15. La columna de sociedad de Amy Fontaine

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LA COLUMNA DE SOCIEDAD DE AMY FONTAINE

New York World,

4 de diciembre de 1906

Bien, hay fiestas y fiestas, pero es muy posible que la celebrada anoche en el nuevo teatro de la Ópera de Manhattan, después de la triunfal representación de El ángel de Shiloh, llegue a ser considerada la fiesta de la década.

Debido a que, en atención a los lectores del World, asisto a casi mil acontecimientos sociales al año, estoy en condiciones de afirmar que jamás he visto tantos norteamericanos célebres bajo el mismo techo.

Cuando el telón cayó por última vez, después de aplausos y llamadas a escena demasiado numerosos para ser contados, el público empezó a desfilar hacia el majestuoso pórtico de la calle 34 Oeste, donde un embotellamiento de carruajes les esperaba. Éstos eran los infortunados que no asistían a la fiesta. Aquellos que entre el público contaban con invitaciones esperaron a que el telón se alzara de nuevo, recorrieron la rampa instalada a toda prisa para salvar el foso de la orquesta y subieron al escenario. Otros que no habían conseguido asistir a la representación accedieron por entrada de artistas.

Nuestro anfitrión de la noche era el magnate del tabaco Oscar Hammerstein, que ha diseñado y construido el teatro de la Ópera de Manhattan, además de ser su propietario. Ocupó el centro del escenario y dio las gracias en persona a cada invitado del público. Entre ellos se encontraban todos los nombres que se asocian con Nueva York, incluido el famoso propietario del World, el señor Joseph Pulitzer.

El escenario constituía un magnífico telón de fondo de la fiesta, porque el señor Hammerstein había conservado la mansión sureña que aparece en la obra, de modo que estábamos congregados entre sus paredes. Alrededor del perímetro, los tramoyistas habían dispuesto una hilera de verdaderas mesas antiguas cargadas de comida y bebida, con un bar bien provisto y seis camareros dispuestos a procurar que nadie quedara sediento.

El alcalde George McClellan no tardó en llegar, además de los Rockefeller y Vanderbilt. La fiesta se celebraba en honor de la joven prima donna vizcondesa Christine de Chagny, que acababa de debutar con un triunfo magnífico en ese mismo escenario, y las personalidades más notables de Nueva York se morían de ganas de conocerla. Al principio, descansó unos minutos en su camerino, bombardeada por mensajes de felicitación, ramos de flores tan numerosos que debieron ser enviados al hospital de Bellevue, a instancias de la cantante, e invitaciones a las casas más importantes de la ciudad.

Mientras me desplazaba entre los presentes localicé los nombres que, estoy segura, fascinarán a todos los lectores del New York World. Recién llegado de la costa Oeste, descubrí a un hombre que se está haciendo un nombre en la pujante industria del cine, el señor Douglas Fairbanks. Estaba conversando con un conocido realizador, director de cine, cuando un infante de marina de elevada estatura salió del pórtico de la mansión y anuncio en voz alta: «Señoras y señores, el presidente de Estados Unidos».

Apenas di crédito a mis oídos, pero era cierto, y al cabo de unos segundos estaba con nosotros el presidente Teddy Roosevelt, con las gafas en precario equilibrio sobre la nariz y su alegre sonrisa de siempre. Empezó a estrechar la mano a todo el mundo. No había venido solo, porque tiene merecida fama de rodearse de los personajes más pintorescos de nuestra sociedad. Al cabo de pocos minutos descubrí mi pobre mano aprisionada en el puño gigantesco del excampeón mundial de los pesos pesados, Bob Fitzsimmons, y advertí la presencia, a unos metros de distancia, de otro excampeón, Sailor Tom Sharkey, junto con el campeón actual, el canadiense Tommy Burns. Debo confesar que entre aquellos hombres tan altos me sentí como una enana.

En ese instante apareció en la puerta de la mansión la estrella en persona. Descendió saludada por una salva de aplausos, que había iniciado el presidente, quien avanzó para que el señor Hammerstein los presentara. Con galantería propia del Viejo Mundo, el señor Roosevelt tomó la mano de la cantante y la besó, mientras la multitud les vitoreaba. Después, saludó al tenor signor Bonci y al resto del reparto, a medida que el señor Hammerstein iba presentándoselos.

Una vez finalizadas las formalidades, nuestro travieso presidente tomó a la joven aristócrata francesa del brazo y la presentó a las personalidades. Ella se mostró muy satisfecha de conocer al coronel Cody, el mismísimo Buffalo Bill, cuyo espectáculo sobre el Salvaje Oeste atrae a masas incesantes de espectadores al otro lado del río, en Brooklyn.

Me acerqué más al séquito presidencial justo a tiempo para oír que Teddy Roosevelt presentaba a la señora de Chagny a su sobrino, y pronto tuve la oportunidad de intercambiar unas palabras con ese joven tan apuesto. Acaba de graduarse en Harvard y ahora estudia derecho en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Le pregunté si pensaba dedicarse a la política como su famoso tío, y admitió que tal vez algún día. Es posible que dentro de un tiempo oigamos hablar de Franklin Delano Roosevelt.

Cuando la fiesta estaba en su apogeo y la comida y la bebida circulaban con prodigalidad, observé que en un rincón habían colocado un piano y que un joven estaba tocando música ligera, lo cual contrastaba con las arias clásicas que acabábamos de oír. Resultó ser un inmigrante ruso, todavía con un fuerte acento, quien me dijo que había compuesto algunos de los temas que estaba interpretando y deseaba establecerse como compositor. Bien, buena suerte, Irving Berlin.

En la primera parte de la fiesta daba la impresión de que faltaba una persona, a la que muchos habrían deseado conocer y felicitar: el desconocido suplente que había heredado el papel del indispuesto David Melrose, el trágico capitán Regan. Al principio pensé que la ausencia se debía a la dificultad de despojarse del considerable maquillaje que cubría casi toda su cara. Los restantes miembros del reparto se hallaban presentes, con sus uniformes azules de la Unión y grises de la Confederación, pero incluso los que habían interpretado a soldados «heridos» en las escenas del hospital se habían quitado los vendajes y arrojado las muletas. Sin embargo, no se veía por ninguna parte al misterioso tenor.

Cuando apareció, lo hizo en la puerta principal del decorado, en lo alto de la doble escalera que descendía hacia el escenario donde se celebraba la fiesta. ¡Y qué aparición más breve! ¿Tan tímido es este cantante extraordinario? Muchos de los que se encontraban bajo el pórtico ni se fijaron en él, pero yo sí.

Cuando pasó por la puerta vi que aún llevaba el maquillaje que cubría casi todo su rostro y sólo dejaba al descubierto los ojos y parte de la mandíbula. Tenía la mano apoyada sobre el hombro del joven soprano que tanto nos había conmovido con su canto, el hijo de la señora de Chagny, Pierre, quien asentía mientras el misterioso cantante parecía susurrarle algo al oído.

La señora de Chagny les vio al instante, y tuve la impresión de que una sombra de temor nublaba su rostro. Clavó los ojos en los que brillaban detrás de la máscara, palideció, reparó en que su hijo estaba al lado del tenor y se llevó la mano a la boca. Después, subió a toda prisa por la escalera hacia la extraña aparición, mientras sonaba la música y la gente reía y conversaba.

Vi que los dos hablaban con seriedad durante varios segundos. La señora de Chagny apartó la mano del tenor del hombro de su hijo e indicó a éste que bajara por la escalera, cosa que el muchacho hizo de inmediato, sin duda en busca de un refresco bien merecido. Sólo entonces sonrió la diva, como si se sintiese aliviada. ¿Estaba felicitándola el tenor por la representación de su vida, o temía ella por el chico?

Por fin, observé que él le entregaba un mensaje, una hoja de papel que la diva introdujo dentro de su corpiño. El hombre desapareció por la puerta del decorado, y la prima donna bajó por los escalones para reintegrarse a la fiesta. Creo que nadie reparó en aquel extraño incidente.

Pasaba de la medianoche cuando los juerguistas, cansados pero muy contentos, partían hacia sus carruajes, hoteles y hogares. Yo, por supuesto, corrí a las oficinas del New York World para conseguir que ustedes, mis queridos lectores, fueran los primeros en saber qué había pasado esa noche maravillosa en el teatro de la Ópera de Manhattan.