Apenas era de día cuando Athos se levantó y llamó para que le vistieran. Fácil era comprender por su extraordinaria palidez y por las huellas que deja el insomnio en todo semblante, que había pasado en vela la mayor parte de la noche. Aquel hombre tan firme y decidido, tenía contra su costumbre un aire de lentitud e indecisión en toda su persona.
La razón era que estaba disponiendo lo necesario para el viaje de Raúl, y que deseaba ganar tiempo. Limpió con sus propias manos una espada que sacó de un estuche de cuero perfumado, examinó su guarnición y cercioróse de que estaba bien montada.
Hecho esto, metió en el fondo de la maleta destinada al joven un saquito lleno de luises, llamó al lacayo que había traído de Blois, cuyo nombre era Olivain, y le ordenó que arreglase el porta-capas en su presencia, cuidando de que no se olvidase ninguno de los objetos necesarios a un joven que va a entrar en campaña.
Hechos todos estos preparativos en que invirtió una hora, abrió la puerta de la alcoba del vizconde, y entró sin hacer ruido.
Penetraron los rayos del sol por el balcón, cuyas cortinas había dejado Raúl descorridas el día anterior. Aún estaba durmiendo el joven con la cabeza graciosamente apoyada sobre un brazo. Sus largos y negros cabellos cubrían en parte su bellísima frente, humedecida con ese vapor que rocía las mejillas del niño fatigado.
Acercóse Athos, e inclinándose con una actitud llena de melancolía, contempló al joven cuya risueña boca y cuyos entrecerrados párpados revelaban que sus sueños debían ser placenteros y ligeros, y que el ángel de su guarda velaba por él con atención y cariño. Poco a poco fuese abandonando Athos a los encantos de su meditación, en presencia de aquella pura y rica juventud. Representósele suya con todos sus gratos recuerdos, que, como generalmente sucede, más eran perfumes que pensamientos. Entre aquel pasado y lo presente había un abismo. Mas la imaginación tiene las alas del ángel y del relámpago: atraviesa los mares en que hemos tenido riesgo de naufragar, las tinieblas en que se han perdido nuestras ilusiones, los precipicios en que se ha despeñado nuestra dicha. Pensó Athos en que una mujer había sido el torcedor de la primera parte de su vida, y reflexionó con terror sobre la influencia que podía tener el amor en una organización tan delicada al par que tan potente.
Recordando cuanto había él sufrido, preveía cuánto podría sufrir Raúl: y la profunda y tierna compasión que animaba su corazón, se pintó en la húmeda mirada que tenía puesta sobre el joven.
En aquel momento despertó Raúl con la facilidad, el despejo y el reposo que caracterizan a ciertas organizaciones delicadas, como la de las aves. Fijáronse sus ojos en Athos, y vio sin duda lo que pasaba en el corazón de aquel hombre que aguardaba a que él despertase, como aguarda un amante a que se despierte su querida, porque sus miradas adquirieron también la expresión de un amor inmenso.
—¡Cómo! ¿Estáis aquí, señor conde? —le dijo con respeto.
—Sí, Raúl, aquí estaba —respondió el conde.
—¿Y no me habéis despertado?
—He querido que gocéis algunos momentos más de ese excelente sueño, amigo mío; debéis estar fatigados por la jornada de ayer y por haberos acostado tan tarde.
—¡Cuán bueno sois! —exclamó Raúl. Sonrióse Athos y le preguntó:
—¿Cómo estáis?
—Perfectamente, señor conde; estoy enteramente dispuesto a ponerme en marcha.
—Es que todavía estáis creciendo —continuó Athos con paternal interés—, y a vuestra edad es mayor cualquier fatiga.
—¡Oh! No importa —dijo Raúl, avergonzado con tantos cuidados—. Voy a vestirme en un momento.
Llamó Athos a Olivain, y no pasaron ocho minutos sin que estuviese enteramente preparado el joven, gracias a la presteza que le comunicara su protector, avezado a los usos militares.
—Ahora —ordenó Raúl al lacayo—, disponed mi equipaje.
—Ya lo está —contestó Athos—. La maleta contiene cuanto necesitáis; yo mismo lo he visto. Ya debe estar colocada con el porta-capas sobre los caballos, si es que se han cumplido mis órdenes.
—Todo se ha hecho como me mandó el señor conde —dijo Olivain—; los caballos están aguardando.
—Y yo dormía —exclamó Raúl— entre tanto que vos teníais la suma bondad de atender a esos pormenores. ¡Oh! no sé cómo pagaros.
—Con un poco de afecto, que espero me profesaréis —replicó Athos casi con enternecimiento.
—¡Si os lo tengo! —exclamó Raúl conteniéndose con dificultad por no revelar su emoción con un arranque de ternura—. ¡Oh! Pongo a Dios por testigo de que os amo y os venero.
—Ved si se os olvida algo —dijo Athos, volviendo la cabeza a uno y otro lado para disimular su emoción.
—No señor —contestó Raúl.
En aquel momento se acercó el lacayo a Athos con cierta timidez y díjole en voz baja:
—El señor vizconde no tiene espada; por orden vuestra recogí anoche la que se quitó.
—Bien está —dijo Athos—; eso es cuestión mía.
No dio muestras Raúl de advertir aquel coloquio, y bajó mirando al conde incesantemente para espiar el momento de la despedida, pero Athos no pestañeaba.
En la puerta vio Raúl tres caballos.
—¡Ah, señor conde! —exclamó con el mayor júbilo—. ¿Vas a acompañarme?
—Sí, iré con vos un rato —contestó Athos.
Los ojos de Raúl brillaron de alegría al montar rápidamente a caballo.
Athos montó con lentitud en el suyo después de decir al lacayo ciertas palabras en voz baja. Ufano Raúl al verse al lado del conde, no reparó en esta circunstancia o al menos fingió no reparar en ella.
Pasaron los dos caballeros el Puente Nuevo y continuando por los muelles entraron en la calle de San Dionisio, en la cual se incorporó a ellos el lacayo.
Marchaban con el mayor silencio. Raúl conocía que íbase acercando el momento de la separación, porque el conde había dado el día anterior varias órdenes acerca de asuntos que tenía que despachar aquella misma mañana. Por otra parte, las miradas de Athos iban adquiriendo cada vez mayor ternura, así como sus palabras, siempre concisas. De vez en cuando hacía alguna reflexión o le daba un consejo, siempre del modo más afectuoso.
Al llegar a la altura de los Recoletos, pasada ya la puerta de San Dionisio, echó Athos una ojeada al caballo del vizconde.
—Con cuidado, Raúl —le dijo—, tenéis la mano muy pesada: ya os lo he dicho muchas veces, no lo olvidéis, porque es una gran falta. Mirad, vuestro caballo ya está cansado y echa espuma por la boca, mientras el mío parece que acaba de salir de la cuadra. Le endurecéis la boca tirándole tanto de la rienda, y notad bien que no podéis hacerle obedecer con la prontitud necesaria. ¡Cuántas veces la salvación de un jinete depende de la rápida obediencia de su caballo! Acordaos que dentro de ocho días no maniobraréis en un picadero, sino en un campo de batalla.
Aquí se detuvo y dijo variando de acento como para no dar importancia a esta observación.
—Mirad, qué hermosa campiña para volar perdices.
El joven aprovechó la lección, admirando más que todo la tierna delicadeza con que se la había dado su protector.
—También observé el otro día que en el tiro de pistola ponéis muy tendido el brazo. Esta tensión perjudica a la puntería. Por esto errasteis tres tiros de doce.
—Y vos disteis los doce en el blanco.
Porque doblaba la sangría y mi mano descansaba sobre la muñeca. ¿Entendéis lo que os quiero decir?
—Sí, señor. Después he tirado solo, siguiendo ese consejo y lo he hecho mejor.
—Lo mismo os sucede —prosiguió Athos— cuando tiráis al arma blanca: cargáis mucho a vuestro adversario: ya sé que ese defecto depende de la edad; pero el movimiento del cuerpo al mudar de posición aparta siempre la espada de su línea y si llegaseis a encontraron con un hombre de sangre fría, os detendría al primer paso con un simple quite o quizá sin más que poner su espada en línea recta.
—Sí, señor, como habéis hecho vos más de una vez; pero no todos tienen vuestro valor y vuestra destreza.
—¡Qué viento tan fresco hace! —repuso Athos—. Son restos del invierno. A propósito, si entráis en acción, que sí entraréis, porque vais recomendado a un general joven y muy aficionado al olor de la pólvora, tener presente en los combates parciales que suelen ocurrir entre caballeros, que nunca debéis ser el primero que tire: rara vez acierta el que así lo hace, porque tira con temor de quedarse desarmado a merced de su enemigo: además, cuando haga fuego el contrario, encabritad vuestro caballo. Este recurso me ha salvado la vida algunas veces.
—Lo pondré en práctica, aunque no sea más que por agradecimiento.
—¡Calla! —dijo Athos—. ¿Son ladrones de leña los que están prendiendo en aquel monte? Sí, no cabe duda. Otra cosa importante Raúl: si llegasen a heriros dando una carga y cayeseis del caballo, procurad apartaros del camino que siga vuestro escuadrón, porque no es difícil que tenga que retroceder y entonces os atropellaría en la retirada. En todo caso, si os hieren, escribídmelo al momento, o haced que me lo escriban; soy muy práctico en materia de heridas —añadió Athos suspirando.
—Mil gracias, señor conde —respondió el joven muy conmovido.
—¡Ah! Ya estamos en San Dionisio —dijo Athos.
Efectivamente, en aquel momento llegaban a la puerta de la ciudad, guardada por dos centinelas. Uno de ellos dijo a su compañero:
—Aquí viene otro joven que también tiene porte de dirigirse al ejército.
Athos volvió la cabeza, porque todo lo que tenía relación, aunque fuese indirecta, con Raúl, excitaba su interés.
—¿En qué lo habéis conocido? —preguntó.
—En su edad y en sus maneras, caballero —respondió el centinela—. Es el segundo que pasa hoy.
—¿Ha pasado ya otro esta mañana? —preguntó Raúl.
—Sí, señor, de arrogante presencia y con mucho tren; debe ser de buena familia.
—Así tendré un compañero de viaje —dijo Raúl continuando su camino—; pero ¡ah! no conseguirá hacerme olvidar al que voy a perder.
—Dudo que le alcancéis, Raúl, porque tengo que hablaros aquí y acaso nos entretengamos lo bastante para que ese joven os tome la delantera.
—Como queráis, señor conde.
Hablando así atravesaron algunas calles que estaban llenas de gente a causa de la solemnidad del día, y llegaron al frente de la antigua basílica, en la cual estaban ya celebrando misa.
—Apeémonos, Raúl —dijo Athos—. Vos, Olivain, cuidad de los caballos y dadme la espada.
Tomó el conde la espada que le presentó el lacayo, y entró con su ahijado en la iglesia.
Athos presentó agua bendita a Raúl. En ciertos corazones paternales hay un algo de ese amor preventivo que tiene un amante al objeto de su pasión.
Tocó el joven la mano de Athos, saludó y persignóse.
El conde dijo una palabra en voz baja a uno de los celadores, el cual se inclinó y marchó en dirección a las bóvedas.
—Venid, Raúl —dijo Athos—, y sigamos a este hombre.
Abrió el celador la verja del panteón real y quedóse en la parte de arriba. Athos y Raúl bajaron: iluminaba las profundidades de la sepulcral escalera una lámpara de plata, y justamente debajo de ella veíase un catafalco sostenido por caballetes de encina, y cubierto con un manto de terciopelo violeta flordelisado de oro.
Preparado el joven a esta situación por el estado de su propio corazón, lleno de tristeza, y por la majestad de la iglesia, bajó a pasos lentos, y se quedó parado con la cabeza descubierta delante de los restos mortales del último rey, el cual no debía reunirse con sus abuelos hasta que su sucesor fuera a reunirse con él, quedándose allí hasta entonces como para decir al orgullo humano, tan fácil de exaltarse sobre un trono: «Aquí te aguardo, polvo de la tierra».
Hubo un momento de silencio.
Athos alzó en seguida la mano y dijo señalando el ataúd.
—Esta frágil sepultura fue la de un hombre débil y sin grandeza, cuyo reinado fue abundante, sin embargo, en acontecimientos de inmensa trascendencia, porque sobre ese rey velaba el espíritu de otro hombre, así como esa lámpara vela sobre el féretro y lo ilumina. Este hombre era el verdadero rey, Raúl; el otro era sólo un fantasma a quien prestaba su alma. Y tanto poder tiene la majestad monárquica entre nosotros, que ni siquiera se ha concedido al que gobernó realmente, una tumba a los pies de aquél por cuya gloria sacrificó su vida; porque ese hombre, Raúl, tenedlo presente, hizo pequeño al rey, engrandeció la soberanía, y en el palacio del Louvre hay dos cosas distintas: el rey, que es mortal, y la soberanía, que es inmortal. Ya pasó aquel reinado, Raúl; ya bajó al sepulcro ese ministro tan temido, tan obedecido de su amo, al cual arrastró en pos de sí, sin dejarle vivir solo, temiendo, seguramente, que destruyese su obra, porque un rey no edifica más que cuando le anima Dios o el espíritu de Dios. Entonces, no obstante, consideraron todos la hora de la muerte del cardenal como la de la libertad, y yo mismo (tan errados son los juicios de los contemporáneos) he desaprobado a veces los actos de ese gran hombre que tenía en sus manos el destino de Francia, y que abriéndolas o cerrándolas podía ahogarla o dejarla respirar a su albedrío. Si su terrible cólera no me anonadó a mí ni a mis amigos, fue sin duda para que hoy pudiese deciros: Raúl, distinguid siempre al soberano de la soberanía; el primero es un hombre, la segunda es el espíritu de Dios. Cuando dudéis a cuál de los dos hayáis de servir, dejad la apariencia material por el principio invisible, porque éste lo es todo, y Dios ha querido sólo hacerle palpable, dándole la forma de un hombre. Supóngome, Raúl, que penetro en vuestro porvenir como al través de una nube y que se presenta mejor que el nuestro. Por el contrario de nosotros, que tuvimos un ministro sin rey, tendréis vos un rey sin ministro, rey a quien podréis servir, amar y reverenciar. Si fuera tirano ese rey, porque el poder absoluto tiene un vértigo que le inclina a la tiranía, servid, amad y respetad a la monarquía, a la cosa infalible, al espíritu de Dios sobre la tierra, a ese destello celeste que tanto dignifica y santifica el polvo humano, que nosotros los nobles somos tan poca cosa ante este cadáver tendido en el último peldaño de esta escalera, como él lo es ante el trono del Señor.
—Amaré a Dios, señor conde —dijo Raúl—, respetaré la monarquía; serviré al rey y moriré por el rey, por la monarquía o por Dios; ¿os he comprendido bien?
Athos sonrióse y dijo:
—Sois noble por naturaleza, Raúl; tomad vuestra espada. Raúl hincó una rodilla.
—Esta espada perteneció a mi buen padre. Yo también la he usado haciendo porque no desmereciera en mi mano. Si aún es débil la vuestra para manejarla, Raúl, tanto mejor; de este modo tendréis más tiempo para aprender a no desenvainarla sino cuando sea razón.
—Señor conde —exclamó Raúl, tomando la espada—, todo os lo debo, pero este presente es para mí el más precioso de cuantos me habéis hecho.
Y acercó a sus labios la empuñadura, besándola reverentemente.
—Bien está —dijo Athos—. Levantaos, vizconde, y dadme un abrazo.
Levantóse Raúl y se arrojó con efusión en brazos de Athos.
—Adiós —exclamó el conde con la mayor emoción—, adiós y pensad en mí.
—¡Oh! ¡Eternamente, eternamente! —exclamó el joven—. Os lo prometo. Si alguna desgracia me sucede, vuestro nombre será el último que pronuncie, vuestro recuerdo será mi postrer pensamiento.
Athos subió la escalera precipitadamente para disimular su emoción, dio una moneda de oro al celador del panteón, dobló la rodilla al pasar por delante del altar, y salió con rapidez de la iglesia, a cuya puerta permanecía Olivain con los caballos.
—Olivain —dijo—, tomad un punto más a los tirantes de la espada del señor vizconde, que está algo larga. Bien. Le acompañaréis hasta que se os reúna Grimaud, y después volveréis. Ya lo oís, querido Raúl, Grimaud es un criado leal, valeroso y prudente; irá con vos.
—Bien, señor.
—¡Vamos, a cabillo! Deseo veros marchar. Raúl obedeció.
—Adiós, Raúl —dijo el conde—. Adiós, hijo mío.
—Adiós —dijo Raúl—. Adiós, amado protector.
Athos hizo un ademán, porque no podía hablar, y Raúl alejóse con la gorra en la mano.
El conde permaneció inmóvil, siguiéndole con la vista, hasta que le vio desparecer a la vuelta de una esquina.
Entonces entregó su caballo a un mozo, subió lentamente las gradas del atrio, entró en la iglesia, arrodillóse en el rincón más oscuro y rezó.