A través del mamparo, Luis contempló cómo el titerote manipulaba su contactor. Pensaba en la muerte a escala de millones que desafiaba la imaginación, en la muerte como experiencia propia y personal, y en la muerte para los alienígenas que le escatimaban la corriente a su cerebro.
Las cabezas chatas subían y bajaban, y daban vueltas a la pequeña cápsula negra y la olfateaban como quien desconfía de lo que le han servido para comer. Largas lenguas y sensibles labios trabajaron dentro de la cápsula. En pocos minutos el titerote dejó ajustado el temporizador para un día de treinta horas, reduciendo la corriente a la mitad.
Al día siguiente, volvió a gozar de la alegría pura, sin estar mediatizada por ningún sentido humano, pero… A Luis le costaba definir aquella sensación. Por la tarde, cuando la corriente se cortó demasiado pronto, la depresión cayó sobre él como una espesa niebla azafranada.
Entonces Chmeee se acercó a Luis Wu, le desenchufó el contactor y lo puso de nuevo sobre el disco teleportador, para pasarlo al puente de mando. Iban a reajustarlo otra vez.
Luis exhaló un grito y saltó. Colgado de las anchas espaldas del kzin, agarrándose del pellejo, intentó trepar y arrancarle las orejas. El kzin se dio la vuelta y Luis se halló colgado de un brazo enorme que le arrastraba por el compartimento y le estrellaba contra la pared. Medio conmocionado, con el brazo arañado y lleno de sangre, Luis atacó de nuevo.
En el mismo instante en el que el Inferior aferraba los mandos con sus bocas, Chmeee saltó sobre el disco pedestre.
Chmeee se quedó agazapado sobre el disco, mostrando un aspecto fiero y, al mismo tiempo, algo estúpido.
El Inferior dijo:
—Estos discos no pueden transportar una cosa tan voluminosa. ¿Me crees tan tonto como para traspasar a un kzin hacia mi propio puente de mando?
Chmeee gruñó:
—¿Cuánta inteligencia se necesita para pastar hierba?
Dicho lo cual le arrojó a Luis su contactor y fue a tumbarse en su cama de agua.
Una maniobra de diversión. Chmeee le había quitado a Luis el contactor de la cabeza precisamente cuando acababa de desconectarse, con la intención de que Luis Wu se pusiera frenético y llamara la atención del titerote.
El Inferior dijo:
—La próxima vez que cambie el ajuste de tu contactor lo haré antes de que te enchufes. ¿Acaso esto te hace feliz?
—¡Nej! ¡Ya sabes que me hace feliz! —replicó Luis al tiempo que sujetaba con fuerza su contactor.
Aunque, por supuesto, el contactor no funcionaba, ni funcionaría hasta que el temporizador volviese a ponerlo nuevamente en marcha.
—Tienes casi tanta longevidad como nosotros; en cambio, eso es tan temporal —empezó a decir el Inferior, en tono persuasivo—. ¡Serás más rico de lo que nadie jamás pueda imaginar! Las naves del Mundo Anillo utilizaban un método de transmutación barato a gran escala, ¡indudablemente, igual al que debieron emplear para construir el mismo Mundo Anillo!
Luis alzó los ojos, sorprendido.
—Me gustaría conocer la masa y el volumen de esa máquina —continuó el titerote—. Las naves del Mundo Anillo son enormes, pero no será necesario transportarla. Si es preciso, un holograma tomado por radar de largo alcance, así como hologramas del mecanismo en funcionamiento pueden bastar para convencer a mis súbditos. Luego enviaremos un transporte número cuatro de la General de Productos para que se la lleven.
El alienígena no supondría que un humano, aun estando bajo el síndrome de privación, hiciera caso de todas sus observaciones. ¡Claro que no! Luis vigilaba a Chmeee con los ojos entornados, para ver cómo reaccionaba.
El kzin estuvo admirable. Durante un instante permaneció impasible y al instante siguiente preguntó:
—¿Qué sucedió para que perdieras tus prerrogativas?
—Es una historia complicada.
—Hemos entrado en el sistema del Mundo Anillo a una velocidad de noventa y cuatro mil kilómetros por segundo y nos queda una caída de veinte mil millones de kilómetros, Sólo ha transcurrido un día, así que nos sobra tiempo.
—En efecto, y sin tener nada más útil que hacer. Sin duda sabéis que, tradicionalmente, nos dividimos en dos facciones, la de los conservadores y la de los experimentalistas. Generalmente mandan los conservadores, pero cuando nuestro mundo padeció la contaminación térmica debida al uso excesivo de la energía industrial, los experimentalistas desplazaron nuestro planeta más hacia el exterior del halo de cometas. Un régimen experimentalista modificó y sembró luego dos planetas agrícolas. Otro régimen posterior desplazó dos mundos, que habían sido satélites de lejanos planetas helados, más hacia el interior…
Mientras el titerote hablaba Chmeee había ganado tiempo para calmarse y meditar su próxima interpelación. ¡Bien! A lo mejor regresaba a sus antiguas funciones de Interlocutor-de-Animales: un aspirante a embajador ante la humanidad.
—Hacemos lo necesario y luego nos deponen. Es la costumbre. Los experimentalistas accedieron al poder cuando nuestras sondas revelaron la existencia del Imperio Kzinti. Creo que Nessus ya os contó cómo se resolvió ese caso.
—Ayudasteis a la humanidad —dijo Chmeee con peculiar serenidad cuando Luis creyó que iba a subirse por las paredes—. Las Cuatro Guerras acabaron con cuatro generaciones de nuestros guerreros más poderosos, de modo que fueron los más dóciles de entre nosotros los que tuvieron más oportunidades de reproducirse.
—Teníamos la esperanza de que aprenderíais a tratar amistosamente con otras especies. Mi facción estableció también un imperio comercial en esa región. Pero, pese a nuestros éxitos, empezamos a perder autoridad. Luego se descubrió la explosión del núcleo de nuestra galaxia. La onda de choque nos alcanzará dentro de veinte mil años. Nuestra facción conservó el poder para organizar el éxodo de la Flota de los Mundos.
—Muy oportuno para vosotros, pero, a pesar de todo, te depusieron.
—Sí.
—¿Por qué?
El titerote guardó silencio; al cabo de un momento prosiguió:
—Tomé algunas decisiones que no fueron muy populares. Manipulé los destinos de los humanos y los kzinti. Vosotros, no sé cómo, os enterasteis de nuestro secreto, de cómo habíamos trucado las Leyes de la Fertilidad terrestres con el propósito de fomentar humanos afortunados, y cómo intervinimos en la Primera Guerra para generar kzinti razonables. Mi predecesor estableció la General de Productos, el imperio comercial interestelar. Se dijo que había convertido una locura en un acierto, ya que únicamente los locos de entre nosotros arriesgarían su vida en el espacio. Cuando organicé vuestra expedición para explorar el Mundo Anillo me llamaron loco por arriesgar un contacto con una tecnología tan avanzada. ¡La locura sería ocultarse ante el primer signo de peligro!
—Así que te depusieron.
—Quizá fue… un pretexto cómodo. —El Inferior paseaba incansablemente de un lado a otro, clop, clop, clop, clop—. Ya sabéis que acepté como compañero a Nessus, si éste regresaba del Mundo Anillo. Y regresó, y nos unimos. Y luego volvimos a hacerlo por amor. Nessus estaba loco, y el Inferior ha sido un loco muchas veces y…, me depusieron.
Luis preguntó de improviso:
—¿Quién de los dos es el macho?
—Me gustaría saber por qué no se lo preguntaste nunca a Nessus. Pero él no te lo habría dicho, ¿verdad? Nessus es algo tímido para ciertas cosas. Tenemos dos variedades de machos, Luis. Los de la mía implantamos nuestro semen en el cuerpo de la hembra, y los del tipo de Nessus implantan óvulos mediante un órgano bastante parecido.
Chmeee preguntó:
—Entonces, ¿tenéis tres juegos de cromosomas?
—No, sólo dos. La hembra no contribuye para nada. De hecho, las hembras se juntan entre ellas de otra manera para procrear más hembras. En realidad, aunque hayan vivido en simbiosis con nosotros durante toda nuestra historia, no son de nuestra especie.
Luis hizo una mueca. Los titerotes se reproducían como la hormiga león: su progenie devoraba la carne de un huésped indefenso. Nessus nunca quiso hablar de la sexualidad, y con razón, aquello era bastante feo.
—Yo tenía razón —continuó el Inferior—. Estuve acertado al enviar una misión al Mundo Anillo, y vamos a demostrarlo. Cinco días para llegar, no más de diez en la zona de espaciopuerto, y cinco más para salir al espacio despejado y continuar con la hiperpropulsión. No desembarcaremos en el Mundo Anillo. Halrloprillalar le dijo a Nessus que, para ahorrar capacidad, las naves del Mundo Anillo llevaban plomo que transmutaban en aire y agua durante las travesías. Un gobierno conservador no negociaría con las ramificaciones de semejante técnica. Preferirán reinstaurarme.
Debido al síndrome de abstinencia, Luis tenía pocas ganas de reír, pero no dejaba de ser gracioso, y tanto más por cuanto desde el comienzo todo había sucedido por su culpa.
A la mañana siguiente los alienígenas redujeron otra vez la corriente del contactor a la mitad, y luego no hicieron más caso de Luis. En realidad, no tenía por qué importarle tanto ya que no dejaba de darle placer. Pero durante muchos años había soportado las depresiones que producía la parada del temporizador, al recordar lo que volvería a sentir cuando retornara la corriente. Esta vez sus depresiones eran más profundas y además le faltaba la seguridad. Los no humanos podían cortarle el fluido siempre que se les antojase…, y aunque no lo hicieran, le tenían embargado el aparato.
Lo que hablaron los alienígenas durante aquellos cuatro días no lo supo, trató de fijar toda su atención en el éxtasis del cable. Vagamente recordaba haberles visto consultar hologramas del ordenador. Eran de los rostros de los nativos del Mundo Anillo: los pequeños, totalmente recubiertos de pelo dorado (uno de ellos, afeitado, era un sacerdote); y la tremenda escultura de alambre del castillo celeste (un botón de nariz, cabeza calva, labios delgados como cuchillas); y Halrloprillalar (probablemente de esa misma raza); y el Caminante, el buscador que había tomado bajo su protección a Teela (casi humano, pero musculoso como un jinxiano y lampiño). Ciudades convertidas en ruinas por el tiempo y por la caída de los edificios flotantes cuando acabó por agotárseles la energía. Había hologramas del «Embustero» acercándose a una sombra cuadrada, y de una ciudad envuelta en la nube de humo producida por la caída de una de las pantallas.
El sol, visible primero como un punto, se convirtió en una mancha negra rodeada de una corona brillante; el núcleo desaparecía por efecto de la protección antideslumbrante interior del casco de la «Aguja». El halo azul que rodeaba a la estrella se volvía cada vez más extenso.
Luis regresó en sueños al Mundo Anillo. Dentro de una gran prisión flotante, colgaba cabeza abajo de su aerocicleta calcinada, a treinta metros de altura sobre un suelo de roca en el que yacían, dispersos, los huesos de los prisioneros de antaño. La voz de Nessus zumbaba en sus oídos prometiendo una liberación que no acababa de llegar.
Cuando despertaba, buscaba refugio en la rutina… hasta la noche del cuarto día. Miró la cena y la echó al vertedero; luego tecleó en demanda de pan y de una selección de quesos. Cuatro días había necesitado para comprender que había escapado para siempre a la jurisdicción de la BRAZO. ¡Si se le antojaba podía volver a comer queso!
¿Qué hay de bueno, además del cable?, se preguntó Luis. El queso. Las plataformas de dormir. El amor (poco práctico eso). Los trabajos de tintura. La libertad, la seguridad, la autoestima. Ganar, como cosa opuesta a perder. ¡Nej! Casi lo había olvidado, y lo he perdido todo. La libertad, la seguridad, la autoestima. Un poco de paciencia y podré dar el primer paso. ¿Qué más hay de bueno? El aguardiente en el café. Las películas.
Veintitrés años antes, Interlocutor-de-Animales había llevado la nave espacial «Embustero» hasta los confines del Mundo Anillo. Ahora Chmeee y el Inferior contemplaban las grabaciones de aquella hazaña.
Visto de tan cerca, el Mundo Anillo se convertía en un haz de rectas que confluían en un punto muy lejano. Desde fuera del punto donde la superficie interior azul y cuadriculada caía al encuentro de los bordes superior e inferior del muro externo, los anillos del sistema decelerador parecían ir al encuentro de la cámara, una y otra vez, en imágenes del espectro infrarrojo, del visible, del ultravioleta y del radar de largo alcance. O desfilaban a cámara lenta, electroimanes inmensos y todos idénticos.
Pero Luis Wu pasó las ocho horas de la fantástica epopeya de la Tierra Mutante sumergido en una continua borrachera: el coñac en el café, y luego con sifón, y luego el coñac a palo seco. Lo que veía era una película y no una experiencia sensual; intervenían unos actores y sólo dos de los sentidos humanos. Estaba a dos fases de distancia de la realidad.
En un momento dado trató de entablar una discusión con Chmeee sobre Saberhagen y su utilización de efectos visuales imposibles. Pero aún le quedaba el suficiente sentido común como para no insistir. No era conveniente dialogar con Chmeee estando bebido. Los titerotes tienen orejas, tienen orejas pero las esconden.
El Mundo Anillo se ensanchaba.
Durante dos días había sido como un aro azul delicadamente grabado, fino y frágil en apariencia, descentrado con respecto a su sol, cuyo círculo oscuro aumentaba de diámetro. Aparecieron los primeros detalles. Un círculo interior de rectángulos negros, las pantallas de sombra. Un reborde, pared de apenas mil ochocientos kilómetros de altura, pero que al crecer con la proximidad les vedaba la contemplación de la superficie interior del Mundo Anillo. Hacia la tarde del quinto día «La Aguja Candente de la Cuestión» había perdido la mayor parte de su velocidad, y la pared limítrofe era un muro inmenso que se alzaba hacia las estrellas.
Luis no estaba conectado. Aquel día él mismo se había obligado a la abstinencia; y luego el Inferior le anunció que no iban a darle más corriente hasta que la nave se hubiese posado con seguridad. Luis se había encogido de hombros, faltaba tan poco…
—El sol está lanzando protuberancias —dijo el Inferior.
Luis miró hacia arriba. El blindaje antimeteoritos velaba el disco solar; sólo se veía la corona solar, como ruedo de llamas alrededor de un círculo negro.
—Danos imagen —solicitó.
A través de la «ventana» rectangular, oscurecido y aumentado, el sol se convertía en un gran disco de varios colores. Aquel sol era algo más pequeño y frío que el Sol terrestre. No presentaba manchas ni fáculas, excepto una muy brillante en su centro.
—Nuestro punto de observación no es favorable —explicó el Inferior—. Desde aquí vemos la fácula perpendicularmente.
Chmeee dijo:
—A lo mejor se ha desestabilizado hace poco, lo cual explicaría por qué aparece descentrado el Mundo Anillo.
—Es posible. Los documentos del «Embustero» reflejan que hubo una deflagración mientras se aproximaban, pero durante el resto del año aquel sol no volvió a mostrar ninguna actividad.
Las cabezas del Inferior se afanaban sobre el panel de instrumentos.
—¡Qué raro! Las líneas magnéticas…
El disco oscuro quedó eclipsado detrás del muro inacabable.
—El campo magnético de esta estrella es muy anormal —continuó el Inferior.
—Echemos otra ojeada.
—Nuestra misión no consiente la recogida de datos al azar.
—¿No hay lugar para la curiosidad?
—No.
A menos de veinte mil kilómetros, la pared oscura parecía trazada con un tiralíneas. La negrura y la velocidad ocultaban todos los detalles. El Inferior ajustó la pantalla del telescopio para luz infrarroja, pero apenas sirvió de nada… ¿O tal vez sí? En la base del muro aparecían sombras, triángulos más fríos, de cincuenta a setenta kilómetros de longitud, como si en la pared interior hubiese algo que reflejase la luz del sol. Y luego apareció una franja oscura más fría a lo largo del fondo, desplazándose de izquierda a derecha.
Chmeee preguntó muy finamente:
—¿Nos acercamos o estamos al pairo?
—Hasta que tengamos una idea de la situación, al pairo.
—El tesoro es todo tuyo. Si lo prefieres, puedes irte sin llevártelo.
El Inferior estaba agitado, sus piernas aferraban con fuerza el banco de pilotaje y tenía la espalda recorrida de calambres. Chmeee se sentía a sus anchas, parecía muy satisfecho de sí mismo, y dijo:
—Nessus se sirvió de un kzin como piloto. A veces se permitía ceder del todo al miedo. En cambio tú no. ¿No podrías dejar que la «Aguja» aterrizase con el piloto automático y esconderte en estasis mientras tanto?
—¿Y si se presentase una emergencia? No. Yo no había previsto esto.
—Si has de aterrizar personalmente, hazlo, Inferior.
La «Aguja» bajó el morro y aceleró.
Le costó casi dos horas acelerar hasta la velocidad periférica de mil doscientos kilómetros por segundo del Mundo Anillo. Para entonces habían desfilado ante sus ojos cientos de miles de kilómetros de aquella franja oscura. El Inferior empezó a reducir distancias… Despacio, tan despacio que Luis llegó a preguntarse si acabarían por pasar de largo. Siguió mirando sin impacientarse. Por propia voluntad no estaba conectado al cable. Frente a este hecho, lo demás carecía de importancia.
Pero, ¿de dónde le venía la paciencia a Chmeee? ¿Estaría sintiendo la segunda juventud? Un humano, al cumplir el primer siglo se sentía sobrado de tiempo para todo. ¿Reaccionaría también así un kzin? Pero Chmeee era un diplomático avezado y, por lo tanto, acostumbrado a disimular sus sentimientos.
La «Aguja» flotaba bajo la acción de sus propulsores; con 0,992 gravedades de empuje, la espiral de su trayectoria iba entrando en la curva del Mundo Anillo. Abandonada a sí misma, la nave habría salido proyectada otra vez hacia el espacio interestelar. Luis contempló cómo las cabezas del titerote oscilaban de un instrumento a otro, de una pantalla a otra de las que le rodeaban, y cuyas indicaciones no podía ver desde donde él estaba.
La línea oscura se convirtió en una hilera de anillos alejados entre sí, con un diámetro de un centenar y medio de kilómetros cada uno. Como demostraba una vieja grabación, durante la primera expedición se había visto cómo las naves se situaban a unos ochenta kilómetros del muro exterior para dejar que los anillos las arrastrasen, pasando de la condición de caída libre a la velocidad angular del Mundo Anillo y yendo luego a posarse al otro extremo, en la zona del espaciopuerto.
A derecha e izquierda los bordes de la negra pared se prolongaban hacia el infinito. Ya estaban cerca, a unos pocos miles de kilómetros. El Inferior orientó la «Aguja» en el sentido del acelerador lineal. Cientos de miles de kilómetros de bobinas… pero los habitantes del Mundo Anillo carecían de generadores gravitatorios. Sus naves y sus tripulaciones no hubieran soportado las aceleraciones elevadas.
—Los anillos no funcionan. Ni siquiera localizo los detectores de llegada —dijo una de las cabezas del titerote vuelta hacia ellos, para luego regresar a su trabajo.
Llegaban a la zona del espaciopuerto.
Tendría unos cien kilómetros de anchura. Había grandes grúas de espléndidas curvas, edificios circulares y enormes plataformas de carga. También se veían varias naves: cuatro cilindros de morro chato, tres de ellos estropeados, con el casco roto.
—Espero que hayas traído luces —dijo Chmeee.
—Todavía no quiero descubrir nuestra presencia.
—¿Crees que hemos sido vistos por alguien, o es que piensas aterrizar sin luces?
—No y no —replicó el Inferior.
Un proyector de tremenda potencia se encendió en la ojiva de la «Aguja». No cabía duda de que era un arma auxiliar.
Las naves eran espaciosas. Una escotilla abierta era una simple manchita oscura. Miles de ventanillas brillaban en los cilindros como cristales de azúcar sobre un pastel. Una de las naves parecía intacta. Las otras tres habían sido abiertas y parcialmente desmontadas para aprovechar las piezas, quedando la maquinaria expuesta al vacío y a las miradas de intrusos y curiosos.
—Nadie nos ataca ni nadie parece advertir nuestra presencia —comentó el titerote—. La temperatura de los edificios y la de las máquinas es la misma que la del suelo y la de las naves, ciento setenta y cuatro grados absolutos. Este lugar está abandonado desde hace tiempo.
Un par de voluminosas bobinas tóricas color de cobre rodeaban el casco de la nave intacta; su masa representaba un tercio o más de la de toda la nave. Luis apuntó hacia ellas.
—Generadores de captación, quizá. Hace años estudié la historia de la exploración del espacio. El propulsor Bussard genera un campo electromagnético para aspirar el hidrógeno interestelar y concentrarlo en una zona de contención, llevándolo a fusión atómica. Una fuente ilimitada de energía. Pero es preciso tener a bordo un depósito de combustible y un motor de cohete para cuando se navega a velocidad inferior a la que necesita el propulsor de fusión. Como allí.
Dos de las naves parcialmente desmontadas dejaban ver los depósitos.
Y las bobinas de las tres naves cadaverizadas faltaban, lo cual extrañó a Luis, aunque los propulsores Bussard solían emplear monopolos magnéticos y éstos podían aprovecharse para otros usos.
Al Inferior le preocupaba otra cosa.
—¿Depósitos para transportar el plomo? ¿No hubiera sido suficiente llevarlo en planchas alrededor de la nave para que sirviera de blindaje antes de ser transmutado en combustible?
Luis guardó silencio. No se había visto nunca el plomo.
—Por disponibilidad —dijo Chmeee—. Si tuvieron que combatir, les habrían fundido el plomo de la envoltura y la nave se habría quedado sin combustible. Aterriza, Inferior, y buscaremos la solución en la nave que ha quedado completa.
La «Aguja» redujo altura.
—La salida será fácil —insinuó Chmeee—. Nos acercamos al borde y apagamos motores, con lo que salimos expulsados hacia el espacio libre. Entonces ponemos en marcha la hiperpropulsión y quedamos a salvo.
La «Aguja» se posó en el espaciopuerto. El Inferior les dijo:
—Colocaos en las teleportadoras.
Chmeee obedeció. En el instante de desaparecer reía…, o mejor dicho, ronroneaba de satisfacción. Luis le siguió y enseguida se sintió transportado a otro lugar.