Se enciende la mecha
Era la mañana del día siguiente.
La coronel Klebb estaba sentada ante el escritorio del espacioso despacho que constituía su cuartel general en el sótano de SMERSH. Era más una sala de operaciones que una oficina. Una pared estaba completamente tapada por un mapa del hemisferio occidental. La pared opuesta estaba cubierta por el hemisferio oriental. Detrás del escritorio y al alcance de su mano, un Telekrypton emitía ocasionalmente una señal de en clair, repetición de otra máquina que había en la sección de Criptografía, bajo los altos mástiles de radio colocados en el tejado del edificio. De vez en cuando, siempre que la coronel Klebb pensaba en ello, arrancaba la larga tira de papel y leía los mensajes. Se trataba de una formalidad. Si sucediera algo importante, sonaría su teléfono.
Todos los agentes que SMERSH tenía en el mundo eran controlados desde esta habitación, y se trataba de un control vigilante y férreo.
El pesado rostro tenía aspecto hosco y disipado. La piel de pollo de debajo de los ojos estaba abolsada, y en la esclerótica había venas rojas.
Uno de los tres teléfonos que tenía a su lado emitió un suave ronroneo. Ella levantó el receptor.
—Hágale pasar.
Se volvió hacia Kronsteen, que estaba sentado, limpiándose pensativamente los dientes con un sujetapapeles abierto, en un sillón colocado contra la pared de la izquierda, debajo de la punta sur de África.
—Granitsky.
Kronsteen volvió lentamente la cabeza y miró la puerta.
Red Grant entró y la cerró con suavidad tras de sí. Avanzó hasta el escritorio y se detuvo, posando unos ojos obedientes, casi ansiosos, en los de su oficial superior. Kronsteen pensó que tenía el aspecto de un poderoso mastín que aguarda su ración de comida.
Rosa Klebb lo miró de arriba abajo con frialdad.
—¿Está en forma y listo para trabajar?
—Sí, camarada coronel.
—Echémosle un vistazo. Quítese la ropa.
Red Grant no manifestó sorpresa alguna. Se quitó el abrigo y, tras buscar con los ojos algún sitio donde colocarlo, lo dejó caer al piso. Luego, con naturalidad, se quitó el resto de la ropa y los zapatos. El gran cuerpo moreno rojizo con su vello dorado iluminó la habitación gris amarillenta.
La postura de Grant era relajada, las manos sueltas a los lados y una rodilla ligeramente doblada, como si estuviera posando para una clase de pintura.
Rosa Klebb se levantó de su asiento y rodeó el escritorio. Estudió el cuerpo con detenimiento, pinchando aquí, tanteando allá, como si estuviera comprando un caballo. Continuó hasta quedar a espaldas del hombre y prosiguió su minuciosa inspección. Antes de que completara el círculo, Kronsteen la vio extraer algo del bolsillo y guardarlo dentro de la mano. Hubo un destello metálico.
La mujer volvió a situarse ante Grant y se detuvo muy cerca de su lustroso estómago, con el brazo derecho a la espalda. Lo miró directamente a los ojos.
De pronto, con una velocidad terrible y descargando todo el peso de su hombro en el golpe, lanzó la mano derecha cerrada hacia delante, cargada con un puño de bronce, para golpear exactamente el plexo solar de Grant.
—¡Ugh!
Grant dejó escapar un gruñido de sorpresa y dolor. Las piernas se le aflojaron apenas, y luego se enderezaron. Por un brevísimo instante, sus ojos se cerraron en agonía. Luego se abrieron y posaron una enrojecida mirada furiosa en los fríos ojos amarillos, penetrantes, que lo contemplaban desde detrás de los cuadrados cristales de las gafas. Aparte del inflamado enrojecimiento que le apareció en la piel por debajo del esternón, Grant no manifestó ningún efecto debido a aquel golpe, que habría hecho que cualquier hombre normal cayera al suelo retorciéndose de dolor.
Rosa Klebb sonrió con ferocidad. Volvió a deslizar el puño de bronce en el bolsillo, regresó a su escritorio y se sentó. Volvió la mirada hacia Kronsteen con un asomo de orgullo.
—Al menos está suficientemente en forma —comentó.
Kronsteen le contestó con un gruñido.
El hombre desnudo sonrió con tímida satisfacción. Levantó una mano y se frotó el estómago.
Rosa Klebb se recostó en el asiento y lo contempló pensativamente.
—Camarada Granitsky —dijo por fin—, hay un trabajo para usted. Se trata de una tarea importante. Más importante que cualquier cosa que haya intentado hasta ahora. Es una misión que le valdrá una medalla… —los ojos de Grant destellaron—, porque el objetivo es peligroso y difícil. Estará en un país extranjero, y solo. ¿Entendido?
—Sí, camarada coronel. —Grant estaba emocionado. Allí tenía la oportunidad para dar ese gran paso adelante. ¿Cuál sería la medalla? ¿La Orden de Lenin? Escuchó con atención.
—El objetivo es un espía inglés. ¿Le gustaría matar a un espía inglés?
—Muchísimo, de verdad, camarada coronel. —El entusiasmo de Grant era genuino. No pedía nada mejor que matar a un inglés. Tenía cuentas que arreglar con esos cabrones.
—Necesitará muchas semanas de entrenamiento y preparación. En esta misión operará usted con la cobertura de agente inglés. Sus modales y apariencia son rústicos. Tendrá que aprender al menos algunos de los trucos —la voz se volvió burlona—, de un chentleman. Será puesto en manos de cierto inglés que tenemos aquí. Un antiguo chentleman del Foreign Office en Londres.
Su tarea será hacerlo pasar por algún tipo de espía inglés. Emplean a muchos tipos de hombres diferentes. No debería ser difícil. Y tendrá que aprender muchas otras cosas. La operación se llevará a cabo a finales de agosto. Comenzará su entrenamiento de inmediato. Hay muchas cosas que hacer. Vuelva a vestirse y preséntese al ayudante de campo. ¿Entendido?
—Sí, camarada coronel. —Grant sabía que no debía hacer preguntas. Se puso la ropa, indiferente a la mirada que la mujer no apartaba de él, y avanzó hacia la puerta mientras se abotonaba la chaqueta. Entonces se volvió—. Gracias, camarada coronel.
Rosa Klebb estaba escribiendo sus notas sobre la entrevista. No respondió ni alzó los ojos, y Grant salió y cerró suavemente la puerta a sus espaldas.
La mujer arrojó el bolígrafo sobre la mesa y se echó hacia atrás.
—Y ahora, camarada Kronsteen, ¿hay algún punto que debamos discutir antes de poner toda la maquinaria en movimiento? Debo mencionar que el Presidium ha aprobado el objetivo y ratificado la orden de muerte. Hemos informado al camarada general Grubozaboyschikov de las líneas generales del plan trazado por usted. Él está de acuerdo. La ejecución detallada la han dejado completamente en mis manos. El personal combinado de Planificación y Operaciones ha sido seleccionado y está esperando para comenzar su trabajo. ¿Tiene alguna idea de última hora, camarada?
Kronsteen, sentado, miraba al techo con las puntas de los dedos entrelazadas. Era indiferente a la condescendencia que sonaba en la voz de la mujer. El pulso de la concentración latía en sus sienes.
—Este hombre, Granitsky, ¿es fiable? ¿Puede confiarse en él en un país extranjero? ¿No se volverá civil?
—Ha sido puesto a prueba durante casi diez años. Ha tenido muchas oportunidades de escapar. Se le ha observado en busca de signos que indicaran que tenía los pies inquietos. Nunca ha habido ni un asomo de sospecha. El hombre está en la misma situación que un drogadicto. No abandonaría la Unión Soviética más de lo que un adicto abandonaría su fuente de cocaína. Es mi mejor ejecutor. No existe ninguno que lo supere.
—¿Y la muchacha, Romanova? ¿Ha resultado satisfactoria?
—Es muy hermosa —dijo con resentimiento la mujer—. Servirá para nuestros propósitos. No es virgen, pero es gazmoña y no ha despertado sexualmente. Recibirá instrucción. Su inglés es excelente. Le he dado una cierta versión de su tarea y su objetivo. Se muestra cooperadora. Si manifestara signos de flaqueza, tengo las direcciones de algunos parientes, incluidos niños.
También conseguiré los nombres de amantes anteriores. En caso necesario, se le explicará que estas personas serán rehenes hasta que haya cumplido su misión. Tiene una naturaleza afectuosa.
Una insinuación así bastará. Pero no preveo ningún problema por su parte.
—Romanova. Es el apellido de una buivshi, de un miembro de las antiguas familias. Parece extraño estar usando a una Romanov para una tarea tan delicada.
—Sus abuelos eran parientes lejanos de la familia imperial. Pero ella no frecuenta los círculos buivshi. De todas formas, los abuelos de todos nosotros pertenecían a las antiguas familias. No hay nada que hacer al respecto.
—Nuestros abuelos no llevaban el apellido Romanov —respondió secamente Kronsteen—. En cualquier caso, mientras usted esté satisfecha… —Reflexionó durante un momento—. Y con respecto a ese hombre, Bond, ¿hemos descubierto su paradero?
—Sí. La red inglesa del MGB ha informado que se encuentra en Londres. Durante el día, acude al cuartel general de su organización. Durante la noche duerme en su apartamento, situado en un distrito de Londres llamado Chelsea.
—Eso está bien. Esperemos que continúe allí durante las próximas semanas. Significará que no se encuentra implicado en ninguna operación. Estará en disponibilidad de salir tras nuestro cebo cuando a los ingleses les llegue el husmillo. Entre tanto —los oscuros ojos meditativos de Kronsteen continuaban examinando un determinado punto del techo—, he estado estudiando la conveniencia de los diferentes centros del extranjero. Me he decidido por Estambul para el primer contacto. Allí tenemos un buen apparat. El servicio secreto británico tiene sólo un pequeño puesto. Los informes dicen que el jefe del puesto es un buen hombre. Lo liquidaremos. El centro está convenientemente situado para nosotros, y las distancias de comunicación con Bulgaria y el mar Negro son cortas. Se halla relativamente lejos de Londres. Estoy trabajando en los detalles del sitio del asesinato y los medios para atraer a Bond hasta él, después de que haya contactado con la muchacha. Será en Francia, o muy cerca de ese país. Tenemos una excelente influencia sobre la prensa francesa. Sacarán el máximo provecho de una historia como esta, con sus sensacionales revelaciones de sexo y espionaje. También queda por decidir cuándo entrará Granitsky en la escena. Esos son detalles menores. Debemos escoger a los cámaras y otros agentes y trasladarlos en secreto a Estambul. No debe haber apiñamiento de nuestro apparat en esa ciudad, nada de congestión ni de actividad inusual. Advertiremos a todos los departamentos que las comunicaciones por radio con Turquía deben mantenerse dentro de la más absoluta normalidad antes y durante la operación. No queremos que los interceptadores británicos se huelan algo. La sección de Criptografía ha concordado en que no hay ninguna objeción de seguridad a entregar la parte exterior de una máquina Spektor. Eso resultará atractivo. La máquina irá a parar a la sección de Aparatos Especiales. Ellos se encargarán de prepararla.
Kronsteen dejó de hablar. Su mirada bajó del techo con lentitud. Se puso de pie con aire pensativo. Dirigió la vista hacia los vigilantes, atentos ojos de la mujer.
—Ahora mismo no se me ocurre nada más, camarada —dijo—. Sobre la marcha irán surgiendo muchos detalles que habrá que solucionar en el momento. Pero creo que la operación puede comenzar sin riesgo.
—Estoy de acuerdo, camarada. El asunto puede avanzar a partir de ahora. Daré las directrices necesarias. —La dura voz autoritaria se suavizó—. Le agradezco mucho su cooperación.
Kronsteen bajó la cabeza un par de centímetros como acuse de recibo. Dio media vuelta y salió de la estancia sin hacer ruido.
En el silencio, el Telekrypton emitió un pitido de advertencia y comenzó su repiqueteo mecánico.
Rosa Klebb se removió en su silla y descolgó uno de los teléfonos. Marcó un número.
—Sala de Operaciones —respondió la voz de un hombre.
Los pálidos ojos de Rosa Klebb, que miraban al otro lado de la habitación, se fijaron en la forma rosada del mapa de la pared que representaba a Inglaterra. Sus labios se separaron.
—Coronel Klebb al habla. La konspiratsia contra el espía inglés Bond. La operación comenzará en el acto.