MELISSA Grenoble no tuvo idea de cuanto tiempo había permanecido de pie en la alta ventana con la frente pegada al frío cristal.
La aurora había bosquejado sus primeros trazos grises fantasmales en el cielo, cuando les vio llevarse el ataúd metálico dentro del cual yacía el cuerpo de Mack Tavernor. Fue sólo cuando el coche militar arrancó llevándose el féretro, que sus lágrimas comenzaron a fluir a torrentes por sus mejillas. Desde entonces, la joven había vuelto a vivir todos los momentos de su vida con él, multiplicándolos una y otra vez, soportando lo que parecían siglos de amargura y sufrimiento, y, con todo, el mundo exterior no había cambiado en nada. Seguía siendo el amanecer de un nuevo día. Una luminosa neblina plateada se extendía por el mundo, destrozando en cierta forma la perspectiva de manera tal, que los edificios de El Centro aparecían como unas extrañas siluetas medio recortadas y borrosas.
El cristal de la ventana parecía haberle succionado todo el calor de su cuerpo; se sentía incapaz de moverse de donde estaba. Una simple palabra reverberaba en el frío que le agarrotaba la mente. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿En qué había consistido la totalidad de la vida de Mack, la finalidad de su existencia?
Por debajo de su dolor moral, yacía una sombría sensación de perplejidad. Cuando se encontró por primera vez con Mack, Lissa había quedado impresionada por su potencia física y su arrogante autosuficiencia y, como la mayor parte de otras personas, repelida por su exagerada cautela en las complicaciones emocionales y la aparente determinación de apartarse de cualquiera a quien conociese. Pero ella había sentido a otro Mack Tavernor oculto, un hombre diferente, que miraba a cualquier aspecto de la vida con una compasión sin limites. Lissa había luchado por descubrir a ese otro hombre y había encontrado un nuevo nivel de satisfacción en la creciente esperanza que ella sentía en tal, la última forma de arte creativo. La última noche que pasaron juntos había sido toda la prueba que ella necesitaba.
Entonces, en aquel amanecer gris en que parecía que el tiempo se hubiese detenido, tenía que aceptar la idea de que Mack orientado hacia la muerte había ganado la última baza, que había surgido del bosque como un lobo sediento de sangre para ser matado a tiros en aquel bestial acto de asesinato. Gervaise le había mostrado la garganta mordida y desgarrada; pero así y todo Lissa recordaba la calma de Mack, sus ojos torturados y había sacudido la cabeza, instintivamente, huyendo a esconderse en su habitación.
A nivel intelectual, había otro factor, su conocimiento de la fantástica competencia de Mack. De haber venido durante la noche como un asesino habría logrado su objetivo, rápida, silenciosa y eficientemente. Pero ¿qué alternativa pudo tener? La respuesta le llegó como un murmullo que surgía de lo más intimo de su cuerpo, trémula, estremecedora, triste, persuasiva… ¿Le habría llegado la noticia de su compromiso matrimonial con Farrell, provocando que lo echara todo por la borda, incluso su instinto de supervivencia…? ¿Había Mack perdido su vida por amor a ella…? Si éste era el caso, no debería casarse con Gervaise, ni con ningún otro, nunca…
—¿Lissa? —la vocecita llegó suavemente tras ella.
Se volvió para ver a Bethia con sus ojos grises tan profundos llenos de lágrimas, recordando entonces que la chiquilla parecía haber sentido una singular afinidad con Mack.
—¿Qué ocurre, Bethia? —Lissa se arrodilló hasta situar su cara al nivel de la niña para echarse inmediatamente una en brazos de la otra.
—No llores, Lissa. Te oí llorar. No llores…
Lissa sintió como su autocontrol se, deslizaba conforme la presión emocional hacía presa en ella.
—Pienso que Mack vino a verme la pasada noche. Y me siento responsable… ¡Oh, Bethia, no puedo quedarme aquí por más tiempo!
—Pero… ¿a dónde irás?
—No sé…, tal vez a la Tierra. Tengo que marcharme lejos.
—¿Quiere decir eso que no vas a casarte con el coronel Farrell?
—Sí. Yo… Lissa sintió la rigidez del cuerpecito, de Bethia al echarse la niña hacia atrás.
—Mack estuvo en mi habitación la pasada noche.
—¡En tu habitación! —exclamó Lissa con un temor irrefrenable.
—Se escondió allí. Llevaba un cuchillo. Dijo que me golpearía si hacía cualquier ruido.
Súbitamente Bethia pareció más alta. Sus ojos miraban el vacío y su voz hablaba de forma inexorable.
—Llevaba un cuchillo. Me dijo que tenía que matar al coronel Farrell.