuchaba por cortesía, pero el interés se le había ido tan pronto como se le había despertado. Se volvió a Abe:
—Lo que tienes que hacer es irte a un hotel y dormir. En cuanto te hayas repuesto, irá a verte el señor Peterson.
—Pero ¿es que no te das cuenta del lío en que está metido Peterson? —protestó Abe.
—Esperaré en el vestíbulo —dijo el señor Peterson con delicadeza—. Supongo que resulta difícil hablar de mis problemas conmigo delante.
Tras una breve parodia de reverencia a la francesa, salió de la habitación. Abe se puso en pie con la pesadez de una locomotora.
—No parezco tener mucho éxito hoy.
—No sé si tendrás éxito o no, pero todo es muy inverosímil —le hizo saber Dick—. Mi consejo es que te vayas de este hotel, pasando antes por el bar, si quieres. Vete al Chambord o, si necesitas que te atiendan muy bien, al Majestic.
—¿No me podrías ofrecer una copa antes?
—No tenemos ni gota —mintió Dick.
Con aire resignado, Abe le dio la mano a Rosemary y tardó un largo rato en soltársela, mientras trataba de dominarse y comenzaba a decir frases que no llegaban a formarse.
Eres la más… una de las más…
A Rosemary le daba pena, pero también sentía cierta repugnancia, pues tenía muy sucias las manos. No obstante, se rió como una chica bien educada, como si para ella fuera lo más normal del mundo ver a un hombre que se movía como en un sueño muy lento. Muchas veces, los borrachos le inspiran a la gente un curioso respeto, algo parecido al respeto que les tienen a los locos los pueblos primitivos. Respeto más que temor. Hay algo que impresiona en una persona que ha perdido toda inhibición, que es capaz de hacer cualquier cosa. Naturalmente, luego le hacemos pagar ese momento de superioridad, esa impresión momentánea que nos causa. Abe se volvió a Dick para pedirle un último favor.
Si me voy ahora a un hotel y me baño y me froto bien frotado y duermo un rato y consigo librarme de estos senegaleses, ¿puedo venir luego aquí y pasarme la tarde junto a la chimenea?
Dick inclinó la cabeza, no tanto en señal de asentimiento como en son de burla, y le dijo:
—Veo que tienes una alta opinión de tu capacidad de recuperación.
—Si Nicole estuviera aquí, estoy seguro de que me dejaría volver.
—Está bien.
Dick abrió un cajón de una cómoda y sacó una caja que puso en la mesa central. Dentro había innumerables letras de cartón.
—Puedes venir si quieres jugar a los anagramas.
Abe miró el contenido de la caja con repugnancia, igual que si le hubieran dicho que tenía que comerse las letras como si fueran granos de avena.
—¿Qué es eso de los anagramas? ¿Es que no me han pasado ya bastantes…?
—Es un juego muy tranquilo. Se trata de formar palabras. Cualquier palabra menos alcohol.
—Seguro que alcohol también se puede —dijo Abe metiendo la mano en la caja—. ¿Puedo volver si sé cómo se escribe alcohol?
—Puedes volver si quieres jugar a los anagramas. Abe movió la cabeza con resignación.
—Si te pones en ese plan, ¡para qué voy a volver! No haría más que estorbar.
Apuntó con el dedo hacia Dick en son de reproche.
—Pero recuerda lo que dijo Jorge III. Que si Grant estaba borracho, esperaba que mordiera a los otros generales.
Tras lanzar una última mirada de impotencia a Rosemary con los rabillos dorados de sus ojos, Abe salió de la habitación. Observó con alivio que Peterson ya no estaba en el pasillo. Sintiéndose perdido y desamparado, fue a preguntarle a Paul el nombre de aquel barco.