40
Qhuinn sabía que había puesto a Blay en una posición totalmente injusta.
Sexo por compasión. Pero, ay, Dios… Esos ojos azules, esos malditos ojos tan azules que no parecían tener fondo y que se abrían para él tal como alguna vez lo habían hecho… era lo único en lo que podía pensar. Y, sí, técnicamente era sexo en términos del lugar donde quería tener varias partes de su cuerpo; bueno, al menos una. Pero había mucho más.
Qhuinn no podía explicarlo con palabras; no era tan bueno con las sílabas. Pero su deseo de establecer una conexión era la razón por la cual le había dado ese beso. Quería que Blay supiera lo que deseaba, lo que necesitaba, por qué era importante. Todo su mundo parecía estar estallando en llamas y el aborto que estaba teniendo lugar en la puerta de al lado era algo que iba a dolerle durante mucho tiempo.
Sin embargo, el hecho de estar con Blay, de sentir el calor de su cuerpo, de establecer contacto, era como una promesa de sanación. Aunque solo durara el tiempo que estuvieran juntos en esa habitación, Qhuinn estaba dispuesto a aprovechar esa oportunidad y atesorar el recuerdo en su memoria… para saborearlo cuando lo necesitara.
—Por favor —susurró Qhuinn.
Solo que no le dio a Blay la oportunidad de responder. Su lengua se deslizó hacia fuera y lamió aquella boca, introduciéndose dentro de ella y tomando el control.
Y la respuesta de Blay fue dejarse empujar hacia los cojines del sofá.
Por la mente de Qhuinn cruzaron vagamente dos pensamientos: uno, que la puerta solo estaba cerrada, sin llave, así que se cuidó de pasar el pestillo mentalmente. Su segunda preocupación fue que no podían destruir ese lugar. Volver mierda su habitación era una cosa. Pero ese salón era propiedad pública y estaba muy bien arreglado, con cojines de seda, elegantes cortinas y una cantidad de cosas que se podían romper, aplastar y, Dios no lo quisiera, manchar con facilidad.
Además, él ya había hecho añicos su Hummer, había acabado con el jardín y desbaratado su habitación. Así que su cuota de destrucción estaba más que cumplimentada…
Naturalmente, la solución más razonable para no darle más preocupaciones a Fritz sería correr a su habitación, pero cuando las tentadoras manos de Blay se situaron frente a sus caderas y empezaron a bajarle la cremallera, Qhuinn abandonó su brillante idea.
—Ay, Dios, tócame —gruñó, al tiempo que echaba la pelvis hacia delante.
Debería ser mucho más cuidadoso esta vez.
Suponiendo que eso fuese posible.
Cuando la mano de Blay se introdujo entre sus pantalones de cuero, el cuerpo de Qhuinn formó un arco perfecto, echando el torso hacia atrás mientras observaba cómo lo acariciaban. El ángulo no era el más adecuado, así que no había mucha fricción y tenía las pelotas apretadas contra el pantalón, pero, puta mierda, a Qhuinn no le importó. El hecho de que fuera Blay era suficiente para él.
Joder, después de muchos años de dejársela mamar y de hacerse pajas, Qhuinn se sentía como si fuera la primera vez que alguien lo tocaba.
Necesitaba devolver el favor.
Así que echó el pecho hacia delante, para acercar su cara a la de Blay. Ay, Dios, le encantaba contemplar esos ojos azules cuando Blay lo miraba con ese brillo ardiente.
Dispuesto. Deseoso.
Qhuinn lo agarró del cuello con fuerza y acercó sus bocas, haciendo presión contra aquellos labios e introduciendo la lengua…
—Espera, espera —dijo Blay y se apartó un poco—. Vamos a romper el sofá.
—¿Qué…? —Al parecer su amigo estaba hablando en inglés, pero Qhuinn no entendía nada—. ¿Sofá?
Y luego se dio cuenta de que había empujado a Blay contra el brazo del sofá y este se estaba empezando a doblar por el peso. Lo cual era el resultado de apoyar más de doscientos cincuenta kilos de sexo encima de un mueble.
—Ay, mierda, lo siento.
Qhuinn estaba empezando a retirarse cuando Blay tomó el control… y sin saber bien cómo había llegado hasta allí, de pronto se sorprendió de espaldas en el suelo, con las piernas abiertas, mientras le bajaban los pantalones hasta los tobillos.
Perfecto.
Gracias al hecho de que había quedado desnudo, su polla se agitó en el aire, gruesa y grande, antes de caer, hinchada y ansiosa, sobre su vientre. Qhuinn bajó entonces una mano y se acarició un par de veces, mientras Blay le quitaba las botas y las tiraba a un lado. Los pantalones fueron los siguientes en decir adiós y, con Dios como testigo, Qhuinn pensó que nunca se había sentido tan contento de ver un par de pantalones de cuero volando por encima de su hombro.
Y luego Blay se puso a trabajar.
Qhuinn tuvo que cerrar los ojos al sentir cómo le abría las piernas y un par de manos de guerrero subían por la parte interior de sus muslos. De inmediato soltó su erección; después de todo, no había necesidad de tener allí la mano cuando Blay podía…
Pero no fueron las manos de Blay las que agarraron su polla.
Fue la boca húmeda y tibia que Qhuinn acababa de besar.
Y mientras Blay se la mamaba, Qhuinn pensó por un segundo que debía haber sido Saxton quien le había enseñado a hacer eso: su maldito primo le hacía esto a su amigo y disfrutaba de que se lo hicieran a él…
Un momento, se dijo Qhuinn. Sin importar cuál fuera la historia de las lecciones que Blay había aprendido, su erección era la que estaba recibiendo atención en ese instante, así que a la mierda con todo lo demás.
Y para asegurarse de que eso quedara claro, Qhuinn se forzó a abrir los ojos. Puta… mierda…
La cabeza de Blay subía y bajaba sobre sus caderas, mientras sostenía la base de la polla de Qhuinn con el puño y con la otra mano le acariciaba los testículos. Pero, claro, unos segundos después, como si hubiese estado esperando a que Qhuinn lo mirara, el guerrero subió hasta la cabeza de la polla, se la sacó de la boca y se lamió los labios.
—No querrás ensuciar este lindo salón —dijo Blay arrastrando las palabras.
Y entonces sacó la punta de la lengua para juguetear con el piercing que Qhuinn tenía en el glande y meterla por entre el pequeño aro de metal…
—Mierda, me voy a correr —gritó Qhuinn, mientras sentía una tremenda eyaculación a punto de estallar—. Me voy a…
Pero a esas alturas hay tantas posibilidades de detenerse como las que tiene alguien que acaba de saltar a un abismo.
Además, Qhuinn no quería detenerse.
Y no lo hizo.
Con un poderoso rugido —que seguramente se oyó por toda la casa—, Qhuinn arqueó el cuerpo levantando la columna del suelo y apretando el trasero, mientras sus testículos estallaban y su polla se sacudía dentro de la boca de Blay. Y el orgasmo no solo afectó a su pene. La sensación de alivio recorrió todo su cuerpo, irradiando una energía que él absorbió, mientras clavaba los dedos en la alfombra y apretaba los dientes… y eyaculaba como un animal salvaje.
Por fortuna, Blay fue más que capaz de mantener el orden y el aseo del lugar, y prolongó aún más el orgasmo. También le ofreció a Qhuinn la oportunidad de observar una magnífica escena: durante el resto de sus días, nunca olvidaría la imagen de la boca de aquel macho alrededor de su polla, succionando con las mejillas y tragándoselo todo. Una y otra vez.
Por lo general Qhuinn era capaz de levantarse inmediatamente después de eyacular, pero cuando las oleadas de placer por fin se detuvieron, quedó exhausto, con el cuerpo flácido sobre el suelo, las rodillas temblando y la cabeza dándole vueltas.
Pensándolo bien, era probable que ese hubiera sido el mejor orgasmo de su vida. Superado solo por los que había tenido cuando había estado con Blay el día anterior.
—No me puedo mover —murmuró Qhuinn.
Blay soltó una carcajada ronca y sensual.
—La verdad, pareces un poco fatigado.
—¿Puedo devolver el favor?
—¿Puedes levantar la cabeza?
—¿Todavía la tengo pegada al cuerpo?
—Hasta donde puedo ver, sí.
Al ver que Blay se volvía a reír, Qhuinn supo enseguida lo que quería hacer… y fue una especie de sorpresa para él mismo. En todas sus aventuras sexuales, nunca había permitido que lo follaran por detrás. Eso no formaba parte del plan. Él era un conquistador, un tomador, el que establecía las reglas y mantenía la superioridad.
Dejarse follar por detrás simplemente no era algo que le interesara.
Pero ahora sí quería.
El único problema era que de verdad no podía moverse. Y, bueno, también había algo más: ¿cómo iba a decirle a Blay que todavía era virgen?
Porque eso era lo que quería. Si alguna vez llegaban a ese punto, quería que Blay lo supiera. Por alguna razón, eso era importante.
De repente la cara de Blay entró dentro de su campo de visión y, Dios, el guerrero estaba espectacular, con las mejillas coloradas, los ojos brillantes y esos hombros tan anchos que tapaban todo.
Y, ay, sí, esa sonrisa tan sensual, tan satisfecha y tan segura de sí misma, como si el hecho de haberle dado tanto placer a alguien fuera suficiente para hacer que él ni siquiera necesitara tener su propio orgasmo.
Pero eso no era justo, ¿cierto?
—No creo que vayas a poder moverte muy pronto —dijo Blay.
—Quizás. Pero puedo abrir la boca… —respondió Qhuinn con voz ronca—… casi tanto como tú.
‡ ‡ ‡
Muy bien, la idea de haberle dado a Qhuinn un orgasmo como ese era tan increíblemente satisfactoria que Blay se había olvidado por completo de su propio cuerpo.
La cosa era que, después de tantos años de ser rechazado, era genial sentirse tan poderoso frente a Qhuinn, ser el que imponía el ritmo… ser la persona que lo llevaba a un lugar erótico y vulnerable que resultaba mucho más intenso que cualquier otro en el que hubiese estado. Y eso era lo que había ocurrido. Blay sabía exactamente el aspecto que tenía Qhuinn cuando se corría, así que podía decir, sin temor a equivocarse, que nunca había visto a su amigo tan descontrolado, acostado en esa alfombra, con los músculos del cuello estirados al máximo, los abdominales contraídos y las caderas bombeando como locas.
Qhuinn se había corrido durante cerca de veinte minutos sin parar.
Y ahora Blay se encontraba frente a una extraña revelación; conocía la expresión tan escéptica que caracterizaba siempre a Qhuinn: el ceño fruncido, ese gesto adusto de la boca, la mandíbula siempre apretada en un gesto de tensión. Era como si todo el odio que su familia le había demostrado siempre hubiese marcado sus rasgos de manera permanente.
Pero eso había cambiado. Durante aquel orgasmo, y también ahora, cuando las cosas ya se habían calmado, aquella tensión había desaparecido por completo. La cara de Qhuinn parecía… libre de cualquier clase de reserva; tenía un aspecto tan juvenil, tan distendido…
—Entonces ¿me vas a dar algo para chupar mientras me recupero? —preguntó Qhuinn.
—¿Qué dices?
—Digo que tengo sed. Y necesito chupar algo. —En ese momento, Qhuinn se mordió el labio inferior y sus brillantes colmillos blancos se hundieron en su piel—. ¿Serías tan amable de ayudarme?
Blay entornó los ojos.
—Sí… creo que puedo ayudarte.
—Entonces déjame ver cómo te quitas los pantalones.
Blay se levantó del suelo con tanta rapidez que casi quebranta las leyes de la física; se quitó los mocasines, las manos le temblaban al desabrocharse los pantalones. A partir de ahí las cosas sucedieron muy rápido y todo el tiempo, mientras se desvestía, Blay permaneció extraordinariamente consciente de cuanto le rodeaba, en especial de la presencia de Qhuinn. El macho se estaba poniendo duro otra vez y su polla volvía a engrosarse a pesar de todo lo que acababa de suceder… Esos pesados muslos se tensionaban, la pelvis se sacudía y tenía el abdomen tan plano que cada minúscula torsión del tronco se reflejaba bajo aquella piel tensa y bronceada.
—Ah, sí… —siseó Qhuinn, mientras sus colmillos se alargaban y sus manos acariciaban su pene con lentitud—. Ahí estás…
Blay empezó a respirar de forma acelerada y su corazón parecía a punto de desbocarse cuando los ojos disparejos de Qhuinn se clavaron en su miembro.
—Eso es lo que quiero —gruñó el macho, abandonando su propia polla y levantando las manos hacia él.
Durante una fracción de segundo, Blay dudó sobre cómo acomodarse. Qhuinn estaba acostado paralelo al sofá, así que no había mucho espacio…
Pero en ese momento un sutil gruñido atravesó el aire, cuando Qhuinn flexionó los dedos como si ya no pudiera esperar más para tomar lo que deseaba.
A la mierda con la planificación.
Las rodillas de Blay parecieron atender el mensaje porque se flexionaron hacia delante hasta apoyar su peso en el suelo, junto a la cabeza de Qhuinn.
A partir de ahí, Qhuinn tomó el control. Agarró a Blay y lo acercó tanto que, sin darse cuenta, este terminó con una rodilla detrás de la cabeza de Qhuinn y la otra pierna estirada hacia un lado, a lo largo del cuerpo de su amigo.
—Ay… mierda —gruñó Blay, al sentir que su polla se deslizaba entre los labios de Qhuinn.
Entonces su cuerpo se inclinó hacia delante, hasta que el torso terminó apoyado sobre los cojines del sofá… y ahí fue cuando Blay se dio cuenta, inesperadamente, de que en realidad contaba con mucho apoyo. De modo que puso los brazos sobre el sofá, distribuyó el peso entre las rodillas, los pies y las manos… y a continuación procedió a follar como un salvaje la boca de Qhuinn.
Su amigo lo recibió todo, incluso cuando Blay liberó sus caderas y empezó a bombear con todas sus fuerzas.
Con los dedos de Qhuinn hundidos en su trasero, y esa increíble succión y… Dios, ese piercing en la lengua, cuya esfera se enterraba en su polla con cada lametazo… Blay empezó a sentir los pasos de un orgasmo exactamente igual al que Qhuinn acababa de tener.
Y sin embargo, en el fondo de su mente se preguntó si no le estaría haciendo daño a su amigo. A estas alturas, iba a terminar por correrse en su estómago, por Dios santo…
Pero ya era demasiado tarde para preocuparse por eso.
Su cuerpo tomó el control y se tensionó en una serie de espasmos que bajaron desde la parte superior de la columna hasta las piernas.
Y justo cuando esas sensaciones comenzaron a menguar, el mundo empezó a dar vueltas, como si su sentido del equilibrio hubiese salido volando junto con sus…
Pero no, el mundo estaba bien. Solo que Qhuinn acababa de levantarse del suelo, se había salido de debajo y estaba colocándose detrás de Blay…
Cuando Qhuinn se abrió camino con un empellón tan veloz como un rayo, Blay dejó escapar un gemido que seguramente se escuchó hasta Canadá…
Sin embargo, el chirrido que resonó enseguida en el salón lo hizo fruncir el ceño, aun en medio de la presión y el placer.
Ay. Estaban empujando el sofá por el suelo.
Como fuera. Compraría un sofá nuevo si llegaban a romperlo, pero él no estaba dispuesto a detenerse ahora.
El ritmo fue tan castigador como el que él había adoptado con Qhuinn, solo que en este caso la revancha no implicó recibir solo lo que merecía sino exactamente lo que deseaba. Con cada embestida, su cara se hundía en los suaves cojines del sofá; con cada retirada, podía respirar; y luego todo volvía a empezar.
Reacomodó las piernas para que Qhuinn pudiera entrar todavía más. Tuvo la vaga idea de que, definitivamente, habían empujado el sofá hasta una posición distinta, pero ¿a quién demonios le importaba, siempre y cuando no lo sacaran hasta el pasillo?
En el último minuto, justo antes de correrse de nuevo, Blay tuvo el cuidado de buscar sus pantalones. Mientras trataba de sacar sus bóxers…
Qhuinn estiró la mano, cogió los zapatos que estaban tirados cerca e hizo lo que había que hacer, asegurándose de que hubiese algo que recibiera la eyaculación. Un momento después, Blay sintió que le levantaban el pecho del sofá, de manera que quedó recto, apoyado sobre las rodillas. Qhuinn lo manejó todo, agarrando la polla de Blay con una mano, mientras se ocupaba de tapar la eyaculación con la otra mano, al tiempo que seguía bombeando, bombeando y bombeando…
Los dos se corrieron al mismo tiempo y un par de gritos resonaron en el salón.
En medio del orgasmo, Blay levantó la vista. En el gran espejo antiguo que colgaba de la pared del frente, entre las dos ventanas, pudo ver su reflejo y el de Qhuinn, juntos… y el hecho de saber que estaban unidos lo hizo volver a correrse.
Después de un rato, el bombeo disminuyó, el ritmo cardíaco también y la respiración se regularizó.
En el espejo, Blay vio a Qhuinn cuando cerró los ojos y bajó la cabeza. Entonces sintió contra la garganta el roce más delicado que había sentido.
Eran los labios de su amante.
Y luego la mano de su amigo subió lentamente, deteniéndose para acariciarle los pectorales, cuando…
De repente, Qhuinn se quedó inmóvil. Y se apartó. Y retiró los labios y la mano.
—Lo siento. Lo siento. Ya… sé que no quieres estar así conmigo.
La transformación de Qhuinn, ese regreso a la expresión de escepticismo, fue como un robo para Blay.
Y sin embargo, no pudo decirle que volviera a acercarse. Qhuinn tenía razón; tan pronto como la ternura hizo su aparición, empezó a sentir pánico.
La separación fue rápida, demasiado rápida, y Blay sintió nostalgia de aquella sensación de plenitud y posesión. Pero ya era hora de terminar con eso.
Qhuinn carraspeó.
—Ah… ¿quieres que…?
—Yo me encargo —murmuró Blay y puso la mano sobre los calzoncillos que tenía enrollados sobre las caderas y que hasta ahora había estado sosteniendo Qhuinn.
Durante el sexo, el silencio en el salón había resaltado la intimidad entre ambos. Pero ahora solo parecía amplificar los sonidos que hacía Qhuinn al vestirse.
Mierda.
Otra vez lo habían hecho. Y mientras sucedía, las sensaciones eran tan intensas y poderosas que no había posibilidad de pensar en otra cosa distinta del sexo. Pero después, el cuerpo de Blay se sintió demasiado frío en medio del aire atemperado del salón, le dolía todo, tenía las piernas temblorosas y la mente llena de humo…
Nada parecía seguro o cierto. En lo más mínimo.
Entonces Blay se obligó a vestirse y se puso la ropa tan rápido como pudo, hasta llegar a los mocasines. Entretanto, Qhuinn devolvió el sofá a su lugar, poniéndolo con cuidado sobre las marcas que había hecho en la alfombra, y también colocó los cojines y enderezó la alfombra.
Ahora todo estaba como siempre, como si nada hubiese ocurrido. Excepto por los calzoncillos que Blay tenía en la mano.
—Gracias —dijo Qhuinn en voz baja—. Yo, ah…
—Sí.
—Entonces… supongo que es hora de irme.
—Sí.
Y eso fue lo que sucedió.
Qhuinn se marchó y cerró la puerta al salir.
Cuando se quedó solo, Blay decidió que necesitaba una ducha. Más comida. Dormir.
Pero simplemente se quedó en el saloncito del segundo piso, mirando aquel espejo y recordando lo que había visto reflejado allí. No podía seguir así, no era seguro para él emocionalmente; de hecho, era el equivalente de poner la mano sobre el fuego encendido una y otra vez. Solo que cada vez que volvías a poner la mano sobre la llama, acortabas la distancia entre tu piel y el calor. Tarde o temprano, las quemaduras de tercer grado serían el menor de tus problemas porque todo tu brazo estaría ardiendo.
Al cabo de un rato Blay dejó de pensar en ello.
¿Cómo había empezado todo? No lo sabía, solo quería que acabara de una vez.
Se pasó una mano por el pelo. Luego miró hacia la puerta cerrada y frunció el ceño, mientras su mente daba vueltas y vueltas…
Instantes después salió de forma apresurada, caminando con rapidez.
Luego empezó a trotar.
Y al final echó a correr abiertamente.