Cerca de un año antes de que don Gonzalo Urízar hiciera su visita al pueblo, se rumoreó que alguien había presenciado una comilona en que la pareja formada por la Bambina y el Mocho se lució descaradamente en la ciudad, festejando con los payasos. Un testigo dio fe de que se trataba de una relación conmovedoramente amorosa, la de esta pareja tan dispareja de cuculíes que no dejaban de arrullarse.
Por ese tiempo el Mocho y la Bambina llevaban doce años juntos, calcularon los entendidos. Arístides ya no era un aprendiz de señor Corales que pavoneaba su cuestionable autoridad juvenil en la pista, sino que había llegado a ser un auténtico empresario circense, tal como había sido una especie de empresario en la capilla de los frailes. Con más años y con más experiencia, ahora era él quien organizaba las giras del circo por los pueblos, los campos y los campamentos. Él encargaba los víveres, contrataba los camiones y despedía a los artistas traviesos. Vestido con su casaca púrpura, se instalaba dentro de ese cubículo semejante a un confesionario que era el quiosco donde recaudaba el dinero de las entradas, y sacaba las complicadas cuentas de cada estación.
La Bambina, exhausta por una serie de embarazos malogrados que la fueron silenciando y agriando, ya ejecutaba muy pocos números. Reservaba su energía, su remanente de voz siempre maliciosa aunque quebradiza, para el Bye bye Bambina, sin el cual —todos estaban de acuerdo— el circo perdería su personalidad. Y, claro, para las pruebas menos exigentes de la Araña Contorsionista, el número predilecto del Mocho: vestida con una malla de lentejuelas verdes, anudaba y desanudaba sus miembros, pese a su incipiente artritis, y sacaba la cabeza por entre sus piernas, bajo el trasero, y gateaba con los pies y las manos como una tarántula de significado siniestramente mitológico. Se desanudaba y volvía a anudarse de otra forma, doblando el tronco hacia atrás, y asomando la cabeza entre sus piernas, en el aire, se desplazaba equilibrándose en sus manos: un monstruo enigmático, fulgurante de amenazadoras centellas verdes. Repentinamente, se anudaba otra vez para convertirse en un ácaro gigante, abalanzándose contra el público con sus múltiples garras; pero justo antes de atacar, cuando el público retenía su respiración y se sentía el pasmo en el aire, saltaba desde el interior del enigma la presencia victoriosa de la Bambina: la multifacética artista, propietaria del circo, saludando a la platea con su cabeza inclinada y sus brazos abiertos para recibir la tempestad de aplausos. Luego, como una serpiente, plegaba su cuerpo con esmero, de modo que cupiera justo dentro del reducidísimo espacio de una caja. Llevándola en sus brazos, el señor Corales, triunfante entre las ovaciones del público, desaparecía a toda carrera detrás de la cortina listada de los artistas.
Al Mocho le daba un vuelco el corazón verla ejecutar esta prueba. Admiraba la proeza misma, pero también era como si temiera verla quedarse anudada para siempre, convertida en un lazo. La juerga con los payasos —no fue una juerga cualquiera— había sido en realidad una celebración, porque esa misma tarde la meica les había dicho que sí, que por fin, que ahora sí que habían transcurrido cuatro meses y esta vez el feto estaba seguro en la placenta. La artista, que en su euforia bebió demasiado vino, majadereaba para que la dejaran hacer allí mismo, ante los parroquianos, una Araña Contorsionista como homenaje al Mocho. No, no quiero verte convertida en garrapata: ese bicho híbrido, como si fueras dos personas trenzadas con múltiples extremidades. Como mi padre y mi madre, que en el mismo jergón donde yo dormía se abrazaban noche tras noche y me desvelaban con la incansable fantasía de su lujuria antes de que yo fuera capaz de comprenderla, convertidos en un solo ser jadeante de innumerables extremidades, resuelto, por fin, en una exhalación doble que se desplegaba en el codiciado sueño que yo nunca logré volver a conciliar, ni en el convento, ni con la Bambina: siempre velar, siempre vigilante, ocupado con el recuento de mis agravios, repasando la historia de mi abuela como parte de ese mismo nudo y de este mismo agravio. Cada abrazo de la Bambina, en vez de resolverse en la paz del sueño, se corta con el desastre de la sangre. Nada queda. Todo se disuelve. Los proyectos fracasan. La Bambina vela, y yo velo a su lado. El único consuelo que le queda a ella es ser una Araña de lentejuelas verdes en la pista y luego ser, para mí, la secreta Araña de carne en la cama, completando conmigo un solo organismo fantástico.
La noche de la fiesta, la Bambina, para darse un poco de largona, comió más de lo permitido por la tiránica dieta de contorsionista que templaba sus músculos y les daba brío a sus tendones. Estaba borracha, abrazada a mí en el centro del restaurante, pegajosa de lágrimas y colorete: déjame hacer la Araña ahora que la meica dijo que el feto se afirmó, te he obedecido a ti y a ella haciendo nada más que los entrenamientos fáciles para que nada le haga mal al niño, por eso te abrazo, mi amor, para que todos vean que nos queremos; déjame hacer la Araña para que toda la concurrencia sepa que te voy a dar este hijo; no me importa que otra artista realice mis números durante mi embarazo, quiero ser la Araña aquí, entre las mesas, dame esta prueba de confianza, déjame hacer mi número…
Ésta debe haber sido la escena de concordia presenciada por el testigo que echó a correr la especie; es seguro que después abandonó el local, porque no puede haber presenciado la secuela…
—No trajiste la malla para la Araña —dijo Arístides.
—¿No me crees capaz?
—Con o sin. Sin, no es tan vistoso… y la meica te advirtió que era peligroso que hicieras la Araña. Es una tontera, después de tanto que has penado para quedar esperando…
La Bambina se rió:
—No le hagas caso. Es una meica de campo no más, una ignorante que no sabe nada…
Irritado, amurrado, Arístides se fue al baño, donde se encerró por un rato. A su regreso encontró a los parroquianos arremolinados alrededor de la mesa: la Araña, en cuatro patas, hizo un movimiento brusco y quedó con el trasero enredado por patas que no eran patas, por brazos que no eran brazos, una figura estrambótica rematada por el chirimbolo de la cabeza. Arístides, furioso, le gritó un insulto: ella, vengativa, como una jaiba que se desplaza de lado, corrió hasta él le mordió la pantorrilla. Las mujeres gritaban. Los hombres se replegaron. La Araña, entre las patas de las sillas y las mesas y los pantalones de los hombres y las piernas de las mujeres, persiguió a una señora que se encaramó en un taburete, y corrió tan rápido detrás de otra con sus patas de cangrejo, que el público, volcando vasos y sillas, huía de este animal decorativo repentinamente transformado en amenaza, hasta que cedió como una viga con carcoma, desenrollándose lentamente en el suelo, tratando de ordenar sus músculos y tendones descolocados. De repente gritó, encogida, apretándose el vientre con las manos.
—Llévame… —alcanzó a murmurar antes de desvanecerse.
Tenía las medias ensangrentadas. Como enseguida se vio que no se trataba de algo que la meica pudiera solucionar, el Mocho la llevó a la posta de emergencias del hospital. Esto era distinto: ya le habían advertido que cualquier percance sería grave. Metieron inmediatamente a la Bambina en la sala de operaciones, donde permaneció más de cinco horas. Luego, al amanecer, la ingresaron en la Unidad de Tratamientos Intensivos: oscilaba entre la vida y la muerte según el médico, de modo que tuvo que permanecer en la Unidad diez días, inconsciente, sin permiso para que la visitaran.
Después la trasladaron a una cama de medio pensionado y la conectaron con máquinas que la ayudaban a respirar, con bolsitas de plasma, de medicinas, de suero, que pendían de armazones sobre su cabecera. Las débiles burbujitas demostraban que todavía le quedaba algo de aliento en el pecho.
Fue tan prolongada su recuperación, tan incierta, durante tantas semanas estuvo rozando la línea que la separaba de la muerte, que a Arístides no le quedó otra existencia posible que pasearse por los corredores interpelando a las monjitas, o a cualquier médico o interno que pudiera darle un minuto de su tiempo. Alarmado porque no comprendía el vocabulario de las explicaciones, y rabioso porque no lo dejaban entrar a verla, desesperaba por interrogarla… cómo se sentía… qué podía hacer él para sobrevivir y pagar tanta cuenta. Y sobre todo se preguntaba a sí mismo, al verla postrada, si iba a poder o no vivir sin ella…
¿Qué harías con el circo en tus manos si yo me enfermara?, a menudo lo enjuiciaba la Bambina cuando, en el colmo de su ajetreo, las cosas no estaban dispuestas como ella exigía: no serías capaz ni de mover el meñique; si yo me enfermo, todos nos moriremos de hambre.
Al principio, el Mocho tuvo la esperanza de que, contra todos los augurios y aun sin la Bambina, el circo, que contaba con un modesto renombre en el circuito con que se conformaban, iba a poder continuar ofreciendo sus funciones. Era cuestión de contratar nuevos artistas para ocupar los lugares vacíos que se produjeron con la enfermedad de la versátil propietaria, pues la mayor parte del personal desertó: al fin y al cabo, necesitaban comer. Pero los artistas desconocidos nunca daban buenos resultados, por borrachos, por ineficaces, por envidiosos, por ladrones. Logró convencer al Tony Zanahoria de que hiciera, además de su papel acostumbrado, el de trapecista, y a la ayudante de trapecista la promovió a ilusionista. Pero en la cuarta función el Tony Zanahoria, que no era experto, cayó mal del trapecio y se luxó el fémur, y anduvo enyesado cerca de cuatro semanas. Y ni los niños más chicos le creían a la improvisada ilusionista. En fin, cuando una cosa anda mal, todas se estropean, y la carpa se rajó de arriba hasta abajo con una inesperada tempestad de granizo. Nadie estaba dispuesto a darle crédito a Arístides, que no era el dueño del circo, y su firma, legalmente hablando, no estaba avalada por ningún bien. Ni siquiera le daban crédito para comprar aserrín para la pista en pueblos donde conocían a la Bambina de sobra. Después de semanas de desesperanza, el circo se desbandó y ya no fue posible ofrecer funciones ni de mínima categoría, porque a ningún artista se le iba a ocurrir arriesgarse con esos despojos. Apenas la Bambina abría un poco los párpados, le preguntaba a la monjita, o al Mocho, o a quienquiera que estuviera a su cabecera:
—¿Y mi circo…?
La monjita, que tenía la cara angosta y los ojos juntos como una laucha bajo las alas piadosas de su toca, opinó que era preferible engañar a la enferma para no preocuparla. Pero como a medida que pasaba el tiempo la situación se iba poniendo más difícil y se temía por su vida, Arístides tuvo que decirle la verdad:
—Mal…
—¿Siguen?
—Ayer no pudimos.
—¿Por qué?
—Se cayó la galería.
—¿Cuántas entradas?
—No hay con qué pagarle a nadie. Ya no nos quedan artistas porque se han contratado con otros circos. Dicen que estamos con mala racha, y sabes muy bien lo supersticiosa que es la gente de circo. Estamos cortando tan pocas entradas que nadie nos quiere dar crédito para armar la carpa en su terreno. Si yo tuviera el poder notarial que te he pedido tantas veces para una ocasión como ésta, quizás podría volver a levantar el circo…
—Déle poder notarial a su marido, señora, no sea tan porfiadita —la urgió la monja.
—No es mi marido. Yo no tengo familia. Y mi única amiga es una comadre meica que vive lejos de aquí.
—¿Quién es este caballero, entonces? —le preguntó la monjita.
El Mocho alcanzó a ver la gotita de despecho en los ojos violeta, ahora barrosos, de la enferma:
—Es mi lacho.
La monja quedó muda. Se le puso más angosta, más cerosa la cara, y le brillaron los pelos canos o rubios del bigote. No me gusta esta monja, y tampoco le gusta a la Bambina, se dijo el Mocho. Tan distinta a las monjitas plácidas, de ojos infantiles y voz de arcángel, que bordaban con hilo de oro las casullas cuando yo iba al claustro y me mandaban a buscarlas para alguna festividad del santoral. La Bambina logró murmurar:
—No me gustan los notarios.
—A mi abuela tampoco le gustaban y mira lo que pasó.
—Anda a buscar al notario entonces. No te quedes pajareando, no me vaya a despachar mientras andas fuera. Prefiero que sean para ti las cuatro porquerías del circo y no para esos sinvergüenzas del fisco…
El Mocho salió a toda carrera. Cuando llegó media hora más tarde acompañado del notario y con el documento listo, a la Bambina le estaban poniendo una bolsa de sangre intravenosa que fue trazando la caligrafía capilar de ese gran rostro redondo. El Mocho la llamó: ella no lo oía. Sin embargo, en cuanto le colocaron la lapicera en la mano, la Bambina se incorporó y, como si en su delirio adivinara dónde, exactamente, y cuántas copias tenía que firmar, escribió con toda claridad su nombre: Irma Fonseca Petit. Cayó de nuevo sobre la almohada y, con la mirada fija en Arístides, exclamó:
—Ya tienes lo que querías.
No es lo que quería… tú nunca has aceptado que un hombre más joven, como yo, te quiera. Siempre son tus cosas lo que crees que quieren. Que quiero un niño que nunca quise, no a ti. Y porque no me crees, me repudias como si fuera un pingajo.
El Mocho se metió el documento en el bolsillo. Salió al pasadizo para acompañar al notario hasta la puerta del hospital. A su regreso se cruzó con los enfermeros que llevaban a la Bambina en camilla de vuelta a la sala de operaciones. El médico, al trote, siguiéndola, le dijo al Mocho al pasar:
—Con usted quería hablar. Espéreme aquí.
No se movió. Los payasos despintados, más hambrientos y esmirriados en su encarnación civil, y menos reales que con sus disfraces, llegaron a acompañarlo mientras esperaba: eran hermanos, le confesaron por primera vez en su amistad; por suerte habían encontrado trabajo los dos en el mismo circo, hasta que la Bambina se mejorara…
—No va a haber circo —declaró el Mocho.
Se atropellaron preguntando: ¿por qué…? ¿Tan mal había quedado la pobre…? No recibieron respuesta, aunque, como conocían su acrimonia —Mocho carajo, decían a sus espaldas por cualquier cosa—, no les extrañó su silencio.
El médico no quiso hablar delante de ellos. Hizo pasar a Arístides a su oficina: era necesario un poco de paciencia, que la Bambina no volviera a ver a un familiar hasta que él le diera permiso, ya veía lo mal que quedó con la entrevista de hoy.
Intento que me explique la dolencia de la Bambina, pero no sé por qué todo lo que importa me lo dicen con palabras ininteligibles y me quedo afuera, en el limbo, como decían los frailes, con esta rabia que no me deja vivir porque la Bambina cree más en su circo que en mí. Sobrevivo alimentado por esta espiral de rencor: no, no va a haber circo. Ahora tengo yo el poder, aquí en el bolsillo interior de mi chaqueta. Es la clave del universo en que me muevo y que conozco: puedo traspasar todo bien mueble e inmueble a mi nombre; puedo vender, comprar, firmar toda clase de documentos, contraer deudas y formar sociedades; embargar, hipotecar y enajenar pertenencias de toda clase. Todo esto encarnando a cierta Irma Fonseca Petit. Tantas y tantas cosas que puedo hacer. Me bastó mirar una sola vez el documento: lo hice con tal penetración, que fue como si el ácido de la letra del actuario hubiera mordido mi retina.